El cronista Cervantes de Salazar relata, asimismo, un suceso bastante curioso y ofrece testimonio de dos mujeres, Beatriz y Francisca de Ordaz, que dijeron poco menos que lo mismo que el personaje de Laurencia en la obra Fuente Ovejuna, de Lope, a los hombres de la junta de su pueblo. En este caso, los insultos van dirigidos a los soldados de las tropas de Narváez tras ser reducidos y dominados por las de Cortés en menos de una hora. Como ya hemos visto, Cortés, con un número muy inferior de soldados, pudo sorprender por la noche el campamento de los hombres de Narváez, haciéndolo prisionero, a la vez que se ganaba la voluntad y el respeto de sus soldados. Ésta es la versión del suceso según Cervantes de Salazar:

Unas mujeres, que la una se decía Francisca de Ordaz y la otra Beatriz de Ordaz, hermanas o parientes, asomándose a una ventana, sabiendo que Narváez era preso y los suyos rendidos sin armas, a grandes voces dixeron: «¡Bellacos, dominicos, cobardes apocados que más habíades de traer ruecas que espadas; buena cuenta habéis dado de vosotros; por esta cruz que hemos de dar nuestros cuerpos delante de vosotros a los criados destos que os han vencido, y mal hayan las mujeres que vinieron con tales hombres!» (Cervantes de Salazar, 1971, libro 4, capítulo 86, p. 23).[iv]

 

El parecido entre los insultos de Laurencia y los de las hermanas Ordaz es asombroso. Si bien Laurencia llama «maricones», entre otras cosas, a los hombres de su pueblo, las hermanas Ordaz juran «en presencia» de los hombres de Narváez entregar sus cuerpos a los criados de los hombres de Cortés para escarnio y vergüenza de éstos. Esta amenaza llama la atención no sólo por su carga moral o por estar protagonizada por mujeres, sino por el periodo en que ocurre, una época que no fue tan rígida moralmente como pudiésemos pensar si nos basamos en la información presentada en muchos documentos contemporáneos. Por otra parte, dadas las posibilidades dramáticas del suceso, no sería descaminado pensar que Lope hubiese basado su personaje de Laurencia en alguno extraído de estos hechos «reales» que tuvieron lugar durante los momentos más críticos de la conquista. Las hermanas Ordaz, por su parte, fueron seres de carne y hueso. Disponemos de cierta información biográfica por la que se sabe que fueron hermanas del conquistador Diego de Ordaz y que defendieron a Cortés de sus enemigos en México: «Francisca era mujer muy valiente, hizo muy buenos hechos, casó con Juan González de León; Beatriz casó con el judío profeso Hernando Alonso por lo que fue condenado (1528). Ambas habían llegado a México con la flota de Hernán Cortés» (Borges, 1972, pp. 421 y 422). El potencial dramático de este tipo de situaciones fue, sin duda, formidable y no es extraño que fuese posteriormente explotado por los grandes escritores del Siglo de Oro.

¿Llegó a llorar alguna vez Cortés? El más citado conquistador de todos los tiempos, vencedor del imperio mexica y de tropas españolas muy superiores en número a las suyas, también tendrá su lado humano. Nadie mejor que su soldado y cronista Bernal Díaz del Castillo para contárnoslo. Se trata, en concreto, de la muerte de Moctezuma y el llanto del conquistador que le usurpó su imperio. Escribe Bernal Díaz: «Y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados, y hombres hubo entre nosotros, de los que lo conocíamos y tratábamos, de que fue tan llorado como si fuera nuestro padre, y no nos hemos de maravillar de ello viendo qué tan bueno era» (Díaz del Castillo, 1983, capítulo 127, pp. 252 y 253).[v] En otra ocasión, estando Cortés en plena batalla contra los mexicas, que ya habían hecho prisioneros a sesenta españoles, echaron a sus pies cinco de las cabezas de los que habían prendido diciéndole que eran las de la Malinche, su capitán Sandoval y otros. Fue gracias a la intervención de uno de sus soldados, Cristóbal de Olea, que dio su vida por salvar a su capitán, como Cortés logró salvarse, ya que estaba «engarrafado» por seis o siete capitanes mexicanos, y «desmayó mucho» por ello. Escribe el cronista Díaz del Castillo:

[L]e iban los escuadrones mexicanos hasta su real a dar guerra y aun le echaron delante de sus soldados que resistían a los mexicanos cuando peleaban, otras cuatro cabezas, corriendo sangre, de los soldados que habían llevado al mismo Cortés, y les decían que eran de Tonatio, que es Pedro de Alvarado, y Sandoval y la de Bernal Díaz y otros teules, y que ya nos habían muerto a todos los de Tacuba. Entonces dizque desmayó mucho más Cortés de lo que antes estaba y se le saltaron las lágrimas por los ojos, y todos los que consigo tenía, más no de manera que sintiesen en él demasiada flaqueza (Díaz del Castillo, 1983, capítulo 152, p. 350).

 

Bernal Díaz nos cuenta la respuesta que Cortés dio al soberbio comentario de Narváez mientras le estaban curando un ojo tras la refriega entre ambos: «“Señor capitán Cortés [dijo Narváez]; tened en mucho esta victoria que de mí habéis habido, y en tener presa a mi persona”. Y Cortés le respondió que daba muchas gracias a Dios que se la dio, y por los esforzados caballeros y compañeros que tiene, que fueron parte para ello, y que una de las menores cosas que en la Nueva España ha hecho es prenderle y desbaratarle» (Díaz del Castillo, 1983, capítulo 122, p. 240).

