Usted es un narrador para el que, además de la música, la poesía existe, aunque generalmente nos dé ejemplos de poesía curiosa, irónicamente sentimental, canciones sin duda impactantes y originales en sus recursos verbales. Háblenos, por favor, de sus poetas.

Bueno, hablar de la poesía sería interminable. Mis poetas son los de todo el mundo. Si tuviera que mencionar uno, diría Aldana: un poeta del Renacimiento, delicioso, sutil, que está en las antologías por una carta a Arias Montano en la que le cuenta que por fin, tras tantos años de bregar como oficial de artillería en las guerras de Felipe II, ha conseguido una sinecura como responsable de la fortaleza de San Sebastián, donde piensa dedicar el resto de su vida al conocimiento, y le invita a reunirse con él allí, donde podrán juntos estudiar, orar, meditar, leer y buscar en las playas las conchas que a Arias le gustaban tanto. En aquella época las conchas era motivo de admiración y asombro como parte de un animal que se juntaba con lo mineral. Bueno, Aldana tiene la convicción de que cayó preso en la trampa del mundo y ha estado perdiendo la vida, y así, en la parte de estas cartas renacentistas bien pautadas que se llama confessio, cuenta que «oficio militar profeso y hago baja condenación de mi ventura que al alma dos infiernos da por pago». Pero, por fin, dice: «Pienso torcer de la común carrera que sigue el vulgo, y adentrarme luego –aquí luego es ahora– jornada de mi patria verdadera. Entrarme en el secreto de mi pecho y platicar en él mi interior hombre, do va, do está, si vive, o qué se ha hecho». Todo el largo poema es maravilloso, bien expuesto, noble. Ahora bien, el ulterior destino de Aldana cuando ya acariciaba esa nueva vida, esa redención, y el placer de vivir entregado a los estudios y la meditación, en vez de ir por ahí asaltando ciudades, el destino trágico, arroja sobre ese poema maravilloso, y sobre el conjunto de sus poemas, una luz especial. Le dediqué una novela que se llama Contramundo. Ahí detallo la batalla de Alcazarquivir, en la que murió según las crónicas de los supervivientes que pude leer en la biblioteca de la Academia de la Historia, en Menéndez Pidal y en otros autores. Fue una catástrofe europea. Portugal perdió a su rey y a toda su aristocracia, y España a Aldana. O sea, que perdimos nosotros más.

 

Lo menos vigente pero también interesante son los juicios sobre el valor de otros autores

Lleva unos años traduciendo el monumental diario de André Gide. ¿Cuáles son los aspectos que más le han atraído y de cuáles se ha sentido más lejano o le parecen poco vigentes?

Lo menos vigente pero también interesante son los juicios sobre el valor de otros autores. Cómo envejecen estas cosas. Por lo demás, es una obra descomunal, interesantísima en muchos aspectos relativos a la responsabilidad del escritor con la sociedad, a su lucha por liberarse del corsé de un catolicismo místico que lo torturó durante su primera juventud, a su ética del trabajo, incluso a su «cocina» de escritor. Era todo un carácter que no le veía ninguna gracia a la melancolía y creía que es deber de todos procurar ser feliz. Pero también me han interesado puntuales pasajes episódicos como la historia, en su casa de Cuverville, en que salva a una cría de mirlo caída de un nido, la «amaestra», la alimenta, le da una alegría de acercamiento al mundo silencioso de los animales y, en fin, hasta el amargo final en manos de los gatos de la casa. Cuenta cosas como esta de forma magistral, de manera que nos hace verlas como una tragedia de dimensiones universales; que en realidad es lo que son.

 

Hace algunos años que usted no publica novelas, sigue haciendo periodismo, es cierto, pero ¿qué ocurre con sus diarios? No me cabe duda de que usted es uno de los escritores a los que hay que escuchar no solo lo que dice sino desde dónde lo dice, porque se ha situado en el lado difícil, problemático, de la comunicación, quiero decir, en un espacio creativo que no se puede reducir. Así pues, ¿qué está escribiendo y cómo se siente hoy como escritor?

