La duda y sus expresiones retóricas más audaces –silogismos, contradicciones– revelan la ausencia de certezas de una escritora que camina entre la fe y la duda, entre el pesimismo y la experiencia epifánica, entre la expresión del apocalipsis y la esperanza en la integración con la divinidad. La paradoja se manifiesta, así, en la base de poemas como «Réquiem» (Blandiana, 2014, pp. 147-159), sin duda el más cargado de emotividad de Mi patria A4, dedicado a la muerte de su madre y en el que vida y muerte se entienden como complementarias, pues una no tendría sentido sin la otra. En la misma línea se encuentra «Desfloración» (Blandiana, 2014, p. 107), descripción de la lucha amorosa existente entre abejas y flores, por la que la violencia de la desfloración conduce a la salvación de la muerte –para las flores– gracias al ejercicio de la polinización. De este modo, las contradicciones se resumen en una dicotomía muy cara a la poeta: caer y remontar el vuelo. Veamos a continuación cómo se desarrollan las dos vertientes de esta oposición, clave en la obra que analizamos, y cómo se manifiestan en algunos títulos y símbolos especialmente significativos.

 

CAER…

Blandiana denuncia constantemente la pérdida de trascendencia vigente en la sociedad contemporánea. Este hecho resulta especialmente preocupante en el caso de los jóvenes, a los que se describe en el relato «En el campo» como «desligados del mecanismo implacable del universo» (Blandiana, 2008, p. 107). En la misma línea se encuentran los chicos que protagonizan el magnífico poema «Sobre patines», ajenos a las «huellas que no se ven»: «Pasan patinando / con los auriculares retumbando en sus oídos / y los ojos clavados en las pantallas, / sin advertir que las hojas caen, / que los pájaros se van» (Blandiana, 2014, p. 67).

Esta situación de caída se refleja con especial acritud en iglesias y ángeles, dos símbolos capitales en su poética. En primer lugar, las iglesias son descritas como recintos que ya no ofrecen protección espiritual. Frente a los templos cargados de esperanza (no en vano, fantásticos) de Proyectos de pasado –la iglesia voladora de «En el campo» o la que navega por el Danubio doscientos años después de su supuesto hundimiento en «La iglesia fantasma»–, la mayoría de los antiguos lugares de oración son retratados en una situación de enclaustramiento, demolición, decadencia y podredumbre,[6] lo que se corresponde con las estrategias adoptadas por Ceaușescu para restarles visibilidad. Así ocurre cuando en «Al escondite» se refleja el traslado –real– de estos hermosos espacios a galpones olvidados: «Allá van las iglesias, / se deslizan sobre el asfalto / como navíos / cargados de terror […]» (Blandiana, 2020, p. 205).

La dolorosa situación se repite en «La iglesia trasladada», escrito en clave expresionista para denunciar la atroz tachadura que sufrieron en la Rumanía de los ochenta estos espacios para la esperanza, y que concluye: «Se parece a un animal aterrado / de olvidado pedigrí / que llora en el vacío con desgarradores tañidos, / un pequeño animal / aún vivo…» (Blandiana, 2020, p. 349).

En la misma línea de las iglesias, los emblemáticos ángeles de Blandiana parecen encontrarse –siguiendo el verso de Rimbaud colocado como epígrafe de este comentario– «sentados en manos de un barbero» o, lo que es lo mismo, inmersos en la degradación. Por ello aparecen prendiéndose fuego de desesperación –«Un arcángel manchado de hollín» (Blandiana, 2020, p. 49)–, marchitos –«Prendidos en las ramas» (Blandiana, 2016, p. 69)–, «ancianos, malolientes, cada vez más humanos» –«Ángeles ancianos» (Blandiana, 2016, p. 135)–, cayendo de los árboles como fruto maduro y desaprovechado –«Cosecha de Ángeles» (Blandiana, 2020, p. 147)–, fracasados y fosilizados en sus proyectos inconclusos –«Ámbar» (Blandiana, 2020, p. 85)–, «obesos / con alas demasiado pequeñas / para separarse de la pared» –«Interior» (Blandiana, 2020, p. 381)– o, como ocurre en «Ángeles en los bolsillos», cayendo patéticamente de los bolsillos de los poetas (Blandiana, 2020, p. 419).

No olvidemos, en este sentido, cómo Blandiana tituló un poemario de 1997 –y una posterior antología de poemas en español– Cosecha de ángeles, y que ha recurrido a esta figura mítica, generalmente presentada en su caída, enfermedad o corrupción, en relatos de Proyectos de pasado como «Aves voladoras para el consumo», «El traje de ángel», «La lección de teatro» o «La gimnasia nocturna». Así, destaca la naturaleza «fieramente humana» –en hermosa definición de Blas de Otero– de unos seres que pierden su condición de mensajeros de la buena nueva por su cercanía a los hombres, en una situación muy semejante a la que presenta Gabriel García Márquez en «Un señor muy viejo con unas alas enormes» (1972).

