Breve crónica de los desventurados monumentos
al cacique Zapicán y al guerrero Abayubá
en la (ya no tan blanca) capital de la
República Oriental del Uruguay

Cuentan que los soldados españoles tenían la ventaja del factor sorpresa: los charrúas jamás habían visto un caballo. Tal vez por eso cometieron al inicio el mismo error que otros indígenas del continente: pensaron que caballo y hombre eran uno solo, y al disparar sus flechas, mataban a las bestias, pero no a los jinetes. Dicen que en el combate, el valiente Abayubá fue atravesado por la lanza de Juan de Garay, pero no se rindió: antes de morir, tomó el arma que lo atravesaba y se la enterró más en el cuerpo para acercarse a su enemigo, morder la rienda y hacerlo caer. El cacique Zapicán, que semanas antes había guiado a la victoria a los charrúas, vio morir a su sobrino esa mañana de 1574, para luego caer también bajo el acero invasor, junto a cientos de guerreros como ellos. Fue el primer triunfo español en aquel territorio que, tres siglos después, empezarían a llamar Uruguay, «río de los caracoles» en guaraní.
Hay quienes insisten en llamarle «la Suiza de América».
«El país sin indios», también le dicen.
*
—Cuando era niño, había un orgullo en decir que este era el país sin indios. Era algo que te inculcaban y vos ibas repitiendo: que somos descendientes de españoles, de italianos, que veníamos de los barcos. Muchos repiten eso hasta hoy.
Es una tarde tibia de setiembre, es la hora en que la gente sale a tomar mate en la rambla de Montevideo, y Fernando Foglino me cuenta la vieja historia de los caciques charrúas frente a la estatua de Isabel La Católica: al centro de la Plaza España, en pleno Casco Viejo, la figura lleva en las manos la fruta abierta de la granada en forma de corazón, y dentro, un nombre escrito: colom, dice.
Hasta 1981, sobre el mismo pedestal de granito rosa donde ahora está la monarca, en el cruce de las calles Rambla Naciones Unidas y Misiones, estuvo erigida una estatua en bronce de tres metros de altura del cacique Zapicán, y a tiro de piedra de ella, la de su sobrino Abayubá. La dictadura militar retiró los monumentos de ese espacio central (se presume) para congraciarse con los reyes de España, Juan Carlos I y Sofía, cuando visitaron por primera vez el país en 1983.
—En la escuela nos hacían pintar pancartas para salir a las calles a recibir al rey —recuerda Foglino, artista visual, poeta y arquitecto de 49 años. Con el tiempo, entendió que aquel gesto —retirar estatuas, despejar pedestales— no había sido inocente: marcaba un corte en la historia, un intento de borramiento.
Años después esa intuición encontró mejor forma cuando participó en el Archivo Nacional del Patrimonio 3D: su trabajo consistía en escanear las casi 300 estatuas-monumentos que hay en Montevideo, como un modo de preservarlas. Mientras las recorría una por una, Foglino empezó a notar las ausencias: esculturas incompletas, piezas arrancadas (un mazo, un carcaj de flechas, una lanza). No eran daños al azar. Se dio cuenta de que esas partes faltantes «eran muy simbólicas».
Entonces se le ocurrió que, a través de la animación digital, podía crear un personaje de ficción muy parecido a él, uno que habría tomado esas piezas para conservarlas y resignificarlas. «Ese gesto permitía que aquellas obras de arte sobrevivieran de otra manera y volvieran a hablar, a cuestionarnos en el presente», explica Foglino, que ya ha trabajado con cinco monumentos públicos en una muestra que mezcla instalación y videoarte. La obra llamada Evidencia se exhibió en la Bienal de La Habana en 2019, y recibió el Premio Montevideo de Artes Visuales ese mismo año.1
Para darle forma a sus ideas, Foglino se sumergió en los archivos históricos de su país. Así supo, por ejemplo, que los monumentos de Abayubá y Zapicán eran ampliaciones en bronce de dos estatuas más pequeñas hechas en Florencia por los hijos de Juan Manuel Blanes, «pintor de la patria», en 1883 (y que ahora se conservan en el Museo Histórico Casa Rivera). Supo que estas reproducciones, hechas por el escultor Edmundo Prati en 1931, fueron hechas para celebrar el primer centenario de la independencia, cuando la élite blanca que gobernaba Uruguay valoraba el carácter mítico e indómito de los charrúas (a quienes daban por desaparecidos) como parte de la identidad nacional2. Recién en 1944, los caciques de bronce ocuparon la rambla de la Ciudad Vieja, y permanecieron allí hasta que fueron retiradas y recluidas en un depósito durante 18 años, antes de volver al espacio público.
