ALEJANDRA COSTAMAGNA

Robar, fotocopiar, rayar: tres cosas que supuestamente no se puede hacer con los libros. Yo, me acuso, he perpetrado las tres. He robado menos que fotocopiado, eso sí. Y he fotocopiado muchísimo menos que rayado. En rigor, no he robado exactamente. Yo diría que he adquirido involuntariamente, gracias a la perseverancia del olvido, un par de ejemplares de alguna biblioteca universitaria. Son libros teóricos, ya antiguos, que probablemente nadie va a reclamar. Alguna vez los pedí y olvidé devolverlos y ahí están, con sus lomitos estampados, como prisioneros fugados de alguna cárcel. No daré nombres, para garantizar su frágil seguridad pública.

Pero hay también unos pocos libros ajenos en mi biblioteca, cuyos dueños nunca volvieron por ellos. Esos están en un rincón aparte, plenamente conscientes de su extranjerismo y acaso en espera de su salvataje. Aunque el escenario en este caso va en mi contra: soy yo la que debería salir a rescatar los no sé cuántos ejemplares desaparecidos de mi biblioteca. Desde Luciano de Samosata a María Elena Gertner. Desde Fernando Pessoa a Sara Gallardo. Decenas, quizás cientos de títulos secuestrados.

Lo que nunca he hecho, eso sí, es robar en librerías de viejo. Si los libros se tomaron la molestia de llegar a esas estanterías polvorientas y lejanas, pienso, lo mínimo que hay que hacer por ellos es pagar el rescate.

Con la fotocopia ocurre otra cosa. En la columna «Elogio de la fotocopia» del libro No leer, Alejandro Zambra habla precisamente de la práctica, durante sus años de estudiante, de leer las copias, esas copias a veces ilegibles y un poco roñosas, anilladas para darles más consistencia. «Es bueno recordar que aprendimos a leer con esas fotocopias que esperábamos impacientes, fumando, al otro lado de la ventanilla», rememora Zambra. «Leíamos esos tibios legajos y luego los guardábamos en las repisas como si fueran libros. Porque eso eran para nosotros: libros. Libros queridos y escasos. Libros importantes».

Yo confieso que he leído kilos de fotocopias disfrazadas de libros. La teoría literaria, sin ir más lejos, está asociada por completo al blanco y negro del duplicado a diez pesos. Como estudiantes y víctimas del apelotonamiento de material de lectura, desconocimos muchas veces los libros reales, sus portadas, sus texturas, su diagramación particular. Después, claro, nos encontramos con esos libros de verdad y fue una sorpresa: tenían carátula, tenían diseño. Existían. Daba nervio leerlos en sus verdaderos ropajes.

Robar y fotocopiar, mirado ahora de lejos, son dos faltas importantes en mi prontuario pero no demasiado recurrentes. La tercera falta, en cambio, es una práctica ya casi enquistada en mi corteza lectora: rayar. Siempre con lápiz grafito, eso sí. Con trazo no muy cargado, como apenitas. Y jamás de los jamases sobre un libro ajeno. Y mucho menos si es de una biblioteca pública. Pero los míos son míos. Y mis apuntes en los bordes disponibles son las huellas de una lectura desplegada en un momento irrepetible. Los subrayados y las anotaciones vuelven personales esos ejemplares: dibujan con sus trazos de grafito a las lectoras, los lectores que fuimos. A veces son anotaciones ridículas, a veces esclarecedoras, a veces pedagógicas. Muchas veces, incluso, los apuntes se convierten en cuerpos paralelos, en diálogos privados que sobrepasan al propio libro. Porque las anotaciones, a la larga, son los pensamientos en bruto que se nos cruzan en la lectura y que convierten la experiencia ajena en experiencia propia.

Sin embargo, no todos los libros ameritan comentarios. Algunos porque son demasiado solemnes, otros porque se ven tan bien hechitos que sería un insulto. Pero están también los que derechamente no ameritan diálogo, porque ya está todo dicho y cerrado con siete llaves. El libro que llama a ser comentado suele ser el que deja lagunas y presenta distintas entradas en su ruta de navegación. Habría que recordar el ejemplo que usaba Wolfgang Iser para hablar de lo no escrito, de las grietas que albergan los textos literarios y encarrilan la imaginación de quien lee. Dos personas pueden contemplar simultáneamente el mismo grupo de estrellas, ejemplificaba Iser, pero mientras una vea la imagen de un arado, la otra pensará en un automóvil. Así, mientras «las estrellas de un texto literario estarán fijas, las líneas que las unen serán siempre variables».

La lectura cifrada en las anotaciones chismorrea con un lenguaje propio. Podríamos hablar del idioma de las anotaciones. Yo tengo, por ejemplo, mis propios códigos de subrayados, que pueden significar «te pasaste», «yo igual», «éjale». O, al revés, «¿cómo se te ocurre?», «puaj», «mucho, Lucho». A veces basta con un asterisco, un puntito, una raya vertical. O una abreviación puntual para lugares comunes flagrantes, problemas de tiempo verbal o sintaxis deformada, por decir algo. Ah, pero nunca uso signos de exclamación ni de interrogación. Ni mucho menos puntos suspensivos.

El rayado de los libros es un acto de absoluta intimidad, pienso. Y prestar un libro con anotaciones es una muestra de plenísima confianza. Es como ofrecer al otro, a la otra tus pensamientos circunstanciales, siempre volubles. Porque lo que escribimos en los bordes de los libros, al final, es parte de un hallazgo íntimo. Es la manera de retener los filones de la memoria en su contexto original y de reconocer nuestra caligrafía que habla mucho, pero mucho, de quienes somos o quienes fuimos.

Volver a leer los apuntes que hicimos en las páginas de un libro es volver a leernos en ese pasado de lectura. Y las anotaciones ajenas aparecen como una entrada posible al texto, que se contrapone a la mía y a la de los futuros lectores del mismo material. Los subrayados permiten la existencia de un tejido común. Una de las gracias de comprar libros usados (además del precio y de la posibilidad de encontrar ejemplares perdidos o descontinuados) es que llevan la carga de los múltiples lectores reales por los que han pasado y repasado.

Por eso, en parte, no me encomiendo a los libros electrónicos. Porque no se pueden rayar. No se puede dialogar con ellos. O al menos no se puede a la manera tradicional, al nivel del contacto palpable, caligráfico. Los libros electrónicos quizás están para eso, se me ocurre. Para impedir al menos esas tres faltas: el robo, la fotocopia y el rayado a mano. Están para otras cosas también como abaratar costos, democratizar la lectura, acceder con rapidez, viajar livianos, ya lo sé. Pero en mi cabeza suena de fondo la orden: no robarás, no fotocopiarás, no rayarás.

Total
191
Shares