¿ES POSIBLE UNA CIENCIA CUALITATIVA?

Goethe mostró el camino hacia otro tipo de ciencia pero su propuesta fue descartada. Una ciencia cualitativa que no menoscabara o considerara inferiores ontológicamente las impresiones y sensaciones humanas, la vida de la sensibilidad o, lo que los humanistas de todas las épocas, han llamado la «vida del espíritu». El cultivo de la atención y el silencio, el cuidado de la percepción y la participación e implicación de lo percibido, estudiar la mente sin tratar de desmontarla (pues carece de partes), podrían ser objeto de estudio de una ciencia cualitativa, mostrando ese otro aspecto de la naturaleza que siempre han buscado los artistas y los poetas. Hay una idolatría cognitiva que consiste en creer que el pensamiento está en nuestro interior y que vivimos rodeados de objetos. El arte nos muestra que vivimos dentro de la dimensión de la mente, que no está dentro ni fuera, o que está tanto en los objetos en los que se posa como en la conciencia que los hace presentes. Esa dimensión no es visible pero nos hace ser lo que somos. Una consecuencia de ello es que la posibilidad no tiene por qué ser menos real que la necesidad. La posibilidad es lo que imprime el carácter proteico al mundo, sobrevuela la necesidad y la atrae hacia sí.

La capacidad analítica no desarrolla la percepción sino que la sustituye. Los estudiantes de ciencias no suelen mostrar un interés particular en la contemplación de la naturaleza. Al menos no con esa implicación en el fenómeno que propone Goethe, con esa participación y complicidad. La educación científica no desarrolla esas capacidades, de ahí el estereotipo de genio distraído que no ve lo que tiene delante precisamente porque lo ha abstraído. Ya hemos mencionado que funciones vitales esenciales como la respiración, la nutrición y la experiencia de la sensibilidad, no siguen la lógica de los cuerpos externos. Con ellas se traspasa continuamente el límite entre lo interno y lo externo. Las actividades como la atención y el olvido, que consisten en incorporar o desechar, son el verdadero secreto de la vida. Un secreto que no puede residir en el nivel elemental (la molécula de ADN, digamos) más que en el complejo (qué se mira y cómo se mira). La vida está tanto en la semilla como en el fruto (los valores), tanto en la gravedad como en la gracia, tanto en la luz como en la oscuridad. Uno de esos niveles admite el análisis cuantitativo, el otro lo rechaza.

El color escapa a lógica de los cuerpos externos y Goethe propone una visión que es complementaria (no opuesta) a la visión analítica. Pero que evita estudiar el color prescindiendo del color, como hoy se estudia la mente prescindiendo de los hábitos de la atención o de los objetos de observación. La distinción primario/secundario es metodológica. No nos dice nada del propio fenómeno. De hecho, como hemos visto, reducir el fenómeno a lo primario es una manera de desembarazarse de él, de dejar de ver los colores para trabajar con el blanco y negro de la cifra en el papel. Se estudia el color prescindiendo del color (como hoy se estudia la mente prescindiendo de la mente), con una ciencia incolora. Y lo mismo ocurre con el sonido, que se reduce a número y se cuantifica con la correspondiente frecuencia de vibración, con una ciencia sorda. Galileo llega a afirmar que sólo las cualidades primarias son parte de la naturaleza, las secundarias «no son más que meros nombres y sólo residen en la conciencia, de modo que si se retirara la criatura viva, todas estas cualidades se eliminarían y aniquilarían». La frase de Galileo anticipa la enajenación moderna: el mundo real es un mundo mecánico y sin vida. La vida de la sensibilidad no es «realmente» parte de la naturaleza, sino un mero accidente prescindible, resultado fortuito de una selección natural azarosa.[10]