Yo quería saber dónde estaban las estatuas, así que horas antes de mi cita con Foglino, fui a buscar la de Abayubá. A una hora en bus desde el Centro, sobre la avenida César Mayo Gutiérrez, junto al Puente de La Paz, en la solitaria frontera entre Montevideo y Canelones, el guerrero charrúa estaba en posición de acecho, con taparrabo y vincha de plumas (una imprecisión histórica de su creador: los charrúas no vestían plumas), y un peto de cuero protegiendo su torso. La estatua original empuñaba una maza de guerra con la derecha y con la izquierda, una correa que sostenía un carcaj con arco y flechas. Pero este Abayubá estaba despojado de sus armas: se las habían robado. Sobre su espalda desnuda alguien había escrito: José Artigas, padre de la independencia del Uruguay.
Yo tengo las armas con las que luchó Abayubá —dice el personaje de Foglino en una de sus piezas de videoarte—, las tengo porque son evidencia. Su pedestal de granito, en la rambla de Montevideo, aún continúa vacío.
*
Mientras seguimos la rambla junto al Río de la Plata, Foglino recuerda su primer contacto con la figura de los indígenas, gracias a las estatuas de Los últimos charrúas (realizadas por el mismo Edmundo Prati, autor de las ampliaciones de Abayubá y Zapicán) junto al Parque del Prado, el barrio clasemediero donde vivía. Se recuerda jugando con sus amigos, subiéndose a las espaldas de aquellas cuatro esculturas de bronce de tamaño natural sin saber —al menos no, en ese momento— que estaban muy lejos de representar una escena cotidiana, mucho menos feliz.
En 1831, un año después de la proclamación de la independencia, Fructoso Rivera, primer presidente de la República Oriental del Uruguay y fundador del Partido Colorado, inició una campaña de «pacificación» del nuevo país, eufemismo de la época para «exterminio» de los pueblos indígenas. Los militares invitaron a los caciques charrúas y a sus familias a una comida en el potrero de Salsipuedes, con la excusa de trabajar juntos en la repartición de tierras y resolver viejas enemistades. Fueron cientos de indígenas los que asistieron a esa emboscada: el ejército rodeó a los charrúas y disparó sus fusiles contra ellos. Varios fueron asesinados ese día (unas fuentes dirán que 40, otras que 300). Algunos lograron huir y salvarse; otros fueron perseguidos y exterminados por Bernardo Rivera, hermano del presidente. Las mujeres fueron hechas prisioneras con sus hijos y acabaron de sirvientes en las casas de la élite3.

De esa masacre, cuatro de ellos fueron llevados a París para satisfacer la curiosidad europea de ese tiempo: el cacique Vaimaca Pirú, el médico Senaque, el guerrero y domador de caballos Tuacabé y su compañera María Micaela Guyunuza. Los cuatro charrúas fueron traficados, estudiados y exhibidos al público en una especie de zoológico humano: cualquier persona podía pagar cinco francos para ir a verlos en una zona de los Campos Elíseos. Los llamados «últimos charrúas» murieron de penosas enfermedades a miles de kilómetros de su territorio. Para la historia oficial, fueron eso: los últimos. El fin de todo rastro indígena en esta pequeña parte del mundo llamada Uruguay4.
O eso se creía, hasta hace poco.
«Uno de los fraudes que nos han vendido es nuestra prehistoria», ha dicho Mónica Sans, doctora en antropología biológica y una de las investigadoras pioneras sobre la ancestralidad indígena en la población actual de su país. «Nuestra identidad fue una sin indios, o lo fue hasta hace muy poco. En la mayoría de las cabezas de los uruguayos sigue siendo así. Y esa idea viene de la poca información, de la ignorancia».
Sans se refiere a los estudios científicos más recientes: gracias a estudios de ADN, se sabe que entre un 34% y 37% de la población en Uruguay (poco más de un millón de personas) tiene algún ancestro indígena (sobre todo, una bisabuela o tatarabuela indígena, aunque no se puede saber si pertenecía al pueblo charrúa, guenoa o guaraní). En el caso de Montevideo, es un 27% de la población, casi un tercio, la que tiene ancestros indígenas5. La arqueología contemporánea, por su lado, ha encontrado restos de construcciones con más de cinco mil años en los «cerritos de indios», echando por tierra el mito de que los indígenas, antes de la invasión europea, eran cazadores nómades o salvajes que carecían de cultura. Todo lo contrario: tenían linajes, cultivaban su alimento y construían terraplenes sagrados para despedirse de sus muertos6.
