POR JUAN FERNANDO VALENZUELA MAGAÑA

UNA EXPERIENCIA PERSONAL
Como tantos asuntos que acompañan al hombre desde la noche de los tiempos, el del doble ha tenido significativas variaciones y yuxtaposiciones hasta llegar a la forma en que hoy día lo experimentamos. Me gustaría empezar, precisamente, con la descripción actual de esa experiencia, partiendo de la persona más cercana a la que puedo recurrir: yo mismo. A finales del siglo pasado, viajé a Alicante para presentarme por primera vez a unas oposiciones. Un matrimonio me alquiló una habitación en el piso donde vivían hasta la fecha de mi examen. Una cama, una mesita de noche, un armario, una mesa, una estantería con algunos libros y una marina en la pared. El hombre, panadero, se levantaba de madrugada. Apenas recuerdo haberlo visto. La mujer mostró al principio una amabilidad distante. Yo pasaba el tiempo en el cuarto o dando paseos en un cercano y pequeño acantilado junto al mar. Salía a comer a un bar cercano. Al tercer o cuarto día, la mujer insistió en que compartiera con ella la cena, sin gasto suplementario alguno. Poco a poco, fue contándome cosas. Me habló de la jubilación de su marido, próxima, del sacrificio de un trabajo que lo obligaba a salir de casa mientras todos dormían para que, al levantarse, tuvieran el mejor pan de la provincia, y de lo solos que se sentían. Yo había notado una indefinida atmósfera de contenida tristeza en la casa. Las únicas pistas sobre la vida familiar eran una foto de boda del matrimonio y otra de comunión de un niño. ¿Su hijo? ¿Un sobrino?

Tardó en confesarlo. Una noche soltó el tenedor con un trozo de tortilla en el extremo y, evitando mirarme, me espetó:

― El de la foto de comunión es mi hijo. Murió en un accidente de moto.

No supe qué decir. Quizá balbuceé un «lo siento», quizá ni eso, escondiéndome tras un sorbo de agua. Ella continuó:

― Hace cinco años. Hoy tendría veinticinco. Los que tienes tú.

«Qué pena», debí de decir, pero ella pareció no oírme.

―Era un chico muy bueno, muy agradable, tenía muchos amigos, era muy querido.

La dejé hablar, dibujarme la silueta de un chico de veinte años como todos los chicos de veinte años: especial y prometedor. Lo último que añadió antes de sumirse en un largo silencio fue:

― Su habitación era la que tú ocupas. Me recuerdas mucho a él.

La impresión de inquietud que esta revelación me dejó intenté aclararla tiempo después en un cuento fallido. En él, mi doble literario acababa acomodándose en el hueco que había dejado su doble fallecido, ocupando el lugar del hijo, del amigo y hasta del novio perdido.

 

ORÍGENES DEL DOBLE
¿Qué hay en estas y otras historias de dobles? Algo inquietante, sin duda. La categoría de lo inquietante (Unheimliche) es objeto de un conocido estudio de Freud de 1919. Lo inquietante mezcla terror y familiaridad. Schelling, en relación con esto y en el contexto romántico, había dicho que Unheimliche es lo que debería estar oculto, pero ha salido a la luz. Además del doble, Freud anota otros fenómenos que provocan la misma impresión: la repetición de algo en nuestras vidas (un número, un lugar), la locura, las figuras inertes que parecen vivas (muñecas, autómatas) o a la inversa. Lo inquietante se produce, a juicio de Freud, porque nos hallamos ante unas arcaicas ideas cuya superación es puesta en duda o porque lo que habíamos convenientemente reprimido de pronto aflora.

Esta tesis de Freud, tan discutible y sugerente como todo el psicoanálisis, no se ve contradicha si atendemos a los orígenes del doble, es decir, a aquel momento en que esas ideas eran creencias vigentes. Por serlo, no debería haber nada inquietante en ellas. Y, en efecto, los dobles antiguos (sea o no porque Freud lleve razón en su interpretación) no producen esa impresión. La idea de un segundo yo, de una imagen invisible de cada uno que se independiza tras la muerte, ha sido estudiada por Erwin Rohde, amigo de Nietzsche, en su clásico libro Psique, donde vincula ese doble con el genius romano, el fravaschi persa o el Ka egipcio. La experiencia de la que procedería esta idea de un segundo yo, de un doble atenuado en el interior de uno mismo, sería la de los sueños (también el éxtasis o el desvanecimiento). El doble duerme cuando mi cuerpo está activo, pero despierta cuando mi cuerpo duerme. Homero considera reales las experiencias oníricas y, cuando en un sueño aparece la figura de alguien que acaba de morir, tal doble, pese a tener la consistencia del aire o del reflejo en el agua, no deja de ser real. Una vez en el Hades, las almas llevan una suerte de semiexistencia carente de conciencia, de amor y temor, entendimiento, ánimo o voluntad, lejos de los vivos y sin influir en ellos.

Además de esta visión del doble como alma, propongo distinguir otras tres más. Conviene separarlas entre sí, porque sólo una de ellas, a mi juicio, origina el inquietante doble moderno, lo que no empece para que a veces aparezcan elementos de las otras tres.

