Diego Zúñiga
Tierra de Campeones
Random House
272 páginas
POR FRANCISCA NOGUEROL

La aparición de Tierra de campeones (Random House, 2023), esperada tercera novela de Diego Zúñiga, supuso el año pasado una espléndida noticia para el mundo de las letras. Seleccionado por las listas Bogotá 39 y Granta como uno de los escritores más prometedores, el chileno ha demostrado a los 36 años su buen hacer con una producción publicada a cuentagotas y signada por el pulso narrativo, la apertura a diversas interpretaciones y la conciencia de que escribir tiene que ver con recordar. Así se aprecia en las novelas Camanchaca (2009), Racimo (2014) y en el volumen de relatos Niños héroes (2016), títulos en los que, haciendo gala de un rasgo común a sus más destacados coetáneos, reflexiona sobre el pasado y presente nacional desde una mirada política desmarcada del testimonio y atenta en todo momento a los procesos de la ficción.

Zúñiga, que ha declarado sentirse marcado por la dictadura pinochetista aunque viviera mucho tiempo sin conciencia de cómo esta influía en su subjetividad, nos ha regalado una obra que puede leerse de muchas maneras: como novela «de iniciación», «de supervivencia», «de viaje del héroe», «de provincia», «deportiva» o incluso «de memoria». Desde su dedicatoria «A Lorena, que me enseñó a mirar bajo el mar» —Lorena Amaro, reconocida entre otros por sus extraordinarios trabajos críticos sobre la «fábula biográfica»—, nos adentramos en la idea del despertar al horror. Y lo hacemos a través de una ficción basada en la vida del campeón del mundo de pesca submarina Raúl Choque, que en 1971 alcanzó la gloria deportiva para, dos años después, no volver a adentrarse en el océano por la traumática experiencia que le supuso descubrir cuerpos de represaliados en sacos arrojados al océano Pacífico.

Asistimos, pues, a una reflexión sobre los hechos que explican el convulso Chile actual: desde las revueltas sociales recientes a la conmemoración de los cincuenta años del golpe. Y esta se logra sin maniqueas consignas, atendiendo a la vida cotidiana (la intimidad, ese espacio tan relevante en la literatura de Zúñiga) del alter ego de Choque, que aparece ante nuestros ojos separado muy pronto de su referente real: Chungungo —o «gato marino»— Martínez, quien en su sobrenombre revela ya la importancia adquirida por el registro oral en el texto.

Conocemos el devenir del protagonista desde su infancia en el desierto del norte de Chile —aprendió a nadar en un río— hasta su marcha a la costa por el abandono de sus padres; su adolescencia y juventud en dos caletas de pescadores; su ascenso a la cúspide de la fama (con las envidias y rencores que le atrajo el éxito); y, finalmente, tras el golpe de Estado, su pérdida de rastro en el desierto. Se registra, pues, la vida cotidiana de un individuo sin especial militancia política —como todos los que le rodean—, pero que vio su existencia arrasada por la dictadura militar, especialmente agresiva con los más vulnerables.

La trama se sitúa en la zona de Iquique, la ciudad norteña, marítima y salitrera cercana a la frontera de Perú de la que procede Zúñiga, descrita en la obra desde numerosos ángulos —incluso a partir los diarios de Charles Darwin— y constante espacial de sus textos. Lo fue en Camanchaca —donde los recuerdos de infancia adquieren un papel fundamental—, en Racimo —basado en un asesino en serie que asoló la región— y en algún relato de Niños héroes como el titulado asimismo «Tierra de campeones», dedicado a un futbolista que conoció las mieles del éxito para, un día, desaparecer inexplicablemente —como lo hace Martínez en la novela— y regresar convertido en otro. Este será uno de los rasgos característicos de la poética del escritor, interesado por individuos que viven su fracaso en un paisaje poco explorado por la literatura chilena. A partir de ellos —y, especialmente, de sus carencias— se comprenden con claridad los fenómenos socioeconómicos que explican el país en la actualidad, lo que demuestra los poderes de la mejor ficción.

Para hablar de la anábasis y catábasis del héroe, nada mejor que hacerlo a partir de un deportista que devino leyenda nacional: el hombre que ganó el campeonato del mundo de pesca submarina dos años antes del golpe, al que felicitó en su mayor momento de gloria Salvador Allende —en un clima de optimismo colectivo que coincide con el experimentado por el protagonista tras su hazaña—, pero que termina sufriendo una delirante «temporada en el infierno» en el Valle de los meteoritos, desértico paisaje donde se localiza la última parte de la novela, vinculada por su carácter espectral, sus silencios y su encriptada violencia a la Comala de Juan Rulfo.

