Este acontecimiento tantas veces ignorado, pareciera que a propósito, desmonta la idea de la superioridad tecnológica y armamentística española y la influencia que enfermedades como la viruela tuvieron para que Cortés conquistara México. Por mucho que algunos autores quieran restar mérito a la dificultad que suponía conquistar un imperio de al menos cuatro millones de personas, defendiendo que sus guerreros estaban en su mayoría infectados por la viruela, no es el caso. No solamente porque los españoles eran buenos soldados, sino porque contaban con la alianza mencionada de miles de aliados indígenas. Eso, unido a un formidable líder, con extraordinaria inteligencia, valor, decisión y determinación, y con un carisma y psicología capaz de motivar a unos soldados que, desde un principio, no tenían ninguna intención ni voluntad de conquistar nada y que, además, estaban deseando volver a Cuba, magnifica la figura de este pequeño gran extremeño. La capacidad de Cortés a la hora de conquistar la voluntad de sus soldados, de hacer de sus enemigos aliados y la de convencer al mismo emperador con cartas magistralmente escritas hace que estemos hablando del hombre más capacitado para llevar a buen puerto las victorias logradas en el imperio mexicano y de uno de los grandes capitanes de la historia. Se puede aducir que Cortés, como rebelde que era al gobernador de Cuba Diego Velázquez, no tuvo más remedio que hacer lo que hizo, ya que, muy probablemente, hubiese acabado en la horca de otra manera, pero lo más importante es que lo hizo y, además, excepcionalmente bien. Genialidades como las de construir carabelas para poder moverse por el lago de Texcoco o capturar y poner en custodia al mismo Moctezuma mientras le hacía creer que era huésped en su propia casa muestran su capacidad de embaucador. Cortés pudo haber sido el nuevo emperador de la Nueva España, si bien su inteligencia, no carente de desconfianza y maquiavelismo, le hizo ser fiel a su señor. Seguramente, porque sabía que tarde o temprano terminaría siendo traicionado si no lo hacía. También pudo haber sido el protodictador de la América española, como muchos otros después de él, pero prefirió pasar a la historia como un vasallo fiel dispuesto a dar su vida por el rey su señor e, incluso, como hemos visto, a ofrecerse a conquistar imperios más grandes aún que el ya conquistado mexicano.

Dejando aparte la calidad moral del capitán español, está claro que su capacidad de liderazgo, su inteligencia, su valor, su estrategia, su saber actuar de forma fulminante, por sorpresa y con nocturnidad y, sobre todo, el haber sabido ir a la cabeza del jefe del bando opuesto hacen de este personaje uno de los grandes líderes militares de todos los tiempos. La Audiencia de la Española, conocedora de lo que estaba ocurriendo, estaba alarmada ante la perspectiva de una lucha fratricida entre españoles en tierras lejanas y mandó con urgencia al oidor Lucas Fernández de Ayllón para que hablase con el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, y, así, frenar la sangría (Miralles, p. 216). Sin embargo, aunque sí se consiguió que Velázquez se quedara en la isla de Cuba, Pánfilo de Narváez tomó su testigo, poniéndose al mando de la más grande expedición hasta entonces vista para destrozar a Cortés, ignorando al representante de la Corona. El gran especialista en Cortés, José Luis Martínez, nos da estos números:

Bernal Díaz, capítulo cix, consigna diecinueve naos, mil cuatrocientos soldados, que incluían noventa ballesteros y setenta escopeteros, ochenta caballos y veinte tiros de artillería; Andrés de Tapia, página 89, recuerda dieciocho navíos, «más de mil e tantos hombres, e que traían muy buena artillería», noventa caballos y más de ciento cincuenta ballesteros y escopeteros; y López de Gómara, capítulo xcvi: once naos, siete bergantines, novecientos españoles y ochenta caballos. El licenciado Vázquez de Ayllón menciona, además, mil indios de Cuba (Martínez, 1990, p. 259, n. 29).

