Anna Caballé
Íntima Atlántida. Vida de Rosa Chacel
Taurus
568 páginas
POR MANUEL ALBERCA

Al terminar de leer Íntima Atlántida. Vida de Rosa Chacel, la sentencia, que encierra el aforismo «carácter es destino», es la justa descripción de la vida de la escritora Rosa Chacel, retratada de manera veraz, en esta espléndida biografía, en su compleja personalidad, bullente de contradicciones y pulsiones descontroladas. Como es sabido, la autoría de este aforismo se atribuye a Heráclito, pero el que suscribe lo relacionó siempre con Luis Cernuda (v. «Historial de un libro», en el que el poeta lo utiliza para definir su derrotero vital).

Traer a colación a Cernuda no es oportunista ni gratuito. Chacel y el poeta sevillano fueron coetáneos, miembros de la Generación del 27 y amigos. No se trata de saber cuál de los dos inspiró o influyó al otro, lo único cierto es que ambos estaban hermanados por un rasgo de su personalidad que resultaría fatídico: una suerte de victimismo los abismó a sentirse incomprendidos e insatisfechos toda la vida. En primer lugar, con ellos mismos, después, con el mundo en general.

Para intentar definirla en pocas palabras, diría que Chacel, por su carácter tozudo y kamikaze, fue su peor enemiga. Su torpeza y falta de tacto en las relaciones sociales fueron proverbiales. Como muestra de esto basta referir cómo ella misma frustró el prometedor encuentro con la influyente editora estadounidense, Blanche Knopf, esposa del dueño de la famosa editorial neoyorkina Knopf. La editora se había interesado por la obra de Chacel y, aprovechando que la escritora se encontraba en Nueva York en 1961, gracias a una beca Guggenheim, la invitó a la sede de la editorial para conocerla. La actitud, desconfiada y a la defensiva de Chacel a lo largo de la conversación, desbarató la posibilidad de ver traducida su obra al inglés en una de las editoriales más importantes de Estados Unidos. En el diario de Chacel quedó constancia de su torpeza al presentar a Blanche Knopf como «una viejita coquetona, cargada de pulseras y con veinte centímetros de uñas de rojo achocolatado, casi negro».

Otro tanto podría decirse de su forma de defender, con una sinceridad y valentía inconscientes, rayanas en lo suicida, sus opiniones contracorriente sobre la Guerra Civil, el exilio o el feminismo. Su postura de mantenerla y no enmendarla la convertiría, en los círculos del exilio republicano y en los círculos feministas, en poco menos que en una apestada. Dejo aquí un breve relicario de ejemplos para que el lector saque sus propias conclusiones. Por ejemplo, aunque su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, ocupó puestos de responsabilidad política en la República, que los llevaría a ambos al exilio, Chacel se definiría como apolítica. No se sintió comprometida con la causa republicana ni de ningún otro color. Tampoco se consideró una exiliada. De hecho fue así: volvió cuando quiso a España en vida de Franco. Para ser un poco más preciso y revelador de su actitud, Chacel calificó la Guerra Civil con tres adjetivos cuando menos sorprendentes: «Inaudita, inconcebible e imperdonable».

Tampoco fue ni podía ser feminista; para ella la mujer y el hombre tenían una biología, un deseo y una sexualidad completamente diferentes. En sus ensayos Saturnal y La confesión, y con frecuencia en sus diarios, encontramos argumentos, en los que disiente del feminismo de Simone de Beauvoir y de Virginia Woolf. ¿Cómo iba a ser ella solidaria ni estar hermanada con las mujeres seductoras y taimadas con las que Timoteo la engañaba? ¿Iba a ser ella defensora de las que la hacían una desgraciada?

Tal vez, digo tal vez, si su obra literaria hubiese recibido, entre los años cuarenta y sesenta, la atención crítica y editorial, que ella esperaba y necesitaba (moral y económicamente), su actitud hubiera sido distinta, menos agresiva y más receptiva. Aunque, a decir verdad, esto lo pondría ella misma en duda, porque, en su autobiografía Desde el amanecer (1972), que abarca solo su infancia, está convencida que su carácter estaba hecho ya a los diez años, determinado para el resto de su vida. Lo cierto fue que solo, cuando rondaba los setenta años, y en su definitivo regreso del exilio a España en 1974, después de vivir más de treinta años, a caballo entre Buenos Aires y Río de Janeiro, lograría un succès d’estime, gracias al apoyo de escritores como Clara Janés, Pedro Gimferrer, Ana María Moix o Guillermo Carnero. Estos escritores, entonces jóvenes, la hicieron suya con una admiración y un cariño, que no había encontrado casi nunca entre los intelectuales y escritores de su generación, con la destacada excepción de Julián Marías. A pesar de esto, y de muchas más dádivas de las instituciones oficiales y de las editoriales, Chacel debe ser catalogada como una eterna insatisfecha.

