POR JUAN CARLOS CHIRINOS
EL ACONTECIMIENTO QUE FLUYE

«El hombre más bello es quien llega desde el lugar más lejano», así da comienzo Percusión (1982), donde José Balza despliega una de sus obsesiones literarias: el desdoblamiento del personaje. En este caso, el que llega a la ciudad después de varias décadas ausente, ya mayor, de pronto descubre, gracias al saludo entusiasmado de un viejo conocido («¡Muchacho, regresaste!»), que se obra el milagro y, sin ser ésta una novela fantástica o de ciencia ficción, a su piel, a sus manos, a su cuerpo regresan la lozanía y la fuerza que se habían ido desgastando en los cuarenta años anteriores: vuelve a ser el joven que se fue, el casi adolescente que no había recorrido las experiencias que conforman la novela y que sabe que «para un hombre joven toda forma es exclusiva». Y no es extraño que sea la forma lo que prevalezca en la mirada del personaje (del narrador), pues en la prosa balziana lo morfológico muestra la superficie –cómo no–, pero porque también en la forma está el sentido último. Quizá sea éste un rasgo que habla de la condición fluvial de toda su obra porque el río no es una clave ociosa aquí, así hay autores para quienes un lugar es también su definición: ¿cómo, entonces, si fuera de otra manera, entenderíamos a Galdós sin Madrid, a Joseph Roth sin Viena, a Borges y Sábato sin Buenos Aires, a Woody Allen sin Nueva York? Sin el río, los textos de Balza estarían incompletos. Y sin Caracas, por supuesto.

Nacido en el delta del segundo río más caudaloso de América, el Orinoco, testigo desde la infancia de la fuerza hermosa pero feroz de sus aguas aparentemente tranquilas, el ser –y la forma– del río penetraron en su conciencia y conformaron una particular visión del mundo que ha ido siendo perfilada con el conocimiento y la razón. El propio Balza explica en el ensayo «Los juguetes del río» (2002) su relación con el Orinoco:

«[…] Los juegos comenzaron, como tenía que ser, con el río. Aquel cuerpo creciente, evasivo, penetrante, dulcísimo y temible; de barro y diamante, sabía envolver, sacudir. Tuve en él la primera intuición de la muerte y, desde luego, los iniciales delirios de Onán. El río –no el agua– fue el más poderoso juguete de los muchachos délticos. Aprendí a nadar hacia los siete años y desde entonces desafiar el corriental, tratar de ganar cada vez mayor distancia hacia la lejanía, o entrenarse en curiaras, era una proeza diaria. (Aún me sorprende cómo nuestros padres, reconociendo el peligro, no impedían aquellas andanzas. Cada cierto tiempo el río o un cocodrilo hacían desaparecer a alguna persona)».

 

No es de extrañar, pues, la enorme importancia que en su vida y su obra tiene la forma sinuosa y a veces traicionera de ese cuerpo fluvial que lleva –y se lleva la– vida.

También el acto de comprender ha sido un tesoro que se oculta en los por él mismo denominados «ejercicios narrativos», apelativo que apunta a la modestia y al reto, a la provisionalidad y la opinión, a lo concluido y lo que va haciéndose. ¿No es, acaso, el cauce de un río, a un tiempo, suceso y paso, acontecimiento y fugacidad? Tal vez sea útil para colegir cómo ha podido incidir la monumental presencia del río en la conciencia del artista (adolescente o no) traer a colación el comentario de Slavoj Žižek en Acontecimiento (2014): un acontecimiento es «el efecto que parece exceder sus causas –y el espacio de un acontecimiento es el que se abre por el hueco que separa un efecto de sus causas–». Esta reflexión lleva al filósofo esloveno a hacerse una pregunta angular: «¿Es un acontecimiento un cambio en el modo en que la realidad se presenta ante nosotros, o se trata de una transformación devastadora de la realidad en sí misma?». Y, si esa realidad comporta la presencia de un río encandilante como el Orinoco, no es complicado entender por qué, al leer los libros de José Balza, se sienten retumbar las aguas poderosas que corren entre nosotros en pos de la libertad insondable del mar. Del mar Caribe.

