POR CARLA BADILLO CORONADO

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o
el soplo
escondido
de Montevideo

Lukas Kühne (blanco) instalando el Tubófono Opus II, escultura sonora. Montevideo, 2003. Fotografía de Analía Fontán.

¿Cómo escucha Montevideo? fue lo primero que me pregunté cuando llegó el desafío de encontrar una historia en la capital uruguaya, algo que, a mi criterio, considerase valioso preservar —material o inmaterial— y que encajara en el concepto fascinante
y complejo de ARQUEOLOGÍAS FUTURAS.

                                                                                                                                      /////////////////////////
///////////////////////////////////////////////////////// nunca antes había pisado Montevideo (((((((((( por eso mi síndrome de impostora no dudó en activarse pues no me sentía con la potestad de decidir «qué sobreviviría o qué no si estuviese en mis manos» (si estuviese en mis manos yo preservaría a Ida Vitale 102 años más), pero dije que sí, con ese vértigo de quien, desempleada, vuelve a encarar la vida desde otro tiempo y
otro  compás (un~tiempo~lento~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
~~~~~~~~~~~~~~~~privilegio~para~todo~cuerpx~precarizado); y ya desde Lisboa comenzó mi búsqueda >< deseaba escribir algo sobre sonido, sobre escucha, sobre apropiación del espacio público; ¿pero qué?

*

Imaginar es otra forma de invocar

                                                                                                                                                      Una noche, googleando, llegué a un librito titulado: Montevideo Insólito y Secreto (compilación Ana Inés, 2025), una especie de guía de viajes no convencional en cuya contraportada —lo único que dejaba ver— aparecían, entre otros: la fachada más angosta de la ciudad en respuesta a un error urbanístico; el lugar exacto (y olvidado) donde se marcó el primer gol de la historia de los mundiales de fútbol; un balcón de cristal; una palmera centenaria en un estadio; un hombre monumental construido con 2600 ruedas de camión (…). Me interesaba todo, pero fue en esta línea donde encontré el hilo conductor de esta historia:

             «una
escultura
donde cada
tubo
reproduce una
nota diferente
según su
longitud.»

                                                                                                                                                                                            No supe más
y allá fui.

*

Poco antes de salir, seguí la pesquisa y di con el nombre de la obra: TUBÓFONO OPUS II (o Prospecto Lambda). De lo poco que encontré, decía que se trataba de una escultura sonora interactiva ubicada en la Rambla Wilson Ferreira (junto a la zona de pescadores), al pie del parque Rodó, constituida por granito adherido al muelle y conformada por «51 tubos de diferentes longitudes que producen sonidos armónicos, producidos por el viento del río y el toque de la gente». Su creador: Lukas Kühne (Stuttgart, 1967), un escultor alemán que, al parecer, vivía en Montevideo desde hace 23 años. Su trabajo se centra en los impactos espaciales y acústicos; utilizando materiales como luz, piedra, madera, sonido. Sus obras —de gran escala y en lugares remotos— suelen tener contenidos interdisciplinarios y se han expuesto en Europa, Islandia, Japón, América del Norte y América del Sur. Desde 2005, está a cargo del Taller Experimental Forma y Sonido y de la plataforma Festival Internacional de Arte Sonoro MonteAudio (ambos fundados por él y consolidados —desde 2006— junto al poeta y compositor, Fabrice Lengronne (Francia, 1963), en la Escuela Universitaria de Música, Facultad de Artes, Universidad de la República (UDELAR).

Llegué a rastrear su email, le escribí y al siguiente día respondió que, en efecto, podíamos encontrarnos en Montevideo, pero que era muy probable que esos días también viajase a Berlín.

*

Para escuchar una ciudad hay que c a m i n a r l a __________________ y este paseo lo hacemos juntos.

(Montevideo, 1 de oct. 2025)

Lukas llega puntual a la recepción del Hotel Esplendor, donde me alojo con motivo de la FIL (al parecer el centro es su área [taller, casa, universidad], por eso amablemente se ofreció pasar a buscarme). 15:00. Bajo al lobby y lo encuentro hablando por teléfono —en alemán— (el motivo es una bienal a la que debería viajar los próximos días); me hace un gesto como disculpándose porque es una llamada ineludible y agradece con una sonrisa. No tengo prisa, así que espero, y, como no sé alemán, me dedico a imaginar lo que habla. Es alto, expresivo, histriónico —sobre todo con la voz—, sangre liviana. Tras la llamada, me cuenta que hace muchos años (2002), él también se hospedó aquí, cuando recién llegó a Montevideo, en una época en la que todavía se sentían los estragos de la crisis económica en Argentina y Uruguay, pero que, con el dinero de la beca, «era un estudiante que podía vivir como un rey». «Lo opuesto de ahora» dice, porque aunque tenga una vida económicamente estable —gracias a su trabajo como escultor, pero también a la academia—, está consciente de que Montevideo es una de las ciudades más caras de América Latina.