Pero Zúñiga, reconocido amante del deporte —consagró a su equipo de fútbol el libro de no ficción Soy de Católica (2014)— se decanta por describir desde esquinas luminosas un mundo asaeteado por las carencias, en el que los escasos momentos de felicidad vienen asociados a los deportistas nacidos en la provincia; de hecho, Iquique es conocida como «tierra de campeones» porque allá nacieron eminentes boxeadores y futbolistas, sobresaliendo entre todos la figura de Raúl Choque. Todos ellos son mencionados en una obra que evita la pornodenuncia al retratar la comunidad de pescadores en que se integra Martínez.

En estas espléndidas descripciones del día a día en las caletas, el autor sigue las huellas de escritores del medio siglo chileno —Marta Brunet, Manuel Rojas, Carlos Droguett, Alfonso Alcalde, Mariano Latorre o Coloane, entre otros—. Todos ellos supieron retratar una sociedad signada por la discriminación, «viendo venir» en sus creaciones lo que otros no supieron percibir (lo subrayó en parecidos términos y en el mismo año Álvaro Bisama en La rabia y el augurio, espléndido ensayo biográfico dedicado a Carlos Droguett).

Llega el momento de destacar un aspecto esencial de la novela: la construcción de una voz narrativa que ya conocimos en los mejores títulos de Bolaño, y que Zúñiga desarrolla con especial pericia. Cercana al protagonista —lo conoce desde la infancia—, luego lo pierde de vista, presuponiendo mucho de lo que pudo ocurrirle o sentir. La plasticidad inherente a este punto de vista permite que atraviese distintas épocas sin perder autenticidad: desde los duros inicios de Martínez en los años cincuenta a su despertar a la «vida buena» (aunque dura) de las caletas de los sesenta, o la gloria y caída en los setenta. El narrador, además, se muestra como un fan entregado, por lo que narra con especial pasión —en presente, con frases tan breves como vívidas, características del mejor periodismo deportivo— el pasaje dedicado al triunfo de Martínez. Pero, al mismo tiempo, sabe callarse cuando debe, como denotan las siguientes líneas: «Y es en este punto de la historia cuando yo me quedo sin palabras para contar lo que sucedió después. Porque aquí se acaban las voces y las versiones y lo que alguien supo, escuchó o vio, y sólo nos queda aferrarnos a un último murmullo. Aferrarnos a ese último rumor». Sobran explicaciones ante la contundencia de la última y epifonemática frase, constante repetida en los capítulos que componen la obra y que la acercan a la prosa poética.

Y de lirismo quiero hablar para concluir: faltan las palabras ante un fenómeno tan brutal como el de la violencia institucionalizada, por lo que solo queda recurrir a los silencios cargados de significado de la poesía. Zúñiga, reconocido lector del género, homenajea en el texto a sus autores favoritos. Así se aprecia, por ejemplo, en el epígrafe de Bárbara Délano que abre la obra«Porque todo lo que se pierde va a dar al mar»; en su homenaje a La pieza oscura lihneana con el que retrata el enrarecimiento de una relación afectiva –«No quiso profundizar y él tampoco insistió. La historia de ellos se había convertido en una pieza oscura y ninguno de los dos se animaba a avanzar, a tientas, sin saber bien adónde ir»— y en tantos otros momentos de la obra, como la frase que refleja la entrada a la vida del protagonista: «Afuera, el mundo parecía convertirse en un texto indescifrable, hermoso, lleno de giros inesperados». Por ello, asimismo, los nombres de los personajes se relacionan con conocidos poetas chilenos: Martínez (por Juan Luis), Parra (por Nicanor), José Ángel (por Cuevas) o Violeta (por Parra), personaje que aparece de nuevo como cantora que va de pueblo en pueblo emocionando a las comunidades más pobres con su voz.

Recuerdo para cerrar las palabras pronunciadas en el imprescindible Nostalgia de la luz (2010), de Patricio Guzmán, por una mujer en busca de sus familiares desaparecidos: «Ojalá los telescopios no miraran solo al cielo, sino que pudieran traspasar la tierra para poderlos ubicar». Zúñiga logra mirar al cielo del héroe y al suelo del cadáver mal enterrado en Tierra de campeones, prueba de que él —al contrario de Martínez, su protagonista paralizado por el trauma—, sí sabe «qué hacer con las palabras».