 

Pero ¿cómo se las ingenió Cortés para reducir en una hora a una tropa española muy superior en número, caballos, artillería y soldados que, además, lo estaba esperando? Para empezar, Cortés no llevaba ni caballos ni artillería y el número de sus soldados se reducía a unos doscientos. Así nos lo cuenta en su segunda carta de relación:

Y como yo deseaba evitar todo escándalo, pareciome que sería el menos yo ir de noche, sin ser sentido si fuese posible, e ir derecho al aposento del dicho Narváez, que yo y todos los de mi compañía sabíamos muy bien, y prenderlo. Porque preso él, creí que no hubiera escándalo, porque los demás querían obedecer a la justicia, en especial que los demás de ellos venían por fuerza, que el dicho Diego Velázquez les hizo, y por temor que nos les quitase los indios que en la isla Fernandina tenían. Y así fue que el día de Pascua de Espíritu Santo, poco más de medianoche, yo di en el dicho aposento, y antes topé las dichas espías, que el dicho Narváez tenía puestas, y las que yo delante llevaba prendieron a la una de ellas, y la otra se escapó, de quien me informaron de la manera que estaban (Cortés, 2007, segunda carta, p. 94).

 

Por supuesto, debemos contrastar la información que nos da Cortés con otras fuentes sobre el mismo suceso. Así, por ejemplo, Francisco López de Gómara nos cuenta en el capítulo 101 de su Conquista de México: «Estaba tan bienquisto de aquellos sus españoles Cortés que todos querían ir con él; y así, pudo escoger a los que quiso llevar, que fueron doscientos y cincuenta, con los que tomó en el camino a Juan Velázquez de León. Dejó a los demás, que serían otros doscientos, en guarda de Moteczuma y de la ciudad» (López de Gómara, 2007, p. 194).

Resulta interesante observar cómo la información que se tiene de este testimonio no difiere mucho de la versión que nos da el ilustre soldado y autor Bernal Díaz del Castillo. Aunque es verdad que la descripción de Bernal Díaz es mucho más emocional y detallada, el número de pérdidas humanas ofrecido por ambas es casi el mismo. En este caso, se elevan a tres y los heridos pasan a siete. Así describe Bernal Díaz el incidente de la captura de Narváez una vez que uno de sus dos centinelas hubo dado la voz de alarma:[iii]

Y Narváez llamando a sus capitanes y nosotros calando nuestras picas y cerrando con la artillería todo fue uno, que no tuvieron tiempo sus artilleros de poner fuego sino a cuatro tiros, y las pelotas algunas de ellas pasaron por alto, y una de ellas mató a tres de nuestros compañeros. Pues en aquel instante llegaron todos nuestros capitanes tocando al arma nuestros pífanos y atambor, y como había muchos de los de Narváez a caballo, detuviéronse un poco con ellos, porque luego derrocaron a seis o siete; pues nosotros, los que tomamos la artillería, no osábamos desampararla, porque Narváez desde su aposento nos tiraba muchas saetas y escopetas, e hirió siete de los nuestros. Y en aquel instante llegó el capitán Sandoval y sube de presto las gradas arriba, y por mucha resistencia que le ponía Narváez y le tiraba saetas y escopetas, y con partesanas y lanzas, todavía las subió él y sus soldados. Y luego desde que vimos que los soldados que ganamos la artillería que no había quien la defendiese, se la dimos a nuestros artilleros por mí nombrados, y fuimos muchos de nosotros y el capitán Pizarro a ayudar a Sandoval, que les hacían los de Narváez venir dos gradas abajo retrayéndose, y con nuestra llegada tornó a subirlas. Y estuvimos buen rato peleando con nuestras picas, que eran grandes, y cuando no me acato oímos voces de Narváez que decía: «¡Santa María váleme, que muerto me han y quebrado un ojo!». Y desde que aquéllos oímos luego dimos voces: «¡Victoria, victoria por los del nombre del Espíritu Santo, que muerto es Narváez! ¡Victoria, victoria por Cortés, que muerto es Narváez!» (Díaz del Castillo, 1983, capítulo 122, pp. 238 y 239).

 

La versión del soldado y cronista Andrés de Tapia también merece atención, ya que nos habla del afecto y respeto que los soldados tenían por Cortés. En este caso, Andrés de Tapia nos cuenta cómo Cortés vio a uno de sus soldados bisoños, «un caballero mancebo», intentando volar un barril de pólvora y lo reprendió amorosamente: «Y a esta sazón el marqués vino por allí, que andaba peleando, y ya no hallaba con quién, y preguntó: “¿Qué es eso?”, y yo le dije lo que pasaba, y dijo: “¡Oh, hermano! No hagáis eso, que moriréis y muchos de los nuestros que por aquí cerca están”; y así se entró entre los barriles de pólvora, y con las manos y pies mataba el fuego» (Tapia, 1988, pp. 117-119).