En aquellos últimos tramos de su vida, en medio del caos bélico que asolaba Europa, Virginia ocupaba su tiempo, decía Leonard, «trabajando mucho», escribiendo su obra Entre actos y la biografía del pintor Roger Fry, que la agotó en demasía por su enorme grado de perfeccionismo, pues la llevaba a reescribir cada página una y otra vez. «Era una intelectual en todos los sentidos de la palabra», decía el autor de Las vírgenes sabias (1914), donde recreaba de forma medio real, medio ficticia, sus relaciones con Virginia y sus hermanas con el resto de artistas del barrio que los vio juntos.

Queda claro, por sus actos y sus escritos, que Leonard profesó a su mujer una admiración incondicional, y siguió día a día su entrega desmesurada a la literatura, hasta que llegó el fatídico momento: desde que entregó su libro sobre Fry en mayo de 1940 hasta su suicidio trescientos diecinueve días después, «los más terribles y angustiosos de mi vida». El editor contaba así cómo Virginia perdió el control sobre su mente en esas últimas semanas, cuando la depresión y la desesperación la asolaron en un momento, paradójicamente, en que «disfrutaba de más paz de espíritu de lo habitual». Se respiraba en aquellas páginas la vida cotidiana de la pareja aquel año, el del hundimiento de su mundo, y tal vez gracias a esa paz que parecía haberla cubierto iba a tener la lucidez, la serenidad de prolongarla en el fondo del río cercano a su hogar. Unos niños hallarían el cadáver al cabo de tres semanas, confundiéndolo con un tronco, en Southease, y Woolf sería incinerada en Brighton con su marido como único testigo; hoy, sus cenizas descansan en el jardín de Rodmell, con las últimas palabras de su novela Las olas como epitafio: «Contra ti me alzaré invicta e implacable, oh muerte».

 

LA BIBLIOTECA DE UNA ENSAYISTA EXCELSA

Y en efecto, su vida y su narrativa se alzan cada día más alto, con sus libros reeditándose de continuo, incluyendo en ello una parte de su vida intelectual que no se ha acabado de destacar como debería, ni siquiera en esas notables biografías, esto es, la Woolf lectora y autora de críticas literarias.

En su momento, por iniciativa de Miguel Martínez-Lage, apareció el libro Horas en una biblioteca, una antología de textos extraídos de los periódicos y revistas en los que la escritora inglesa colaboró con relatos o reseñas literarias. Demostraba Woolf todo su saber artístico en estos textos donde la clarividencia y la inteligencia, el análisis detallado y siempre estimulante aparecían con una voz directa y clara, sin temor a resultar incisiva o incluso polémica.

Como recordaba el traductor en una nota previa, Woolf sólo publicó dos libros de ensayos de mismo título, The Common Reader, en 1925 y 1932, «pero lo cierto es que fue una muy prolífica ensayista. Después de su muerte, su marido y editor, Leonard Woolf, compiló poco a poco una serie de volúmenes sucesivos, más o menos aleatorios, que sólo en 1966-1967 adquirieron la solidez debida y dieron pie a los Collected Essays». De éstos, y de una recopilación posterior llamada Books and Portraits, Martínez-Lage seleccionó unos sesenta textos donde se apreciaban muy bien las inquietudes literarias de Woolf, su personalidad recta y juiciosa pese a sus graves dolencias mentales.

Tras el ensayo que daba título al volumen, una especie de teoría de la lectura, aparecían pequeñas narraciones a modo de estampas descriptivas, y luego se iniciaban las reseñas de libros no meramente literarios sino que tenían que ver con las costumbres sociales y la historia, las reflexiones sobre «La prosa en lengua inglesa» o sobre música en «Impresiones de Bayreuth» para, al fin, adentrarse en algunos de los autores y los asuntos que más le interesaron: las «Charlas de sobremesa» de T. S. Coleridge, las anotaciones juveniles de Rudyard Kipling, el arte visto por John Ruskin, el ecologismo pionero de Thoreau, las novelas exóticas de Herman Melville y la vida de Jane Austen, entre otros.

Todas las prosas eran espléndidas, anunciaban una lectora exigente, penetrante, y además transmitían la sensación de que en ciertos momentos era la propia Woolf la que aprovechaba, mediante el comentario a alguna obra ajena, para definir su arte poética, sus ideas sobre cómo escribir. Hablando de Joseph Conrad, del que sólo admiraba sus primeros libros, advertía: «La visión de un novelista es al tiempo compleja y especializada. Es compleja porque detrás de sus personajes y al margen de ellos ha de existir algo estable con lo cual los ponga en relación; es especializada porque como se trata de una sola persona, con su particular sensibilidad, los aspectos de la vida en los que le es dado creer con toda convicción están estrictamente limitados. Un equilibrio tan delicado se trastoca con facilidad».

Tal equilibrio fue el quid de la cuestión para Woolf; tal vez para cualquier novelista. Pero se podrían encontrar más ejemplos. Al hablar de los Diarios de Emerson, parecía Woolf practicar una suerte de reconocimiento autobiográfico: «Ser un sabio en el aislamiento del propio estudio, y un torpe colegial fuera de él, es la ironía que tuvo que arrostrar», así como una capacidad para reconocer el propio estilo: «Tenía ese don poético que consiste en convertir pensamientos lejanos, y abstractos, si no en carne y hueso sí al menos en algo firme y resplandeciente». Por otra parte, cuando abordaba la prosa de Turguéniev, como en principio el ruso abusaba de los detalles en sus relatos, avisaba de que «es peligroso hacer hincapié en todas las pequeñeces, meramente porque uno las tiene en abundancia y siempre a punto». Grandes lecciones estéticas, en definitiva, con las que acaso uno podía aproximarse a la manera en que concibió Woolf sus historias a partir del análisis de temperamentos creativos y textos admirados, y saborear entonces la lucha que la autora dirimió entre lo prosaico y lo poético, lo genérico y lo concreto, lo que se dice y lo que sólo se insinúa.

