El «homenaje», sin ser literal, conserva una buena parte del espíritu que lo sustenta, sin excluir el color: la marmolina blanca produce un fuerte contraste con el negro profundo de la grava que rellena el rectángulo de cada uno de los frutales. Es, por tanto, una especie de «cruz negra» de colores invertidos (con el suplemento del intenso color verde del césped).

Lo que más me importa: se trataba de construir un pequeño espacio de contemplación. El orden de los elementos y la organización de los colores la facilitan, y hasta en cierto modo la provocan. La mirada y el espíritu se aquietan. Contribuye mucho a ello, por supuesto, la imagen elemental de la cruz, la llamada «cruz griega» (rectangular en este caso, con la parte horizontal extendida), tan decisiva para la tradición bizantina, y desde luego para Malévich, a través del arte de los iconos. La cruz ha sido siempre una representación del equilibrio de fuerzas activas y pasivas. Y también, se ha dicho, de la «conciencia sujeta al tiempo».

Es esto último lo que más me atrae de esa imagen y de mi pequeño «jardín suprematista» en su conjunto. Me gusta detener la vista en esas armonías sencillas. Algunas tardes –y algunas noches, con las luces encendidas en el suelo– no puede ser mayor la sensación de intimidad. Es una intimidad paradójica, puesto que se trata de un espacio exterior. Sentado en la escalerilla, bajo el sol, o en un recodo de sombra, me ha ocurrido alguna vez sentir una rara paz, un aquietamiento difícil de describir. Visto desde el interior de la casa, mientras oigo música, o al levantar la vista del libro, hay en el jardín un orden particular que, a su manera, silenciosamente me convoca a no sé qué meditación. Tal vez a una meditación sin contenido, una meditación vacía.

*

Lo que constituye más hondamente al poeta es su íntimo debate entre el deseo de saber (libido sciendi) y su entrega al misterio. El poeta sabe siempre que, como asegura Borges, «la solución del misterio es siempre inferior al misterio mismo».

*

El «crecimiento de una mente», en el sentido de Wordsworth, el desarrollo de una sensibilidad, diríamos, es un conjunto de fuerzas, de estímulos, de estimaciones y desestimaciones que poseen diverso carácter y diversa intensidad. ¿Hasta qué punto podemos ser objetivos respecto a ellos? ¿Podemos en realidad, simplemente, identificarlos?

Solía empezar más o menos así, con ligeras variantes en cada ocasión: «Hola, ¿qué tal? Saludos de Ángel Álvarez. Esto es Caravana en La Voz de Madrid. Y Caravana ha nacido porque son jóvenes los viajeros de nuestra carreta. Porque son jóvenes, este tema es casi un himno para una nueva generación…». Y enseguida se escuchaba una canción seductora: de The Beach Boys, de Elvis Presley, de The Shadows, de Roy Orbison, o Where Are All the Flowers Gone cantada por The Kingston Trio. El programa se emitía hacia las tres de la tarde y presidió buena parte de mi adolescencia. Yo hacía todo lo posible por escucharlo cada día. Ningún otro programa radiofónico despertó nunca en mí tanto interés; ninguno como él, en todo caso, ha elevado tanto mi espíritu en lo que podríamos llamar las posibilidades de la imaginación sonora, en la modalidad de la que hablo aquí.

¿A qué me refiero? Si el programa me fascinaba era porque me conducía, lo mismo con la voz de Álvarez que con las propias canciones, a otro lugar, un lugar desconocido, objeto de una ensoñación absoluta, un espacio de deseo que únicamente era posible gracias a la sonoridad. Esta me transportaba, literalmente. A veces lo hacía, en realidad, a un espacio solo conocido entonces de manera muy vaga –la «dorada California», pongamos por caso, en las voces de The Beach Boys, de The Byrds o en la bellísima canción «California Dreamin’»–, pero la mayor parte de las veces ese espacio no estaba vinculado a ninguna imagen previa. Era, sencillamente (¿sencillamente?), un espacio creado por la voz y por la música. Ahí residía el enigma. La voz del propio Ángel Álvarez tenía mucho que ver en ello. Mejor dicho: la voz, si lo pienso bien, hacía nacer el aire mismo en que tenía lugar aquel vuelo hacia lo imaginario de aquella sonoridad, de aquella música. Una voz envolvente, soñadora ella misma; una voz que parecía, a su vez, estar volando ansiosa a otro lugar. Vuelo 605 fue el nombre alternativo que el programa adoptó con el tiempo. Un nombre coherente: Ángel Álvarez era un piloto de aviación comercial que traía siempre, de cada uno de sus viajes, novedades discográficas relacionadas con la «música de los jóvenes», puntualmente retransmitidas en su programa radiofónico, y muchas veces en calidad de estrictas primicias.

Vengo preguntándome desde hace tiempo en qué contribuyó exactamente el programa de Ángel Álvarez a mi educación estética. Es difícil saberlo. ¿Una cosa más que ignorar, y que debo limitarme a sentir? Un día me enteré de que estaba a la venta un doble disco compacto con una selección de temas de Caravana – Vuelo 605 editado por EMI. No tardé en conseguirlo. Volví a sentir lo mismo que entonces, pero ahora con el suplemento de una irreprimible nostalgia. Volaba a otro lugar y ahora, además, a otro tiempo. «Hola, te habla Ángel Álvarez. Esta es la música de Vuelo 605 para jóvenes emociones, que a veces llegan como una suave brisa, a veces como un huracán… Música distinta para una juventud distinta también, una juventud que sabe y que desea saber…».

