CIFRAS IMPARES: TRES GENERACIONES, UN CINEASTA
Manuel Antín, que empezó escribiendo guiones con el cineasta argentino Rodolfo Kunh, me escribe:
Yo creo que no hubo época, por lo menos de los tiempos recientes, que pueda compararse con los sesenta. En el cine, ni hablar. Y desde luego no sólo en Argentina. Tuve largas y frondosas conversaciones en ese sentido con Jean Claude Carrière cuando visitó por primera vez la FUC.
La década de los «nuevos cines», en la Europa continental, en la URSS de Tarkovski, en Latinoamérica, en Asia, en África, en la costa este del los Estados Unidos. El mundo cambiaba geopolítica y culturalmente. El cine, que parecía situarse en lo más alto de la producción cultural, creía ser el medio que podía expresar todos esos cambios. Avanzaban los equipos ligeros, el registro del sonido, cambiaba la televisión. Cambiaban los públicos.
En la década de los sesenta el llamado «nuevo cine argentino» nació imbuido del impulso mundial que operaba en el cine. Una generación que planteaba ideas diversas, con la mirada más puesta en Europa que en Estados Unidos, absorbida por la megalópolis porteña que, durante las dos décadas anteriores, había acogido una intermitente migración exterior e interior. Cambiaban las miradas, los públicos la ciudad. El cine transformaba sus procesos de producción y la creación comenzaba a ser más transversal. ¡Aunque el cine argentino se hiciera, todavía, sólo en Buenos Aires!
Comprendo, cuando la veo nuevamente, que Los venerables todos contiene las múltiples ideas del cambio en el cine de los sesenta. El qué y sobre todo el cómo se mira, cambiaban la forma de producirlo. Las nuevas películas cambiaban a quienes las hacían.
En el restaurante de la madrileña calle de la Reina, que solía frecuentar Buñuel, mientras rodaba Viridiana, Manuel Antín comienza diciéndome: «La segunda vez que nos vimos con Cortázar fue en Buenos Aires…». La imagen evocada queda detenida y continúa buscando respuestas a mi pregunta inicial, sobre el período en que le tocó gestionar el cine argentino. Seis años que pusieron en marcha, veinte años después de los dorados sesenta, un segundo período del llamado «nuevo cine argentino».
Los productores «importantes» de los años sesenta a los ochenta no me hablaron nunca. Ni me saludaban. Lo comenzaron a hacer sólo cuando asumí la dirección del Instituto Nacional de Cinematografía.
[…] Creo que lo más importante de mi gestión fueron el acceso de los jóvenes cineastas a la producción cinematográfica y la internacionalización del cine argentino. El apoyo del entonces Instituto Nacional de Cinematografía a jóvenes y nuevos realizadores fue fundamental. Recuerdo que, al principio de mi gestión, la industria en pleno me solicitó una audiencia en donde uno de los productores tradicionales se lamentó de que el INC le estuviera dando crédito a «cualquiera». Mi respuesta no se hizo esperar, «cualquiera» va a ganar el Óscar uno de estos días. Y felizmente tuve razón. La historia oficial, de Luis Puenzo, ganó en 1985 el primer Óscar a una película argentina.
Me cuenta Rodrigo Díaz, creador y director del Festival de Cine Latinoamericano de Trieste: «En 1995, con los plazos de inscripción ya vencidos Manuel Antín me llamó para tratar de que Caballos salvajes, la segunda película del joven Marcelo Piñeyro, pudiera participar en el Festival de Venecia. “La mejor película argentina del año”, me dijo. Le sugerí que enviara directamente una copia betacam al director del Festival Gilo Pontecorvo. Caballos salvajes fue aceptada y participó aquel año en Venecia. ¡Ése es Antín, siempre moviéndose para apoyar a los nuevos cineastas!».
En el invierno de 1993, Leonardo Favio, subió al escenario del Palacio de Exposiciones y Congresos de Madrid a recoger el Goya a la mejor película extranjera de habla hispana por su película Gatica. Favio, un hombre que aprendió el cine en la disciplina de largos rodajes y en el rigor de los estudios, me dijo aquella noche, con un tono de íntimo pesar: «¡Cuánto tiempo habría ganado si hubiera podido ir a una escuela de cine!».
Poco más de un año antes, Manuel Antín, convencido que la formación era el camino para generar otro ciclo de un «nuevo cine argentino», trabajaba para crear: «¿una productora que sea escuela de cine o una escuela de cine que sea productora?».
Regreso al guion y le pregunto sobre la nueva figura del guionista, mutado en showrunner (autor/productor), y si ello plantea modificaciones en las especialidades y la formación en las escuelas de cine: «Por supuesto. Es fundamental tanto para la creación como para la enseñanza».
Manuel Antín, entre tres generaciones del cine argentino: en los sesenta como parte de los nuevos cineastas, veinte años después, en los ochenta, como gestor del cine que abrió las puertas a nuevas generaciones. Desde finales del siglo xx y en las primeras décadas del siglo xxi, desde la formación, abriendo puertas en el cine a nuevos creadores.
Los veo trabajar a todos (en su Fundación Universidad del Cine), en equipo, en la sala de edición opinando y dando ideas acerca del montaje, cosa que no ocurría en mi época, donde el editor sólo tenía al director a su lado. Los procesos creativos son más participativos que nunca. Ya no existe esa verticalidad que comenzamos a romper en los años sesenta.
AÑO 1962, CALLE DRAGONES 2250
La segunda vez que nos encontramos con Cortázar, fue en Buenos Aires. Vimos la película La cifra impar, solos, en la sala siete del Laboratorio Alex. Él estaba sentado en la butaca de atrás. Hay una escena en el film donde la madre sube la escalera y el hijo sano, que no sabe cómo explicar la situación a la familia —hay un hijo enfermo y otro sano, que está enamorado de la misma mujer, Laura, que el hijo enfermo—, la llama. «¿Que?», le responde la madre y él le dice: «Mamá, Laura sos vos». En ese momento Cortázar me puso la mano en el hombro y me dijo «Pibe, entendí mi cuento».
[1] Steven Berlin Johnson. Las buenas ideas, una historia natural de la innovación. Turner Norma, 2011, Madrid.
[2] Seleccionada por el Vaticano, en 1995, con motivo del centenario del cine, «por sus valores morales y humanos», en su lista de quince películas. Román Gubern, integrante de aquel jurado, en su libro Un cinéfilo en el Vaticano. Cuadernos Anagrama. Barcelona 2020.
[3] Ingmar Bergman. Imágenes. Tusquets. Colección andanzas. Memorias. Barcelona, 1992.
[4] Margarethe von Trotta, Entendiendo a Ingmar Bergman. 2018.
[5] Ricardo Piglia en Los años felices. Los diarios de Emilio Renzi. Editorial Anagrama, 2016.
[6] Palabras de Manuel Antín al presentar la copia restaurada de La cifra impar en la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín de Buenos Aires. Recogidas por Lusiana Caresani. Marienbad, revista de cine.
[7] Los escritores frente al cine. Ed. Harry M. Geduld. Editorial Fundamentos. Madrid. 1981.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]