Los sentidos no engañan, sólo el juicio puede hacerlo. En el acto de ver el mundo ya vemos significado. La dimensión de la mente no suele resultar visible en el proceso normal de la cognición. El significado está y no está en el campo visual. Estrictamente hablando no está, pero se suscita cuando entendemos qué es aquello que vemos o identificamos en una imagen. Esta unidad se experimenta como parte del fenómeno percibido. Goethe ambicionó una inversión epistemológica. Retirar la atención del pensamiento abstracto y colocarla en la percepción. Hacer ciencia meditando, intuyendo, profundizando en el fenómeno. El investigador no impone su modelo teórico a la naturaleza, obligándola a responder en su propio vocabulario, sino que se mantiene abierto y atento a ella. La voluntad se torna receptiva, la conciencia participativa. Además, Goethe ambicionó integrar la propia contemplación en el fenómeno. Verse viendo y llevar esa reflexión al fenómeno mismo. De modo que el fenómeno mismo se convirtiera en su propio lenguaje. Un proyecto audaz y quizá irrealizable. Como apunta Bortoft: «Los científicos goethianos no proyectan sus pensamientos sobre la naturaleza, sino que ofrecen su pensamiento a la naturaleza de modo que ésta pueda pensar en ellos y el fenómeno se desvele a sí mismo. No se trata de una correspondencia entre una idea producida en la mente y el fenómeno en la naturaleza, que es como lo ve el dualismo epistémico moderno. Al contrario, es una participación ontológica del pensamiento en el fenómeno, de modo que el fenómeno pueda habitar el pensamiento». No estoy seguro de que sea un proyecto realizable a gran escala o de que la propuesta pueda algún día convertirse en una corriente científica de alcance. Trabajar a la manera de Goethe requiere una transformación en el propio científico, cultivar la imaginación y la percepción consciente (practicar la «imaginación sensorial exacta») y dejar a un lado el registro mecánico de los datos.[11]

La física matemática es la física de la materia, no de la naturaleza. Su éxito fue tal, que las ciencias de la vida la imitaron. La ciencia institucional de hoy se ocupa de los aspectos cuantitativos de los fenómenos, de lo sujeto a medida. El enfoque de Goethe es el inverso, es la ciencia de la cualidad, que complementa al anterior. No estoy seguro de que pueda o deba llamarse «ciencia», pero Goethe así lo quería. Personalmente, prefiero el término «cultura mental». En ella, en vez de dominar la naturaleza, el conocimiento se convierte en una sinergia entre la humanidad y la naturaleza. Un sueño utópico, quizá, pero que hoy tiene, más que nunca, una dimensión terapéutica. Sea como fuere, como modo de estar en el mundo, como cultura mental centrada en el hecho de percibir y ser percibido, como filosofía de la sensibilidad, me parece un proyecto no sólo legítimo, sino apasionante. Es muy posible que la ciencia de la cantidad nos lleve al desastre, no debido a su debilidad, sino a su fuerza. Toda su energía, en manos insensatas, puede acabar con los incuestionables logros del conocimiento. Pero no seamos derrotistas. La propuesta de Goethe fracasó, como fracasó también esa otra ilustración que promovieron, cada uno a su manera, Leibniz y Berkeley. Quizá todavía estamos a tiempo de recuperar algunas de sus propuestas.

 

BIOGRAFÍA
Goethe, J. W. La metamorfosis de las plantas, Atalanta, 2020.
Bortoft, Henri. La naturaleza como totalidad, Atalanta, 2020.

 

[1] Los complementarios en cierto sentido se niegan uno a otro, pero se necesitan para la visión de la totalidad. La naturaleza es matematizable, pero una vez queda matematizada ya es otra cosa. Cambia de «naturaleza», como decía Bergson. Lo cuantitativo cuando lo divides no cambia de naturaleza, pero cuando divides lo cualitativo lo que te encuentras ya es una cosa de otro tipo, ya no es cualitativo, ya no hay acceso a la totalidad.

[2] J. L. Borges, La encrucijada de Berkeley: «De distinción en distinción, nos acercamos al dualismo hoy amparado por la física, componenda que […] estriba en considerar algunas cualidades como sustantivos de la realidad y otras como adjetivos. Por regla general, sólo se adjudica sustantividad a la extensión, y en cuanto a las demás cualidades, color, gusto y sonido, se las considera enclavadas en un terreno fronterizo entre el espíritu y la materia […]. Esa conjetura adolece de faltas gravísimas. La desnuda extensión monda y lironda que según los dualistas y materialistas compone la esencia del mundo, es una inútil nadería, ciega, vana, sin forma, sin tamaño, ajena de blandura y de dureza, una abstracción que nadie logra imaginar».

