DIBUJO

Balza ha dedicado jugosos ensayos a las artes plásticas. Artistas como Alejandro Otero, Jesús Soto, Armando Reverón, por sólo citar unos pocos, han sido parte fundamental de su experiencia reflexiva y creadora. No resulta extraño este despliegue de su actividad creadora si recordamos que en sus primeros tiempos en Caracas tenía la pretensión de dedicarse al dibujo y la pintura. Lo impactante es que en mayo de 2015 Balza realizó una exposición de sus incursiones plásticas: trabajos secretos, silenciosos, contenidos en cuadernos que lo han acompañado estos años y que despertaron en el crítico Luis Pérez Oramas comentarios refulgentes al definirlos como:
«La certeza de una morada abstracta, las repetidas percusiones de olor, el pulso que nos rodea en forma de manchas y lapizadas; está la Sibila, la gran señora de Miguel Ángel y el cielo de Caracas, la hoja del árbol; está lo escrito sobre lo ya escrito, el cable que se opone al nuboso firmamento vesperal de cuyos rumores contiene el relámpago y lo lleva hasta iluminar el misterio nocturno donde el Orinoco se entrega feliz al ancho mundo».
La mano que una vez acudió al color y luego viajó hacia la palabra, vuelve a sí misma: múltiple, impredecible, ahora en palabras, ahora en color, ahora en dibujo.

 

DOS

Leer a Balza: pensar en la duplicación de sus personajes; pensar en el «dos» que nace de un «uno». Pero hacer eso sería no comprender que esa duplicación genera otra y otra y otras.
Cierto que en novelas como Después Caracas (1995), el personaje principal se bifurca en una suerte de experiencia «doctor Jekill y Mister Hyde»; que en su ya citada primera novela, Marzo anterior, existen dos personajes que terminan fusionando sus discursos hasta descubrir que son una unidad separada por el tiempo mas no por el espacio, o que el inicio de Percusión (1982) muestra la transformación de un personaje anciano en su figura juvenil pero ahora sostenida en la memoria de una vida que está por realizarse en su cuerpo.
Pero Balza ha creado un tipo particular de personaje, signado por lo que él llama «la multiplicidad psíquica del ser». No hablamos tan sólo de duplicaciones, sino de multiplicaciones incesantes en las que un eje fijo de la personalidad despliega posibilidades antagónicas, lejanas a la coherencia del «realismo». El personaje balciano posee una riqueza sobrecogedora, avanza en sus aparentes contradicciones, incorpora la profundidad de todas sus máscaras vitales, sociales, psíquicas.
Es uno y muchos.
Es muchos en la apariencia de uno.

 

EJERCICIO

Menciono los libros narrativos de Balza con las conocidas etiquetas de novelas o cuentos, pero en realidad José Balza los denomina ejercicios y nunca ha pretendido escribir dentro de los requerimientos tradicionales que poseen estos géneros.
La idea de ejercicio refiere un trabajo que no pretende alcanzar su plenitud, una narración que es sólo aproximación a los modelos de excelencia narrativa que Balza ha frecuentado como lector. Por eso afirma: «Sinceramente pienso que jamás llegaré a escribir como los autores que admiro: Proust, Nabokov, Mann, Akutagawa, Cortázar, y por eso no le doy a mi trabajo ese carácter definitivo que pueden tener los suyos».
El ejercicio implica, además, una libertad creativa que –dentro de lo que podríamos entender como novela– permite incorporar materiales ensayísticos, periodísticos, chistes, reflexiones, inventarios historiográficos. Así ocurre de manera muy destacada en libros como D (1977) o Medianoche en video: 1/5 (1988), evocaciones históricas de la radio y la televisión en Venezuela, pero sostenidas en las acciones y pensamientos de personajes obsesionados por el placer, el deseo de comprender su universo personal, y el conocimiento de la amistad y el amor como formas de crecimiento existencial.

 

EXPERIMENTO

La narrativa de Balza recupera el verdadero sentido de esta palabra. Se suele llamar experimental a cierta narrativa que recupera los hallazgos de Joyce, Proust, Faulkner. Prolongaciones de una tradición alterna; repeticiones incesantes de recursos que fueron experimentos en su inicio pero que ahora son recursos normalizados por la escritura que los prolonga.
Desde sus primeras novelas y cuentos, Balza creó un sistema propio de narrar sostenido en lo que él considera que es el rasgo verdaderamente perturbador de la narrativa del siglo pasado: el trabajo sobre los ejes del tiempo y el espacio. De ahí que sus novelas procuren siempre inesperadas conexiones en la temporalidad de sus personajes; exacerbaciones de lo espacial que ralentizan o descomponen las relaciones causa-efecto; composiciones propias del pensamiento mítico.
Pocas obras en la actual narrativa en lengua española exhiben el hallazgo rotundo de un nuevo modo de existir y transcurrir en las palabras como el que encontramos en la escritura balciana. Modo personalísimo, modo propio de asumir lo narrativo.

