
Adriana Murad Konings
Los idólatras y todos los que aman
Anagrama
320 páginas
Elizabeth y Rita no podrían ser más diferentes, desde la primera página de Los idólatras y todos los que aman, Adriana Murad Konings (Madrid, 1997) nos deja entrever las particularidades de cada una. Elizabeth es una señora inglesa que, más que un personaje, parece un cliché: viuda, madre y abuela tóxica, adora la repostería y a su gato Douglas. Rita es una doctoranda solitaria y curiosa que acaba de comprarse un perro al que llama Kurt. Florian, hijo de Elizabeth y tutor de Rita, parece ser su único vínculo hasta que Rita se muda a una casa propiedad de Elizabeth que está justo frente a la suya y se convierte en su inquilina. Douglas y Kurt son personajes secundarios, leitmotiv de la historia. Las dos mujeres se miran y vigilan una a la otra desde la ventana en un barrio residencial de una ciudad inglesa de provincias que podría ser York, atravesada por un río donde los patos chapaletean a sus anchas. Las diferencias entre las dos protagonistas se convierten en los temas que la articulan: la edad, la clase social y el dinero. Aunque hay algo que comparten y que considero que es el tema sobre el que se sostiene la novela: la soledad.
Adriana Murad Konings escribe muy bien, tiene un estilo sobrio y elegante, muy medido. Se aprecia la lectora de literatura inglesa que es, la influencia de Muriel Spark y de Henry James es evidente. El gato de Elizabeth, el fantasma de esta historia, se llama Douglas, lo que puede ser un guiño al personaje de Otra vuelta de tuerca. Y el escritor sobre el que escribe su tesis Rita se llama Harry Jensen que juega con las letras del nombre de Henry James. El narrador de Los idólatras y todos los que aman parece un personaje más, es como si Elizabeth y Rita pudieran oír su voz narrando sus vidas y tomando decisiones por ellas, igual que Caroline Rose, la protagonista de Las voces de Muriel Spark, oye al narrador de la suya. Aunque a veces, solo a veces, pensaba en la protagonista de El diario de Edith de Patricia Highsmith, en esa sombra que se instala en su casa y en su cuerpo cuando el marido se va y ella se entrega a tallar esculturas.
Elizabeth es una mujer llena de capas que lleva una vida corriente y no halla en ella ni amor ni felicidad. Tan solo una soledad tan grande que parece ocupar la casa entera. La misma soledad que embarga a Rita, una expatriada con una vida muy precaria. Elizabeth se me antojaba un estereotipo —«siempre tenía buen color, pues pasaba horas en el jardín, hubiera niebla o sol, y su cara redonda pero no hinchada y sus mejillas rosas la hacían parecer más joven que el resto de las ancianas»—, como si en todo momento se supiera lo que va a hacer y cómo va a hacerlo. Me perturba muchísimo como lectora saber que un personaje va a actuar exactamente como se espera, como si ya la conociera, como si la hubiera leído en otras tantas novelas, como si se comportara exactamente como lo que es: un personaje. Aunque creo que es otro juego de espejos de la autora que se mueve gozosamente en los umbrales entre la realidad y la ficción.
La novela de Murad Konings es como una de esas hogazas de pan que Elizabeth hornea mientras espera a que su hijo y sus nietos vayan a visitarla. Es perfecta, dorada por fuera, esponjosa por dentro, está todavía caliente, desde lejos, es la hogaza soñada, con toda la miga contenida entre las paredes de masa crujiente, la hogaza de pan que podría exponerse en el escaparate de cualquier panadería moderna, pero parece que le falta algo, sal, emoción, desbordamiento. Está tan bien armada que se aprecia el músculo literario de su autora puesto al servicio de la prosa. Es una novela irreprochablemente bien ejecutada y entretenida que no ha conseguido emocionarme. ¿Es que acaso le pido a todas las novelas emoción y desbordamiento? Desde luego que no, pero no podía dejar de pensar que su autora había cosido la historia sin dejarse ni un hilillo suelto, todo obsesivamente armado y limpio, como si le faltara vida, misterio, una perfecta hogaza de pan de mentirijillas.