[3] La inteligencia se ocupa de lo muerto —nos dice Bergson—, pero no hay que olvidar que sin ella no habríamos podido sobrevivir como especie.

[4] Les afectan, como si no tuviesen personalidad, las compañías. Ocurre lo mismo con las palabras, cuando dejan de ser palabras-probeta (a una presión y temperatura específica), y salen del laboratorio al mercado. Allí se mezclan con otras y pierden su legitimidad (Véase Rendir el sentido, Pre-Textos)

[5] El experimento se considera el paradigma del experimento científico y, aunque su legitimidad ha sido cuestionada por algunos historiadores de la ciencia, no es este el lugar para analizarlas.

[6] Como decía Demócrito, el matemático se arranca los ojos para pensar. Atender a la cantidad es darle la espalda a la presencia de las cosas, ignorarlas, pasar a otra cosa, dejar de ver para centrarse en calcular o manipular. Cuando sólo nos ocupamos de la abstracción cuantitativa nos olvidamos del fenómeno (por una supuesta esencia tras los bastidores).

[7] Goethe veía en la causalidad mecánica una forma particularmente reducida y simple de la causalidad. Rechaza su implantación como causalidad única y exclusiva del método científico, tiene unas raíces filosóficas claras: el auge de la filosofía corpuscular y la distinción de Locke entre cualidades reales (movimiento, masa, posición, impenetrabilidad) y las irreales (color, aroma o sonido), que quedan confinadas en el ámbito acientífico y subjetivo de la conciencia. Goethe protestará ante esa segregación. Ambos tipos de cualidades son igualmente reales. De hecho, las primarias, son cualidades del tacto y de la vista: la impenetrabilidad de la materia y el movimiento. Ese es el origen histórico y filosófico de la causalidad mecánica y del enfoque cuantitativo para el estudio del mundo natural.

[8] En esa elección entra, claro está, el carácter de los propios científicos. El imperio de la cantidad satisface a ciertos temperamentos, mientras que para otros, consagrar la atención a una ciencia incolora y abstracta resulta absurdo. El instrumento científico, ya sea microscopio o telescopio, no nos hace ver más, ni afina la sensibilidad. De hecho, en general la obtura, con la pantalla o el instrumento las cosas pierden profundidad.

[9] En la época de Goethe las cualidades habían quedado relegadas al ámbito de lo subjetivo y no eran objeto de la ciencia. Sólo interesaba lo que había detrás de ellas, la interacción corpuscular que las explica y con cuyos números opera la física matemática. La publicidad farmacéutica, que trabaja sobre nuestras creencias más arraigadas, no ofrece dudas. ¿Tiene usted dolor de cabeza? Estas pastillas, cuyo efecto se muestra en imágenes como un billar sanguíneo, le resolverán el problema. Esos corpúsculos en acción son el trasfondo de la realidad y sobre ellos opera la ciencia.

[10] Mientras que para la inteligencia medieval la cantidad era una categoría menor, en la ciencia moderna dominará al resto de las categorías. El nuevo interés es la manipulación y el control de la naturaleza y la forma de conseguirlo es la ecuación matemática. De entre todos los sentidos cuantificables, el tacto, que constata lo sólido y externo, se considerará que tiene un acceso privilegiado a lo real, un acceso que será desmentido por la teoría de relatividad, que privilegia la vista (el sistema de referencia). La sensibilidad mecanicista es ciega y sorda, es una sensibilidad del tacto. La naturaleza queda reducida a lo tangible.

[11] Requiere, de hecho, un cambio de vida incompatible con el día a día del trabajo en los laboratorios. En largas jornadas, el trabajo automático es necesario. Ningún operario resistiría la intensidad de la percepción goethiana. Para ello hace falta tiempo libre, estar descansado y bien alimentado. Vivir, en definitiva, sin estrés ni preocupaciones.

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