En Grasmere, De Quincey formó una familia y, gracias a la intervención de sus amigos, comenzó a trabajar en el periodismo, razón principal de la vastedad, el carácter fragmentario y la multidisciplinariedad de sus escritos, cuyos asuntos resultan disímiles y urgentes: filosofía alemana, economía política, estética, asesinatos y escándalos, biografía literaria, astrología, clásicos grecolatinos… Al mismo tiempo, el apego de Wordsworth por Dove Cottage parece haber actuado como el resorte que excitó el aborrecimiento de cualquier asomo de querencia en el ánimo de Thomas De Quincey, tan aficionado a las caminatas nocturnas.

Antes de que se desarrollaran las corrientes realistas y naturalistas, antes incluso de que Einstein publicara la teoría de la relatividad y del estallido de la Primera Guerra Mundial, De Quincey advirtió que la vida no era ya esa sucesión aparente y abarcable que el hombre creía percibir, sino algo inmenso, total, ilimitado, carente de confines, y mínimo, invisible, hecho de señales ínfimas, de partículas transparentes, de secretos. Su conciencia, como quiso Henry James, era una especie de gigantesca tela de araña, hecha con los más delicados hilos de seda. Pero la araña Thomas De Quincey trabajaba con la presteza y el furor del tábano, ya que se halló especialmente cómodo en la improvisación y en la movediza exigencia de prontitud.

Consagrado al periodismo, comienza a dirigir la Westmorland Gazette en 1818. Su olfato informativo fue enemigo de lo consuetudinario y aun de lo razonable. A menudo elegía temas que sólo le interesaban a él. Para entonces ya habían comenzado sus proverbiales apuros económicos, amén de sus desarreglos de salud, producidos por las enormes cantidades de láudano que consumía diariamente. Más tarde, se trasladó a Edimburgo —cuyo suburbio de Holyrood era un equívoco nirvana para morosos en aquella época—, donde colaboró con Tait’s y Blackwood’s Magazine. De allí se marchó de nuevo a Londres. En la capital inglesa verán la luz sus Confesiones, entregadas a la London Magazine en 1821 y publicadas un año más tarde en volumen independiente, las cuales gozaron de un éxito inmediato. Tenía treinta y seis años.

Sin embargo, la pobreza lo acompañaría gran parte de su vida (Loayza la definió de manera magistral como una «pobreza sórdida y agitada»). Y su literatura, en consecuencia, fue devorada por las prisas. Tenía un carácter extremadamente compulsivo. Sus adicciones fueron el opio —dijo haber llegado a la improbable cifra de ocho mil gotas de láudano al día—, las deudas con todo tipo de comerciantes —podía deberle, de forma simultánea, ¡a más de cincuenta personas!— y los libros —que compraba sin mesura y aunque no tuviera espacio para ellos—. La literatura fue también para él, tras 1821, un obsesivo aljibe de imágenes y digresiones.

En el caso de Thomas De Quincey, la naturaleza perentoria y monomaníaca de su trabajo parece el genuino venero de su capacidad de síntesis, un talento que Alfonso Reyes definió como la condición varonil de la inteligencia. Además, era muy pequeñito; desgraciadamente diminuto, según Dorothy Wordsworth. Su enojoso modus operandi fue el propio de aquellos individuos conocidos como «fuguillas» o «polvorillas». Hostigado por los acreedores y por la necesidad —llegó a ocultarse varias veces y a adoptar otros nombres, como cuando lo arrestaron en Glasgow bajo el nombre de T. E. Manners Ellis—, De Quincey publicó todo tipo de textos: biográficos —Los Césares, publicado en 1832 y dedicado a los sucesivos emperadores de la antigua Roma, epítomes de supremo poder y majestad—, ensayísticos —Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de 1827, aunque ampliado en 1854; La diligencia inglesa, aparecido en 1849; o La rebelión de los tártaros, publicado en 1837—, autobiográficos Confesiones de un inglés comedor de opio (1921) y Suspiria de profundis (1845)—, novelísticos —Klosterheim (1832)— e históricos —La monja alférez, en 1847—.