 

LEJOS

«El hombre más bello es el que llega desde el lugar más lejano».
Este es el inicio de Percusión, una de las mejores novelas escritas en español en el siglo xx.
Tersa rotundidad, incertidumbre, levedad del viaje, promesa de una historia por cumplirse, por contarse.
«El hombre más bello es el que llega desde el lugar más lejano», dice el libro en su inicio, un inicio que quedará marcado a fuego para siempre en los lectores, porque quien lee sus páginas nunca volverá a ser el mismo que entró en ellas.
Percusión refiere el largo viaje que realiza un personaje que intenta huir del dolor de una separación amorosa. Viaje que «se organiza para el protagonista de Percusión en la maldición del deseo de conocer traducido en la errancia…», como afirma Carmen Ruiz Barrionuevo.
Pero ese viaje, dirigido siempre hacia el norte (quizá una especie de cielo simbólico), semeja el intento metafórico de un ascenso que le permite alcanzar las texturas de lo racional, de lo intelectivo desprovisto de afectividades. Ruta que va impregnando al personaje de experiencias imborrables: el contacto con nuevas formas de la sexualidad; el descubrimiento de una suerte de bruja sabia que lo impulsa a seguir su crecimiento; el despliegue de la actividad política; la proximidad de la traición; el contacto con el carácter sagrado de las montañas; la revelación de la enfermedad y de la muerte como instancias dadoras de sentido.
Sucede entonces que la errancia ascendente, la huida del personaje, acaba por situarlo en un equilibro en el que el ejercicio feroz de su inteligencia lo adhiere a la belleza de lo sensorial, de lo afectivo. El dolor lo alcanza, se multiplica y se expande, pero es el dolor que reinicia la vida y produce una insólita alteración temporal que sumerge la existencia en el ciclo del eterno retorno, con toda su belleza y con todo su horror.

 

SONIDO

La prosa de los grandes autores es una forma peculiar de música. La sonoridad de sus palabras, el tamaño de las frases, las puntuaciones particulares crean melodías para que el mundo cante, exista en palabras, respire en silencio y sonido.
Tres son las grandes prosas que reconozco y me acompañan en el siglo xx: Borges, Cortázar y Balza. Suelo leerlas al despertar, al menos alguna de ellas, para que el día se sumerja en una música especial. Borges por su precisión. Cortázar por su fluido interminable, falsamente coloquial, como de ensueño. Balza por su cremosidad, su sinestesia permanente, su alteración del universo y los sentidos.
Quizá sea muy mecánico acotar que Balza es un gran amante de la música. Pero, desde luego, al esbozar un diccionario, un retrato apresurado de su obra, resulta imposible soslayar las páginas que ha dedicado a la música tanto en sus ficciones como en sus ensayos. El compositor Juan Francisco Sans se refiere así a esta parte de la obra balciana:

«…hace uso del antiquísimo recurso de Homero –la écfrasis– para discurrir de manera sensata, profunda y sensible sobre los más diversos aspectos de la música, sin evadir temas peliagudos o difíciles de tratar. De un modo más general, su obra se inscribe en una creciente tendencia contemporánea de opinar sobre música y otros temas, con toda la autoridad que le confiere su condición de simple fruidor, usuario, diletante o aficionado. Lejos de ser peyorativa, la condición del amateur –la de quien ama la música en el sentido literal del término– ha recobrado en nuestros días el valor epistémico que tenía en los siglos xviii y xix».

 

VIDA

Un día en Casa de América José Balza afirmó: «La literatura es más importante que la vida». Expresión perturbadora, incisiva, expresión que no pretende la simpatía de los espectadores, ni su complicidad, ni su afirmativa y resignada aceptación de discursos correctos o vitalistas.
Nunca he podido preguntarle por qué hizo esa afirmación, pero soy incapaz de olvidarla.

 

VOZ

«Está inmóvil entre dos ciudades y una de ellas debe ser definitiva: esconde su futuro». Así se inicia Un hombre de aceite, la novela publicada por Balza en 2008.
La voz de los autores que me interesan y perturban suele socavarme desde su primera frase. En ellas, el silencio previo a sus palabras parece más hondo, en ellas el silencio posterior a sus palabras parece más rotundo.
La voz de las novelas de Balza es el vértigo que sucede entre dos silencios.

 

YO

El yo es múltiple, pero tiene un eje que atraviesa el tiempo.
Balza afirmaba en 1969: «Los novelistas son los nombres de la oscuridad; para la sombra y lo desconocido no proponen designaciones la ciencia y la filosofía. Swift, Cervantes, Goethe y Fielding ofrecen, cada uno a su manera, una muestra del universo tenebroso al cual no descienden los otros investigadores». Treinta y cinco años después, José Balza declara a Raquel Garzón en una entrevista en el diario El País: «¿Mis temas? Yo no tengo imaginación, soy más bien un observador. No me detengo en nada estridente ni épico ni heroico, porque me suenan falsos. Escribo y he escrito sobre lo que permanece en penumbra».