«Si hemos de referirnos a la fisiología a lo que más
se parecerá una ciudad será a un sueño»
Joseph Rykwert
Anfibio
Hay un lugar preciso en la Aguada, a unos cien metros del club de básquetbol, en el que el tiempo se detuvo. En la esquina norte de San Martín y Martín García, en el perímetro de un metro cuadrado de vereda rota, todavía flotan las mismas partículas de polvo que un ómnibus levantó hace cuarenta años. Quizá sea por la atmósfera psíquica que forman el viejo edificio Bello & Reboratti1, con su extraño art-decó, y la conexión que la calle Martín García tiene con el Mercado Agrícola. Tal vez también esté operando el Arroyo Grande que corre adentro de un tubo a un metro y medio de profundidad.
«¿Qué me diría la ciudad si le hiciese las preguntas correctas?» Tomo prestado esto de un libro de Vinciane Despret2 y se lo planteo a la ciudad de la que me estoy marchando. La que me adoptó en el momento más raro de mi vida, la que me prestó su río, sus vientos y sus vicios. La ciudad que terminó de darle forma al monstruo que soy y que hoy está a caballo de tres ríos: el que me enseñó a nadar, el que sostuvo mis interminables caminatas y el que me espera en otro país, el río seco.
Estoy dejando de vivir en Montevideo y quizá por eso pueda ver a un chiquilín con granos en la cara y recién llegado del pueblo, yendo por la vereda norte de 18 de Julio hasta el Obelisco y volviendo por la vereda sur hasta la Ciudad Vieja, sin saber qué buscar exactamente. Puedo verlo asustado y fascinado en partes iguales, mareado por la costumbre provinciana de mirar a los ojos a todas las personas con las que se cruza. También puedo verlo, no hace mucho tiempo atrás, de barba y de negro con los ojos puestos en otras ciudades, más cansado pero siempre listo para escapar de los meta-paisajes emocionales que marcaron las etapas de su vida.
Voy sentado en un avión ahora y a mi alrededor nada se mueve porque todos duermen. Todos menos la azafata que se pasea nerviosa. Se la ve agotada, es una mujer de más de cincuenta años que parece estar a punto de retirarse. Quién sabe, tal vez tuvo algún problema laboral y la compañía aérea la penalizó con viajes de catorce horas entre Uruguay y España. Lo otro que se mueve es el mechón sobre la frente de Superman, que vuela inmóvil como nosotros en la pantallita del señor de la fila de enfrente. Es Superman II de 1980 con Christopher Reeve. Otra vez el pasado que se cuela también en los dispositivos y que nos persigue a 800 kilómetros por hora. Porque el pasado es más barato e Iberia lo sabe.
Estoy entre. Tal vez por eso la ciudad que dejo se me revela en diferentes capas de sentido, caprichosas, simultáneas. Igual que en La ciudad y la ciudad de China Miéville, Montevideo despliega sus dobles. Como en la novela, también hay una brecha que se abre y que une las diferentes dimensiones. Entre estas capas me deslizo, ayudado por un avión que irónicamente me aleja de ellas a toda velocidad.
Y esa velocidad es en realidad la membrana que me conecta. De niño cada vez que salía del pueblo hacia la capital en un ómnibus destartalado y lento, esa membrana se estiraba pero nunca se rompía. Yo absorbía en el asiento toda la tracción sobre mi espalda, con deseo, con hambre, porque sabía que me iba a un lugar desconocido y que necesitaría de todo ese alimento. Miraba pasar los árboles, los dejaba campo atrás igual que con las nubes.
También ahora esa membrana se estira. Uno se vuelve anfibio cuando cambia de ciudad. Igual que en aquel ómnibus también tengo la sensación de que atrás y antes son la misma cosa.
Entre
Nací en Santa Lucía, un pueblo pequeño de casas bajas en el departamento de Canelones, que toma el nombre del río que lo bordea. Cada vez que por diferentes circunstancias teníamos que viajar a la capital, para mí era una fiesta, tenía la sensación de que me colaba en una celebración en la que nadie se conocía.
Las primeras quedadas a dormir en la ciudad fueron en casa de mis padrinos, un matrimonio ya mayor y sin hijos que vivían en un lujoso apartamento céntrico. Ellos, con sus modos finos, su auto Fiat 125 y su dinero representaban para mí el mundo, todo lo urbano a lo que yo podía acceder. Pasaba con ellos unos días, me consentían y me regalaban cosas. Recuerdo perfectamente una noche en la que no podía dormir porque la estática de la ciudad me daba miedo. Era un sonido sordo, pastoso, lleno de extraños detalles desconocidos. Todo eso burbujeaba en mi cabeza y yo lo escuchaba todo.
