POR GONZALO BAZ

Últimos días de diciembre en Montevideo, el momento en que la ciudad experimenta los primeros calores agobiantes, cuando los aires acondicionados gotean sobre las cabezas de los transeúntes y la fiebre de los regalos de Navidad, en su fase maníaca, se concreta en ferias estivales por distintos barrios. Hace por lo menos quince años que trabajo esta zafra en las diferentes ferias que se extienden a lo largo de todo el Parque Rodó como luminiscentes y coloridos animales invertebrados. Mientras la ciudad celebra su liturgia secular —esa herencia del batllismo que transformó la Semana Santa o de Pascuas en «Semana de Turismo» y la Navidad en el «Día de la Familia»—, en los márgenes de los puestos de feria proliferan objetos que no pertenecen a este siglo. Ahí, donde el plástico de los juguetes chinos de moda, las artesanías y las novedades literarias a punto de caducar conviven con la herrumbre, es donde Montevideo revela su condición de ciudad hechizada por el cachivache.

El cachivacheo es mucho más que una afición a la antigüedad; eso no nos costaría encontrarlo en casi todas las ciudades del mundo. Sin embargo, en Uruguay el fenómeno se parece más a un síndrome de Diógenes colectivo. Los uruguayos estamos tan embadurnados de esta forma de ser que hasta nos cuesta extrañarnos cuando transitamos las decenas de puestos de las principales ferias, como la de Tristán Narvaja, Larravide o Piedras Blancas, donde podemos encontrar todo tipo de objetos y trastos: desde perillas de electrodomésticos y tapas guachas de ollas, hasta satánicas muñecas de porcelana o fotografías familiares de épocas difíciles de descifrar. Puede parecerse a un mercado de pulgas de cualquier capital; sin embargo, Montevideo excede estos espacios mostrando sus vísceras en la casa de cualquier vecino que atesta su patio de materiales rotos, oxidados, llenos de injertos en intervenciones involuntarias; en autoparlantes que perforan la siesta de los barrios con su texto invocador: bateríiiias, radiadoooores compro, máquinas vieeejas, casilleeeros, calefooones, bateríiiias compro. Los objetos nos reclaman, nos piden atención.

Hace poco, intentando investigar sobre la relación de los montevideanos con los objetos, me topé con un libro de 1984 que tenía perdido entre montañas de volúmenes acumulados en mi apartamento de Jacinto Vera: Crónicas montevideanas de un siglo atrás. Publicado un año antes de mi nacimiento, su autor es Sansón Carrasco. Lo compré precisamente en una librería de Tristán Narvaja cuyas mesas estaban llenas de libros usados a precios ínfimos. Me sentí feliz por la confirmación del popular dicho «el que guarda siempre tiene», cuya mística dicta que es válida la acumulación de objetos siempre y cuando uno tenga la esperanza de que en algún momento le serán útiles. Así llegué a leer la crónica llamada «Manuel Fernández Tablas, el cachivachero del Cordón». Sansón Carrasco era el seudónimo de Daniel Muñoz, periodista y político de principios del siglo XX, fundador del diario batllista La Razón —cuyo programa era «combatir el catolicismo y demás religiones positivas»— y primer intendente de Montevideo de 1909 a 1911. Cuando Muñoz no estaba peleándose con la Iglesia católica, solía escribir crónicas costumbristas tan singulares como brillantes:

«Lo viejo es su fuerte, su pasión, su delirio. Lo nuevo, solo lo tolera roto. Entre una copa de cristal intacta, y otra quebrada por el pie o desportillada por la boca, opta por esta. ¿Para qué? Para nada; para guardarla, para hacer más grande el montón de los objetos inútiles, para darse el placer de ver su casa atestada desde el piso hasta los tirantes, desde el patio hasta la azotea, revuelto todo y confundido en el más espantoso desorden que pueda nadie imaginarse».

Sansón Carrasco, Crónicas montevideanas de un siglo atrás.

Esta crónica, publicada en La Razón en 1884 —cien años antes del libro donde la leí—, no es solo una nota de color sobre la anomalía de un conocido personaje montevideano, sino la descripción de un modo de ser cuya genética debe buscarse en la Guerra Grande, en la Montevideo sitiada. Es la herencia de esa «Nueva Troya» que fascinó a Dumas y que incubó el imaginario convulsivo de Isidore Ducasse.

La Guerra Grande y el Sitio de Montevideo (1843 a 1851) no fueron solo un conflicto de fronteras, sino el trauma fundacional del Uruguay moderno; una zona de fractura donde colisionaron la América hispánica representada en Rosas y Oribe y la Europa industrial franco-inglesa, la Montevideo riverista. Durante los años del sitio, la ciudad se convirtió en un alucinado experimento demográfico: Montevideo recibió a más de treinta mil inmigrantes, de los cuales más de la mitad eran franceses. El oficial y cronista francés Marcel Chevalier de Saint-Robert recordará con asombro la imagen de septiembre de 1842, cuando «se avistaron hasta ciento dieciséis navíos franceses en altamar». Esta influencia gala, en el centro de una guerra entre unitarios y federales, persiste en el inconsciente colectivo como un sedimento ominoso. El terror, los degollamientos y descuartizamientos perpetrados por las fuerzas de Oribe y de Rosas, narrados en la lengua de Victor Hugo, tiñeron de sangre la mirada de aquellos «asquerosos franceses, salvajes unitarios». Fue el trágico fin del esclavismo con la liberación de esclavos para ir al frente de batalla en la defensa. Es en ese desembarco masivo de hombres y materiales, en ese choque entre el refinamiento de la tierra fantaseada en novelas como La nueva Troya, en las mercancías de lujo que llegaban al puerto, en los primeros equipos industriales y en el intento de nombrar la violencia en una lengua extraña, donde se configuran las primeras capas de esta ciudad hechizada.