Su estilo es relajado —camisa blanca, jeans, zapatos deportivos y gafas colgadas en el cuello hacia atrás—. Nada en las manos. No es el prototipo de académico alemán, quizá porque además de escultor, docente, curador e investigador, Lukas es, sobre todo, un artista sonoro, alguien cuyo material de trabajo -y de vida- es el sonido y la escucha; y es eso, en el fondo, lo que me trajo hasta aquí

*

— ¿Tenés hambre, picamos algo? —me pregunta Lukas, a las cuatro de la tarde, como adivinando que aún no he almorzado por ponerme a trabajar—. Y luego continúa: ¿Te puedo mostrar mi bar más querido?

                                                                                                                                                                                         /////Partimos,
entonces, desde la calle Soriano hacia la calle Andes —giramos a la izquierda—, seis cuadras hacia arriba hasta llegar a la esquina con Paysandú (solo después sabré que justo al frente —en diagonal— se encuentra el Taller Experimental Forma y Sonido, más conocido como Quitapenas). En el camino, Lukas comparte ráfagas, anécdotas, impresiones, todo mezclado con la efervescencia de un miércoles por la tarde en una de las zonas más transitadas de la capital.

Es afable, carismático, muy generoso con las historias.

Me cuenta que nació al sur de Alemania, al lado de Baviera, pero que el día de la caída del Muro (9 de noviembre de 1989), sintió el profundo llamado de ir a Berlín.

«Yo estuve en Italia en ese momento, siendo asistente para escultores en un pueblo llamado Fabriano (Ancona). Cuando el Muro cayó, lo vi transmitirse en la tele en un barcito metido entre las montañas —justo abajo del Monte Altissimo, donde Michelangelo sacó sus bloques de mármol—, y desde ahí me pregunté: ¿y yo qué hago acá? Ahora mismo el país se está reconfigurando. ¡Aahhhh yo tengo que ir! Puse mis cosas y me fui directamente. En ese entonces, ya tenía la formación de escultor de piedra y madera —pero solo de oficio, clásico—, y cuando llegué a Berlín, decidí hacer mi formación académica; entonces, estudié en el Este como primera generación de participantes del Oeste. Todo esto en un país que venía de una fractura y que -mentalmente- también eso tenía incidencias.»

Otra historia:

                                   la primera vez que tuvo la oportunidad de venir a Uruguay, pensó que Montevideo «estaba al lado de Montenegro« (risas). «Yo pensé, ahh, en Berlín está frío —es invierno—, ¡todo gris! Y entonces le pregunté a mi profesor: ¿Pero allá es verano ahora? Y me dijo: “¡Claro!” Y luego —casi como para provocar—: ¿Y hay playas en la ciudad? Y dijo: “¡Sí, sí!”. Así que estaba hecho.»

Una vez que ganó la beca, en 2002, Lukas la repartió en dos lugares: tres meses en Nueva York, donde llegó a desarrollar (junto a Robyn Schulkowsky -destacada percusionista que trabajó con Stockhausen, Feldman y Xenakis—) sus Marimbones (marimbas gigantes con las cuales formó un ensamble en 2003) y nueve meses en Montevideo, donde creó el Tubófono Opus II.

Por otro lado, tenía el deseo de aprender castellano.

«No hablaba nada, cero. Vi cursos pero eran todos muy caros, así que metí a las milongas —todos los días— para aprender la idiosincracia uruguaya. (…) No sabía ni qué ómnibus tomar ni dónde y caminé tooooda la ciudad para encontrar, por ejemplo, madera en las barracas (lugares de material de construcción); fue todo un viaje súper súper personal, súper entregado y hecho todo —de nuevo— con mucha imaginación.»

*

Llegamos.

Un letrero antiguo anuncia desde afuera: BAR “OXFORD”

— Es este, ¡no te asustes!

— Por el contrario, ¡soy pirata!

                                                                                                                                                               Lukas también lo es, aunque sea Profesor Titular (grado 5) y Director del Instituto de Música en la Facultad de Artes de la UDELAR; una facultad que él mismo ayudó a instaurar, con todos sus desafíos; de ahí que sea considerado, por muchxs, «la persona que introdujo el concepto de Arte Sonoro («Klangkunst» en alemán) en Uruguay». Y no en vano, tras su beca, en 2005, le pidieron regresar a Montevideo, esta vez como docente y con una nueva misión: darle el carácter de «disciplina académica» a esa rama extremamente mutante.

Entramos.

Los piratas de la barra los saludan; Lukas pide algo de picar (tortilla de papa, empanadas, una jarrita de vino tinto). «Es para compartir», dice. El bar es una joya; para una ciudad que tampoco escapa a la gentrificación —y/o demolición de edificios patrimoniales—, este pequeño agujero negro (que antaño también operó como set de películas porno) es ahora un pequeño GRAN refugio, un tesoro, un bastión.

