POR INÉS BORTAGARAY
Playa Pocitos. Año 1941. Gentileza del Centro de Fotografía de Montevideo (CDF).

1. Bajo el alero del patio de la casa de mis abuelos, pegado a la pared de ladrillos blancos, había un azulejo con una frase tallada: «La casa puede sustituir al mundo, pero el mundo no puede sustituir a la casa». La vista se me perdía en esa frase. Intentaba entenderla. ¿Es más importante la casa que el mundo? Sí. ¿Basta la casa para vivir la vida entera? Sí. Y sin embargo, había algo fastidioso en la concesión. Nada menos que el mundo quedaba empeñado. La casa, la memoria, que protege al soñador y nos permite soñar en paz1, basta y sobra para sacrificar un mundo entero. ¿Quién necesita uno cuando habita una casa?, me preguntaba el azulejo. Aunque sabía que había una verdad incontrovertible, la idea me disgustaba. Imantada al hogar, me salvaba, pero en la casa entraba una familia, mientras en el mundo entraba el mundo.

2. Salvo que hiciera una trampa. Una pequeña corrección a la frase. Fe de erratas: que donde dice «casa» diga «ciudad». La ciudad puede sustituir al mundo, pero el mundo no puede sustituir a la ciudad. Mis dominios así se ampliaban. Llevo conmigo una ciudad. Si habito un mundo entero (una casa y además una ciudad) puedo, más campante, sacrificar el globo.

3. A los diecisiete años dejo Salto, mi ciudad natal, y me mudo a Montevideo. Me enamoro primero de la rambla, un borde de veintidós kilómetros. Con paciencia encuentro Mis Lugares Preferidos. La lista es menos nítida que la de Salto. Siempre lo será. Pero la rambla ahí es inmutable. Siempre será favorita. Y con la rambla, las playas.

4. Esta ciudad me dará el mundo. Una ofrenda que agradeceré siempre. Aprenderé a conocerla. Iré entendiendo cuáles son los lugares. El mapa se irá poblando de puntos que marcan la querencia. Pequeños pliegues. Hitos.

5. Playas como la Honda, la Verde, la Ramírez. La escollera. Montevideo, la del art decó. Los árboles. El misterio, la falta de afectación, la beldad que se despeina y que no resulta presuntuosa. La Plaza Virgilio, la Plaza Gomensoro, la Plaza Fabini, el Parque Rodó entero, el Jardín Botánico, el Miguelete, el Prado, el Parque de los Aliados. Un Uruguay-Brasil en el Estadio Centenario. Bares a deshoras. Entre los museos, tres: el Blanes, el Palacio Taranco, el Museo Nacional de Artes Visuales. Cinemateca. Tristán Narvaja y el tramo de venta de libros en la calle Paysandú. En Montevideo, zorzales y Santa Ritas. Las cantinas. Los coros. Los caminantes que cruzamos una y otra vez, el elenco estable de nuestras cuadras. Las panaderías2. El puente Sarmiento, que encuentra y enfrenta dos casas y dos maneras de pensar la arquitectura.

6. Visito a menudo una de las dos, que había diseñado Mauricio Cravotto (1893-1962) y que conozco a principios de los años noventa, cuando viven ahí su hijo, Antonio, también arquitecto, y su esposa, Delma. Libros, escaleras con interruptores, revistas Life, un piano, un montacargas, una historia que viene de los años treinta. Desde esta casa se ve la de Julio Vilamajó (1894-1948), otro arquitecto. La leyenda dirá que entre ambos existían celos y siempre estaban pendientes, cada uno, de lo que el otro hacía, mirándose de lado a lado con largas vistas. El estudio de Vilamajó estaba en el piso más alto de su casa. El de Cravotto, abajo, en planta baja. En épocas de concursos que los podían tener como rivales, dicen que Cravotto dejaba las luces del estudio prendidas, con un cartón con forma humana, para que Vilamajó lo viera siempre trabajando y se preocupara de cuál sería su próximo fenómeno. Hay quien cuenta la historia al revés y ubica el señuelo en el altillo de Vilamajó.

7. Vilamajó estará muy presente a lo largo de mi vida en esta ciudad. Vivo en un edificio diseñado por él. Pero antes, mucho antes, a principios de los años noventa, en la primera casa montevideana —un apartamento en un edificio de la calle Julio Herrera y Reissig— tenía enfrente a la Facultad de Ingeniería, una obra de Vilamajó. Una de las más fundamentales. Construida entre 1936 y 1944, la Facultad de Ingeniería es un prodigio moderno, una alianza de estructura y materia. Un volumen de hormigón se eleva sobre pilotes y organiza aulas, laboratorios y otras dependencias a lo largo de varios cuerpos articulados. Piezas macizas se encajan entre pasarelas y patios. Me despertaba cada mañana y tenía, ante mis ojos, esa ficción.

