Los espléndidos logros nerudianos dan un poderoso mentís a los enemigos de la poesía política, que la juzgan reciente desvirtuación, cuando la verdad es que su antigüedad se remonta a la lírica griega y nunca dejó de ser cultivada. Píndaro, Horacio, Claudiano, Dante, Herrera, Quevedo, Hugo fueron grandes poetas políticos.
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A lo largo de su formulación de la poética de Cántico, Ricardo Molina olvidó deliberadamente que el existencialismo dominante en la poesía de nuestra primera posguerra tuvo una poblada provincia religiosa, a la que en principio cabía la misma censura que le merecía la desmesura del intimismo confesional. La razón de ese indulto pudo ser tanto el respeto que imponía la ideología dominante como el debido a la propia creencia, que en Molina no puede ponerse en duda y que dejó testimonios inequívocos en las páginas de Cántico, como los dos párrafos finales del texto sobre Charles Péguy en el número 4 de la primera época (1948) o el extenso ensayo dedicado al pensamiento teológico en Hombre y Dios de Dámaso Alonso, en el número 7 (1955) de la segunda.
A este respecto hay que tener presente que el poeta se distingue dentro del grupo Cántico por la abundancia y la crispación de su poesía religiosa. Su vida estuvo marcada por una opción sexual no aceptada y, en consecuencia, por el conflicto moral, el recelo social y la conciencia de culpabilidad y pecado. Sólo en este punto y desde estas servidumbres dejó el autor, en mi opinión, de dar el mejor sentido a las palabras de la tribu.
A la intensidad de su conflicto íntimo debió Ricardo Molina sus peores libros (Tres poemas y Psalmos), que desentonan en el concierto de Cántico y contradicen la poética personal y colectiva que Ricardo asumió y expuso. No cabe juzgar la necesidad espiritual que lo llevó a esas incursiones en el tremendismo y el neorromanticismo que siempre había condenado, pero sí sus resultados literarios. El poeta hubo de padecer una punzante autocensura, verosímil en quien conocía la intolerancia moral circundante —la del poder y sus instituciones, y acaso la más insufrible de la sociedad—, muy activa y perceptible en el círculo cerrado de lo que era en la primera posguerra una ciudad de provincias más enjuta que celeste. La coacción moral en la que tuvo que sobrevivir su heterodoxia le hubo de afectar de dos formas: una, condenándolo de manera parcial al silencio y la disimulación; la otra, más sutil, llevándolo a contaminarse del lenguaje del poder y de la moral circundante y a interiorizarlo como culpa. Un primer síntoma inequívoco lo tenemos en la exaltación de Gide y Whitman en la citada reseña de Alegría (Cántico, número 1), para inmediatamente recoger velas en el número siguiente. La trayectoria poética de Ricardo Molina desemboca así en el desencanto y la renuncia, y el descenso de la calidad poética.
El río de los ángeles fue publicado en 1945 en la revista Fantasía. En este primer libro el amor se perfila como tema central, a veces en contradicción, pero aún no en conflicto abierto, con la creencia religiosa. Se trata de un cántico de asentimiento que llega a utilizar por analogía el concepto religioso de estado de gracia, en el poema «A la vida que es gracia», interpretándolo como adhesión a la vida, sinónimo de amor y alegría («Mi alma acepta los dones de la vida en dorado racimo luminoso», dice el verso séptimo). Dar cuenta de esa exaltación se llama «acción de gracias», «himno dichoso al que hizo bella la existencia»: una gozosa manifestación de deísmo. El amor es ya sexualmente inequívoco en «Rima», pero «Cántico de la resignación», uno de los poemas finales del libro, es la oración de un pecador arrepentido, que antes ha pasado, solitario, angustiado y clandestino, por una Córdoba impenetrable e insensible («Elegía segunda»), arrastrando la tristeza de haber sido abandonado («Salmo del ángel cautivo»).