Estoy escribiendo una noveleta, que según creo es la palabra que usan los cubanos para referirse a las novelas cortas, y que es un término que me encanta; me recuerda a opereta, que es una palabra deliciosa, por lo menos para mí, porque me recuerda al edificio en Bucarest donde me alojé durante un tiempo, un edificio que se había levantado sobre las ruinas de la antigua sede musical Opereta, que se vino abajo, creo, en el terremoto de 1977. Al edificio que levantaron en el solar lo nombraron también Opereta. Así que yo vivía en Opereta y, pensándolo bien, sigo viviendo ahí. Y no estoy solo, somos muchísimos los vecinos de Opereta… Es un edificio en el centro, de cierta altura, que también tuvo problemas estructurales y, para evitar que se viniera abajo, lo reforzaron con unas columnas de metal interiores que lo atraviesan de arriba abajo. Al entrar y salir y al subir en el ascensor, ves esas metálicas nervaduras recordándote la inestabilidad general, la posibilidad de otros terremotos… La opereta que estoy escribiendo trata sobre una composición romántica de Liszt a partir de un verso del libro de Aleixandre La destrucción o el amor. Tengo entre manos también algunos textos, breves, en el gozne entre lo ensayístico, lo testimonial y lo poemático o lírico. Cuando acabe estas cosas tengo otras en mente, ya veremos. De todas maneras, no tengo prisas por acabar nada, y menos aún por publicar nada. Podría pasar perfectamente sin publicar pero no sin escribir, porque, aunque no frecuento los altares de ningún dios, incluida la diosa de la literatura –que es la zorra, según Pilniak argumenta en «Cómo se escribe un cuento»–, me arrastran todavía algunos vestigios de aquella primera pulsión religiosa o pseudorreligiosa de la que te hablaba antes. Te contaré una última anécdota aunque quizá ya la conozcas. Tiene que ver con el hecho de que no hay palabras rusas que sean agudas. Por tanto, los escritores se llaman Lérmontov, Chéjov, y no «Lermontóv» o «Chejóv», como solemos llamarlos. O Nabokov. Nabokov estaba cansado de que los americanos le llamasen «Nabokóv» o «Navokóff» y, con esa arrogancia suya tan divertida, escribió unos versos para indicarles cómo tenían que llamarle, dónde cae el acento: «The querulous gawk of / A heron at night / Prompt Nabokov / To write». Así que una garza en la noche le impulsó a escribir. Esos versitos son como el lema de un escudo heráldico. Me pregunto si quería decir que la garza le impulsó a escribir una noche determinada o si la garza fue el principio motor de esa dedicación de por vida, que también podría ser; pasan mucho las garzas por el cielo de San Petersburgo. Los motivos por los que hacemos las cosas pueden ser muy variados. Recuerdo que el modisto Karl Lagerfeld era obeso y se sentía frustrado porque no podía vestir la ropa diseñada por Hedi Slimane; no le cabía, Slimane no hacía tallas XXL. Por eso Lagerfeld perdió cuarenta kilos, sometiéndose voluntariosamente durante un año a una dieta muy estricta, peligrosa y muy sacrificada. ¿Y todo ese esfuerzo por algo tan caprichoso como enfundarse la ropa de un gran modisto? Bueno, la vanidad es un motivo tan respetable y comprensible como cualquier otro, si conduce a hacer algo valioso. Y, desde luego, la satisfacción del señor Lagerfeld al vestirse con aquella ropa tan deseada y por la que había luchado tanto era valiosa, por lo menos para él y seguramente también para la gente de su entorno. En mi caso, me dejo llevar por una inercia juguetona, la diversión de la artesanía, la satisfacción de ordenar y entender una serie de ideas, en vez de dejar que te estén rondando siempre por la cabeza, y el descanso de darles una forma digna.

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