8. A mis espaldas, en tanto, la vista del contrafrente es la canalla Torre Patria, un edificio de apartamentos de veintiséis pisos —y una altura aproximada de setenta y ocho metros— sobre la calle Eduardo García de Zúñiga, entre Herrera y Reissig y Patria, muy cerca del Club de Golf. Un edificio que rompe con la escala de Punta Carretas, un barrio de casas bajas, alumbradas por la mesura. Un volumen puro, sin balcones, sin encanto, sin juego. Un edificio imperdonable.

9. Leo que en aymara el tiempo se organiza a partir de la mirada. Nayra significa ojo, mirada, frente, y nombra aquello que está delante porque ya ha sido visto: el pasado, lo conocido, lo que se puede recordar y señalar. Qhipa remite a la espalda, lo que queda detrás del cuerpo, designa el futuro, lo no visible. El tiempo no avanza hacia lo que se imagina, avanza hacia lo que se sabe. Se camina de espaldas hacia lo desconocido. ¿Tal vez la Torre Patria en la espalda me había estado hablando de cómo sería el futuro?

10. ¿Cuándo fue que los carteles que anuncian obras arquitectónicas se volvieron malos presagios, anuncios que nos mortifican y nos anuncian que el paisaje será castigado, invadido, profanado? La ciudad se va al diablo. ¿Por qué se va al diablo la ciudad? ¿El futuro es el diablo? ¿La rambla fue el diablo alguna vez? ¿Por qué ya no hay diablos así, en todo caso? A veces miramos la ciudad no ya en el futuro, sino en el presente, y ella nos mira con extrañeza. Como si ya no nos perteneciera.

11. En todo caso, ¿por qué se levantan edificios de ocho y diez pisos y quince y veinte pisos en manzanas de antiguas casas hermoseadas por un aire de siesta? ¿Necesitamos tantos edificios? Según datos oficiales3, vivimos en Montevideo 1.302.954 personas. La superficie del departamento es de 530 km², aunque el área urbana es menor y oscila entre 300 y 350 km². En el departamento de Montevideo hay 407 m² por persona. Si sólo tomamos el área urbana, cada persona dispone de 250 m². Entonces, cada persona tiene una cancha de básquet profesional, o poco más de un cuadrado de 20 x 20 metros para moverse como le plazca. Pero los 400 m² son un espejismo estadístico, porque parte del suelo montevideano es inhabitable. Hay parques, hay ramblas, una cantera, cementerios, avenidas, cuarteles. Hay zonas de muy baja densidad en el oeste, pero la población que se concentra en la costa es altísima. ¿Por qué queremos vivir en edificios altos? ¿Es la voracidad, es la ambición, es la sed de vista? ¿Es el status, es la desmesura, es una rasante noción de éxito? Pienso en esta frase, todo un cliché en los diálogos de películas que vimos hasta el hartazgo en tardes ociosas de la infancia: «¿Ves eso, Jimmy? Algún día todo eso será nuestro».

12. Hay unas 8.500 personas que viven en la calle en esta ciudad. Duermen a la intemperie o en refugios nocturnos. La mayoría son varones y provienen del sistema penitenciario: salen de la cárcel y quedan al amparo del desamparo. Al mismo tiempo, la ciudad sigue produciendo apartamentos que no están pensados para ser habitados. Funcionan como activos financieros, vacíos o transitorios, ajenos a cualquier forma de vida cotidiana. Mientras unas personas no tienen dónde dormir, se multiplican viviendas que no sirven para vivir. La contradicción no es abstracta: está escrita en la forma en que la ciudad elige construir.

13. Una anda por la vida pensando en el futuro, adorando lo que de futuro se gesta y crece, pero hay un filo que apenas distancia lo crítico de lo plañidero. Una añora estar en el primer bando. No quiero ser la nostálgica que llora por lo que ya no existe, la que deplora una ciudad con señales que no quiere ni reconoce como buenas o como bellas. Y sin embargo, tal vez lo sea.