Una vez regresada y establecida en Madrid, tras muchas rebuscas editoriales y rogativas administrativas varias conseguiría una holgura económica, que le permitió vivir con cierta tranquilidad el resto de su longeva vida. Ni siquiera este último desenlace, más o menos plácido, la dejaría satisfecha ni tranquila. Seguiría quejándose, hasta el final, de no conseguir uno de sus mayores anhelos: el premio Cervantes.

Releo los párrafos anteriores, y me doy cuenta que cada uno de los ítems informativos necesitaría una explicación. Lo intento con la brevedad obligada. A trancas y barrancas, Chacel consiguió sobrevivir, al tiempo que llevaba a cabo, en circunstancias poco propicias, una obra literaria hermética e impenetrable, pero fiel a los principios orteguianos del arte deshumanizado y de las ideas sobre la novela, que, desde su juventud, tozuda ella, mantendría inamovibles. Esto la condenaba, de hecho, a que los pocos que se acercaban a sus novelas, abandonasen la lectura ante una trama inexistente de argumentos confusos y personajes indefinidos, tras de los cuales ella, la reina de la elipsis literaria, disimulaba de manera ininteligible, incluso en sus diarios, su compleja y dividida vida matrimonial con Timoteo Pérez Rubio, su marido, que, desde su llegada a Río en 1940 y hasta su muerte en 1977, mantendría una vida sentimental y amorosa doble.

En la Íntima Atlántida del título, que alude a ese inmenso continente, sumergido e invisible, que es para la biógrafa la intimidad de Chacel, la relación con su marido sería el secreto mejor guardado y el que mayor sufrimiento le habría de producir. A Timoteo, Timo para los amigos, se le conocieron numerosos devaneos amorosos extramatrimoniales desde el inicio de la relación, que Rosa soportaría con estoicismo y resignación, también como una forma de peaje a la progresía y modernidad de la que ambos se consideraban deudores. Fueron infidelidades pasajeras que, aunque abrían heridas en Rosa, no pusieron en peligro la continuidad de la pareja. Pero, en el exilio, la convivencia de la pareja se haría aún más difícil. Al asentarse en Brasil, la relación del matrimonio cambió sustancialmente. Desde su llegada a Río en 1940 y hasta su muerte en 1977, Timo mantuvo una relación amorosa estable con una mujer brasileña, soltera y de muy buena posición económica, Lea Pentagna, que, sin llegar a romper el matrimonio, obligaría a Rosa a poner tierra por medio y a instalarse en Buenos Aires con la excusa de buscar un medio educativo más adecuado para Carlos, el hijo del matrimonio. Fue la primera separación de la pareja, una distancia que se iría haciendo, con el tiempo, mayor y más profunda. Sin embargo, al no poder mantenerse con sus propios ingresos, siempre escasos y derivados de ocasionales clases y traducciones o de los parcos rendimientos que le proporcionaban los libros, Chacel dependió económicamente de su marido y, en realidad, de Lea, su amante. Y ella lo supo siempre. Como se puede leer en las tremendas cartas que intercambian Timo y Rosa, esta situación de infidelidad consentida engendró en ella un resentimiento, del que solo acabaría liberándose con la muerte de Timo.

Caballé disecciona, con precisión quirúrgica y pasión biográfica, la nefasta gestión con que Chacel gobernó su vida personal, familiar y literaria. Lo hace con una objetividad empática, con delicadeza, cercanía y rigor. Quiero decir que la biógrafa va hasta el fondo de las limitaciones y las sombras de la escritora, pero lo hace en un perfecto ejercicio de equilibrio, porque explica y trata de comprender sus clamorosas contradicciones. La biografía va desgranando de manera oportuna, como cada hecho referido, trascendental o anecdótico, siempre perfectamente documentado y mejor seleccionado, viene a sumarse al conjunto, para demostrar que el solipsismo, la dureza y el secretismo de su carácter serían escollos insalvables, sumiendo su existencia en un bucle interminable de obstáculos del que nunca sabría salir.

La biógrafa busca, persigue y encuentra las huellas, que la vida de la escritora fue dejando, para terminar interpretándolas con un afán introspectivo ejemplar. La documentación manejada sobre la vida de la escritora y la lectura de sus libros resultan trascendidas, no figuran inertes o con un fin acumulativo sin más. Los hechos y su interpretación sirven para que veamos a Rosa Chacel viviendo conflictivamente consigo misma, presa de su propio carácter y víctima del victimismo. Íntima Atlántida. Vida de Rosa Chacel es una obra maestra del género biográfico.