Las Elegías de Sandua fueron objeto de dos publicaciones, ambas en 1948. En el mes de enero, trece de ellas compusieron el primer número extraordinario de la revista Cántico e iniciaron una serie de breves libros de poesía que, publicados de manera paralela a la revista, alcanzó sólo cuatro números. En octubre la colección Adonáis publicó un volumen que contiene treinta y tres. Las mejores fueron las incluidas en el cuadernito de Cántico, poemas de amor en los que se prolonga el pensamiento de El río de los ángeles. Si en aquel primer libro se evocaba el descubrimiento del amor, las Elegías se recrean ahora en la tristeza del recuerdo y del fracaso. Desde ese fracaso la mirada se vuelve hacia el pasado para llegar a la ambigua elegía undécima, que comienza como una oración al dios cristiano en la que el apego a las gracias del mundo y al amor humano empieza reconociéndose como un pecado para terminar definiéndose como una aspiración inevitable en quien se siente habitante de un tiempo pasado, el de la antigua Grecia permisiva y pagana.
Así pues, en 1948 Ricardo Molina dispone ya de las cuatro piezas de un juego en el que va a resultar siempre perdedor. Primera, el erotismo, insoslayable en términos humanos y definible, en tanto que componente universal de la vida, como obra de Dios. Segunda, la remota utopía de un paraíso pagano en el que el amor fuera aceptado, practicado y socialmente mostrado a imagen de los dioses. Tercera, el fracaso personal debido a la falta de correspondencia, una anécdota que va a convertirse categoría al definirse como, cuarta, el pecado en el sentido de la moral cristiana represiva.
La entropía destructiva del sistema estalla en Tres poemas (1948), a mi modo de ver un libro poco logrado en su estilo aluvial y en su estrecha proximidad al existencialismo religioso más dramático, lo cual no quiere decir que se trate de un libro insincero. Comienza con un «Recitativo a tres voces», un oratorio en versículo caudaloso que plantea la servidumbre, el fracaso y la grandeza del amor, «el vacío de una vida devorada por el goce» y amenazada por «el rayo cruel de Dios», que convierte «en blasfemia y sarcasmo la esbelta danza verde». A continuación, un larguísimo «Salmo» desarrolla el motivo del arrepentimiento y de la culpa y concluye en la renuncia al amor que ha sido causa del alejamiento de Dios, rematada, escribe Ricardo Molina, por «el himno insoluble de mi tristeza y de mi fe».
Corimbo, que aparece en 1949, muestra una clara voluntad de reconciliación y superación de las propias contradicciones en «Memoria del amor», evocación del paraíso cristiano o de la Arcadia, ámbito del amor que mueve el mundo, devuelve al ser humano a su inocencia primera y da testimonio de Dios. Con todo, el libro tiene una sección final que vuelve al páramo del conflicto religioso («Dilatarse en la sombra», «Noche», «Soliloquio», «Consumación», «Plegaria»).
Elegía de Medina Azahara (1957) es una meditación sobre asuntos familiares del autor como la fugacidad del amor, de la felicidad y de la belleza, predominantemente en poemas cortos y sintéticos de los que está ausente la angustia y casi siempre el desarrollo discursivo. De algún modo es anticipo del último que publicara en vida, A la luz de cada día, testamento de intención ética, catálogo de intuiciones e imágenes anotadas al desgaire y textos de acarreo, con algún buen poema como «Nocturno romántico».
De manera póstuma, en 1975, se publicaron dos brevísimas colecciones, Regalo de amante y Cancionero; con la referencia a ellas terminaba mi capítulo de 1976 sobre Ricardo Molina. Junto a Elegías de Sandua, Regalo de amante es para mí la poesía más intensa y auténtica que saliera de la pluma de su autor. Su tema es el amor, ejemplificado en un corto número de estaciones: la fascinación inicial, el deseo, la sexualidad plenamente aceptada.
En la bibliografía de Ricardo Molina que lleva mi libro de 1976 figuran como inéditas dos colecciones, Psalmos y Homenaje, que, sin embargo, pude manejar en aquel momento. Preferí soslayar Psalmos, centón de oraciones gemebundas y manifestaciones de autoenvilecimiento y golpes de pecho, por su tufo de sacristía, catequesis y procesión de flagelantes, emanado de la conciencia de culpa que contrapone al amor de Dios un amor carnal definido como satánico. Véanse, como botón de muestra, el sexto y el octavo.