14. Me topo con este tramo en el cuento La casa nueva, de Felisberto Hernández: «Yo con la misma tristeza y mientras esperaba algún cambio misterioso en mi situación, pensaba que de aquellas casas viejas habrían salido los que construyeron las otras, más nuevas, que no mostraban los techos, que parecían como hijas de las más viejas, pero que ya tenían simpatía de tiempos largos, y, sobre todo, si las comparaba con una nueva y antipática que yo trataba de hacer culpable de que me fuera mal, porque allí viviría gente moderna, de esa que le interesa la cultura en una forma tan falsa. Esa casa nueva había arrancado los naranjos de su vereda para lucir mejor unos grandes bloques desproporcionados que se había echado encima de la fachada. Además despedía una estridente luz blanca que primero llamaba a los ojos y enseguida los despedía con violencia. Ni siquiera permitía ver las casas vecinas…». El narrador dice que se encuentra mirando con odio la casa nueva: «Pensé que no debía permitir a los ojos, como no se les debe permitir a los inocentes, que conozcan y guarden odio». Venero a Felisberto con cada partícula que me compone y pienso que debo extirpar, de mí, el odio contra estas casas nuevas, pero qué difícil tarea.

15. De Montevideo, hoy, detesto muchos edificios que rompen la línea del horizonte y rompen los ojos. Cajas de zapatos que prometen amenities de toda clase y color. Salones de usos múltiples. Piscina interior y exterior. Jacuzzi. Solarium. Palabras infiltradas en inglés, que salpican de un pretendido donaire el adefesio. Sky lounge. Cowork. Coffee lounge. Adventure zone. Friends & family room. Kids creativity room. Green library. Business center. Skyview en rooftop. Detesto los tags, esas firmas ilegibles que con aerosoles hacen grafiteros en puertas, veredas, muros, garajes, en mármoles, granitos, hormigones, para decir «aquí estuve yo, este es mi territorio», el colmo del egoísmo, la falta absoluta de conciencia de que lo bello y bueno también es bello y bueno porque se comparte. Detesto las baldosas flojas y rotas, los pozos, los papeles y botellas y las bolsas esparcidas por doquier4. La caca de los perros que mina las veredas. La falta de consideración. Las personas ventajeras. Los ruidos molestos. Detesto las porterías virtuales o los tótems (qué picardía que ese emblema de una familia o de una tribu, ora habitado por personas, ora por espíritus, ahora nombre esos tristes cofres desde cuyas pantallas, portando cámara y micrófono, unas personas que pueden estar en cualquier lugar de la ciudad, o incluso del mundo, custodien las entradas de edificios de apartamentos por control remoto). Entre todas las porterías virtuales, la que más odio es la que tengo frente a mi casa: muchas veces me he despertado, de madrugada, con una voz amplificada que exige que los transeúntes que estén parados en la puerta se corran, so pena de llamar a la policía. (Estoy segura de que es ilegal esa amenaza. ¿Qué nos impide pararnos en la puerta de un edificio cualquiera?). Detesto que exista una ley5 que supuestamente buscaba ayudar al Estado, aliviar el esfuerzo de construcción y facilitar el acceso a viviendas para sectores de ingresos medios, y que hoy se usa para derribar tesoros y levantar, a cambio, criaturas desangeladas que plagan barrios como el Cordón. Por lo general estos edificios nuevos se asemejan entre sí: de techos bajos, con balcones escuetos, paredes finas, mayormente vacíos. Todos comparten la triste vocación de afear la ciudad. Detesto que el puerto no sea un paseo posible para cualquier mortal. Es más bien un enigma, vedado, que no podemos disfrutar porque se consagra únicamente en su veta comercial. Terminal de contenedores. Grúas. Operarios con chalecos fluorescentes. Paseantes, ninguno.

16. Recuerdo La ciudad en la playa (1961), un poema visual de Ferruccio Musitelli. A lo largo de los doce minutos de este cortometraje, Musitelli construye una semblanza solar, balnearia, vigorosamente atenta a nuestros rituales, nuestros cuerpos, el comportamiento, lo que bajo el sol, en el mar, al lado de la ciudad, tenemos de cardumen. En esa Montevideo había una esencia conmovedora que podía hablar de lo que una vez fue esa casa que sustituyó el mundo. ¿Qué queda de esa casa? ¿Qué quedará en el futuro de esta casa que hoy habitamos?

