Quizá lo que une a sus textos, aparte del vocabulario untuoso y sensual, y de la clara voluntad de estilo y de una escritura particular (donde el punto y coma y, sobre todo, los dos puntos tienen un importante papel: los dos puntos son también bisagra; el punto y coma, pausa y pensamiento), sea la noción de marca que va enumerando el mundo. Cada texto despeja un espacio colindante con el espacio que otro ha abierto, y deja su marca. Las relaciones seriales que se establecen entre temáticas y estructuras apuntan a otra de las pasiones balzianas: la música. Esta, junto a la plástica y la reflexión teórica, daría una imagen más o menos completa del universo, mejor, del universo río que da sentido a más de medio siglo de escritura. En el inicio de su ensayo «El bolero: canto de cuna y cama» (2002) se despliega nítidamente lo que para Balza significa la música en nuestra vida:

«Toda persona que hable de amor a su amor lo hace con letra de bolero. Hay palabras precisas para decirnos a nosotros mismos que el encuentro con determinado ser está indicando una diferencia; también para reconocer que esa cosa distinta se transforma en pasión: y que triunfamos o somos desdeñados. Finalmente, contamos con esas extrañas palabras que marcan el (lento, progresivo, desgarrado) final del hechizo».

La palabra que es música y que es amor y vida: un ouroboros donde se mezclan música y literatura.

 

EL INICIO ES FIN; TODO PASADO, FUTURO

Hay dos novelas de José Balza que parecen distantes pero guardan semejanzas. Y en una reflexión plástica puede estar la clave que explica esta filiación. Las novelas son la quinta, Percusión (1982), y la octava, Un hombre de aceite (2008) –y no se nos escapa la «coincidencia» musical en esta relación entre quintas y octavas…–. Cinco lustros las separan, pero parecen escritas para establecer una filiación de forma y, en ocasiones, de fondo.

Acerquémonos, primero, a la clave plástica.

Armando Reverón es conocido como el pintor de la luz y quizá sea el artista más influyente de la primera mitad del siglo xx venezolano. Mirar sus cuadros es adentrarse en un universo de luminiscencias que dan forma al mundo de un genio que a medida que desarrollaba su obra fue despojándose de lo que ya no le hacía falta para expresarse. Uno de sus últimos cuadros es el paisaje de una playa –tema recurrente en su pintura– pintado con tres o cuatro trazos, tres o cuatro manchas blancas, que construyen todo un universo. El lenguaje de Reverón, vivo, mercurial, no sólo se desarrolló a pasos agigantados con cada cuadro, sino que fue despojándose de lo «innecesario». Pero tal vez esa no sea la palabra, quizá la expresión sea «lo que ya no le hacía falta».

Pues bien, de Un hombre de aceite cabe señalar algo semejante. Consciente, cauto o humilde, el novelista acota que se trata de una fábula, que se trata de entender el mundo que es la novela sin pirotecnias. En un escritor de dilatada experiencia como Balza ya no es necesaria la demostración ni la pedantería: que cada palabra lleve su propia idea, que cada imagen entregue lo que dice, que cada episodio construya. Un hombre de aceite cuenta la historia del ejecutivo petrolero que poco a poco va sucumbiendo, por culpa de su indolencia, por pusilánime, por cobarde, por cómodo, por corrupto, a la nueva situación que se presenta en el país (en realidad, la repetición de algo que ha ocurrido varias veces en América Latina): el líder carismático que se hace con el poder para «salvar» a la nación y que termina devorándola en compañía de sus secuaces. El demoboros basileus que describiera Homero y que es como una maldición del Nuevo Mundo, ávido siempre de un padre fuerte y simpático pero caníbal. Así se genera una nueva prosa en Balza: la escritura oleaginosa que, como el petróleo pesado, está condensada, se mueve en periódicos flujos y aunque no llena cada intersticio del espacio novelesco –no le hace falta– impone su presencia de manera definitiva.

