Por aprender del aire (2006) es otra empresa llevada a cabo junto a Fernández de Molina. Reúne cuarenta tankas. El universo que convoca –aéreo, celeste– está poblado de pájaros (el colibrí, el mirlo, la grulla) y árboles (el membrillero, el olivo, el laurel). El ámbito es fluvial. Impromptus parecen, aunque bien pudiera ser un espejismo común de esa manera de proceder deliberadamente oriental. «He llegado hasta aquí / por aprender del aire».

Unos cuantos inéditos cierran el libro. Poemas de circunstancias, algunos. En la muerte del cantaor Domingo Vargas, del editor Hermínio Monteiro, fundador de la editorial Assirio & Alvim, o de su paisana Dulce Chacón. (De «discurso elegiaco» habló Lama). Y a la memoria de Eugénio de Andrade. Ante un cuadro de Gaya o de Castelo de Vide. Regresa a otro de sus símbolos primordiales: «Salvo la luz no hay nada». De «vivir adentro» habla en el último, «Vida interior», que dedica al artista Jesús Pizarro, fechado en Badajoz el 7 de abril de 2008.

 

4

Ya se ha hablado del peso que han tenido en esta poética Portugal, Lisboa y la poesía portuguesa. De este último aspecto se ha ocupado por extenso Ramón Pérez Parejo en «La influencia de la poesía portuguesa en la obra de Ángel Campos Pámpano: ejemplos y significación» (Tejuelo, número 14, 2012). A sus conclusiones remito. Con todo, lo más importante al respecto, fluencias mediante, es la labor traductora que desarrolló a lo largo de su vida. Diría más. Porque, al final, el traductor ofrece al lector un poema nuevo en su lengua, vertido a esta desde la materna u original, considero que todos los poemas portugueses que tradujo forman parte, siquiera sea en sentido laxo, de su propio corpus poético sin que ello suponga que la autoría sea, en rigor, suya. O solo suya, mejor.

En ese «trabajo gustoso» se implicó desde muy joven. En 1980 publicó su traducción del poema «Lluvia oblicua», de Fernando Pessoa, en La Nueva Estafeta. En ese mismo año se edita en Valladolid el primer libro que traduce, también de Pessoa: Odas de Ricardo Reis. A este le seguirán más obras de Pessoa y de António Ramos Rosa, Carlos de Oliveira –a quien iba a dedicar una tesis doctoral nunca conclusa–, Eugénio de Andrade, Ruy Belo, Al Berto, Sophia de Mello Breyner Andresen y José Saramago.

No me olvido de Los nombres del mar. Poesía portuguesa, 1974-1984 (1985), una antología que algunos quebraderos de cabeza le dio, pero que tan importante fue para la educación lírica de los poetas jóvenes, y no tanto, de los ochenta.

Este ingente, exhaustivo y riguroso trabajo tuvo sus compensaciones. Para empezar, ya digo, permitió que no pocos lectores se pudieran acercar a una de las tradiciones poéticas más importantes de la literatura universal. Para seguir, le proporcionó dos prestigiosos premios: el Giovanni Pontiero (2004), por su versión de la antología poética Nocturno mediodía, de Sophia de Mello Breyner Andresen, y el Eduardo Lourenço (2008), que no pudo recoger en persona pues, murió unos días antes de la entrega.

El traductor no fue amigo de teorizar acerca de la traducción. Apenas unas pocas líneas al final de los prólogos de los libros que acabamos de enumerar. Así, en Materia solar y otros libros, de Andrade, leemos: «Porque pienso que, como dijo Borges, solo los fundamentalistas creen en una traducción “definitiva”, he vuelto a traducir los libros que componen este volumen. Un poema debería traducirse tantas veces como fuese posible porque toda lectura es una lectura nueva y la traducción es la mejor lectura que puede hacerse de un texto poético. Si he logrado que la voz del traductor desaparezca del poema –que debe seguir siéndolo en castellano– habré logrado lo que pretendía».

En Un corazón de nadie, de Pessoa, escribe: «Por lo que se refiere a la traducción, he procurado que la versión de los textos refleje en lo posible el tono y el ritmo de los poemas originales».

Nunca traducía saudade y luar («porque –como anotó mi maestro José Antonio Llardent– las connotaciones de esa palabra desbordan el área de lo lingüístico»).

Ya en la «Nota preliminar» de Los nombres del mar, precisaba: «El traductor ha querido mantenerse fiel al espíritu y a la letra de los textos originales, buscando en todo momento el difícil equilibrio entre la literalidad y el apartamiento que este trabajo conlleva».

En Crónica 2006. Ágora, el debate peninsular, Miguel Ángel Lama pone en su boca: «En traducción es lo mejor dar el texto bilingüe, y comprobar la recreación que hace el texto de llegada». Y matizaba: «Aun cuando las lenguas fuesen extrañas».

Traducía, sin duda, por placer. En el citado coloquio –anota Lama– «planteó la diferencia entre el traductor profesional y aquellos traductores que trabajan porque les gusta el texto y le ofrecen al editor su traducción, como es el caso de Munárriz, de Pinto do Amaral o el suyo propio».

 

5

Ignoro si esta poesía está en ese purgatorio por el que pasan, o eso dicen, las obras de aquellos que mueren, sobre todo a destiempo. Sí sé que sigue siendo una poesía vigente, al alcance de la inmensa minoría de lectores que la lírica siempre ha tenido. De los más jóvenes, en especial. Y de todos aquellos que no han tenido la fortuna de encontrarse todavía con ella.

Leída trece años después de haber sido publicada al completo, este lector da fe de que su palabra, lejos de decaer o prescribir, está como recién escrita, tal vez porque nunca estuvo de moda o al servicio de ninguna de las que camparon a sus anchas por el fin de siglo, como la famosa «poesía de la experiencia», pongo por caso, que por la periférica Extremadura pasó sin pena ni gloria. De ahí que su nombre esté tan poco circulado ni figure en ninguna de las nóminas de los celebrados catálogos de aquella tendencia dominante. Es, en suma, una poesía honesta y coherente. No parece poco.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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