Una lectura atravesada por los clichés del «ser uruguayo» diría que este modo de vida está signado por la nostalgia, que se aferra a los objetos del pasado. Los uruguayos somos los primeros en autopercibirnos nostálgicos; todo tipo de opinadores de lo uruguayo, con ceguera epistemológica, lo confirman. Tal vez tengan razón. Yo prefiero pensar que nuestra relación con la mercancía está atravesada por otro tipo de pulsiones o de hechizos. Mi primer trabajo serio fue en una librería de usados en la famosa calle Tristán Narvaja y allí conocí lo que hay detrás de estos personajes obsesivos, siempre en búsqueda de lo raro o lo prohibido, herederos de Cambalache y de Manuel Fernández Tablas, propiciadores de una especie de samizdat que pone en circulación textos en algún momento censurados. Libros como los del historiador Francisco Berra, fuera de circulación oficial y cuya historia prohibida del Uruguay riñe hasta el día de hoy con los principales mitos fundacionales y héroes patrios. Aquella zona entre el delirio, la obsesión y la curiosidad es el hábitat de estos seres en busca de historias perdidas, íntimas, ocultas. Los cachivacheros habitan eso que provoca la vibración de las cosas, más que lo que les da sentido. En mis primeros años laborales entendí que lo que importa no es la utilidad, sino las posibilidades truncas de cada objeto y esa extraña potencia enunciativa que este dispara sobre el presente.

Probablemente uno de los que mejor percibieron esta cualidad hechicera de los objetos fue Felisberto Hernández. Sus objetos están poseídos por una memoria; no una memoria nostálgica, sino una que actúa sobre el presente, interviene y modifica. Felisberto no es un autor del pasado, sino de la memoria como entidad inquietante y actual. Una mesa, un piano o una muñeca no son mercancías obsoletas, sino actantes que imponen su propia lógica al espacio que habitan. Montevideo es un aquelarre de objetos que esperan su momento.

«El piano era un gran amigo de mi madre (…) Me acostumbré desde muy niña a oírlo nada más que por la noche. Era cuando lo tocaba mi madre. Ella encendía las cuatro velas de los candelabros y tocaba notas tan lentas y tan separadas en el silencio, como si también fuera encendiendo, uno por uno, los sonidos».

Felisberto Hernández, El balcón.

Este ensamblaje entre lo material, lo sonoro y lo afectivo es el corazón del cachivacheo. Cuando transitamos los puestos con pasos lentos, dejándonos afectar por el murmullo de esas extrañas configuraciones de materiales y mercancías, por los diálogos en lengua indescifrable de los objetos sobre la mesa, en una vidriera o un paño mugriento, lo que sea que las contenga, es cuando el hechizo se hace efectivo, actual. Estos encuentros fortuitos entre objetos disímiles, de diferentes épocas y procedencias, son el trasfondo de la ciudad portuaria, la Coquette del Río de la Plata por cuyos arroyos el niño Isidore Ducasse navegaba en barcazas federales a escondidas de su padre para ver las clandestinas riñas de gallos.

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Entre el glitter de los productos de temporada y la simpatía estandarizada de los carpinchos de peluche, sobrevive un puesto en la feria del Parque Rodó que ofrece chapas de calles cuyos nombres han cambiado hace décadas y cajas de cartón atestadas de cuchillos y sartenes usados por quién sabe cuántas generaciones. Son objetos anteriores a la decadencia industrial uruguaya, materiales que han sobrevivido a sus dueños y que hoy parecen reclamar nuestra distorsionada atención decembrina. En ese entrevero de hierro y madera, el vendedor —espeleólogo de tachos de basura y depósitos de Emaús— ofrece algo más que mercancía: ofrece fragmentos de un mundo que se niega a ser descartado.

El cachivachero trabaja en esa zona liminar y siniestra de la historia. Los objetos emancipados de su contexto nos hablan de las aspiraciones de otra época y, al hacerlo, nos devuelven una imagen cruda de la ciudad actual: la del consumo de plataformas, los pedidos a domicilio y la mercancía en estado de obsolescencia perpetua. Ese extrañamiento al que Freud caracterizó como ominoso es producto de una represión histórica, un pasaje que convirtió aquellos materiales que alguna vez fueron familiares en objetos de hechicería felisberteana. Roger Caillois apunta que en cada objeto habita un residuo irracional, un núcleo donde se esconde no solo el trabajo vivo «vampirizado por el capital», sino también los deseos y las promesas de un tiempo anterior.

Tal vez en algunos años suceda lo que especuló Ramiro Sanchiz en Un pianista de provincia y el plástico con el que jugamos de niños nos interpele; ese polímero en el que se representó la historia a escala de Playmobil. En algunas galerías del centro de Montevideo ya se pueden encontrar esas colecciones bajo vidrio, piezas de un museo de la obsolescencia que pronto caerá en las cajas de cartón de un nuevo cachivachero. Al final, esta ciudad no es solo un depósito de ruinas, sino un escenario donde lo que fue descartado espera su turno para volver a hechizarnos. En Montevideo, la historia no se supera: se amontona, se revuelve y, de vez en cuando, nos mira de frente desde el fondo de una caja de feria.