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Una tormenta de granizo en plena ciudad subtropical era mucho más que una rareza: era, en realidad, la irrupción de lo imposible. Lo era, desde luego, para un niño, que debía frotarse los ojos si aspiraba a creer lo que estaba viendo. Y que no tardó en salir de casa, incrédulo aún, para sentir en sus manos las piedrecillas heladas, para sopesarlas, palpar su consistencia y contemplar, hipnotizado, su blancura.
La tormenta de granizo en Las Palmas de Gran Canaria, junto a la playa, fue uno de los pequeños acontecimientos de mi infancia, y su recuerdo está tan vivo para mí que casi puedo reconstruir aquellos momentos minuto a minuto. El sentimiento de la maravilla y de lo insólito alienta en todos los niños, pero no siempre tiene una base real. Los juegos de magia, por ejemplo, encierran para un niño un magnetismo único (los adultos vuelven en cierto modo a la infancia cuando contemplan un espectáculo de magia), pero todo lo relacionado con los espectáculos de la naturaleza pertenece, diría yo, a otro orden de asombro o de fascinación. Es lo real que no lo parece pero que lo es, en toda su materialidad. Suele decirse que es eso lo que ocurre, pongamos por caso, con las gentes de tierra adentro que ven por vez primera el mar. De ese mismo orden era el granizo sobre la arena de la playa. De pronto, lo imposible se manifestaba. Era una magia real. Lo impensable, lo inverosímil, caía allí sobre aceras y azoteas, golpeaba sordamente la arena. Aquel sonido ahogado, aquel raro blancor.
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Me llega la noticia de la muerte de Salah Stétié, ocurrida el martes pasado (o el miércoles, información confusa). Traduje una vez dos poemas suyos y le consulté algunos detalles. En ese momento ya manteníamos correspondencia epistolar.
A Stétié llegué, me parece, por recomendación del poeta y ensayista Salam Al-Kindy, autor de un bello libro sobre poesía y filosofía de la era preislámica. El origen libanés de Stétié y su larga vida en Francia lo situaban en un espacio cultural de privilegio. Mallarmé y Rumi, simbolismo e Ibn Arabí. Sus poemas dibujan paisajes mediterráneos: olivos, cabras, piedras, peras «dormidas en la alta ley de la luz / cuyo nombre eterno es xvarnah». No me extraña que haya cedido su legado al museo Paul Valéry, en Sète. Dos espíritus mediterráneos.
En una de sus cartas, recuerdo, me propuso que lo invitara a las islas. No surgió la ocasión. Aunque vivía retirado en una casona del siglo XVII en Le Tremblay-sur-Mauldre, le gustaba viajar.
Su «hermetismo», discusión absurda. Solo hablan de hermetismo quienes siguen creyendo que un poema es un artículo periodístico y puede (y hasta debe) leerse como tal.
Releído esta noche, en homenaje, Signes et singes. «Dolor es el nombre de la rosa». El nombre, en realidad, de todo lo que vive.
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«Tiempo de efigies», así se titulaba el poema. Tiempo de imágenes, de representaciones. Un muchacho recorre un paraje marino a lo largo de un día, y elucubra de manera más bien alambicada y fantasiosa acerca de lo que ve y de lo que imagina: el mar ante el cual «se agita el mundo», el amanecer y sus colores azarosos, las gaviotas que sobrevuelan la «vidriera abúlica» de las aguas, los peces tendidos en el mimbre, el sol en su expansión, los cuerpos y su «trashumancia» sobre los arenales, la llegada del anochecer…
Escribí Tiempo de efigies en la primavera y el comienzo del verano de 1970. Se publicó en forma de pequeño cuaderno en agosto de ese mismo año (en el colofón consta que se terminó de imprimir el día 7 de ese mes). Yo tenía 17 años.