La literatura de De Quincey, atravesada por digresiones e incisos connaturales a su naturaleza de flâneur, ha sido a menudo identificada con la imagen del laberinto, aunque, si hay un concepto que sobresale por encima de todos es el del palimpsesto, enunciado por el propio De Quincey en Suspiria de profundis —y que posteriormente glosaron Baudelaire, su traductor al francés, y Gérard Genette, quien lo empleó en sus análisis críticos—. Con el término «palimpsesto» De Quincey alude, principalmente, al funcionamiento de la mente humana —la cual, en tanto depositaria de visiones superpuestas, puede experimentar por efecto de alguna convulsión del sistema la emergencia de cualquier imagen que, impresa en una época anterior, de súbito sale a la luz y a la superficie del pensamiento—, aunque también se está refiriendo al proceso de reescritura, ya que Suspiria de profundis representa una nueva escritura autobiográfica tras las Confesiones. No por casualidad Genette empleará el concepto para ilustrar sus tesis sobre intertextualidad e hipertextualidad en el seno de la literatura moderna, es decir, el mecanismo mediante el que tantas obras derivan de otra anterior por transformación o por imitación.

La imagen del laberinto, que tan adecuadamente define la arquitectura verbal de De Quincey, penetra el argumento de sus obras (como cuando recorre el dédalo de calles en busca de su amiguita alrededor de Soho Square) y sin duda, asimismo, el andamiaje compositivo de los textos. Acaso el mejor ejemplo de esto lo constituya The Last Days of Immanuel Kant, originalmente publicado el año de 1827 en la Blackwood’s Magazine. En concreto, se trata de un laberinto de voces, ya que la narración presenta una perspectiva triangular. Efectivamente, los protagonistas de The Last Days of Immanuel Kant son tres: el achacoso filósofo, su impertérrito ayudante Wasianski y el propio De Quincey, embozado en las numerosas notas a pie de página, que alcanzan el número de veintinueve (las cuales, con su frenética recurrencia, lo convierten en un claro precursor del David Foster Wallace más histérico). Tres voces en busca de identidad.

Al publicarla, Kant lleva muerto veintitrés años. Con anterioridad, Ehregott Andreas Christoph Wasianski, el célebre testigo de la decadencia de Kant, había redactado en Königsberg, en 1804, Emmanuel Kant en sus últimos años de vida. Una aportación al conocimiento de su carácter y de su vida doméstica basada en el trato diario con él. Por esta razón, De Quincey convierte a Wasianski en uno de los protagonistas principales de su obra, junto con Kant y el propio De Quincey. Si Wasianski es el testigo de las manías, costumbres y paseos solitarios de Kant, De Quincey interviene en las notas a pie de página. Y lo que en un principio parecía una crónica de realismo minucioso se convierte en una imaginativa y poderosa sucesión de involutas, es decir, de instantes fuera del tiempo asociados en grupos de símbolos. A De Quincey le interesan determinadas escenas, entre las que intercala apresuradas, espontáneas digresiones. En consecuencia, falseador de la naturaleza, fabula a partir de una serie de pormenores y certezas. Y ensancha el tiempo como nadie. Como dijo Christopher Domínguez Michael, De Quincey inaugura el modelo de biografía que dilata al máximo los meses, los días y las horas.

Su formación filosófica lo predispuso a la muerte, es decir, a la narración del último tramo de la vida de una persona. Responden habitualmente a este esquema las vidas de los pensadores, cuyos postreros gestos suelen ser edificantes, alegóricos o sentenciosos; a veces, incluso, constituyen un pequeño trampantojo existencial. Empédocles asciende al cráter del Etna y desaparece, dejando únicamente el rastro de una sandalia retorcida por el fuego; Crisipo observa a un asno comiéndose unos higos, sugiere que al punto se le ofrezca un poco de vino y, divertido con lo contemplado y con su propia ocurrencia, sufre un ataque de risa mortal. El Kant de Thomas De Quincey, por su parte, agoniza al margen del imponente sistema filosófico que había ideado, entre estertores y rarezas. A su aristocrático modo, el monarca del opio siempre creyó que los grandes intelectuales «eran gente también marginal, opuesta a las corrientes centrales de la sociedad y mirada por ella con algo de recelo, con un matiz de sospecha» (Jorge Edwards).

Borges reconoció que le debía más horas de felicidad personal a Thomas De Quincey que a ningún otro escritor. Cercano a su muerte, el autor de Ficciones y El Aleph le pidió a Jean-Pierre Bernès, en Ginebra, que le leyese Los últimos días de Emmanuel Kant, pero en traducción francesa, la cual había sido realizada por Marcel Schwob y publicada en 1899, el año de su nacimiento. Una nueva triangulación.

Thomas De Quincey murió en el mes de diciembre de 1859. Tumbado en la cama, diminuto y con la mirada entre inquieta y suplicante, parecía un muchacho de catorce años, según su hija Emily, quien lo acompañaba y frecuentemente «lo cogía en brazos para transportarlo de la cama al sofá» (Pietro Citati). Había logrado esquivar el luctuoso céfiro del verano. Llamó a su hermana Elizabeth y, como era de esperar, extendió los brazos al vacío.

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