En esos días pasaron dos cosas que sellaron mi percepción sobre Montevideo. Mis padrinos me regalaron mi primer reloj de pulsera, un Citizen de esfera azul y al día siguiente, en su elegante biblioteca, descubrí un libro de poemas de Julio Herrera y Reissig3. A este poeta genial lo había conocido en la escuela primaria, seguramente gracias a una grieta en la matrix de los programas «didácticos» de la dictadura militar. Al abrir el libro en una página al azar me choqué con su famoso poema «Su majestad el tiempo». Estaba protagonizado por un ente tan abstracto como es posible serlo. «Su pálida frente es un mapa confuso / La abultan montañas de hueso / Que forman lo raro, lo inmenso, lo espeso / De todos los siglos del tiempo difuso».
El tiempo representado bajo la forma de un viejo mago nunca es problema para un niño, al contrario, pero ese abrumador determinismo de que él todo lo sabe, incluyendo tu propia muerte, me arrasó completamente. Ese miedo fue el contacto con un afuera. La música de sus rimas era adictiva, bella. Tenía todos los ingredientes necesarios, más una cápsula oculta de sentido que explotaría en mi escritura mucho después.
Desconsuelo, belleza y adicciones, una trinidad gótica perfecta que volvería a encontrar años más tarde en estas calles.
De adolescente, cuando por fin nos mudamos a la ciudad y todavía no conocía a los situacionistas ni sabía lo que era una deriva, lo de «perderse» tenía más que ver con no saber a dónde me había dejado el ómnibus que con la psicogeografía. Esa era la forma de descubrir cosas. Y estaba muy bien porque los adolescentes lo ven todo, incluso lo que no está; especialmente lo que no está.
El palacio Salvo será para siempre el perfecto skyline de la ciudad, pero para mí donde más se siente esa extrañeza es en las arrugas de su piel, o sea en las grietas de sus veredas y en la irrupción de lo que hay abajo.
En su origen el gótico fue una resistencia al iluminismo, a la razón y especialmente a la superioridad entre lo material y lo abstracto. Hay muchísimas definiciones de lo que significa que algo «es gótico», para Dinah Birch4 , por ejemplo, es un modo que permite pensar en los límites (o no límites) entre los vivos y muertos, ricos y pobres, hombres y mujeres. El gótico y sus formas entonces despliegan un potencial narrativo de igualdad radical, porque en su universo todo está llamado a tener agencia, lo orgánico y lo no-orgánico, lo humano y lo no-humano. La bruma que desdibuja las cosas en las películas con castillos, en este caso también es conceptual. Lo que vemos, lo que creemos ver, lo que queremos ver y lo que casi nunca se deja ver. Habitar en esas fronteras me ha permitido ubicarme en el entre de una ciudad a la que estoy demasiado habituado. Por eso, el no estar, quizá me dé el permiso de invocar fantasmas, de descubrir cosas nuevas. Quién sabe, tal vez de imaginarlas.
Por el flight path puedo saber que estoy en mitad del Atlántico. Voy hacia el este, contra la trayectoria del sol, si digo me adentro en la noche, no es una metáfora.
Tenemos turbulencias, el movimiento me hace teclear cualquier cosa, me equivoco, tengo que volver a escribir bien la palabra blight. Estoy preparando un taller literario que se llama Paisajes ocultos y que intenta otros recorridos urbanos, re-encantar la mirada sobre la ciudad y el cotidiano. Uno de los libros que leemos es Islas del abandono, la crónica-ensayo de la escritora escocesa Cal Flyn. Es una extraña guía por lugares arrasados y abandonados por la «civilización». Uno de los capítulos es sobre Detroit y trata del blight, un fenómeno del que no se habla en esa ciudad o se lo menciona en voz baja como si fuera la peste. El blight camina como un monstruo silencioso que se come lentamente a barrios enteros. Es mucho más que el deterioro lento de casas y personas, es la desidia por contagio. Al leerla tuve la misma fascinación que con aquel escritor maldito y sentí que también me estaba hablando de Montevideo.
El aspecto descuidado de las casas, las veredas levantadas por las raíces de los árboles, la humedad omnipresente, todo está exhibido, expuesto. Por un lado se podría decir que todo esto nos constituye, por otro que buscamos en eso una especie de dignidad, de resistencia. En Montevideo se vive parado en uno de esos dos lugares, sin término medio, sin culpas. La ciudad y la ciudad, los bares y los bares, las plazas y las plazas. Lo cotidiano no coincidiendo consigo mismo.
El clima también hace lo suyo, Montevideo es una ciudad bipolar, en verano parece el Caribe, en invierno si uno se para en las rocas del faro de Punta Carretas mirando el mar y traza una línea recta, la única tierra con la que chocarían esos ojos es con la Antártida.
Montevideo ofrece una asamblea horizontal de cuerpos y cosas, todo está a la vista, incluso lo que intuimos que pasa detrás de los zaguanes desvencijados del barrio Reus.
Como decía Aldo Leopold:«Nunca hay que dudar de lo invisible».
Geología
Hay un fuerte ciclón de invierno, lo dicen los informativos y otra vez la vida imita a Martin Parr. Todos hacemos las compras y chocamos nerviosos en un supermercado elegante del barrio Pocitos. La mitad de las personas con las que me cruzo son empleadas migrantes de los apartamentos de la zona, llevan de la mano a niños rubios y quejosos. Todos con el carro de supervivencia lleno de latas, alcohol y leche en polvo. Y en el brillo de esa mirada un festejo, un deseo escondido: por favor que algo nos arrase, que algo cambie.