Incluso para el más escéptico ante las supersticiones del calendario, algunas fechas no escapan, no pueden escapar, a cierta significación íntima. Dentro de unos días se cumplirán cincuenta años de la edición de ese cuaderno, mi primer libro. Es verdad que hubo alguna publicación anterior en periódicos, pero es imposible permanecer indiferente ante el poder simbólico y casi mágico de esa fecha. Sería relativamente fácil descender a los pozos de una fácil nostalgia por las escalerillas de la memoria. Si un año es ya una alegoría cósmica, ¿cuántas alegorías no encerrarán los cincuenta, cuántos ciclos de muerte y resurrección?
Bien, de acuerdo. Ninguna nostalgia, así pues. ¿Qué quedó de ese poema primerizo, lleno de tosquedades? Una duradera insatisfacción… No sabría decir exactamente de qué clase. Yo conocía el impulso de la expresión. Poseía el instinto, por decirlo así, pero carecía aún del lenguaje necesario, de su realidad unificadora. Quince años más tarde, invitado a reimprimir en un solo volumen mis primeros libros, volví a escribir de principio a fin ese poema. Es algo que nunca he vuelto a hacer: detalles mínimos aparte, no puedo retocar o rehacer un poema cuando ya forma parte de un libro. Fue una especie de palimpsesto. Más aún –me dije aquella vez, al retomarlo–: ese poema necesitó quince años para escribirse, o para terminar de escribirse. Hoy lo sigo viendo de ese modo.
Decir el mundo visible, dar nombre a lo real y a las sorpresas del mundo contingente, pero también imaginar, traspasar el plano de las apariencias… Aunque es asunto sin relevancia alguna para el lector, salvo para el muy curioso, no puedo dejar de recordar que el poema obedecía para mí a la impregnación espiritual y sensible que desde mi infancia yo venía recibiendo del mar y de su entorno, algo que no puede sorprender en un insular. Tampoco puedo dejar de recordar las lecturas a las cuales asocio hoy esos versos. Versos, digo. Sin embargo, hay en la primera versión de ese poema una clara indecisión entre el verso y la prosa, y de ahí sus ocasionales y extraños versículos. En las imágenes, fuera de El cementerio marino, que yo había leído con asombro dos años antes, no puedo dejar de evocar algunas resonancias de Rimbaud y hasta de Saint-John Perse: sus «Elogios» e «Imágenes para Crusoe» tuvieron en mí por aquellas fechas a un lector todavía un poco epidérmico, víctima del deslumbramiento, pero a esas imágenes debo, sin duda, el primer reconocimiento de mi ser insular. Fue también la época en la que descubrí los Tres poemas escondidos de Seferis, en la brillante traducción castellana del mexicano Jaime García Terrés. Ese libro resultó muy importante en mi formación. Para el poeta griego, oscuridad y luz eran una única realidad indisoluble. ¿Por qué rehuir lo oscuro, lo secreto? ¿No está la oscuridad en nuestras almas, según dijo una voz inconfundible? Todo lo demás… Sobra aquí cualquier autointerpretación. No negaré, de todas formas, que en Tiempo de efigies, con el título definitivo de Día de aire, está ya, en germen, mucho de lo que he tenido ocasión de escribir luego con mayor o menor fortuna, hasta hoy mismo, tanto por profundización como por desviación o alejamiento. En la reescritura del poema, en 1985, ya empezó a ponerse de manifiesto esa doble actitud.
¿Qué recuerdo de aquellos días de agosto de 1970, con el cuaderno en las manos, como lo tengo ahora, después de haberlo tomado del estante? La sensación de un íntimo, indefinible desconcierto, sin duda. Y el olor del papel y de la tinta, tan vivo e inolvidable para mí. Ya no existe, hace mucho.
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Mañana de verano, ventanas abiertas. El aire parece surcar la casa. Llega hasta mi mesa de trabajo un vilano.
¿Un signo? Una interpretación debidamente budista me llevaría a borrar todo lo escrito en estas páginas.
Y hasta toda escritura, simple ilusión.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]