¿Y qué pasa con las nuevas generaciones, cuando irse es un hecho que todo lo cambia y cuando lo que verdaderamente fundante no es partir, sino la decisión de quedarse? ¿Qué pasa con aquellos que llegaron más jóvenes, a partir del exilio o por decisión propia y aquí se convirtieron en escritores? Es decir, ¿qué pasa cuando la nítida barrera del boom se quiebra y el territorio es incierto? ¿Qué sucede hoy? Voy a recoger algunos comentarios:

Florencia del Campo: “Escribo siempre (aunque escriba de cualquier otra cosa) sobre esta dificultad del decir. Soy siempre extranjera ante la escritura. Y si bien creo que todo esto es una problemática de la literatura en sí, yo, que soy una escritora migrante, la vivo al cuadrado, la vivo duplicada: la condición de la escritura es el exilio y mi lengua natal ha sido desplazada”  

Valeria Correa Fiz: “Hace muchos años que no vivo en Argentina, pero mientras viví en EE.UU. o en Italia sentí que vivía y pertenecía -lingüísticamente- a dos culturas a la vez. El verdadero conflicto con el lenguaje se presentó al enfrentarme al castellano peninsular porque comencé a padecer lo que me auto diagnostiqué como esquizofrenia lingüística. Entraba a una tienda y quería decir `pollera´, pero para evitar risas o malentendidos decía `falda´. Cada vez que `agarraba´ algo, tenía que pronunciar el fatídico verbo `coger´. Me encuentro en un punto en el que aún me resisto a incorporar palabras que siento `brutalmente´ españolas, pero también he renunciado a palabras que son `brutalmente´ argentinas en su significante y significado. Alguien podría pensar que perder palabras es una indigencia y lo es. Pero es una indigencia bella y que me obliga a una búsqueda de la producción de sentido desde la pobreza. La riqueza y la problemática de este híbrido lingüístico en el que habito me interesa cada vez más también como una reacción a estas épocas de crispación de identidad que estamos viviendo, donde hay un repliegue nacionalista/cultural en el que las palabras también cuentan. Este castellano híbrido con el que hablo y escribo es un discurso opuesto desde la procedencia mixta del lenguaje a esa crispación”. 

Quizá una escritura que ponga en duda las raíces sea la más indicada para generar una reflexión, tan necesaria como apasionante

Marcelo Luján: “Un creador siempre es hijo de su entorno y de la sociedad que lo educó. Yo estoy educado en la tradición literaria rioplatense, pero llevo veinte años escribiendo desde España. Y hay muchos autores y autoras hispanoamericanos que viven y escriben desde España. Esto ha generado una de las corrientes más interesantes de toda la historia de la literatura en castellano: el mestizaje. Ni siquiera en el denominado boom había sucedido algo así. Con el paso de los años nuestro lenguaje mutará, y es algo que debemos asumir con valentía, puesto que estaremos generando eso tan único que es el mencionado mestizaje literario”.

Mónica Ojeda: “El viaje a España me hizo preguntarme por mi identidad y comprender que no es algo sólido, que no puede serlo. `Integración´ es un concepto que detesto, implica que tienes que aceptar las leyes de la casa del amo. Es dejar tu cultura y aceptar las reglas del juego de otro territorio. Otros castellanos son posibles”. 

Conversando con Andrés Neuman, con quien comparto muchas reflexiones, llegamos a la conclusión de que ambos teníamos una especie de `escucha bifurcada´, que nos hacía sintonizar en nuestros dos castellanos a la vez, una especie de `neurosis lingüística´ que nos hace estar evaluando constantemente las palabras. Pero, ¿no es este el oficio de quien escribe, la piedra filosofal? ¿Estamos hablando, pues, de una identidad trans, fluida, no sólida, no estatuaria, proteica, líquida? Se trata de apropiarse de lo que nunca será propio, de desconectar de un nacionalismo estéril, de reconocer que la violencia produce una amputación, de definirnos, como en tantos otros terrenos, como una identidad no absoluta aceptando una impregnación inevitable, porque no dejarse contaminar parece patológico.

Así, pues, sumergidos en la enorme diáspora que genera el mundo actual, la emigración y el exilio no deben ser entendidos como problemas individuales, sino como heridas y reflexiones universales, esta perspectiva tiene varias orillas y puede aplicarse a los españoles que, debido a las sucesivas crisis, deberán desarrollar su obra literaria en territorios donde su idioma será puesto en cuestión. Pero, ¿qué es escribir, sino cuestionar las palabras? Desde ese lugar poderoso y frágil, muchas veces incómodo, se amontonan las dudas y las críticas, los cuestionamientos que nos nutren y nos apartan de los centros de poder y apuestan por la creación de espacios en los márgenes donde bulle la experimentación. Simón Weil proponía `arraigar en la falta de lugar´. Quizá una escritura que ponga en duda las raíces sea la más indicada para generar una reflexión, tan necesaria como apasionante.

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