POR TONI MONTESINOS

EL IMPACTO DE UN FARO Y UNAS OLAS

Michael Cunningham la transformó en personaje en una magnífica novela que circulaba en torno a tres mujeres en tiempos diferentes, Las horas (1999); es objeto siempre de valiosos estudios biográficos que, lejos de resultar redundantes, se complementan, y nos van llegando sus textos dispersos: diarios, cartas, crónicas de viajes, ensayos sobre sus autores favoritos… Todo lo cual indica un interés continuo por esa mujer de prodigiosa inteligencia demente, probable lesbiana de vida heterosexual o asexual con su fiel y paciente marido, Leonard Woolf —que la consideró un absoluto genio desde que la conoció y calificó cada una de sus escrituras de obra maestra—, poeta que escribía en prosa, llamada Virginia Woolf.

Dados sus inseguridades, sus miedos, sus arranques nerviosos, que cobraron vida en aquella película basada en la historia de Cunningham, con la inmensa nariz postiza que lucía Nicole Kidman al compás de la emocionante música de Philip Glass, no es de extrañar que Woolf siga despertando admiración y curiosidad, con la aparición de biografías y recuperaciones de sus escritos. En cierta manera, la película de Stephen Daldry —en la que se combinaban tres historias de mujeres de diferentes épocas con trasfondo suicida— reflejaba la presencia que la autora ha ido teniendo a lo largo del siglo xx en la cultura universal.

Si en la tercera historia, fechada en 1949, una apática ama de casa de Los Ángeles, encarnada por Julianne Moore, se hospedaba en un hotel para leer La señora Dalloway y decidir si iba a matarse o no, en la primera, podía verse a la escritora Virginia Stephen —su apellido de soltera— escribiendo esa misma obra, hablando con su marido y editor, el circunspecto y atento Leonard Woolf, y al fin metiéndose el 28 de marzo de 1941 en el río Ouse con una piedra en el bolsillo de su vestido, a los cincuenta y nueve años. Antes había redactado dos cartas, una para su hermana Vanessa y otra para su marido en la que decía: «Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión… estoy haciendo lo que me parece mejor… No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo».

Así las cosas, ya sea por haberla relacionado con su actividad feminista, por el famoso grupo de Bloomsbury en el que compartió experiencias con otros escritores y pintores, por su vertiente lésbica, por sus crisis nerviosas que la llevarían a la desgracia, por referencias a su persona indirectas como ¿Quién teme a Virginia Woolf?, la obra teatral del dramaturgo Edward Albee que fue llevada a la gran pantalla con Elizabeth Taylor y Richard Burton y en la que, sin embargo, la narradora no sale como personaje, lo cierto es que Woolf está permanentemente presente. Los libros sobre su vida se suceden, tal vez el más completo el de la argentina Irene Chikiar Bauer, para quien los intentos de etiquetar a la escritora han fracasado, y las interpretaciones que se han hecho desde campos como el feminismo, la sexualidad y la psiquiatría se dan de bruces con una personalidad «difícil de encuadrar», elusiva.

He aquí el magnetismo que despierta la autora londinense, aquella que se casó con el que acabaría siendo durante veintiocho años «el dueño de la obra y la imagen de Virginia Woolf», quien ha sido objeto de «una verdadera iconización», como demuestra el hecho de que su hogar en Monk’s House sea un lugar turístico. Una autora, en definitiva, que «ha difuminado los límites entre lo público, lo político y lo privado, entre ficción, historia y biografía» y que esa biografía desgranó con minuciosidad; primero, a lo largo de una primera parte dedicada a su infancia y adolescencia, y luego, año tras año desde 1904, momento en que fallece su padre —luego vendría la muerte de su hermano Toby, en 1906—, el prolífico escritor Leslie Stephen, y ella se muda al barrio de Bloomsbury junto a sus numerosos hermanos.

Ese año decisivo, como el de la desaparición de la madre, Julia —«esencial y misteriosa, fue un ser mítico»—, en 1895, también fecha de su primera crisis nerviosa, lo marca todo: «La búsqueda de la identidad, y la necesidad de afirmarse en sí mismos tras la muerte de un ser querido, es característica de muchos de los personajes de sus novelas, donde la muerte suele irrumpir bruscamente trastornando un orden, pero permitiendo a la vez, que surja uno nuevo», afirmaba Chikiar Bauer. Asimismo, la sudafricana Lyndall Gordon, que publicó Virginia Woolf. Vida de una escritora en 1986 y que ya, en nuestro siglo, revisó y reeditó, también, por supuesto, ponía el énfasis en los traumas vividos por la pequeña Adeline Virginia Stephen, una «década de muertes [que] marcó la juventud de Virginia y la desgajó abruptamente del resto de su vida». Surge así, según la autora de otras biografías de escritoras relevantes como Charlotte Brontë, Mary Wollstonecraft y Emily Dickinson, una imaginación obsesionada con los muertos, que «le incitaron a hacer cosas imposibles, la condujeron a la locura, aunque, controladas, esas voces se convirtieron en el material de su ficción».

Semejantes acontecimientos desgraciados, más los presumibles abusos sexuales de su hermanastro Gerald —que han generado todo tipo de elucubraciones, ninguna concluyente—, y los antecedentes de cuadros maniaco-depresivos en su familia paterna forman el carácter precoz y despierto de la que apodan «la Cabra», que, con sólo nueve años, junto a su adorada hermana Vanessa, que tantísima influencia tiene en ella, directamente y luego a través de sus hijos, y su hermano Toby, crea un periódico y deleita a la familia, «perspicaz y divertida», con las narraciones de sus cuentos.