Nos sentamos en la esquina, junto a la ventana.

Suena un tango.

Lukas me cuenta que, desde aquí, el primer Director de la Escuela Universitaria de Música (dos antes que él): Daniel Maggiolo (Montevideo, 1956-2004), echaba ojo a los movimientos de profesores y alumnado (lo dice señalando justo al frente, ya que donde era antes la Escuela, hoy es el Taller). «A veces, con una copita de whisky», dice riendo; era un tipo talentoso, notable. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Imagino que a Maggiolo, al igual que Lukas —sin perder el rigor o el profundo respeto por lo que hacía—, desacralizaba la academia cada vez que podía, volviendo próximo y táctil las formas de habitar el sonido; así como las complejidades del tiempo, el espacio >< la escucha. /// «Para mí lo importante -insiste Lukas- es no separar los sentidos.»

*

Lukas me cuenta que su primerísima obra fue cuando una maestra de la Universidad, en Berlín (que a su vez fue alumna de Joseph Beuys) le pidió fabricar un litófono (instrumento hecho de rocas o piedras), y en ese desafío tuvo claro tres cosas que —hasta el día de hoy— atraviesan toda su filosofía creativa:

1. Consciencia y responsabilidad con el espacio público (“tienes un espacio, ¿qué vas a hacer con ese e s p a c i o?”)
2. Que sea irrompible (“que no complique y que no genere peligro”)
3. Que conviva con el entorno (“no solo visualmente, sino también sonoramente”)

Y luego me muestra una fotografía, en blanco y negro, de esa misma escultura: Refugium (2000). «Me parece una escena de Tarkovski», le digo. «Entendiste todo.» La pieza parece simple, pero es todo un manifiesto poético, un tratado existencial (apenas un hueco en una estructura de granito donde cabe únicamente una cabeza que se limita a escuchar).

«Es una columna donde puedes poner tu cabeza dentro, ¿y qué pasa? Te puedes encontrar contigo mismo.»

La fotografía sorprende porque parece que el cuerpo de un hombre —de espaldas, con un abrigo— no tiene cabeza. Pero hay movimiento, potencia. «Si entras y haces un zumbido, amplifica tremeeendo, y si encuentras la frecuencia… buuaaa; y si haces nada, escuchas también tu pulso. Todo lo que tienes.»

*

Salimos.

Cruzamos la calle y entramos al Taller >< Quitapenas (mítico entre los submundos experimentales de Montevideo). Para cualquiera que trabaje con sonido este lugar es un paraíso, un laboratorio, un parque de diversiones —con toda la seriedad que implica jugar—. Tubos, maderas, fierros, campanas, pedazos de bicicletas, señaléticas, todo tipo de materiales reciclados y artefactos inclasificables construidos por sus alumnos.

Es aquí donde acontece la magia.

Dos pisos resonantes que siguen con su aspecto de fábrica antigua y cuya capacidad acústica es un túnel de posibilidades. Es aquí donde cientos de profesores y artistas de todo el mundo han compartido conocimientos y exploraciones sonoras que salen del orden común. Y es aquí donde Lukas Khüne y Fabrice Lengronne —su compañero de nave (a quien días después conoceré para percibir, aun mejor, todo el engranaje que mueve este sitio) – han creado —a lo largo de dos décadas— lo tangible y lo intangible —muchas veces lo inimaginable—, teniendo entre sus proyectos más preciados, además del Festival, los workshops y los conciertos, la Radio: MonteAudio.

«Antiguamente este era un bar», dice Lukas, mientras me entrega una reliquia: una botella de vino moscatel vacía, cuya etiqueta dice: QUITAPENAS (1880). Es ese el nombre que le da alma a este sitio, el material genético que-habita-en-este-predio; otro tipo de patrimonio inmaterial.

*

                                                                                                                                                                 ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬ El Tubófono Opus II tiene
la paciencia
de un animal mimético dispuesto a ser encontrado.

                 ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬ Llegué a conocerlo el 3 de octubre, al final de tarde, en una breve parada que hicimos con Lukas en la Rambla Wilson, como parte del trayecto hacia la casa del Embajador de Alemania (con motivo del Día de la Unidad Alemania en Montevideo). Íbamos, posiblemente, en el taxi más antiguo y lento de la capital, pero su conductor tuvo la amabilidad de parar unos minutos para que Lukas pudiera, finalmente, presentarme a su criatura sonora. Sin letreros ni instrucciones. ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬ “No quería condicionar a nadie. La búsqueda siempre es intuitiva, personal.” ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬  Tuve el honor
de verlo
tocar ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
¬¬¬¬¬¬¬; y yo misma tuve la dicha de improvisar
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬

                        ¬¬¬¬¬¬¬¬¬
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬ el sonido
del MUNDO adentro de un
caracol adherido al granito
del muelle.

Eso escuchaba.