Desde fines del siglo pasado, los descendientes de los antiguos charrúas insisten en preservar la memoria de los pueblos a los que aseguran pertenecer. Grupos como la Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa, exigieron la repatriación del esqueleto de Vaimaca Pirú en 2002, exhibido durante décadas en el Museo del Hombre, en París. Hoy, lo poquísimo que queda del cacique, descansa dentro de una urna de granito, en el Panteón de los Héroes, a pocos metros de la tumba de Bernardo Rivera, perseguidor y verdugo de los charrúas en Salsipuedes.
Los artistas uruguayos también hacen su parte en cuestionar la identidad eurocéntrica del país a puertas de su Bicentenario. Ahí está Fernando Foglino con su obra Evidencia, en la que también imagina que tiene la lanza robada de Vaimaca Pirú. O Pablo Uribe, quien durante la sexta bienal de Montevideo, dedicada a la Amazonía, realizó un site specific: sobre las pilastras laterales de la fachada principal del Palacio Legislativo, uno de los centros de poder del país, instaló las reproducciones en espuma de alta densidad de los monumentos a Zapicán y Abayubá. Uribe me contaría después que algunos colegas suyos criticaron su intervención: ¿qué tienen que ver las imágenes de los charrúas con lo amazónico?, comentaron. Para él, era claro: la instalación era «una forma de resignificar las estatuas». De hacer preguntas. De señalar que la identidad del Uruguay, tal vez, no es tan blanca como se piensa.
—Es muy difícil ser uruguayo, explicarle a otra persona cuál es tu identidad —me había dicho Foglino—, nos borran esa trazabilidad para poder saber más o menos de dónde venís.
Las reproducciones de Uribe, por supuesto, solo coronaron el Palacio mientras duró la Bienal. Pero las ampliaciones de bronce de los caciques charrúas, retiradas de la Plaza España por la dictadura militar, siguen separadas una de la otra, desplazadas hacia los extramuros de la ciudad, a dónde poca gente puede ir a verlas.
*
En mi último día en Montevideo, luego de caminar la rambla con Foglino, fui a buscar la estatua-monumento que me faltaba ver, la de Zapicán. Así que tomé la Línea 103 y una hora más tarde llegué al barrio de Punta de Rieles, en las afueras de la capital. Hasta allí la habían llevado: bajo un jacarandá pelado, en una placita triangular frente a una gasolinera, el cacique charrúa de tres metros estaba de pie, sobre un bloque de cemento vandalizado con pintas de aerosol, junto a los desechos de lo que alguna vez fue un sillón. La estatua de bronce llevaba la vestimenta con la que su creador lo había imaginado más de un siglo atrás: con corona y taparrabos de plumas, empuñando las peligrosas boleadoras, y sobre sus hombros, un largo mantón de piel, manchado con cagadas de pájaros. Por más que busqué, el héroe mítico de los charrúas no tenía una placa o una inscripción que lo identificara.
Pregunté a un par de mecánicos que fumaban y bebían unas cervezas junto a la estatua, si acaso conocían al personaje. Aunque eran vecinos del barrio de toda la vida, me dijeron, no tenían la menor idea de quién era aquel «indio de bronce».
1. Las fotos de la instalación y las piezas de videoarte de la obra Evidencia se puede ver en internet: https://www.foglino.me/evidencia/. Foglino también recoge el proceso de creación de esta y otras muestras en su libro Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, algo triste (2024)
2. En su ensayo El indio histórico en la obra de Juan Manuel Blanes (y la de sus hijos), el historiador uruguayo José Coitiño explica la importancia de las estatuas de estos caciques en la construcción de la identidad de su país.
3. En País sin indios (2019), de los uruguayos Nicolás Soto y Leonardo Rodríguez, se desarrolla en profundidad este evento. La película se puede ver en YouTube.
4. El antropólogo e historiador Dario Arce Asenjo reconstruye con detalle el destino final de Vaimaca Pirú y sus compañeros en el corto documental Los últimos charrúas o cuando la mirada encarcela (2003). Disponible en YouTube.
5. En setiembre de 2025, a lo largo de cinco entrevistas para el programa radial No toquen nada, Sans profundiza en estos hallazgos científicos y su impacto en la sociedad uruguaya actual.
6. Un libro estupendo para profundizar en estos hallazgos es Cerritos de indios, arqueología e historia de un pueblo originario de Uruguay (2024), del arqueólogo José López Mazz.