La calle Canelones se rompe bajo mis pies, es un terremoto en cámara lenta. Durante el día los camiones que van a la Ciudad Vieja aran sin pausa el asfalto, la tierra negra y dura. Si estuviese parado sobre ella durante un mes, mis pies se hundirían unos centímetros, si me plantara durante cuatro años inmóvil, quizá la calle Canelones podría tragarme entero. Así llegaría por fin al Arroyo de los Médanos que todavía fluye dos metros abajo. Porque yo todavía veo dos cuchillas pobladas de montes criollos y siento el fresco del agua de los once arroyos que corren sin haber sido todavía entubados bajo tierra.
Mañana tomaré un avión y dejaré de vivir en esta ciudad, por eso todo lo que veo me habla. Una gran mancha negra pasa a velocidad warp sobre mi cabeza. En este cajón de silencio en el que estoy hay todo un linaje de aves invisibles. Escucho a los gavilanes mixtos emboscar, en escaramuzas rápidas y efectivas, a los gorriones que vuelan más abajo. No los veo pero siento su presencia. El sonido siempre tendrá una condición fantasmagórica, lo atraviesa todo sin permiso.
Esta ciudad cambia si subís o bajás unos metros, en este balcón en el que estoy sentado por ejemplo, en esta franja de sentido, puedo ver a la vez todas las ventanas del edificio de enfrente, la extraña coreografía de lo íntimo y veo en cada ventana escenas de una misma película. En todas se repite lo mismo en diferente orden: el delivery, la comida, la televisión, el cigarro en el balcón, la comida otra vez. Una sincronía de la que yo mismo, en este momento, soy parte.
«Diferentes lugares, diferentes pensamientos», dice Rebecca Solnit. Un intento de darle a esta aventura de cambiar de ciudad, un marco teórico que me explique algunas cosas.
Hace poco conversando con Laura mi amiga geóloga, especulamos sobre cuánto define tu vida el suelo por el que caminás. Por ejemplo Valencia, la ciudad a la que volaré mañana, está construida sobre un pantano, una sucesión de riadas que conforman una base blanda, permeable. A Montevideo en cambio, la recorren por debajo diferentes capas de sedimentos del cenozoico de nombres como: «Formación Raigón» o «Formación Dolores», pero más abajo hay rocas graníticas de dos mil doscientos millones de años.
¿Cómo componemos los montevideanos con ese suelo duro y antiguo, cómo pauta nuestros movimientos y nuestras construcciones?¿Qué hay en toda la astrología subterránea para que seamos diferentes en un lugar o en otro? ¿Qué disciplina podría estudiar la relación entre los minerales del suelo y los del cuerpo para considerarnos parte de esa geología?
Una vez en el disco On Land de Brian Eno leí una frase que entendería muchos años después: «Los paisajes han dejado de ser el telón de fondo que sirven para que algo suceda por delante; en vez de eso, todo lo que pasa es parte del paisaje. Ya no hay distinción entre el frente y el fondo».
Montevideo está muy quieta ahora, descansa, se prepara, pero no está ni viva ni muerta, acontece en una zona intermedia, igual que nosotros, que junto con los edificios, los postes de luz, las cucarachas, el ruido, los autos y el viento, somos partes de un ensamblaje.
Por eso mismo ¿qué me diría la ciudad si le hiciese las preguntas correctas? Probablemente no me diría nada y una vez más tenga que inventarme yo mismo esas respuestas.
Hay varias teorías del origen del nombre Montevideo. Dos de las más populares son que un marinero de la expedición de Fernando de Magallanes en 1520 gritó «Monte vide eu», que en portugués antiguo significa «yo vi un monte», al divisar el cerro que hoy se conoce como el Cerro de Montevideo. Otra es que se refiere a «Monte VI D.E.O.» es decir el sexto monte de este a oeste.
Las imágenes de este artículo pertenecen a la serie «Murs» de la fotógrafa uruguaya Cecilia Vidal.
1. En 1921 Ramón Bello y Alberto Reborati formaron una empresa constructora que llevó a cabo casas muy particula-res de estilo racionalista, con influencias del art decó y de la arquitectura náutica.
2. ¿Qué dirían los animales si les hiciéramos las preguntas correctas? es un libro de la filósofa de la ciencia Vincia-ne Despret (1959, Bélgica) publicado originalmente en 2012 y reeditado en español por Editorial Cactus.
3. Julio Herrera y Reissig (Montevideo, 9 de enero de 1875, Montevideo, 18 de marzo de 1910) fue un poeta y ensa-yista uruguayo iniciado en el romanticismo tardío y líder de la vanguardia modernista en la literatura uruguaya.
4. Dinah Birch (1953), profesora y crítica literaria inglesa es experta en literatura gótica y victoriana.