En Mi patria A4 encontramos, de hecho, un ángel que revienta contra el suelo para que la poeta lea en sus entrañas –«Cara o cruz» (Blandiana, 2014, p. 69)–. En la misma línea se sitúan los poemas que describen al ser humano como esbozo grotesco del ángel que fue, incapaz de reconocer su camino de vuelta al cielo. Es el caso de «Panales» –«en realidad, no somos / más que restos, formas vacías, / panales de los que se ha escurrido / la miel de la eternidad» (Blandiana, 2014, p. 71)– y, especialmente, de «La correa de la mochila» –«En el borde de los omóplatos / la correa de la mochila / roza los muñones con restos de plumas» (Blandiana, 2014, p. 77)–, que tanto nos recuerda al «Poeta expósito» de Eugenio Montejo (1994, p. 113): «De un golpe seco me arrancaron a la nada, / tronchado de raíz / con dos ojos abiertos y un grito, / el hondo grito de quien soñó ser pájaro / y no trajo las alas para el vuelo. / […] Poeta expósito, errando a la intemperie, / mi único padre es el deseo / y mi madre la angustia del huérfano en la tierra».

 

… PARA REMONTAR EL VUELO

Frente a la situación planteada arriba, numerosos poemas ofrecen una salida al apocalipsis a partir de la comunión panteísta con la naturaleza. Ya en el poema «Parentesco» leemos: «Todo es yo misma. / Dadme una hoja que no se me parezca, / ayudadme a encontrar un animal / que no gima con mi voz» (Blandiana, 2007, p. 30). Esta línea se mantiene firme en Mi patria A4, con títulos de cariz ecológico que alcanzan cimas de belleza. Es el caso de «Animal Planet» (Blandiana, 2014, p. 41), «La herida» (Blandiana, 2014, p. 143) –el cerezo magullado por la mano del hombre es retratado de forma muy parecida al delfín agonizante en el relato de Proyectos de pasado «La herida esquemática»– y del hermosísimo canto de amor al árbol en la base de «Entre él y yo» (Blandiana, 2014, p. 135).[7] La alabanza a la naturaleza se repite en «Árboles», incluido en el reciente El reloj sin horas: «Algunos son amarillos, / Otros rojos, / Y los más valientes / Todavía verdes: / Los escondidos ejes del mundo / Que se ven / Al pasar de un tiempo a otro / Sin tambalearse […]» (Blandiana, 2020, p. 383).

Ya lo dijo de Mello (2003, p. 181): «Siempre la poesía fue para mí una persecución de lo real. Quien busca una relación justa con la piedra, con el árbol, con el río, es llevado necesariamente, por el espíritu de verdad que lo anima, a buscar una relación justa con el hombre». De ahí el verso de Cadenas (1992, p. 13) «Con la palabra materia se le da otro nombre al misterio», reflexión que continúa en uno de sus Dichos: «Casi todas las místicas se fundan en la negación de lo que existe. ¿No es posible una espiritualidad terrena? Yo me niego a aceptar que la creación sea mala o simple peldaño hacia otro mundo o lugar de purgación» (1992, p. 55).

En el pensamiento budista, satori es el término japonés aplicado a un estado de iluminación a través del cual el individuo accede a comprender el sentido de la vida. Razón de ser del zen, este instante se manifiesta como una epifanía, por lo que puede alcanzarse en un momento cualquiera de nuestra vida. Su carácter transitorio está estrechamente vinculado al tao, que enfatiza la pureza del momento. En el caso de Blandiana, la comunión con la divinidad es descrita en un momento en que la poeta realiza el simple gesto de descalzarse en plena naturaleza, hecho que la lleva a olvidar, por fin, el desasosiego inherente a la condición humana. Lo refleja «Exorcismo», sin duda el poema más positivo de cuantos integran Mi patria A4: «Cuando ando descalza por la hierba / la electricidad fluye a través de mí / y entra en la tierra, / así como el diablo / obligado a abandonar / el cuerpo del poseído / entra en la tierra / bajo la orden del exorcista. // Me entrego a la tierra / que me salva / de mi desasosiego / y dejo solo las plantas de mis pies desnudas en el rocío / por el que asciendes a mí / sustituyéndome» (Blandiana, 2014, p. 63).

Se comprende así que, pese a la disputa frecuente con los incomprensibles designios divinos, el poemario se incline finalmente del lado de la esperanza. Este hecho se aprecia claramente en la conclusión de «Sobre patines», retrato de un dios compasivo que aprende a patinar con tal de acercarse a los muchachos que han olvidado su existencia: «[…] Ellos pasan sobre patines, / por entre las sombras de la realidad / que creen que existe / y entre personajes que piensan que son hombres, / mecanismos creados por otros mecanismos / a su imagen y semejanza. / Mientras, Dios desciende entre ellos / y aprende a patinar / para poder salvarlos» (Blandiana, 2014, p. 67).

Llega el momento de la conclusión de estas páginas, en las que espero haber demostrado cómo necesitamos en nuestros días la poesía de Ana Blandiana: privilegiada practicante de una escritura inscrita en la tradición de quienes supieron despojarse de alharacas para buscar la verdad, su meta va mucho más allá de la propia literatura. Así, si Hölderlin (2009, p. 36) se preguntó en la elegía «Pan y vino» «¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?», Blandiana nos obliga a reformular la cuestión para convertirla en: «¿Y cómo no poetas en tiempos de penuria?».

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