La segunda versión del doble la encontramos en la leyenda del origen de la pintura y la escultura. Una muchacha de Corinto, enamorada de un joven que iba dejar la ciudad, fijó con líneas los contornos de la sombra de su amante sobre la pared. A su vez, el padre, el alfarero Butades, aplicó arcilla sobre el dibujo, dotándolo de relieve, e hizo endurecer al fuego esta arcilla. La interpretación de la leyenda, versionada por Plinio, Quintiliano y Atenágoras, no es fácil (no está claro si silueteó el perfil de la cara o el cuerpo entero, si el amante estaba de pie o tumbado, si era de noche o de día), pero es evidente que la mujer intentó retener de algún modo al amado que se marchaba lejos, quizá a la guerra. La intervención del alfarero sugiere la creación de un simulacro, de un doble con carácter propiciatorio. Como intentaré argumentar más adelante, creo que es de esta visión del doble, a la que llamaré de la sombra, de donde hay que partir para llegar al de nuestra experiencia.

El mito fundacional de la caverna de Platón incorpora, asimismo, la sombra, aunque su significado es diferente. Los prisioneros que, encadenados, toman por reales sus propias sombras y las de unos objetos que pasan a sus espaldas están atrapados en la ignorancia de sus prejuicios y su tradición, que les hacen ver una realidad simple y rígidamente pétrea (en dos dimensiones e inscrita en la roca), es decir, una realidad devaluada o tergiversada. También los reflejos (en el agua, en el espejo) obedecen a esta misma pérdida de realidad. En ese sentido, habría una correspondencia entre las psiques que pueblan el Hades, y que llevan una semiexistencia remota, y las sombras y reflejos en Platón, cuya realidad es también deficitaria. Pero es importante observar la diferencia: las almas del Hades serían dobles de los muertos, mientras que las sombras de los prisioneros representan el modo defectuoso en que éstos se ven a sí mismos. Llamaremos a esta versión el doble como reflejo. Según Stoichita, es este modelo el que ha marcado la historia del arte occidental, quedando así marginado el modelo de la sombra, cuyas apariciones, no obstante, pueden rastrearse (y es lo que intenta en Breve historia de la sombra).

Vincular el doble a la sombra o al reflejo implica una diferencia. La sombra simboliza la otredad del yo, una especie de captación del modelo, vinculada a la magia. El reflejo remite a la mímesis, a la imitación, a la semejanza, a la copia (cuyo carácter deficitario puede llegar a perder si es capaz de desvelar, como en un buen autorretrato, al yo). La sombra es el otro de lo mismo, el reflejo es lo mismo de lo mismo. Ambos (sombra y reflejo, sombra y espejo) son símbolos y, como tales, tan flexibles que pueden impregnarse de connotaciones atribuidas al símbolo contrapuesto. No debemos, pues, buscar en ellos una rígida coherencia como si se tratara de conceptos, sino dejarnos llevar por sus sugerencias. Es así como pretendo seguirles la pista.

Si interpretamos el mito de Narciso expuesto por Ovidio a partir de lo dicho, vemos que el poeta latino supone en el terreno poético lo que Platón en el filosófico. Y Ovidio no se distancia de la manera en que los griegos entendieron ese mito. El castigo de Narciso es consecuencia de su rechazo del otro, de su vanidad. Una consecuencia lógica, porque aun antes de verse reflejado ya estaba enamorado de sí mismo. El adivino Tiresias había predicho que viviría largo tiempo si no se conocía a sí mismo. En el momento en que se da cuenta de que amante y amado coinciden, en el momento en que descubre que a quien ve es a sí mismo y no a otro, la angustia lo lleva a la muerte. No se plantea aquí, pues, la cuestión del doble. Es ése precisamente el problema de Narciso, que no hay otro, sino una identidad que no puede salir de sí misma.

Sin embargo, la Edad Media tuvo otra interpretación de este mito, que Agamben ha puesto de manifiesto en su análisis del Roman de la rose que nos regala en Estancias. La clave para el mundo medieval no estaba en el autoenamoramiento de Narciso, sino en que éste se ha enamorado de una imagen. Eso permite emparentarlo, como hace el poema, con el mito de Pigmalión, en el que el artista se enamora de su obra, es decir, otra vez de una imagen, de algo que está hecho para ser visto, no para ser tocado o poseído. Esa imposibilidad que tiene toda relación con una imagen desemboca en la melancolía, en la mirada insatisfecha hacia un mundo de fantasmas.

Esta versión medieval del mito de Narciso abre una brecha en la identidad cerrada de la versión griega. En la medida en que lo entendemos a través del mito de Pigmalión, hemos de ver en la imagen de Narciso, en su reflejo, una suerte de simulacro, un otro que no soy yo, aunque demasiado parecido a mí. El doble como sombra.

La cuarta modalidad del doble consiste en la extrema similitud entre dos personas distintas, que da lugar a confusiones buscadas o involuntarias, a veces de carácter cómico. El Anfitrión, de Plauto, o el gusto del teatro renacentista español por el parecido de una persona cualquiera con un poderoso se enmarcan en esta variante que, si bien en algún momento ha podido cruzarse en el tratamiento del doble que nos interesa, queda alejada de nuestro interés actual.

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