17. Pienso: para restablecer el orden, habría que hacer un ejercicio de demolición. Busco información sobre tipos de demoliciones. Leo las palabras: «presión», «inestabilidad», «abrasión». Ya que no puedo dinamitar de veras, dejaré aquí planteado que esta ciudad necesitaría perder cosas para convertirse en los restos que en el futuro queremos que hablen por nosotros, que digan que una vez fuimos esta beldad que pudo resistir tantos embates e intentos de ser arruinada. La operación, entonces, es una intervención correctiva. Una maquinaria que nos devuelve alguna clase de orden y probidad. Cuando mañana no estemos y vengan arqueólogos y estudien nuestros hábitos, nuestras formas de ser o de pensar, a través de la mirada sobre lo que perdura, podrán ver en esos agujeros (parques, silencios, reservas) también un testimonio de que pudimos recuperar lo perdido, que pudimos rescatar nuestros lugares invadidos. Algo hablará por nosotros, en cualquier caso. Se impondrán los restos. Anoto: «La ciudad puede sustituir al futuro, pero el futuro no puede sustituir a la ciudad».

18. Este juego que propongo es discutible y autoritario, lo admito. Una revolución que tira abajo cosas horribles. Demolería edificios, hábitos, problemas. Excavaría, trituraría, aplastaría, colapsaría, implotaría. Demolería, para empezar, la noción de que es normal o esperable que la gente viva en la calle. Tiraría edificios que rompen con la escala y la armonía de la ciudad. Tiraría las cárceles que parecen vivir a imagen y semejanza de todos los círculos del infierno. Extirparía los grandes centros comerciales que cambiaron para siempre la fisonomía de barrios de casas bajas. Demolería el sinfín de señalizaciones que invaden las calles y las vuelven una miscelánea de estímulos. Borraría los espantosos bolardos (una fealdad que se vale de una palabra fea para existir). Explotaría edificios que avanzan sobre la vereda e invaden retiros. Los carteles enormes, a veces iluminados, que contaminan el espacio, que lo colonizan, que apabullan, desaparecerían. Reuniría un vasto catálogo de atrocidades nacidas del desatino: no dejaría tótem con cabeza. Iría más lejos.

19. Salvo pocas excepciones (entre las que se cuentan el Edificio Ciudadela, el Palacio Díaz, el Panamericano, el Palacio Salvo) demolería edificios de más de diez pisos. Empezaría por la Torre Patria. Seguiría por el World Trade Center: dos torres con piel de vidrio, un canto al lenguaje importado, un recinto que tanto podría estar en Montevideo como en Ciudad de Panamá o en Sydney. El World Trade Center es un homenaje a la presunta idea de que los distritos financieros deben verse de una única manera: una que no dialoga con el barrio ni con el contexto, una idea de lo público sumamente privada, la escenografía de una isla corporativa clonada en torres intercambiables, que no ofrece nada a nadie que no entre por la puerta giratoria, un reflejo que al tiempo que reverbera estampas del entorno, esconde el interior y oculta su métier. Esas torres quieren avasallarnos. Quieren vasallos. Pero no somos vasallos y no las queremos. Se van. Con especial placer rompería el edificio Joy, una mole de veintiocho pisos que se paró al lado de un edificio noble —una proa de cinco pisos que remataba la desembocadura de la calle Ponce en Bulevar Artigas, una esquina armoniosa, que veíamos como se ven las cosas elegantes, hoy destrozada por la desmesura de esa obra chabacana que tiene al lado—. Joy grita violencia de escala. Demolería buena parte de los edificios que invaden ahora la zona sur de los barrios del Cordón, Palermo y Barrio Sur. ¿Y la línea de edificios que ha eliminado el sol de la tarde de la Playa Pocitos y el Buceo? Hay varios interesantes. Dudo. Pero no dudo: fuera, abajo, cae un murallón.

20. Pienso en la querida regla de tres. Con una ciudad de edificios de apenas dos pisos promedio, la superficie habitable equivalente se duplica: 500 m² por persona. Con tres pisos, asciende a 750 m². Con cuatro, a 1.000 m². Una ciudad con edificios de hasta cuatro pisos, salvo un puñado de excepciones, irradia una forma de bondad. No se necesitan más pisos. Después de todo, como demolería cosas que han debido demoler otras para existir, o que avanzaron sobre espacios que eran mejores cuando estaban vacíos, tal vez se me aplique lo que dicta el refrán: «ladrón que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón». Decreto: la altura máxima permitida para los nuevos edificios sería de cuatro pisos.

21. Que conste, yo no estoy de acuerdo con demoler estatuas, no estoy segura de que derribar monumentos a esclavistas o genocidas sea bueno, porque considero que esas estatuas testimonian también el tiempo en que fueron erigidas. El tiempo en que a un genocida se le tributaba la inmortalidad: su perfil tallado en mármol en el corazón de un parque público. Mi ejercicio tiene reglas: no tiraría obras de arte, obras que fueron concebidas como arte.

