Los ciudadanos, cada vez más ensimismados en aquel delirio, buscan por todos los rincones de la ciudad las razones que explicasen definitivamente aquella maldición. El discurso científico, al fracasar en ese objetivo, pierde su aura de certeza incuestionable. Si ya con la designación de mal, en lugar de enfermedad, la ciudadanía empieza a mostrar su rechazo al planteamiento cientificista, ahora su apertura y adhesión a otras propuestas será más visceral y acuciante. Se empiezan a abrazan perspectivas que se alejan progresivamente de la luz de la razón, los templos se llenan de nuevo al mismo tiempo que se esparcen a lo largo de la ciudad sacerdotes, augures y predicadores que abordan, en sus respectivos discursos, la iluminación de aquel absurdo en el que se hallaba la ciudad. De entre ellos, el personaje de Rubén es el que conseguirá más popularidad y seguimiento por parte de la ciudadanía y, sobre todo, de las autoridades políticas y mediáticas de la ciudad.

Este distanciamiento respecto a la racionalidad coincide con las primeras irrupciones de violencia, iniciando con ello una quinta etapa del fenómeno. Hasta entonces contenido, el furor se desata en una noche festiva y calurosa de verano. Si se creía que con la llegada del calor posiblemente el mal arreciaría en sus embestidas, en realidad sucederá lo opuesto. La mezcla de fuego, calor, falta de higiene, malestar, incertidumbre… genera las condiciones de posibilidad para que la visceralidad se deshiciera definitivamente de las amarras de la represión y diese lugar al discurrir de la sangre y la destrucción. Altercados, vandalismo, peleas, sangre… violencia y más violencia que muestra cómo el Consejo de Gobierno ya no tiene el control de la situación. En un intento para mantener el poder, apela a la cordura por diferentes caminos, nombrando a Rubén asesor del gobierno, por ejemplo, y así obtener el favor de la multitud. Rubén, a su vez, juega a la perfección su papel de cómplice del poder, moderando su discurso y recomendando la serenidad a las masas.

Pese a todo, el gobierno y la mayor parte de la ciudadanía, hay que destacar, se eximen de cualesquier responsabilidades respecto a estos primeros escarceos de violencia, y, por si no fuese poco, culpabilizan a los exánimes de la misma, así como a todos aquellos que todavía mostraban cierta empatía hacia ellos. Cada vez más aumentaba el deseo de erradicar el mal de raíz lo cual implica no sólo segregar y recluir a los portadores del mismo, sino desintegrarlos sin dejar rastro de ellos. Este hecho coincide, además, con un momento en que la ciudadanía abandona el confinamiento domiciliario para pasar a hacer vida activa, continua y agitada en las calles. Se puede identificar aquí una sexta fase del proceso. En este momento en que la muchedumbre se erige en sujeto activo, y en el que la calle toma el peso de la expresión y canalización de su frustración, Rubén y sus proclamas adquieren más fuerza que nunca. Se necesitaban milagros, revelaciones extraordinarias, manifestaciones telúricas, y Rubén era el único que podía darlos con la máxima eficacia.

Las autoridades, por su lado, persisten en su afán legislador y autoritario, pero ahora buscan siempre contentar a las nuevas opiniones mayoritarias de la ciudad, de ahí que proclamen lo que se designó como «Campaña de Purificación», cuya finalidad última constituía desterrar el mal de una vez por todas. Para llevarla a cabo, debía denunciarse lo más rápidamente posible cualquier sujeto con indicios del mal, entre otras acciones. A su vez, con esta medida, se cierran los hospitales, puesto que no se trataba realmente de una enfermedad sino de un mal, tal y como se dedujo semanas atrás en la ciudadanía. Se abandonó la provisionalidad de las medidas, y el Gobierno, para no quedar atrás con el devenir de los hechos, legisló con firmeza y severidad como un acto desesperado para intentar contentar una sociedad cada vez más entregada a las proclamaciones telúricas de Rubén. Junto con la Campaña de Purificación, asimismo, la ciudadanía organiza en las múltiples plazas de la urbe los «juegos de riesgo», es decir, manifestaciones y competiciones extremas con las que, en el fondo, se persigue canalizar públicamente la locura social que ya estaba instaurada en ella con toda su plenitud.

