En la otra mano, sin embargo, hay una postura que circula cada vez más en boca de algunos escritores españoles y en las páginas físicas y digitales de algunos medios —y que ha expresado con absoluta nitidez Alberto Olmos—, según la cual no hay escritor español que se haya consagrado después de Antonio Muñoz Molina: «Ni la generación de los sesenta (salvo Cercas) ni la nuestra (salvo quizá Neuman) han conseguido asaltar siquiera la primera muralla del trono de Marías o Muñoz Molina, que son los únicos que conocen la gloria literaria», declaraba en una entrevista. También según Olmos, el sistema editorial español sufre de un papanatismo que lo lleva a considerar mejor lo de fuera que lo español: «En los suplementos tiene cabida mucho antes un autor bosnio que uno de Hospitalet de Llobregat —afirma— y cualquier cosa que suene de lejos a autor joven que quizá pueda convertirse en un gran autor es despreciado y silenciado de inmediato. Lo mismo puede decirse con las páginas de Cultura de los periódicos: no hay apenas sitio para un autor español si no lo ha publicado un gran grupo editorial».

Esta visión parece chocar con la que ofrecíamos al principio de este artículo, aunque bien acotado por ese «si no lo ha publicado un gran grupo editorial». Sin embargo, resulta evidente que, en el caso de las promociones y atenciones críticas obtenidas por aquellos autores hispanoamericanos y estos autores españoles de más o menos la misma generación, y que publican en los mismos sellos españoles, se aprecia cierto agravio comparativo. El propio Alberto Olmos, Marta Sanz, Sara Mesa, Milena Busquets, Sergio del Molino, Elvira Navarro, Manuel Vilas, Gonzalo Torné, Luisgé Martín, Ernesto Pérez Zúñiga, Ricardo Menéndez Salmón, Jon Bilbao, Eloy Tizón, Javier Moreno, Blanca Riestra, Juana Salabert, Ignacio del Valle, Andrés Ibáñez…, ¿no obtienen del medio literario español algo más que los hispanoamericanos antes citados? No todos los españoles mencionados han obtenido el mismo nivel de promoción, pero, tal vez, no siempre la literatura de la mayoría de estos españoles y la mayoría de aquellos hispanoamericanos debiera merecer unas promociones y unas atenciones críticas comparativamente disímiles, al menos si atendemos únicamente al criterio de calidad literaria. La lejanía de unos autores y la proximidad de otros influye como antes no; y con los hispanoamericanos residentes en España también sucede.

Quizás en las antípodas de lo postulado por Alberto Olmos se encuentran unas recientes declaraciones de Patricio Pron: «Gran Bretaña, Alemania y Francia son países que presentan una historia más larga de inmigración y, por consiguiente, tienen una literatura cuyo principal impulso proviene de escritores de otras procedencias; por el contrario, España e Italia están impermeabilizadas, y su literatura es, en mayor o menor medida, lo que siempre ha sido: masculina, blanca, de clase media-alta, nacionalista y algo provinciana». Pron observa el problema, pues, como nacionalismo, y lo expresado por Olmos se encuentra en la línea de una defensa nacionalista del escritor español frente al extranjero. La queja de Olmos puede tener sentido en cuanto que podría ser cierto que los grandes grupos privilegian mucho la publicación de autores internacionales frente a un número menor de españoles, y hay relativamente pocas editoriales independientes que publiquen mayoritariamente a escritores españoles, obtienen mayor consideración las que publican traducciones de otras lenguas. Pero tal vez el asunto se pueda considerar aún de otro modo: el «problema» podría encontrarse en la propia literatura española, una literatura que, por lo general, se hace de sí misma para sí misma; una literatura que no tiene adónde ir, que no se dirige a ningún afuera, sino, siempre, hacia un adentro. El provincianismo sobrevuela nuestra literatura, no sólo por no contar con escritores de otras nacionalidades (lo cual no sería del todo cierto, ya que hay un altísimo número de autores hispanoamericanos residentes, como el propio Pron), sino porque tenemos la suerte y la desgracia de dirigirnos a un mercado editorial de consumidores que son exactamente como nosotros mismos. Endogamia o también, posiblemente, el riesgo de la soberbia de creernos centro y medida. Sea que en el «pecado» de constituir un centro editorial podríamos estar llevando la «penitencia» de una literatura más ensimismada.

Si esto es así, contemplarlo podría ofrecernos la posibilidad de redención y búsqueda de salidas para la literatura de cada cual.

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