En la tercera parte, «La isla ilesa», paisaje y escritura se entrelazan. Son poemas que encajan bien en esa línea que por entonces se llamó «poesía del silencio», representada, en España, por José Ángel Valente, uno de sus maestros, y Andrés Sánchez Robayna, amén de por sus amigos del «grupo de Valladolid». Poesía del lenguaje también. Elíptica. Hermética incluso, aunque en el caso que nos ocupa la realidad y la experiencia siempre estuvieran presentes. No, no estamos ante una poesía oscura o críptica, más bien al contrario. Y ya que hablamos del lenguaje, el suyo es conciso, sintético, contenido y nada verboso. A favor del menos es más. En busca de la precisión y de la exactitud, de aquí que su vocabulario sea variado pero no rebuscado o barroco. Descriptivo sin que abuse de la adjetivación y menos de manera ostentosa. Con un gran sentido del ritmo, a pesar de las formas breves y sucintas que frecuenta: «Las palabras ocupan / su sitio en la memoria. // Vocación de lo leve. / Materia del olvido».
Cal i grafías es un libro de 1989. Una aventura horaciana (ut pictura poesis) compuesta junto al pintor Fernández de Molina, con quien tanto compartió, un artista que combina lo abstracto y lo figurativo. Entre dibujo y pintura (además de la obra de F. de M., Degas y Matisse), la reflexión sobre la propia escritura –y la de otros–, una intención metapoética que es otro de los ejes esenciales de esta manera de decir.
Siquiera este refugio (1993) se abre con dos citas. De un feliz verso de Camões toma el título. La otra es de Góngora. La primera sección: «Un río». El Guadiana. Si unimos las capitulares de sus trece poemas, se lee: «El río Guadiana».
«Es bueno, en la infancia, / tener a mano un río», leemos, lo que, unido al resto de poemas, confirma esa querencia fluvial. «Los dominios del agua». «La nostalgia fatal / de lo que huye siempre».
Sin perder de vista la vida –el «peso de lo humano», diría Lama–, la poesía se torna más compleja. Más misteriosa, acaso. Traspasa la línea de sombra.
«La luz en las palabras –según su autor– tiene un solo destinatario: la obra y la memoria de Aníbal Núñez», su primer maestro vivo. Es una suerte de poema-ensayo que demuestra la habilidad de quien lo concibió y el profundo conocimiento que tenía del microcosmos poético y vital del salmantino. «A veces las palabras logran ser lo que dicen». Ahí, Casa Lys o «la seducción fatal de la sintaxis», y qué particular era la del autor de Alzado de la ruina. Al leer a este, Campos Pámpano se lee a sí mismo.
Fernando Campos y su prematura muerte, «En el lugar del padre» inicia la serie de siete poemas «(heredad)», con un guiño a Miguel Hernández: «Volver a casa / por los altos andamios / de la memoria. / Y respirar su aire / de infancia, humedecido». En ella, la voz del ausente. La fragilidad. El refugio. «Ser en silencio / materia y forma breves», a modo de poética. «Quedarse aquí / en el umbral de casa, / a ras de suelo, / cercano a este paisaje / que cunde, que te puede…».
En «Siquiera este refugio»: «Concededme siquiera este refugio, este lugar al sol donde escribir sin culpa, libremente, donde cada palabra sea un acto de amor que se hace piedra, flor del sueño, sed de nubes. Siquiera este refugio, esta orilla secreta, donde todo es más fácil».
«Motivos y variaciones» es una sección juguetona. La fiesta de un lector que homenajea algunos libros (de amigos) y a ciertos autores dilectos (Machado, Juan Ramón Jiménez, Pessoa, etcétera). A los primeros mediante tankas acrósticos y a los demás en forma, ya se dijo, de dísticos. Como «Nombradía», dedicado al de Moguer: «Anterior al oficio del que escribe, / las cosas no existían».
Es habitual que la parte final de cada libro esté dedicada a estos ejercicios metapoéticos a los que ya hemos hecho alusión. En esta figura el poema «Oficio de palabras», dedicado al «poeta, profesor y amigo Juan Manuel Rozas», cuya primera versión es la que ganó a principio de los ochenta el Residencia: «Conforme a la costumbre / antigua de su oficio, / las palabras anuncian / el drama lentamente».
La voz en espiral (1998) es posiblemente el libro más elaborado y complejo del extremeño. En él, para empezar (con «La voz abandonada dondequiera», dedicada a Ramos Rosa y su mujer), la obsesión de la casa (deshabitada, sola), de «la espera ante la puerta», del padre ausente… «Esta urgencia de decir lo efímero». «Escribir un poema es entonces / una lenta paciencia que quisiera, / desnudadas las manos, reponer lo que falta, / abandonarse sin más a lo que nace / tan solo para el sueño…».
Y el frío («Tan helada la infancia»), un símbolo recurrente en esta poesía, «como una lenta, interminable, elegía». «Escribir tal vez sea comparecer ante los otros / con los ojos más limpios, indefenso, / y vacías las manos, sin dispersar la voz, / respirar con sosiego bajo el agua».
En el libro, de cinco partes, se usan, indistintamente, las formas en prosa y en verso. «El paisaje inicial de la mirada» regresa a la obra de Fernández de Molina. La ciudad como tema: «Otra vez la ciudad para albergar la ausencia».
