En «Lo que Dante significa para mí», el propio Eliot escribió al respecto (y Pacheco lo cita):

Veinte años después de haber escrito The Waste Land escribí en «Little Gidding» un pasaje con la pretensión de que fuera el equivalente más próximo que yo podía conseguir de un canto del «Infierno» o del «Purgatorio», tanto en su estilo como en su contenido. […] La intención, desde luego, era la misma que guiaba mis alusiones a Dante en The Waste Land: sugerir en la mente del lector un paralelo, por medio de un contraste, entre el «Infierno» y el «Purgatorio» que Dante visitó y la escena alucinante que seguía a un ataque aéreo.

 

Aún con el libro en la mano pienso que yo también pude haber dicho, citándolo, muchas cosas en #Dante2018, pero se pasó el momento. Ahora, Pablo Maurette ha convocado a unas «elecciones», para decidir qué leeremos conjuntamente. Esta vez sí participaré y espero que en la votación triunfe el Quijote.

 

COSAS QUE A COSAS LLEGAN
Una vez terminada esta nota, entro en Twitter para votar por el Quijote en la cuenta de Maurette. Un tuit —que al principio considero fuera de tiempo, pues ya concluimos la Comedia— me informa que, en Domar a la divina garza, Sergio Pitol escribe: «Una peculiaridad lo distinguía. Su pasión por Dante. Sí, Dante Alighieri, el florentino. Sí, sí, el autor de La divina comedia. Había estudiado italiano como materia optativa en la Preparatoria, y de allí había surgido esa rareza». Pronto me doy cuenta de lo que sucede y una punzada en el corazón me avisa: Sergio Pitol ha muerto; hoy, 12 de abril, aquí, en la misma ciudad desde la que ahora me persigue la frase con la que inició El arte de la fuga, «Todo está en todo», y se reúne azarosamente, o tal vez no tanto, con aquella otra frase que he venido repitiendo: «Cosas que a cosas llegan».

Hace ya algunos años Jorge Herralde afirmaba, en uno de los varios textos que dedicó a su amigo, que, más allá de «sus muchos talentos como escritor», era necesario reconocer la labor de quien, como editor y traductor, había «enriquecido y vivificado los catálogos editoriales en España».

En aquel escrito recordaba la llegada de Sergio a la Península hace casi medio siglo, su trabajo en Seix Barral, su notable colaboración en Tusquets, particularmente, en Heterodoxos —colección que creó y animó el propio Sergio—, y, más tarde, en la recién nacida Anagrama, casas editoriales donde, a instancias de Pitol, vieron por primera vez la luz en nuestro idioma muchos libros que hoy resultan imprescindibles para entender no sólo el desarrollo de cierta arista excéntrica de la escritura, sino también para percibir los guiños, la conversación entre líneas que el autor de El mago de Viena estableció desde su infancia con su pasión más absoluta: la literatura —esa forma anómala de la vida que se alimenta de palabras y cuyo signo genuino es lo posible—.

Enfrentadas así, vida y escritura, la segunda se mira en el espejo de lo real con la piel de la subversión, o sea, de todo aquello que revuelve y trastorna. No es casualidad, entonces, que, cuando Jorge Herralde hace el recuento de aquello que designa como «territorio Pitol» —es decir: «Comicidad y horror, zarabanda y carnaval, oblicuidad y extremo refinamiento narrativo»—, nos sea evidente que en el fondo de estas características se acrisola un temperamento, una disposición anímica hacia todo lo que confronta, desde el terreno vivo del arte, la mansedumbre de nuestra convivencia con lo real.

De igual manera, el amplio catálogo de traducciones con el que Sergio nos nutrió nos hizo visible cierto ángulo excéntrico de la literatura y, más allá de los sinónimos que podamos encontrar para esta palabra —raro, extravagante, por ejemplo—, «excéntrico» es, en su acepción original, algo que está «fuera del centro» o algo «que tiene un centro diferente». En el caso de la obra de Pitol —de la conversación que mantuvo con nosotros incluso desde sus traducciones—, el centro de lo real siempre será refutado, discutido, evidenciado por los múltiples centros de la imaginación.

«Entender es traducir», ha dicho Steiner. Escribir es traducir: hacer visible, compartir. Las traducciones y la obra de Sergio Pitol nos revelaron, a un mismo tiempo, el sombrío aparato del mundo y la opulencia carnal de la palabra, aunque también nos permitieron vislumbrar esa otra realidad: la que refuta por medio del arte la roma superficie de lo que llamamos cierto.

Sé que su viaje será hoy, como lo fue siempre, mejor que el nuestro.

 

POSDATA
Esto no es una carta, ya lo sé, pero quiero pensar que a través de mi colaboración converso con alguien a quien escribo una larga misiva. La posdata de hoy es la siguiente.

Durante las elecciones sobre el libro que leeríamos, apareció un ala disidente que había propuesto leer a Ovidio, a pesar de que Cervantes fue el ganador. Como no ocurre en la vida política pero sí en la vida de la literatura, que debería ser siempre una conversación, el ala disidente leyó a Ovidio…, aunque también lee a Cervantes, y ahora todos leemos ambos.

 

SEGUNDA POSDATA
Como es ya conocido, en las elecciones reales ganó el candidato del partido llamado Morena: Andrés Manuel López Obrador. La memoria, que nos juega rudo, me hace recordar unos versos de Joseph Brodsky: «El futuro es la panacea para / aquello que es propenso a repetirse». Pero me salvan otras palabras suyas sobre la poesía: «El único seguro de que disponemos contra la vulgaridad del corazón humano».[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

Total
1
Shares