POR NICOLÁS MELINI
Año tras año se detecta en España una diferencia de trato, por parte de quienes contribuyen por activa y por pasiva a conformar el canon de la literatura escrita en español, de los autores españoles y los autores hispanoamericanos, una diferencia comprensible, aunque quizás merezca la pena matizar a través de una extensa prescripción de títulos más o menos recientes y de la observación de sus características.

Comienzo con algunos escritores coetáneos que nos han brindado algunas de las mejores páginas que hemos leído últimamente. Tal vez haya algo más que los empariente: ninguno de ellos ocupa, al menos por ahora, un lugar central en el mercado editorial español, ¿quizás porque no lo sean, españoles? Tampoco parecen encontrarse muy centrados en el canon literario que promueve la crítica española, y eso a pesar de haber publicado sus libros en España, por lo que se trata de autores ya prescritos, pero también claramente que hay que reivindicar.

Martín Caparrós ha hecho uno de los libros más impresionantes del comienzo de siglo, El hambre, cierto que lo ha publicado en Anagrama y siendo premio Caballero Bonald, aunque sin obtener lo que sería de suponer con semejante obra: por decir, encabezar la valoración de los críticos en sus recuentos anuales de los suplementos de los principales periódicos (estos recuentos suelen referirse exclusivamente a los libros de autores españoles) o que, al menos, hubiera figurado en la terna de finalistas de alguno de los premios a libros publicados que generan canon —¿y cuáles serían éstos?, podríamos preguntarnos—. Todo se andará, claro. El hambre sólo puede crecer en consideración, toca el que podría ser el gran tema de nuestro tiempo (también Cervantes se ocupó de las desigualdades de su época); es un libro que tendrá una significación especial si algún día la humanidad, finalmente, erradica el hambre, pero que ya la tiene y la seguirá teniendo mientras esa desigualdad y su hambre no desaparezcan. Aún son pocos los lectores necesarios que ha tenido, si bien tampoco es de desmerecer el reconocimiento que el autor ha logrado, por este y por otros de sus títulos.

Algo similar ha sucedido, me parece, con Subsuelo (Salto de Página), de Marcelo Luján, con una atención (muy merecida) en los márgenes constituidos por los premios de novela negra; un fenómeno curioso este iniciado ya con su anterior novela, Moravia (El Aleph), porque ambas exceden cualquier posibilidad de etiqueta genérica. Como en el caso de El hambre, de Caparrós, Subsuelo no se ha encontrado como una de las principales novelas de su añada en los repasos críticos de España, aunque el novelista argentino hace mucho tiempo que vive entre nosotros y bien podría ser considerado «uno de los nuestros»; el panorama patrio, quizás, se ve ligeramente tergiversado al no incluir novelas como ésta entre lo más reseñable.

En estos días, el editor de Páginas de Espuma, Juan Casamayor, ha recordado que «En Pequeñas resistencias (2002), Andrés Neuman manejó un criterio de edición coherente y sabio para una antología del nuevo cuento español: incluir a quienes, no habiendo nacido en esta orilla, sí vivían en ella, escribían en ella o publicaban en ella. Así, autores como Fernando Iwasaki, Rodrigo Fresán o Juan Carlos Méndez Guédez formaron parte del mapa de Páginas de Espuma». Tengo para mí que ese «coherente y sabio» criterio de Andrés Neuman para aquella antología del cuento español, que en su día fue muy controvertido, hoy nos parecería bastante más natural; cuestión de costumbre, posiblemente; de habernos visto las caras con mayor intensidad en los últimos tiempos.

Algo más difícil, es cierto, lo han tenido otros autores hispanoamericanos que no viven en nuestro país, pero sí publican en España y son, me parece, de lo mejor en español, aunque la consideración que han obtenido, repito, no sea en absoluto como para pensar que hayan sido menospreciados o anden escasos de éxito, ni mucho menos. Es el caso del boliviano Edmundo Paz Soldán (Iris, Alfaguara, y Las visiones, Páginas de Espuma), que ha hecho con su reciente apuesta por la ciencia ficción un esfuerzo literario descomunal, al menos de los mayores realizados por los escritores de su generación. Ni siquiera el mexicano Yuri Herrera, que se ha convertido —junto, quizás, con Mario Bellatin y César Aira— en uno de los autores más influyentes de Hispanoamérica, apunta en España hacia la cercanía, ni remota, de la centralidad en el canon que ocuparon los autores del boom, y no parece que se deba a que la obra de Yuri Herrera (o de cualquiera de los autores antes mencionados) no atesore poderosas razones literarias. Más bien se trata de la imposibilidad de repetir el acontecimiento mercantil, y, por otro lado, es como si hubiésemos hecho un conveniente cordón en torno a los autores españoles, que, además, reciben más promoción en las mismas editoriales que publican muchos de los hispanoamericanos, pues se considera que los españoles cuentan con una «base lectora» al encontrarse en su país, una base que no tendrían ni los hispanoamericanos que no viven en España ni tampoco, según parece, los residentes.