En «Habitar el cuerpo», que se abre con una cita de Heberto Helder –entre citados y mencionados, se podría hacer una amplia antología de la poesía portuguesa–, la protagonista es Carmen, «porque a su calor seguía yo entonces empujando la nostalgia y la vida». No son complacientes poemas de amor. Ahí, el miedo, el frío, la enfermedad, la pérdida y muerte… El tono, metafísico, a pesar de la corporalidad.
«Cercano a lo que importa» –prosas de nuevo– insiste en cierto hermetismo de raíz valentiana. No falta tampoco un toque expresionista. Una mayor densidad conceptual. «Acerca tu mirada a este paisaje». En esta parte está «El cielo sobre Berlín», en origen una plaquette con obra de Luis Costillo (1999). Leemos: «Un hombre camina en la sorpresa». Y: «El pasado es un eco sordo que resuena en las bocas metálicas de la ciudad». También: «Aspira a lo más sobrio, a lo más simple». «Todo se oscurece y tiende al hermetismo».
«Sin la menor piedad llega la muerte», escribe. «La voz en espiral» quiere ser un homenaje póstumo al poeta portugués Al Berto. «El miedo / no es sino la imagen secreta de una ausencia, / la más incomprensible de todas las mentiras». Y la voz, que da título al libro: «Tu voz o tu silencio». Luego, nuevos textos inspirados en la obra de pintores como Barjola, Ledo o Frades.
El cielo casi, explica, recoge «los tankas […] incluidos en El color azul de las vocales y De Ángela». El primero se publicó en La Centena (1993). El segundo, en Del Oeste Ediciones (1994). Se añade otra parte con inéditos. Todas conforman «este humilde “libro de familia”». En efecto, las dedicatarias de esos versos eran su mujer y sus hijas.
Ha vuelto a salir la palabra tanka y lo mismo conviene aclarar que, como explica Fernando Cid, autor del artículo «Notas sobre el uso de la tanka en la poesía de Ángel Campos Pámpano» (Alcántara, número 83, 2016), «la tanka o waka» es una «fórmula ancestral de poesía en Japón» y su estructura «es breve y bastante sencilla, consiste en un poema de tan solo cinco versos que siguen la métrica de 5/7/5/7/7 sílabas, respectivamente». Un haiku, digamos, con dos heptasílabos más.
El tono del conjunto es amable, cariñoso. Habla el marido, el padre. Son poemas íntimos.
En Jola (2003) vuelve a colaborar con un artista, en este caso el fotógrafo Antonio Covarsí. Está compuesto por ocho poemas en prosa y a partir de un incendio que tuvo lugar en esa sierra de La Raya, cerca de su casa de campo, y no deja de ser un «homenaje a todos esos lugares entrañables», pequeñas aldeas, situadas en la frontera. Como ocurrió en Cal i grafías, se reproducen las imágenes en el volumen. Consta de ocho breves poemas en prosa con título: «El agua», «El aire», «La luz», «La mirada»… «Es indecible este mundo sumido en el misterio», exclama. No es la primera vez que subraya la «cortedad del decir», esa paradójica incapacidad de la palabra para nombrar lo que se nos antoja inefable.
Para la traducción al portugués de La semilla en la nieve (2004), escribí:
Aunque a ÁCP no le gustaba que alguien dijera de un libro que era el mejor de su autor, los lectores y la crítica (fue Premio Extremadura a la Creación) coinciden en señalar que La semilla en la nieve, el último que publicó antes de abandonarnos intempestivamente, es el más logrado de cuantos el sanvicenteño dio a la imprenta. Se diría que ahí está él más que en cualquier otro. ¿Madurez, oficio? No. Me inclino a pensar que su meridiana excelencia es fruto de la nítida presencia en el libro –lo que le justifica y da forma– de su madre, de Paula Pámpano, verdadera protagonista de esta obra mayor. No es tanto su muerte, hecho ineluctable del que parte, como el vivo retrato de ella que su hijo consigue componer.
Le habría hecho mucha ilusión leerlo en portugués, esa lengua que, como a Paula, tanto amó.
Mantengo lo dicho. Esta larga elegía, escrita sin mayúsculas ni puntos ni comas –lo que refuerza su oralidad– es un logro mayor. «Mientras pueda pensarte / no habrá olvido», comienza. «Que yo no olvide nunca / la luz que me enseñaste», leemos en «La lección». Como esta otra: «Procura ser feliz con lo que hagas».
Rememora su voz –la voz, siempre las voces–: «Ya casi no oigo tu voz». Allí, la casa. El patio. Sus manos, «que encalaban los muros de la casa». «Tú estás en mis palabras», le dice. Y de nuevo el frío, en clave, diría, gamonediana. Viene de la infancia –que uno, tratándose de Pámpano, siempre relaciona con Vallejo–: «Lo que dura es la memoria / del luto en la niñez imposible / vigilada tristeza en cada juego». «No nos faltaba nada en la carencia de todo», leemos. «Solo la voz de padre / lo sagrado / las palabras suyas / que no pudieron anidar en mí / cuando debían».
La ceguera como metáfora. «He de quedarme solo / en este extraño territorio / del rezo / desnudo / sin cobijo», concluye. Y: «Yo apenas busco / consuelo en las palabras». Porque «todo es derrota», «todo es espera». Siente «caer la luz». «Esa luz viene del fondo de los días / es una luz veraz». «No la dejes morir / que el mundo solo está / en donde está el amor». El poema final, «La nieve», abrocha magistralmente un libro, ya se dijo, logrado. El más emotivo de los suyos, sin duda.