Los premios comerciales de las principales editoriales españolas están abiertos, asimismo, a autores de todo el ámbito de la lengua, si bien éstos, por comerciales, no influyen en el canon ni suelen contar para la crítica (por lo tanto, no es de lo que estamos hablando), aunque sí lo hagan dos premios editoriales de corte comercial pero también literario, el Ribera del Duero de cuentos, de Páginas de Espuma, y el Herralde de Novela, de Anagrama. Este segundo, sin embargo, parece encontrar un cierto vacío de recepción cuando premia a un autor hispanoamericano, mientras que una parte significativa de la crítica española suele movilizarse positivamente cuando el premiado es español.

En la valoración crítica de una de las últimas añadas, tras la votación y recuento de los votos de los principales críticos, tal como recoge Fernando Valls en su blog La nave de los locos, resultaron los siguientes libros: La habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas; Farándula, de Marta Sanz; Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares; Las efímeras, de Pilar Adón; Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte, y También esto pasará, de Milena Busquets. Para un lector avezado, el resultado de la norma, siendo correcto y honesto, quizás resulte extraño —por la ausencia de libros de autores hispanoamericanos que, sin duda, subirían el nivel de lo recepcionado—, y no sabemos si atribuir la parcialidad de la norma a una configuración de corte académico en la que los profesores se ocupan de compartimentos: literatura española; literatura hispanoamericana. No obstante, parece que la tendencia actual en las universidades es la de unificar ambos en un Departamento de Literatura Española e Hispanoamericana.

En otra de las dimensiones de este asunto, la recepción de los españoles en la mayoría de países americanos es escasa, y es raro el sello netamente latinoamericano que introduce autores españoles en sus catálogos. Esto es, muchos escritores españoles, aunque, de manera irregular, sí ven sus libros circular por algunos países de Hispanoamérica —pero mucho más en unos que en otros—, ya que las principales editoriales españolas (los grupos Random House y Planeta) poseen sedes de sus sellos en un número significativo de países americanos, dedicados tanto a la exportación de lo publicado en España como a la publicación de autores hispanoamericanos que muchas veces se quedan en aquellos mercados porque las franquicias locales de los sellos españoles deciden no difundirlos más allá de su circunscripción. Los españoles viajan a Hispanoamérica con desigual fortuna, los hispanoamericanos que viajan a España quizás lo hagan con algo más de presencia editorial en las librerías, pero luego hay un buen número de escritores hispanoamericanos que, al no entrar en esas editoriales españolas, ni viajan a España ni tienen la fortuna del bumerán que los haría regresar no sólo a sus países, sino a varios otros del continente a los que, sin embargo, difícilmente conseguirán acceder publicando en pequeñas editoriales de sus países, sin pasar por España.

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez comentaba recientemente que «muchos buenos escritores hispanoamericanos tienen el país por cárcel porque sus libros no logran trasponer las propias fronteras, y cuesta mucho que un autor boliviano, por ejemplo, sea leído en Paraguay, o un hondureño en Guatemala, a pesar de que compartimos un idioma común, una ventaja siempre desaprovechada».

El viernes 14 de octubre de 2016, en Barcelona, durante la celebración de Liber, los editores reclamaron a los Estados medidas que faciliten la circulación de libros en —lo que Winston Manrique denomina al informar de ello— el «archipiélago literario de América Latina».

Tal como describe Sergio Ramírez en su artículo de intervención en el debate propuesto por los editores en Liber, la cohesión literaria de este archipiélago hispanoamericano pasaría por que sus autores miren más a sus países vecinos, en vez de tener a España como meta o referente: «Con los libros latinoamericanos pasa lo mismo que con las películas latinoamericanas, deben estar en los grandes circuitos de distribución para que se vean; los autores deben entrar en los grandes circuitos editoriales para ser leídos y no quedarse en las publicaciones domésticas. Pero es un hecho que no todos pueden llegar a Random House y Planeta […]. Vivimos en una verdadera selva de libros, y es difícil orientarse en la espesura. Basta entrar en una librería de Madrid o de México para darse cuenta. Esos autores que están allí llegaron por fin a los estantes y a las mesas de novedades, pero no saben cuánto tiempo pueden sostenerse antes de ser empujados fuera. Sólo muy pocos se quedan. Y hay libros muy buenos, que no tienen atractivos comerciales, o no son valorados con justicia, y permanecen presos en sus países, o apenas se oye hablar de ellos, sin haber podido salir hacia España, que sigue siendo el gran santuario, como lo era en tiempos de Rubén Darío».

También en España existen territorios, comunidades, que parecerían formar parte de una suerte de desunido archipiélago. Como canario observo las fuerzas que actúan sobre los escritores de esos países de Hispanoamérica —creo— con cierta claridad. Las islas Canarias se encuentran mucho más aisladas —en cuanto que verdaderamente islas, comunidad pequeña y separada tanto de la península ibérica como de los países americanos—, pero no es de desdeñar la enseñanza de un espacio que decidió volverse literariamente hacia sí mismo, por frustración ante los grandes sellos editoriales españoles o por convicción en la querencia de generar una «literatura propia» (o ambas cosas), y que ha visto cómo algunos de sus principales narradores y poetas de las últimas décadas (Isaac de Vega, Arturo Maccanti, José María Millares Sall, Rafael Arozarena, etcétera) se quedaban lejos, o completamente fuera, de obtener difusión a través de los principales sellos de España, para quedar confinados en el pequeño ámbito mercantil local. Sólo los que decidieron ser en el ámbito de España (Juan Cruz, J. J. Armas Marcelo, José Carlos Cataño, Manuel Padorno, Luis Feria) consiguieron escapar al confinamiento que sufrió el resto. Un escritor canario no es exactamente un escritor español. Así se percibe prácticamente en cada caso. El escritor canario parece pertenecer a una otredad muy similar a la del escritor hispanoamericano que publica en España.

Juan Carlos Méndez Guédez afirma que, con este tema, siempre tiene un dilema esencial: «La literatura española actual (salvo nombres muy concretos) no es conocida y disfrutada en Latinoamérica. Las grandes editoriales sólo distribuyen allí muy contados nombres, pero lo normal es que viajen los autores españoles y descubran que sus libros no han tomado el mismo avión; sus novelas y poemarios no están y tampoco se los espera». Observa, asimismo, que el mercado está segmentado país a país: «España es sólo una pieza más dentro de este canal de incomunicación. Desde luego, la crítica española tiene acceso a un conjunto de obras mucho mayor porque la potencia editorial de este país permite que en sus mesas de novedades se congreguen voces de muchos lugares. En ese sentido, sí creo que se agradecería una apertura del discurso crítico. Además, imagino que el oficio de crítico (y me refiero en concreto al que se despliega en suplementos, blogs y medios audiovisuales) consiste en investigar lo que existe».

Sin duda, tiene mucho más sentido que se cohesione editorialmente el «archipiélago latinoamericano» que lo haya hecho el insular canario, aunque tampoco son de menospreciar los peligros a los que se expondrán los escritores hispanoamericanos de perder de vista el afuera del continente, el «santuario», que dice Ramírez. Por contra, puede que los autores españoles nos encontremos faltos de un santuario exterior, de ahí cierta endogamia literaria y también crítica.

Los círculos de difusión e influencia de las obras escritas en español son de una enorme dispersión y complejidad, una complejidad que, obviamente, es territorial, pero también empresarial, y, por último, institucional y académica; una parcialidad que la crítica quizás no deba fomentar, al contrario, parece que ésta debiera mantenerse por encima, en un círculo abarcador de todas las partes, para intentar un canon justo del conjunto de la literatura de la lengua.