POR JUAN FRANCISCO MAURA

«Así que, señores, pues nuestra vida y honra está después de Dios en vuestros esfuerzos y vigorosos brazos, no tengo más que pediros por merced ni traer a la memoria sino que en esto está el toque de nuestras honras y famas para siempre jamás, y más vale morir por buenos que vivir afrentados».

Bernal Díaz del Castillo, 1983, capítulo 122, p. 237

No existe en la historia universal ningún episodio en donde tan pocos hayan logrado reducir a tantos en tan corto espacio de tiempo y, además, en estado de alerta. Ni siquiera en la sonada batalla de las Termópilas. La capacidad de Cortés de convencer a través de su ejemplo en las numerosas batallas en las que participó, con la pluma o con palabras amorosas, no pasó desapercibida a los soldados de este valiente extremeño. Supo ganarse el afecto de los suyos y de hacer amigos de enemigos, con astucia, psicología y maquiavelismo, si se quiere. Pero, sobre todo, fue capaz derrotar con muy pocos hombres, sin la ayuda de caballos ni artillería y en menos de dos horas, al ejército español más poderoso jamás mandado hasta entonces a tierra firme para destruirlo.

El siguiente episodio no ha entrado en la historia canónica por varias razones, aunque se trate de una batalla tan importante como para decir que sin ella hubiese sido imposible la conquista de México. Se trataría, en mi opinión, de la más relevante y decisiva en toda la conquista de México y a la que, por alguna razón que desconozco, no se le ha dado la importancia que debiera, ni siquiera por parte de grandes estudiosos de la conquista de México, como Demetrio Ramos, Juan Miralles, Tzvetan Todorov, Anthony Pagden o Hugh Thomas; José Luis Martínez es uno de los pocos que la aborda tangencialmente: «Gracias al oro y a promesas hábilmente manejadas, Cortés se había asegurado la complicidad de muchos de los hombres de Narváez, sobre todo de los artilleros para que no disparasen» (Martínez, 1990, p. 260). El mismo autor nos informa que la expedición mandada por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, «fue la más numerosa y costosa hasta entonces reclutada» (Martínez, 1990, p. 259).

Mucho se ha hablado de cómo Cortés conquistó México gracias a la tecnología de sus sofisticadas armas o de cómo gracias a la epidemia de la viruela pudo conquistar al formidable imperio mexica y buena parte de Mesoamérica. Incluso se ha mencionado que, si éste salió victorioso en la lucha contra los mexicas, fue gracias a la profecía de que un antepasado blanco de los aztecas, llamado Quetzalcóatl, volvería a señorear las tierras de Moctezuma. También existen historiadores, como la afamada historiadora australiana Inga Clendinnen, que califica a los españoles de cobardes, crueles y oportunistas y afirma que, si éstos pudieron conquistar México, fue por el uso que hacían los francotiradores españoles con sus armas de precisión, inventándose armas como el mosquete, que no existieron en la batalla de México. Sin duda, la autora estaba confundiendo el mosquete con el arcabuz, arma esta que poco tiene de precisión. Como ya dijera en su día Francisco de la Maza: «A Hernán Cortés, como a toda personalidad histórica, no hay que elogiarlo ni insultarlo. Hay que explicarlo» (Martínez, 1990, p. 7).

El análisis de la conquista de México siempre ha sido polémico y son muchos los enemigos de Cortés y de España en este tema. Pero como todos sabemos, y podemos leer cada día en los periódicos, no es necesario buscar enemigos fuera de España, que ha sido siempre generosa en este aspecto y se ha bastado por sí sola más que de sobra. Sin embargo, Hernán Cortés es un personaje tan mexicano como español y la historia de México sería tan difícil de explicar sin este personaje como la de España sin Julio César o Almanzor, y aun así me quedo corto. Al igual que en España la limpieza de sangre llegó a jugar un papel importante en los linajes de los considerados cristianos viejos, que no querían ver una gota de sangre semita en sus venas, ¡donosa majadería!, que diría don Quijote, en México, sobre todo a partir de la revolución de 1910, todo lo español era sinónimo de traición y de aceptación de una derrota. Todo lo indígena prehispánico, nominalmente nada más, era la esencia pura del ser mexicano. En otras palabras, sería tan absurdo como si los habitantes de la península ibérica actuales pidieran cuentas a los italianos por todos los esclavos utilizados en labor realizada en la explotación de las minas de oro, plata, estaño, etcétera, así como en la infinita mano de obra empleada en la construcción de calzadas, puentes, acueductos y anfiteatros encontrados en la geografía hispana. De la misma manera que sería absurdo que los españoles de hoy se identificaran únicamente con los pueblos peninsulares anteriores a la llegada de Roma. Sin embargo, como todos sabemos, se trata de una cuestión bastante más compleja y pasional, una disputa familiar diría yo, que ya ha sido tratada por muchos pensadores de ambos lados del Atlántico y que no es el tema central del presente artículo.[i]