*

Me ocurre a veces, al andar por la calle, o al mirar por las ventanas de casa. Algo se hace bruscamente perceptible: el lugar. «Leer una casa», «leer una habitación», decía Bachelard. ¡Qué gran lección, qué tarea inagotable! Pero hay una experiencia anterior: vivir una casa, una habitación. Vivir un lugar cualquiera.

¿Cómo habitamos nuestros espacios? Por lo general, con una desconcertante indiferencia, o con un interés reducido casi a su mínimo grado. Me refiero a la relación que solemos mantener con toda clase de espacios: el doméstico, el urbano, el rural. Apenas se les concede importancia, y los automatismos acaban imponiéndose, es decir, miramos sin ver, percibimos sin conciencia, habitamos sin habitar. A ello contribuyen sin duda los modos de vida hoy dominantes, empezando por la arquitectura de horribles bloques, los pisos adocenados, las viviendas grises y repetidas hasta la saciedad.

Hojeo una vez más la Guía de la Casa Luis Barragán, un opúsculo de poco más de medio centenar de páginas, impreso en blanco y negro. No hace justicia a la belleza del espacio que aspira a presentar y resumir, la casa que el arquitecto mexicano Barragán se construyó como vivienda particular en la calle General Francisco Ramírez de Ciudad de México. Adquirí este opúsculo en la misma casa, como recuerdo de una visita inolvidable que M. y yo hicimos al lugar en 2007, y de la que hablo con cierta amplitud en mi diario de ese año.

Los mejores arquitectos son para mí aquellos que nos hacen tomar conciencia del espacio. De hecho, su tarea no es distinta, en este sentido, a la de los escultores. Pero no habitamos la escultura, salvo en un sentido metafórico, si entendemos que una casa, o una habitación, o una plaza, es en cierto modo una escultura. A mi ver, lo que consigue Barragán, tanto en su propia casa como en otros edificios suyos que he tenido ocasión de visitar, es adquirir conciencia del espacio como tal, pero de un modo casi contemplativo, como si contemplar y habitar se convirtieran en una sola y única cosa. Puede hablarse de una cierta religiosidad del espacio habitable. Por supuesto, no ha sido el único arquitecto que ha perseguido ese objetivo o invitado a vivir esa experiencia, pero en Barragán se hace inconfundible y única (muchos arquitectos han seguido su ejemplo y pueden considerarse, en este punto, discípulos suyos).

¿Las condiciones? La desnudez, ante todo. Pienso ahora en las «condiciones del pájaro solitario» de Juan de la Cruz. Estoy seguro de que se trata de aspectos del mismo orden perceptivo y sensitivo. Barragán aseguraba haber aprendido mucho de los muros ciegos norteafricanos, esas largas paredes monocromas (que yo he visto muchas veces en Marruecos) cuya monotonía, en el sentido más estricto de la palabra, acaba volviéndose de un atractivo visual irresistible. Barragán combinó colores, sabiamente. ¿Por qué sus muros, aun así, nos siguen pareciendo tan desnudos?

Conciencia del espacio habitable, del espacio habitado. Me pregunto si esa no era precisamente la función de las esferas, a las que Barragán era tan aficionado, que reflejan en su espejo curvo todo el espacio de una habitación. Mirar ese reflejo es observar todo el espacio. Recuerdo que abundaban en las habitaciones de su casa.

*

Durante una larga temporada, en los años de Barcelona, escuchaba yo de manera obsesiva el Réquiem de Mozart. Sería inútil preguntarme por el motivo de esa frecuentación, porque no sabría encontrar ahora una respuesta. No sé qué ganaría si consiguiera adivinar en qué medida obraba o no en mí la «pulsión tanática» o cualquier otra de las fórmulas freudianas al uso. Supongo que me sobrecogía ante todo su grandeza hímnica, su impresionante sublimidad, reforzada por la calidad extraordinaria de la interpretación (la versión era la de la orquesta sinfónica de la BBC dirigida por Colin Davis, y aún la conservo). Tal vez era un modo de penetrar en el misterio de la finitud, en el modo en que ese misterio nos constituye en todos los sentidos. Habita en nosotros y se hace más o menos presente según las épocas y las experiencias vividas. Ese misterio también nos amenaza. No debe apoderarse de la conciencia e impedirnos vivir. Ciertos misterios deben ser mantenidos a raya.

*

Las velas encendidas… Su seducción, y hasta podría decir su llamada.

Recuerdo ahora, por cierto, la de El Greco en su Muchacho encendiendo una candela. El cuadro está en Nápoles, pero lo vi hace unos años en Madrid. Corresponde al período romano del pintor y se inscribe, según parece, en cierta tradición basada en no sé qué pasaje de Plinio el Viejo. El súbito resplandor oscurece el fondo. Tan solo alumbra el rostro del muchacho. Una vela encendida contra la oscuridad del mundo.

Total
2
Shares