Mi opinión final acerca de Ricardo Molina no puede ser monocolor. Sin él, posiblemente Cántico hubiera carecido de la imagen colectiva y la presencia que logró adquirir, por mínima que fuera, en la España de mediados del pasado siglo. Pero no puedo evitar asociarlo, por algunos de sus poemas y de sus libros, con las opciones literarias que él mismo desestimó cuando escribía sin la angustia que lo hace tan humanamente auténtico como literariamente ambiguo.
Esa angustia, que la poética de Cántico quiso y supo trascender, estaba a su alrededor, como escribió Luis Cernuda en «Es lástima que fuera mi tierra», de Desolación de la quimera, en un lugar y un tiempo «donde ahora todo nace muerto, / vive muerto y muere muerto; / pertinaz pesadilla, procesión ponderosa / con restaurados restos y reliquias / a la que dan escolta hábitos y uniformes / en medio del silencio».
[i] Todos esos textos están recopilados en las páginas 419-467 de mi segunda edición de El grupo Cántico de Córdoba. Véase Molina en Carnero 2009.
[ii] Téngase en cuenta que Cernuda era once años más joven que Guillén.
[iii] Véanse las dos cartas de Salinas a Guillén (1927) y compárense con la de Salinas a Cernuda (8 de abril de 1927) y la de Guillén a Cernuda (26 de mayo de 1927). Todas ellas en la bibliografía.
[iv] Hace años dediqué un estudio a ello: véase Carnero 2003 en la bibliografía.
[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]BIBLIOGRAFÍA
· Carnero, Guillermo. «José Hierro, más allá de la poesía de posguerra», Claves de Razón Práctica, 134 (julio-agosto de 2003), 46-50.
· Cernuda, Luis. «El crítico, el amigo y el poeta», Orígenes (La Habana), IX.35 (1954), 18-30; Prosa I, eds. Derek Harris y Luis Maristany, Obra completa, vol. ii, Madrid, Siruela, 2002, 607-624.
–. «Historial de un libro», Papeles de Son Armadans, 35 (febrero de 1959), 121-172; Prosa I, eds. Derek Harris y Luis Maristany, en Obra completa, cit., 625-661.
–. «Es lástima que fuera mi tierra», «A sus paisanos», en Desolación de la quimera, Poesía completa, eds. Derek Harris y Luis Maristany, en Obra completa, vol. i, Madrid, Siruela, 2002, 501-504 y 546-548.
–. Perfil del aire. Con otras obras olvidadas e inéditas, documentos y epistolario, ed. Derek Harris, Londres, Támesis, 1971.
· Guillén, Jorge. Carta a Luis Cernuda, 26 de mayo de 1927, en Luis Cernuda, Epistolario 1924-1963, ed. James Valender, Madrid, Residencia de Estudiantes, 2003, 53-55.
· Hierro, José. Poesías completas, Madrid, Giner, 1962.
· Molina, Ricardo. Función social de la poesía, Madrid, Fundación Juan March/Guadarrama, 1971.
–. Obra poética (1915-1967), edición de José María de la Torre, prólogo de Diego Martínez Torrón, Madrid, Visor, 2007, 2 vols.
–. «Reseñas, críticas, manifiestos», en Carnero, Guillermo, El grupo Cántico de Córdoba. Un episodio clave de la historia de la poesía española de posguerra, 2.ª edición actualizada y aumentada, Madrid, Visor/Fundación Vicente Núñez/Fundación Cajasur, 2009, 421-467.
· Salinas, Pedro. Cartas a Jorge Guillén, s. f. (comienzos de 1927) y 10 de mayo de 1927, en Guillén, Jorge y Salinas, Pedro, Correspondencia (1923-1951), ed. Andrés Soria Olmedo, Barcelona, Tusquets, 1992, 69-72.
–. Carta a Luis Cernuda, 8 de abril de 1927, en Luis Cernuda, Epistolario 1924-1963, cit., 49.