ALEJANDRA COSTAMAGNA
Hace diez años Mike Wilson presentó mi libro Imposible salir de la Tierra y dijo algo que desde entonces me resuena. Habló en ese momento del sueño acuático que marcaba el final de la protagonista de un cuento y decía que esa imagen le había hecho pensar que somos como la superficie de la Tierra, que nuestros cuerpos tienen más de la mitad de agua en su interior y que acaso sería más acertado decir que al morir no seremos tierra, sino «agua, vapor, nieve y hielo». Y terminaba diciendo que «aunque estemos atrapados en la Tierra, lo que queda de nosotros circula, se evapora, se condensa, se congela y se derrite, y así fluimos». Decía entonces que le gustaba la idea de «saber que algún día lloveré o nevaré». Decía: «Pienso que de cierto modo ahí encontramos trascendencia».
Esa reflexión volvió a aparecer ante mí al leer su novela Dios duerme en la piedra, publicada el año pasado: la imagen rebrotó y vino a agrupar el cúmulo de ideas y sensaciones que surgieron en la lectura. Es cierto que su libro apunta al estado mineral, a la petrificación, y no a lo acuático. Pero hay de todos modos una mudanza de la materia corporal, que se encamina a la disolución de lo humano. Y, sin adelantar demasiado, hay en algún momento de la novela la figura de una llovizna ácida que corroe el mineral, y podemos pensar que el cuerpo mutado en piedra, despojado de sí mismo, se esparce como lo harían el agua, la nieve o el vapor a los que aludía hace diez años y que acaso ahí encontremos también la trascendencia.
Pienso, cuando digo esto, en una obra que estrenó la dramaturga Manuela Infante durante la pandemia titulada Cómo convertirse en piedra. Era una obra con la que intentaba habitar una lógica mineral y en ella se preguntaba cuánto hay de piedra en nosotros, humanos. Sabemos que las piedras contienen el pasado de la tierra en el presente, lo que significa que en el futuro nos contendrán también a nosotros como pasado. Infante comentaba que la pregunta del título de su obra originalmente llevaba una respuesta y que ambas (pregunta y respuesta) las tomaba prestadas de Nietzsche, quien, ante la pregunta («¿cómo convertirse en piedra?»), se respondía a sí mismo: «lento, lento».
Y hay algo de esa lentitud, de ese pasmo, de ese asombro en Dios duerme en la piedra que –tal como en Leñador, Ciencias ocultas, Némesis o Ártico– se ancla en el alucinante despliegue de la descripción. La descripción como una poética. Abro una página cualquiera del libro y pasa esto: «Afuera la luz matinal es blanca, el vapor se alza de la escarcha, volutas pálidas ascienden hacia arriba hasta desaparecer, una brisa suave perturba la neblina, se mueve como si una criatura invisible nadara bajo la superficie láctea. El sol rompe sobre la cordillera nevada, rayos cálidos inundan el barranco, la luz derramada es amarilla, el vapor se retrae hasta disiparse, en su lugar quedan partículas de polvo luminoso que zigzaguean en haces dorados».
Ya ven: lento, lento. Una lentitud a contracorriente de la prisa desquiciada de los tiempos.
Sin embargo, hay también en este libro la velocidad propia del western (aunque se trata de un western subvertido, una especie de western existencial): una acción tras otra, una narración en tiempo presente, frases cortas, un ritmo trepidante. Abro otra página cualquiera y pasa esto: «Mata el caballo. Dos disparos de revólver. Se acerca para verificar, no hay aliento. Sangra poco, la arena sedienta se encarga del charco. Afloja la montura y extrae la manta, desenfunda el rifle y suelta el lazo. Toma el odre, bebe un sorbo de agua, se saca el sombrero, lo moja y lo repone. Camina hasta la cima de una duna, se recuesta, apoya el rifle contra el hombro, escupe a un costado y el viento se lleva la saliva. Afila la mirada, estudia el horizonte, baja la cabeza, el ojo derecho sobre el cañón, ajusta la mira, mide las ráfagas, compensa el efecto del espejismo, la distancia, el calibre. Aprieta suave, el gatillo cede. Se escucha el estruendo».
Ya ven. Tomar y soltar las riendas, todo el tiempo.
Cada libro de Mike Wilson pone a funcionar una máquina alucinante. Y leerlo es desarmar y armar la maquinita página a página.
En Dios duerme en la piedra el narrador sigue a un hombre en su caballo por un desierto que va mutando y cuya hostilidad aparece desde la primera página. Hay una montura, una manta, un rifle, un odre, una libreta, un lápiz. Cada cierto tiempo el hombre escribe cosas en la libreta, cosas a las que no tenemos acceso. Acaso lo que anota apunta al sentido de todo esto (y ahí cabría la pregunta de las preguntas: ¿qué es todo esto?). Como sea, el vaquero va hacia el norte, allá donde la arena y la nieve se confunden. No sabemos si huye o si va en búsqueda de algo. Kilómetros y kilómetros despejando obstáculos, presenciando las ruinas de lo que hubo, las señales de una secta de túnicas rojas, de dioses oscuros, de sacrificios humanos, de bandidos, de cuatreros, de asnos destripados, enjambres de langostas; signos de una catástrofe que asoló estas tierras como la lepra. Está la observación minuciosa, paso a paso, de ese exterior. Cómo lo muerto se va incrustando en lo vivo. Pero el narrador se inmiscuye en los sueños igualmente apocalípticos del vaquero. Y de vez en cuando lo hace también en los recuerdos de un pasado «vivo, sano y fértil». Un tiempo en el que hubo «pequeñas manos» en la mano del hombre, rostros, voces, juegos a la orilla de un lago, corridas en la pradera persiguiendo luciérnagas o la lectura en voz alta de un mismo libro todas las noches.
Pero será apenas el vislumbre, el destello. El burbujeo que habita bajo la superficie.
Porque ahí está, tal vez, el asunto medular de este y otros libros de Wilson: aquello que burbujea y que no vemos. Lo que se reserva. Aquello que no está al alcance de las palabras. Aquel caos del mundo y aquella imposibilidad de reordenarlo. Acaso aquella trascendencia incierta que dejaba asomar hace diez años con la imagen de la condensación, de la evaporación, del derretimiento y también de la petrificación.
¿Cómo volverse piedra, entonces?
Dejando que ello ocurra, despojándose. Eso parece responder este libro que sacude al mismo tiempo que aquieta.