La importancia de este elemento (no el agua, sino la alargada lengua que busca el mar) puede rescatarse en casi todas las páginas balzianas. En la citada Percusión, el narrador declara con nitidez: «Ahora reconozco que mi maldición tenía un nombre: el impulso de entender. Únicamente la más intensa cópula ha sido comparable –para mí– con las milagrosas escalinatas del pensamiento». Quizá sean los secretos (o persistentes) recuerdos, afinidades y referencias los que nos ponen sobre la pista de la analogía. El río es la forma y el camino del conocimiento, de la comprensión. Hay un Heráclito resonando en la lejanía, y no podría ser de otra manera: todo en la obra de Balza se entrelaza como los brazos (o caños) de un río cuando desparrama su sabiduría en el delta.

El conocimiento acontece y fluye; permanece la sabiduría, pero vibra; titila y amenaza.

 

RELACIONES

No es difícil ­–y tal vez sea algo pueril– establecer relaciones entre el río como instrumento de conocimiento e interpretación y la obra caudalosa, de varias velocidades, de Balza.

Varias velocidades: lo que el río enseña, pues las corrientes de ríos como el Orinoco fluyen en capas. Hay unas plantas que se desplazan en la superficie del río. Se llaman boras. Algunas pasan delante del espectador con majestuosa lentitud, otras llevan un andante optimista y unas más pasan con la prisa del que ya llega tarde quién sabe adónde. ¿Por qué ocurre esto, por qué unas boras son más veloces que otras? La razón es la extensión de sus raíces: las más jóvenes se desplazan lentamente porque sus raíces son cortas y la débil corriente superficial del río las empuja con elegancia. Pero esta imagen apacible tan sólo es un espejismo: un par de metros más abajo puede discurrir una corriente enloquecida con la que hay que tener cuidado si no se sabe nadar. Esta corriente veloz es la que empuja a las boras más viejas, con raíces más largas. Y es la que puede ahogar al nadador imprudente.

Semejantes son las velocidades en los textos de Balza. En cada texto se manifiesta una corriente diferente (o novedosa) de su pensamiento. Hay cuentos breves, eléctricos, como estos dos:

LA RESPUESTA

No puedo negarlo: la relación más extraordinaria que he tenido con alguna mujer es esa que se sostiene entre Carolina y yo, todavía. Aunque vivamos separados. Más allá de lo relativo a la vida práctica o de las horas para callar, juntos; más allá del orgiástico encuentro entre nuestros cuerpos, están esas citas especiales: cuando, sin habernos visto durante semanas, me llama por teléfono para preguntar:

–Como ya no lo recuerdo, ¿puedes decirme qué soñé anoche?

 

AZAR

No logro interesarme, decía aquel amigo, en el destino de mis libros; creo que eso es asunto de los dioses.

Y hay otros cuentos largos, sinuosos, que van desgranando su materia con morosidad para que el lector tenga tiempo de pensárselo dos veces, como en el célebre La mujer de espaldas, relato de una traición muy bien planificada, con tintes policiales, pero también historia de una obsesión y, de paso, de un periodista que tiene más ganas de ser narrador que reportero; o como el hermosísimo La sombra de oro, que relata el encuentro de un niño con la belleza, con una belleza natural que sólo a él le pertenece y que está bajo la protección de un árbol cuyas hojas brillan como el oro por debajo (lo curioso –o milagroso, à la Spinoza– es que este árbol existe y preside la casa del autor en San Rafael de Tucupita, frente al caño Manamo, en el delta del Orinoco); o los relatos eutrapélicos y sorprendentes, como El oro, donde un hombre que sueña con un anillo despierta con el dedo en el ano; o los tristes y de ciencia ficción, como Prescindiendo, en el que un ser amorfo venido de otro mundo llega a la tierra sólo para morir; o el frustrado intento de Cervantes de viajar a América (Historia de alguien), o la vida secreta de un personaje que es más intensa y más interesante que su exagerada vida social (Sunflowers love the sun, but what do they do at night?). Los relatos de Balza son un ramillete de variaciones, de verdaderos ejercicios lingüísticos en el que cada comienzo anuncia un nuevo intento y una búsqueda nueva –pero semejante–. Tal ocurre en el singular relato Rodrigo, el capitán (2000), del que hablaremos más adelante.