En Percusión, de alguna manera, ocurre algo un poco distinto: en esta novela está el Balza pleno, y es un tratado completo para conocer el mundo y la manera de contarlo. El viaje signa al protagonista, que recorre los países y vive y ama y los consume. A partir de allí comienza la aventura del lector, que debe dejarse untar con el ritmo de la novela y las disquisiciones del narrador. En algún rincón, lo estará esperando la frase que hará suya para siempre: «En el futuro: contigo», ejemplo emblemático de cómo utiliza Balza los dos puntos, una bisagra para sugerir vetas. Por cierto que en esta novela se anuncia la aparición del sida: ¿visión profética del autor u observación perspicaz de la vorágine sexual que pululaba desde los sesenta? A la prosa abundante de Percusión es posible contraponer el discurso sintetizante de Un hombre de aceite, pero, como en Reverón, una obra no anula a la otra, la complementa. Tal vez la metáfora perfecta repose, y así cerramos la triada literatura-plástica-música, en la comparación de las dos versiones que Daniel Santos, el inquieto anacobero, hizo de Virgen de medianoche: cuando joven, poderoso, lleno de voz; cuando viejo, doscientas cajas de whisky después, sabio, milimétricamente desafinado, grumoso. Las dos versiones son hermosas y se complementan como las novelas de Balza.

 

EL RÍO ÉPICO

José Balza es un estudioso del Quijote. Famoso es su ensayo sobre la obra cervantina Este mar narrativo (1987), en el que analiza concienzudamente el estilo, la forma, las intenciones del autor y las peripecias del ingenioso caballero; pero también parece ser campo de pruebas para repasar ciertas convicciones:

«Cervantes, a medias amando a un tipo literario ya agotado; a medias burlándose de él, elige para recrearlo una forma narrativa que, al ser fijada, surge como esplendorosa totalidad»; «si algún libro parece contener al mundo, es el Quijote. Específicamente al mundo de lo novelesco. […] Nuestro conjunto de notas pretende, entonces, saltar hacia ese mar narrativo que es el Quijote para observar, dentro de sus lueñes oleajes, algunos rasgos de la novela, algunos secretos de la ficción que podrían tocar tanto a los vínculos entre la realidad y lo contado, tanto a las significaciones formales, como al talismán que un narrador de hoy quisiera robar a la vieja técnica de contar».

 

Y tal parece que sí ha robado un talismán: hay un relato, escrito en un largo arco que va de 1968 a 1999 (con una graciosa fecha agregada, 2022), que parece tener la intención de «a medias amar, a medias burlar» un género que no suele ser común en la obra de Balza: la épica y, específicamente, la gesta batalladora de la Venezuela de revoluciones, algaradas y montoneras. Se trata de Rodrigo, el capitán, un extenso relato que cuenta la vida del personaje desde que sale a batallar de su natal tierra andina hasta que llega al cálido sur y el delta orinoquense. Prescindiendo de las claves biográficas que rodean al cuento (podría tratarse de la historia de un antepasado del autor), el texto se acerca a lo bélico con sorprendente realismo, con vívida eficacia, próxima a las descripciones guerreras de un Homero –o a las divertidas «batallas» de Don Quijote–:

«Lo primero que sintió fue extraño: la punta metálica parecía desprenderse del resto y de su puño: algo la elevaba más y más, y él iba tras aquel brillo como si tuviera mil ojos. De repente la lanza sola descendió y halló un primer cuerpo. El golpe entre ambos lo sacudió entero. Alguien armado venía a su lado. Se apartó y la lanza prosiguió».

 

Entreverada a esta historia de soldados, hallamos la historia de amor, que es la que hace de contrapeso y la que arrastra a Rodrigo hasta el delta, pero no podemos dejar de pensar que este relato es una exquisita parodia de (y homenaje a) libros emblemáticos venezolanos como Venezuela heroica, de Eduardo Blanco, y País portátil, de Adriano González León. Qué quiso decir el autor reposa en cada nueva interpretación; por ahora, hay que quedarse con el deseo de acercarse a Cervantes para robar «la vieja técnica de contar» de la que el de Alcalá es padre y origen.

Así fluyen los libros de José Balza: como las boras, unos van deprisa, otros van despacio; unos meditan y otros sonríen; unos preguntan, ninguno sentencia: y todos dejan su marca, la huella fluvial de un autor para quien el río es la tierra y es el cielo. No en balde guarao, nombre de la etnia del delta del Orinoco, significa «gente del agua». Gente de las canoas. Y del río universo.