 

DESPEDIRSE EN SILENCIO O COMO DISLOCAR EL ALMA

Ahora bien, de la misma forma que el mal irrumpió sin preaviso, también se marchó sin anunciarlo y, en noviembre, casi un año después de su llegada, se comunica su marcha repentina. Se inicia la fase final, una fase de olvido principalmente. Los medios de comunicación anuncian la noticia, y las autoridades pertinentes confirmaron los hechos. Nadie informó de las causas y de las razones por las que se había disuelto el mal, al igual que nadie pudo explicar su llegada, establecimiento y su etiología. Paulatinamente, se fueron eliminando las medidas adoptadas, la ciudad fue recuperando su higiene, las calles se llenaron de nuevo, y la vida continuó como si nada hubiese acontecido. De los exánimes apresados y recluidos en los diferentes centros no se supo, o, mejor dicho, no se quiso saber su paradero.

Hubo cierta propensión a indagar sobre cuáles habían sido las causas y qué significado podía otorgársele. Pronto, sin embargo, el alivio fue más poderoso que la curiosidad y como si se siguiera un consejo unánime se prefirió el camino del olvido. Lo acaecido durante el año anterior acabó siendo algo que debía ser eludido a toda costa, adiestramiento que a fuerza de practicarse convirtió al olvido en un componente casi espontáneo de la vida colectiva (232).[11]

 

Se consideró que lo más pertinente era el olvido, la amnesia, sacrificar un año entero de la vida social, borrando de la memoria todo lo acontecido en dicho lapso de tiempo, y así retornar a la placidez precedente. Y es que la ignorancia es la felicidad. Y así es cómo la obligación a olvidar se convirtió rápidamente en algo espontáneo, natural y liviano. Una represión plenamente efectiva sobre el trauma acontecido, un desviamiento del acontecimiento, y de sus consecuencias devastadoras para el bienestar comunitario, hacia la oscuridad y el silencio. Sin embargo, como sucede con toda represión, lo reprimido siempre retorna y, aunque en el quehacer diario de los conciudadanos nada hacía entender que allí hubiese pasado nada grave últimamente, en el fondo del alma de aquella sociedad había algo se había roto, trastocado, dislocado sutil e íntimamente. Todos eran cómplices del olvido porque, en el fondo, todos son esclavos del dolor que genera vivir en la intemperie de la incertidumbre. Y eso, en buena medida, es lo que acontece con los hechos que pueden considerarse acontecimientos: son sucesos que rasgan inexorablemente nuestra normalidad y, por ese motivo, rápidamente deben oscurecerse y ocultarse para que pueda seguir la cadencia de lo cotidiano. Hay que recoger los fragmentos esparcidos y (re)construir la normalidad, y la amnesia, para acometer esa función, es la centinela ideal. Sin embargo, lo problemático es que, simultáneamente al olvido, se instaura, sin saber cómo ni por qué, la certeza de que las cosas jamás volverán a ser como fueron. Jamás. Por mucho que se haga (o no se haga).

 

 

[1] Argullol, Rafael. La razón del mal, Destino, 1996, p. 19

[2][2] Así pues, en este primer instante de encarnación de la anomalía, los cuadros diagnósticos dejan de tener validez, aunque es verdad que Aldrey, en un primer momento, intenta situar la enfermedad como una neurosis depresiva, rápidamente observa, a medida que los casos aumentan, que hay peculiaridades de los internados que invalidan cualquier adscripción a la categoría neurótica.

[3] Argullol, Rafael. La razón del mal, op.,cit., p. 41

[4] Víctor observa que hay una coincidencia plena entre los relatos de David y el de Arias, por lo que concierne a la descripción de lo que sucede en las diferentes instancias de los poderes implicados así como de las características de los afectados por la enfermedad.

[5] Argullol, Rafael. La razón del mal, op.,cit., p. 45

[6] Ibid., p. 61

[7] Argullol, Rafael. La razón del mal, op.,cit., p.76

[8] Ibid., p. 97

[9] Ibid., p. 108

[10] Ibid., p. 116

[11] Ibid., p. 232[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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