~~~~~~~       ~~~~~~ y
el viento soplando, hecho agua.

*

Caminar es escuchar, escribir es esculpir.

«La vida no se puede controlar y la intuición tampoco», diría Lukas. Y es tan cierto.

La última imagen que guardo:

                                                                                                                                                                                                           Sola.
Caminando por la rambla esa misma mañana después del Dique Mauá. Cantando e imaginando que las rocas del Río de la Plata cobraban vida, sin saber que a pocos metros un pedazo de roca comenzaría a moverse. Era una roca de carne; un león marino. Emitía sonidos desde la orilla que parecían amplificar la ciudad entera. Un litófono apropiándose del espacio público. Eso me parecía: un instrumento musical prehistórico, una escultura sonora viva; todo eso bajo un cielo incandescentemente oscuro, aunque fuese medio día; una aparición.

                                                                                                                                                 “¡Es muy raro!” -decían los mismos
montevideanos que paseaban por la rambla-; “¿Estará bien?” “¡Yo nunca lo he visto!”

El sonido era cada vez más intenso
>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<><>><><<>< las aguas más extrañamente mansas.

Cerré los ojos y pensé:

                                                                     ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬ ¿Si ahora mismo cayera
un meteorito, ¿qué sobreviviría?

                       ¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬¬
¬¬¬                                
quizá la

        resonancia de 

        ese              león
marino.

Tubófono Opus II o Prospecto Lambda (2003), ubicada en la Rambla Wilson, al pie de la zona de pescadores. Fotografía de Analía Fontán.