Más adelante, llegaría otra traducción y selección de El lector común, que volvía a traernos una Woolf como lectora extraordinaria. Sin duda, muy pocos narradores tuvieron una sensibilidad como ella para analizar a sus colegas, tanto a los contemporáneos como a los del pasado o aun a los poetas de la Antigüedad. Al escribir de unos u otros, el ejercicio de literatura comparada que realizaba Woolf resultaba asombroso: hablando de Esquilo, Sófocles y Eurípides, encontraba la manera de enfatizar las emociones en la obra de Proust, de contrastar la búsqueda de los dramaturgos de aquella época con la pretensión del detalle de los novelistas del siglo xix (en el ensayo «Acerca de no conocer el griego»).

Sin considerarse crítico literario —«recensores tenemos, pero no un crítico», decía en el maravilloso «Cómo le choca a un coetáneo» con respecto a la dificultad de enjuiciar obras del presente—, Woolf iba más allá que cualquier profesional de tal ámbito: daba muestras de conocer a fondo cada obra comentada —Middlemarch, Cumbres borrascosas, Jane Eyre, Aurora Leigh— y, en su análisis, resultaban tan interesantes las virtudes como las imperfecciones. De este modo, comprendíamos mejor la evolución de los personajes concebidos por Thomas Hardy —«poeta y realista» a partes iguales— o Daniel Defoe (Woolf revindicaba la relevancia de Moll Flanders y Roxana), e incluso en las páginas sobre Jane Austen, en relación con un relato escrito en la adolescencia, hallábamos toda una teoría: «Las obras de segunda fila de un gran escritor merecen ser leídas porque brindan la mejor crítica de sus obras maestras».

Según Woolf, el narrador desea engendrar orden a partir del caos —pensamiento expuesto en el texto acerca de las hermanas Brontë y en «Robinson Crusoe»— y sus mejores dotes parten de la «doble visión» que encuentra en un autor, de nuevo, como Joseph Conrad, que gozó de una capacidad de observación para «estar a la vez dentro y fuera», mirando al tiempo como un ser mundano —un capitán naval— y como «un analista sutil, refinado y crítico». Un equilibrio este, desde luego, muy difícil de alcanzar: Laurence Sterne consiguió «el arte del contraste» en Tristram Shandy, pero, en el Viaje sentimental, «en vez de humor, tenemos una farsa y, en vez de sentimiento, sensiblería».

«¿Cómo debería leerse un libro?», se preguntaba Woolf en el último texto. Pues en libertad, siguiendo el instinto, aplicando el sentido común y sacando conclusiones propias. Así lo hizo la autora, y siempre fijándose en lo elemental, el lenguaje: en la puntación de Sterne, que «en sí es la del habla, no la de la escritura, y trae consigo el sonido y las asociaciones de la voz»; en el tono de la prosa de De Quincey, próxima a lo que produce la música, pues al leerle se conmueven «los sentidos más que el cerebro»; en la explosión de palabras de John Donne, su «capacidad de sorprender y subyugar al lector de repente». El mismo efecto que las propias obras de Woolf tienen en el lector, que puede sentir, leyendo sus novelas, cómo de presente tenía la autora el nacimiento literario de la oralidad si tiene la ocasión de asomarse al ensayo en que explica cómo las obras griegas son la base para todo, pues «el lenguaje es lo que nos tiene más esclavizados; el deseo de aquello que nos atrae perpetuamente».

Ella encontró las más difíciles: las palabras para despedirse de su marido y de su hermana, las de su tumba; su deseo más atractivo fue la muerte, a la que aspiró desde joven. Como escritora, y también como lectora, fue tras la necesidad de aunar los extremos, hasta alcanzar el equilibrio que se le escapaba una y otra vez por culpa de los accesos perturbadores de su mente, y esos comentarios a obras ajenas mayores de la historia de la literatura, como ya apuntábamos, cabe verlos como maravillosas reflexiones de su propia obra, a la que quiso poner un punto final de propia voluntad, y así, tras llegar a la excelsitud en su narrativa, buscó qué diferencia había entre vivir y morir. Y un río y una piedra en el bolsillo le respondieron eternamente.

 

BIBLIOGRAFÍA

· Bell, Quentin. Virginia Woolf. Traducción y prólogo de M. Pessarrodona, Lumen, Barcelona, 2003.

· Chikiar Bauer, Irene. Virginia Woolf. La vida por escrito. Taurus, Madrid, 2015.

· Cunningham, Michael. Las horas. Traducción de J. Zulaika, El Aleph, Barcelona, 1999.

· Garnett, Angelica. Una mentira piadosa. Una infancia en Bloomsbury. Traducción de M. Martínez-Lage, Pre-Textos, Valencia, 2000.

· Gordon, Lyndall. Virginia Woolf. Vida de una escritora. Gatopardo Ediciones, Barcelona.

· Nicolson, Nigel. Virginia Woolf, traducción de C. Rodríguez, Mondadori, Barcelona, 2002.

· Woolf, Leonard. La muerte de Virginia. Lumen, Barcelona.

· Woolf, Virginia. Dardos de papel. Cartas ilustradas. Edición de F. Spalding, traducción de A. Lizón, Odín, Barcelona, 1994.

–. Horas en una biblioteca. Trad. de Miguel Martínez-Lage, El Aleph, Barcelona.

–. El lector común. Trad. de Daniel Nisa. Lumen, Barcelona.

–. La señora Dalloway. Prólogo de Mario Vargas Llosa, traducción de A. Bosch, Lumen, Barcelona, 2003.

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