Un capitán que es capaz de adentrarse entre barriles de pólvora, de luchar contra propios y extraños o, si se prefiere, de luchar tanto contra el imperio más grande de Mesoamérica como contra el contingente más grande de españoles jamás visto en las Américas hasta ese momento y, además, salir victorioso, no es producto de la casualidad. Sabemos que perdió dos dedos de la mano izquierda, que fue herido en la cabeza y en la rodilla y que aun así se ofreció a conquistar la China si el emperador lo consideraba conveniente. Un líder tal merece respeto.[vi] Si, además, este hombre pasó hambres, fatigas e infinitos peligros de muerte junto con sus compañeros, es natural que también se le tuviese afecto. No comparto en absoluto la opinión del historiador mexicano Juan Miralles, que afirma: «El encuentro contra Narváez más que una batalla fue una refriega de corta duración; fueron pocos los hombres de éste que combatieron» (2001, p. 226). Más a favor de Cortés, que fue capaz, antes de pasar a emplear la fuerza bruta, de hacer uso de su capacidad de persuasión, convicción o, si se prefiere, manipulación, para reducir a un ejército muy superior al suyo en hombres y armas.

La capacidad de Cortés de convencer con la pluma, ofreciendo tan extraordinarias descripciones de las ciudades y culturas por las que pasó en su camino a Tenochtitlán, o de su extraordinaria oratoria, que hacía amigos de enemigos, convierten a este personaje en uno de los grandes líderes de la historia.

 

[i] Véase mi trabajo «Alegorías de la derrota en la Malinche y Florinda la Cava: dos paradigmas de la identidad hispana», Hispanic Journal, 16.2 (1995), pp. 259-267.

[ii] Algo parecido ocurrió en España con la «pérdida de España», atribuida a Florinda, la hija del Conde don Julián, más conocida como «la Cava». Dicha palabra proviene del árabe kahba, que significa lo mismo que el adjetivo atribuido a la Malinche: «la chingada traidora» o la puta. Florinda fue la «culpable de la ocupación árabe de España. Siempre será más fácil echar la culpa a una mujer que aceptar una derrota. Véase mi trabajo «Alegorías de la derrota en la Malinche y Florinda la Cava: dos paradigmas de la identidad hispana», cit., pp. 259-267.

[iii] Los centinelas eran Carrasco y Hurtado. Carrasco fue sorprendido, capturado e interrogado por Cortés. Hurtado pudo huir y dar la voz de alarma en el campamento de Narváez (Bernal Díaz, cap. 122, p. 238).

[iv] Este incidente también lo recoge el cronista Juan de Torquemada en su obra Monarquía indiana: «Dos mujeres, hermanas, llamadas Beatriz y Francisca de Ordás, sabida la prisión de Narváez y la rota de su ejército, desde una ventana a grandes voces dijeron: “Bellacos dominicos que más os pertenecían las ruecas que las espadas; buena cuenta habéis dado de vosotros; mal hayan las mujeres que vinieron con tales hombres”; y yendo a Cortés hicieron gran reverencia y dijeron palabras más que de mujeres, loando su valor» (Torquemada, 1975-1983, vol. 2, lib. 4, cap. 66, p. 200).

[v] Desde la revolución mexicana, una buena parte de la población del país se identifica nominalmente con los mexicas y no existe, aparte de un busto, una sola estatua de Hernán Cortés en todo México. Sin embargo, los mexicanos de hoy no son los mexicas de la época de Moctezuma, igual que los españoles de hoy no son los hispanorromanos de la época de Séneca. La conquista romana de Hispania fue crudelísima. No obstante, en España sí existen estatuas dedicadas a Julio César, personaje fundamental para entender la historia de la península ibérica, incluso existen estatuas dedicadas al caudillo andalusí Almanzor, el victorioso general musulmán que reconquistó para el islam buena parte de la Península.

[vi] Mandó varias armadas a través del Pacífico.

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BIBLIOGRAFÍA
· Borges, Analola. «La mujer pobladora en los orígenes americanos», Anuario de Estudios Americanos, 29 (1972), pp. 389-444.

· Cervantes de Salazar, Francisco. Crónica de la Nueva España, 2 vols. Madrid, Atlas, 1971.

· Cortés, Hernán. Cartas de relación, México D. F., Porrúa, 2007.

· Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, México D. F., Porrúa, 1983.

· López de Gómara, Francisco. La conquista de México, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 2007.

· Martínez, José Luis. Hernán Cortés, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1990.

· Maura, Juan Francisco. «Alegorías de la derrota en la Malinche y Florinda la Cava: dos paradigmas de la identidad hispana», Hispanic Journal, 16.2 (1995), pp. 259-267.

· Miralles, Juan. Hernán Cortés, Barcelona, Tusquets, 2001.

· Tapia, Andrés. La conquista de Tenochtitlán, edición de Germán Vázquez, Madrid, Historia 16, 1988.

· Torquemada, Juan. Monarquía indiana, México D. F., Universidad Autónoma de México, 1975-1983.