22. Más preguntas surgen, y traen huecos. ¿La ciudad debe ser problemática para ser ciudad? ¿Será que existe una piedra inevitable en el zapato? ¿Es esa una porción de grotesco que está en su naturaleza y que hay que admitir con resignación?

23. ¿Y qué sucedería después de demoler? Ya que no se pueden reintegrar los tesoros de valor patrimonial que nos sacaron, ya que no hay resurrección posible para tantas casas amplias, frescas, con patios de claraboya, derribadas, exterminadas, pensaría qué hacer con los huecos, el testimonio, la prueba de una bifurcación fatal en el camino de la ciudad. El momento en que esto perdió el rumbo. Cada hueco, una oportunidad, una intención. Por cada buraco, un testimonio. Flota el polvo de los escombros. Tantas demoliciones nos dejaron esta nube. Y desde acá me pregunto: ¿qué hacemos ahora con todo el sitio nuevo, nacido de las demoliciones? Porque ahora los baldíos tienen, pobres, secretos vergonzosos en su prontuario. Son la evidencia del acto de justicia, pero retratan una condena. La ciudad, difamada para siempre por esas montañas de escombros de la Torre Patria, del Joy, del World Trade Center, y toda la caterva de indignidades. No, no dejo los escombros.

24. Es preferible pensar en laberintos, un tejido verde, parques, puentes, pasajes y pasadizos, estanques con peces, silencios, conexiones. Una antigua ciudad nueva, poblada por esos intersticios de silencio. La ciudad reúne un conjunto de islas habitables con discontinuidades, pausas, memorias, imaginaciones. El pasado se pone adelante y trae el futuro consigo. Escribiría un manifiesto. Acaso, retroactivo6. Habría una estación central de ferrocarriles viva. Con trenes. O un museo. Que la ciudad hable de un mundo mejor, de un momento mejor, una idea no envilecida de la vida. Es una ficción lo que propongo (como ficción es Ingeniería).

25. La casa, la ciudad, este mundo con sus confines, viviendo un sueño eterno, como una Atlántida dormida, pero esta siesta sucede fuera del agua. La arqueología que rescata la ciudad demolida, que es una manera de decir defendida de la profanación y liberada de la mácula, reconocería una ciudad más generosa. Vería una promesa espacial. Montevideo, alumbrada por la impunidad de un sol que sigue bañando las cosas suspendidas, se deja visitar. Intentan comprenderla. Quieren saber qué fue de nosotros, qué fue lo que hicimos en un pasado que aprendió a durar y en un futuro que aprendimos a habitar gracias a algunas ausencias (porque algunas ausencias hacen bien). Son dos, los arqueólogos. Un hombre y una mujer. Llegan. Se paran. Observan en derredor las casas, los parques, los balcones, las balaustradas, los pasajes, las nuevas conexiones nacidas después de la demolición, los restos. Caminan por la rambla. «El mar está tranquilo hoy», dice ella. Él corrige: «Es un río, en todo caso un estuario». «Ellos le decían mar», dice ella7. Se callan. Miran. Esperan, del paisaje, una contestación8 que se deletrea en cada cosa que prevalece.

Desfile de Carnaval. Rambla República del Perú. Marzo de 1930. Gentileza del Centro de Fotografía de Montevideo (CDF).

1. «La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos de continuidad. Sin ella, el hombre sería un ser disperso. Lo sostiene a través de las tormentas del cielo y de las tormentas de la vida. Es cuerpo y alma. Es el primer mundo del ser humano», dice Gastón Bachelard.
2. Dice Piropo, canción de Jaime Roos: «Lo más lejos que hay / es el fondo del mar / Lo más cerca que hay es la panadería / Y en el medio aquí estoy / recordando».
3. Censo de 2023.
4. Pero, claro, si hay miles de personas viviendo en la calle, si la calle es su baño, su cocina, su habitación, ¿cómo se lamenta lo ajado, lo sucio o el abandono?
5. Ley n° 18.795.
6. No sé si podría hacerlo, a decir verdad. Creo que no sabría cómo. Mejor, abriría ese manifiesto como obra colectiva.
7. Y está en lo cierto.
8. «He preguntado algo / y espero del paisaje una contestación», decía el poeta uruguayo Alfredo Mario Ferreiro (1899-1959) en Oráculo (poema inocente que se quedó a pie).