Algunos premios a libro publicado de este país (como el Setenil, que pudiera contribuir a la fijación del canon del cuento) han cambiado hace poco sus bases para permitir la presentación de libros de autores hispanoamericanos, y, en sus trece ediciones, sólo una autora argentina lo obtuvo, Clara Obligado, pero en calidad de española.

El venezolano Juan Carlos Chirinos, español de adopción —éste sí, de los residentes—, ha publicado recientemente uno de los libros de cuentos más especiales y cultos que yo haya leído, La manzana de Nietzsche (Ediciones La Palma), aunque ha quedado, no sé si de manera conveniente, fuera del foco de premios y reconocimientos críticos patrios. El argentino Iosi Havilio, que ha publicado en España varias novelas (las que yo he leído, Opendoor y Paraísos, ambas en Caballo de Troya, literariamente muy recomendables), no parece haber conseguido más que eso, publicarlas, si bien es cierto que lo ha llevado a ser traducido a otros idiomas, algo que quizás no obtengan otros autores españoles de su generación más celebrados por aquí; similar ha sido la acogida de las novelas del boliviano Rodrigo Hasbún (Los afectos, Literatura Random House) y las del guatemalteco Eduardo Halfon, que ya tiene un buen número de títulos publicados en España y traducidos a otros idiomas; entre los últimos, un buen libro de cuentos: Signor Hoffman (Libros del Asteroide); y el mismo exterior parecen ocupar Samanta Schweblin con su novela, publicada por Literatura Random House, Distancia de rescate —aunque algo menos con su libro de cuentos ganador del Premio Ribera del Duero, Siete casas vacías (Páginas de Espuma)—, o Patricio Pron con cualquiera de las suyas, la última, No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House), si bien se trata de uno de los pocos residentes que apunta a obtener una presencia literaria semejante o mayor a la de sus coetáneos naturales españoles.

Es verdad que «español es español», valga la perogrullada, y también es cierto que los españoles merecemos atesorar nuestros propios héroes literarios, aunque hoy, cada vez más globalizados, rotas las fronteras del español por internet, quizás lo de la literatura patria vaya teniendo menos sentido. La tendencia, en cualquier caso, parece ser la contraria. No sucede igual con premios a mejor libro publicado como el Mario Vargas Llosa, que organiza la Cátedra Mario Vargas Llosa desde Madrid, pero que se celebra en Lima, o el Premio Gabriel García Márquez de libros de cuentos, que se celebra en Colombia, y que hacen el esfuerzo de rastrear lo publicado en todo el ámbito de la lengua. Los mismos jurados de estos premios son internacionales, tratando de hacer algo más que creíble su vocación de servicio al conjunto de la literatura en español. El decano de todos éstos, el Rómulo Gallegos de Venezuela, admite y premia con cierta asiduidad a escritores españoles. Lo mismo sucede con el Premio Cervantes o el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, pero éstos son premios no a libro publicado, sino a carrera realizada, por lo que podríamos estar incurriendo en un disloque generacional, en el que sería la generación joven la que, a ciertos efectos, no compartiría —al nivel de los hoy consagrados— determinados espacios: sí las mismas editoriales españolas, no exactamente las mismas posibilidades de promoción y recepción crítica y celebración. El Premio de la Crítica, que sí es a libro publicado, distingue con frecuencia a autores hispanoamericanos, siempre que hayan publicado el libro en cuestión en nuestro país, aunque lo hace en un número inferior al de los premiados españoles. Por supuesto que el Rómulo Gallegos inclina el porcentaje de galardonados muy a favor de los hispanoamericanos, y es que son muchas las nacionalidades de aquel lado, y, de éste, sólo una.