De este modo, cada biógrafa se introducía en la cotidianidad intelectual, creativa y social de Woolf, poniendo el acento Gordon en diversos instantes de su infancia, en familia y frente al mar, que le quedan tan grabados que luego aparecen como escenarios de novelas como Las olas y Al faro. De hecho, esta obra significaría, a los cuarenta y cuatro años, el logro de la identidad como escritora que estaba persiguiendo, al concentrarse en «dos pilares: el de las figuras paternales y el de la generación anterior». Era una Woolf en constante busca de las fuentes de su vida que, de la mano de Gordon, recibía una nueva mirada que iba encaminada a rastrear la respuesta creativa de Woolf antes tales recuerdos.

Chikiar Bauer, por su parte, se introducía en el análisis de su ascendencia ilustre y culta y en otros puntos de inflexión determinantes, como la Gran Guerra, su incorporación al mundo de las colaboraciones en prensa o el instante de 1917 en el que el matrimonio Woolf adquiere una imprenta del tamaño de una mesa con la que editarán libros bajo el sello llamado Hogarth Press: «La vida de los Woolf dio un vuelco nuevo y definitivo», dice la biógrafa al respecto. Y es que alrededor de la editorial aparecería, de una u otra forma, lo más granado de la literatura del momento (T. S. Eliot, James Joyce, Katherine Mansfield…), a lo que se sumaba el ambiente de los pintores en torno a Vanessa, y en suma todo un grupo de artistas que apostarán por la libertad sexual y el enfrentamiento con las normas establecidas, como Dora Carrington, Lytton Strachey y Duncan Grant, o el amante de éste, el economista Maynard Keynes. Todo ese clima de vínculos sentimentales se va perfilando hasta llegar tal vez a la relación más intensa y plenamente sensual que viviría la narradora, esto es, con la aristócrata Vita Sackville-West, que antes de conocerla ya la consideraba como «la mejor escritora viva».

 

ALZARSE CONTRA LA MUERTE

Naturalmente, como buena argentina, Chikiar Bauer no podía resistirse a aludir a Freud al examinar la sexualidad y la aparente bipolaridad de Virginia, aunque sin ensañarse en la parte más sórdida de su enfermedad, ya que «en realidad, Virginia vivió pocos episodios en los que las alucinaciones y el estado maniaco la llevaran a perder el sentido de la realidad». De hecho, los síntomas iban y venían —lo que a fin de cuentas le haría poder dedicarse a escribir de forma metódica—, desde su primer intento de suicidio en el crucial 1904, cuando una depresión la empuja a despreciar la comida y se tira de una ventana, y luego desde su segundo intento en 1913, «al borde de la muerte», cuando —ya los médicos han confirmado que está enferma de la cabeza— toma seis gramos de veronal, pese a que sale de peligro en el hospital londinense de St. Bartholomew al amanecer siguiente, como relató en su momento su sobrino y biógrafo Quentin Bell.

En 1930 le había dicho por carta a la anciana compositora Ethel Smyth: «A propósito ¿qué argumento tienes contra el suicidio? Sabes bien lo charlatana que soy, pero a veces retumba como un trueno dentro de mí el sentimiento de la total inutilidad de mi vida. […] Dime, ¿qué puedes esgrimir contra ese sentido de… “¡Oh, qué bueno sería terminar…!” Sobra decir que no albergo ninguna intención de dar el paso». Pero lo hizo. Para desgracia del leal Leonard, del que se pudo sentir su voz frente a esa triste pérdida en español mediante el quinto y último volumen de su autobiografía con el explícito título de La muerte de Virgina. El original era The Journey Not the Arrival Matters, y comprendía los años 1939-1969, los más duros. No en balde, el escritor y también político —militó en el partido laborista británico— abordaba al comienzo «lo que es la guerra: los horrores de la muerte y la destrucción, las heridas, el dolor, el luto y la brutalidad»; a sus ojos, la Europa de los años treinta era más bárbara que la de 1914-1919 por culpa del comunismo ruso y el hitlerismo. Refería así el modo en que la Segunda Guerra Mundial llegó para él en forma de dos aviones nazis, y cómo tal cosa se convirtió en una presencia tan rutinaria que ni le infundía miedo.

A este respecto, el biógrafo Nigel Nicolson analizó la situación emocional de la escritora relacionada con el conflicto armado antes de que se sumergiera en un río: «Varios factores contribuyeron a su depresión. La guerra, claro está, y la renovada amenaza de invasión durante la primavera; la destrucción de sus dos casas en Londres; el racionamiento de los alimentos básicos; la dificultad de viajar […]. Más importante fue su miedo a fracasar como escritora. Siente que ha perdido poder sobre las palabras». Así, el espanto de la guerra tal vez supuso la gota que colma el vaso de la paciencia para Woolf, cuya trastornada vida interior no puede consolarse con el mundo exterior que le había proporcionado el ambiente artístico del círculo de Bloomsbury; sobre éste, Angelica Garnett, hija de una de las amigas íntimas de Woolf, habló en sus memorias (1984) aludiendo a que «la muerte de Virginia tan sólo confirmó el pesimismo y la sensación de futileza generalizados que nos rodeaban […] compartiendo un mismo instante de desesperación, con la sensación de que el mundo que habíamos conocido y la civilización que Virginia había amado tanto se desintegraba a gran velocidad».