Querer eclipsar la figura de Hernán Cortés con argumentos espurios o bastardos no es tan fácil. Cortés demostró en los años que pasó en México que era capaz de conquistarlo y mucho más, tal como afirma al final de su quinta carta de relación. Su ambición sin límite se extendió hasta el Pacífico y la China. Así, al final de esta carta, con fecha de 3 de septiembre de 1526, escribió:

Y si vuestra majestad fuere servido de mandarme conceder las mercedes que en cierta capitulación envié a suplicar se me hiciesen cerca de este descubrimiento, yo me ofrezco a descubrir por aquí todo la Especiería y otras islas, si hubiere arca de Maluco y Malaca y la China y aun de dar tal orden, que vuestra majestad no haya la Especiería por vía de rescate, como la ha el rey de Portugal, sino que la tenga por cosa propia y los naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor natural (Cortés, 2007, p. 425).

 

Dicho esto, si tuviese que destacar el factor más importante para que la conquista de México se pudiese llevar a cabo, tendría que señalar que éste fue la alianza con los tlaxcaltecas. Esos miles de aliados indígenas de Cortés, anónimos en su mayoría, fueron los que llevaron el peso más grande de la conquista. Es cierto que esta alianza, sobre todo la de los tlaxcaltecas, no fue gratuita, y que Cortés, antes de ganarse la amistad de estos pueblos, mantuvo duras batallas y escaramuzas con ellos. Pero fue capaz de ponerlos de su parte, factor fundamental, ya que, sin su fidelidad, las tropas de Cortés no habrían tenido ninguna oportunidad en la conquista de Tenochtitlán. También fue de gran importancia el papel de los farautes o lenguas de Cortés, Jerónimo de Aguilar y, especialmente, la Malinche, que facilitaron a su capitán información de primera mano de lo que estaba ocurriendo en su entorno. A diferencia de otras exploraciones, como la de Cabeza de Vaca, por ejemplo, la primera decisión estratégica de Hernán Cortés fue la de hacerse con traductores. Primero, con Jerónimo de Aguilar, que hablaba la lengua maya, y, después, la indispensable «Malinche» o «doña Marina», como la llamaban los españoles. La Malinche fue una singular mujer, querida y odiada por su innegable importancia en los sucesos que se sucedieron y, muchas veces, incomprendida, al querérsela identificar como la traidora del pueblo mexicano, cuando, en realidad, los indígenas con quienes se relacionaba, aliados y seguidores de Cortés, tenían tanto derecho a denominarse mexicanos como los mismos aztecas. No eran menos mexicanos los indígenas aliados de España que los indígenas enemigos de España. Como en su día dijera Octavio Paz, sería una aberración que los mexicanos de hoy quisieran negar su pasado español. Yo añadiría que sería una aberración que los españoles de hoy renegásemos de nuestro pasado romano o semítico.[ii]

Pese a la enorme atención que ha recibido Cortés y su conquista de México, sorprendentemente, muy poca ha sido la otorgada a la fulgurante victoria que también logró sobre sus propios compatriotas. El adjetivo «fulgurante» no constituye ninguna magnificación de lo ocurrido, dado que en la historia pocas veces un grupo tan reducido de hombres ha conseguido salir victorioso contra un ejército cuatro veces superior y, además, en tan poquísimo tiempo. Apenas una hora, según la mayor parte de las fuentes. Y, repito, no me estoy refiriendo a una batalla contra los mexicanos, sino contra sus paisanos españoles.