EL DOBLE (IN)AMISTOSO DE DOSTOYEVSKI
El doble, de Dostoyevski, sitúa el tema del doble en el contexto de una Rusia donde el puesto que uno ocupa en el escalafón burocrático coincide con el que ocupa en la propia sociedad. Apuntando ya hacia Kafka (el comienzo es, como en El proceso, un despertar del protagonista), Dostoyevski describe una sociedad donde la burocracia ha salido de sus límites y lo ha inundado todo.

Un personaje insignificante pero ambicioso, mezcla de humillación y aspiraciones, se ve expulsado de la fiesta de cumpleaños de la hija única del consejero civil en la que se había colado, aunque sin reconocerse claramente a sí mismo que lo suyo había sido una intromisión:

Él también, señoras y señores, se encontraba allí, es decir, no precisamente en el baile, sino casi en el baile. Se encontraba bien y seguía por su camino, aunque de momento ese camino no fuera exactamente recto. Estaba ahora —casi cuesta trabajo decirlo— en el descansillo de la escalera de servicio de Olsufi Ivanovich.

 

Es justo tras esa expulsión cuando se le aparece un doble, que se llama como él y al que luego encuentra en el trabajo.

En suma, nada, absolutamente nada, faltaba para una semejanza completa, de tal modo que, si los colocasen uno junto a otro, nadie, absolutamente nadie, se hubiese comprometido a decir cuál era el auténtico Goliadkin y cuál el falso, cuál el viejo y cuál el nuevo, cuál el original y cuál la copia…

El doble parece en su comportamiento actuar de modo taimado, con la misma ambición que el original, pero con más éxito, lo que le hace sentirse al «héroe» (así es llamado por el narrador) de la historia víctima de su actuación (de la del doble y también de la suya propia: «¡Soy mi propio verdugo!»).

El acierto de esta obra y su capacidad de sugerencia se hallan en la combinación de los temas del doble, la locura (recordemos su carácter inquietante, señalado por Freud) y la burocracia. Esta última es la organización de la utilidad burguesa contra la que el Romanticismo arremetió, que acaba convirtiendo los medios, farragosos y laberínticos, en un fin. Una sociedad burocratizada acaba siendo una «tiranía sin tirano» (Arendt) donde la propia realidad es suplantada por un entramado de pólizas y trámites y funcionarios en cuya laberíntica hostilidad el hombre se pierde. De ahí la sensación del héroe de nuestra historia de que hay una conspiración contra él, en la que acaso intervenga su propio doble.

 

AUTOOBSERVACIÓN Y MORAL: NABOKOV Y WILLIAM WILSON
En personas propensas a la introspección, se produce una suerte de desdoblamiento entre observador y observado, de modo que al tiempo que actúan se ven actuando. La consecuencia es la pérdida de espontaneidad en la acción. El protagonista de la novela (cómicamente seria) de Nabokov El ojo dice:

Yo estaba siempre expuesto, siempre con los ojos abiertos; incluso cuando dormía no dejaba de vigilarme, sin comprender nada de mi existencia, me enloquecía la idea de no poder dejar de ser consciente de mí mismo, y envidiaba a todas esas personas simples —oficinistas, revolucionarios, tenderos—, quienes, con confianza y concentración, realizan sus trabajos insignificantes.

 

La autoobservación permanente lleva a concebir la propia acción como actuación y la vida, por tanto, como teatro. Si aplicamos la conocida parábola atribuida a Pitágoras, según la cual la vida es como un espectáculo donde unos compiten, otros comercian y otros contemplan, la doblez ocurre cuando el individuo es, al mismo tiempo, competidor y público, participante y juez. Sin embargo, las dos perspectivas son incompatibles en el mismo momento. El participante es parte y desempeña su papel. El espectador tiene una mirada amplia y puede juzgar y comprender el sentido del todo. El personaje de Nabokov fracasa como espectador («sin comprender nada de mi existencia») y como actor («Así que todo mi indefenso ser invitaba a la calamidad. Una noche, la invitación fue aceptada»), en parte, debido a esa simultaneidad.

El abismo entre el ojo que ve y el hombre que es visto se abre tanto en la novela que la metáfora teatral pierde su carácter simbólico y el mundo se desrealiza. Pero, contra Descartes, la desrealización del mundo va pareja a la desrealización del yo. Un tal Smurov, que aparece en un momento de la novela como aquel a quien el observador no quitará ojo y que sospechamos desde el principio que no es sino él mismo, se nos presenta como el que proyecta imágenes diferentes según las personas con las que entra en contacto («su imagen estaba influida por las condiciones climáticas imperantes en varias almas»). En un momento dado confiesa: «Estoy siempre escondido detrás de una máscara». La máscara es señal de doblez controlada, es la imagen con que uno quiere engañar al mundo, aunque a veces sea uno mismo el engañado. Lo significativo de este personaje es que, tras la máscara, no hay nada, que él es todo máscara, puesto que carece de realidad. Una máscara proyectada en multitud de imágenes en las conciencias de quienes topan con él. Y Smurov no es nadie porque ha decidido ser sólo ojo, abandonar a su suerte a su otro yo en el juego de la vida y ser un desinteresado espectador: «Me he dado cuenta de que la única felicidad en este mundo consiste en observar, espiar, acechar, escudriñarse a uno mismo y a los demás, no ser más que un gran ojo, ligeramente vítreo, algo inyectado en sangre, imperturbable».

Esta capacidad de autoobservación introduce un doble que Freud había señalado en su estudio sobre lo inquietante, «una instancia particular que puede contraponerse al resto del yo, que sirve a la observación de sí y a la autocrítica, desempeña el trabajo de la censura psíquica y se vuelve notoria para nuestra conciencia como “conciencia moral”». Creo que esta instancia no es tan clara en esta novelita de Nabokov, donde el acento está puesto en la distante observación, como en «William Wilson», de Poe. El protagonista narra en primera persona la historia de una vida marcada, desde la escuela, por la presencia de otro William Wilson que nació el mismo día que él y que se esmera en imitarlo de un modo magistral, es decir, no tanto literal cuanto espiritualmente. La existencia depravada del protagonista se halla jalonada de las advertencias de ese misterioso personaje de cuya realidad, como ocurre en la novela de Dostoyevski, el lector llega a dudar.

También en la conocida novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, juega un importante papel el elemento moral. El doble es aquí la imagen del cuadro, que va adquiriendo las máculas de la depravación del protagonista, el cual mantiene así un aspecto inocente y límpido.

 

COINCIDENCIA DE DESTINO: CORTÁZAR
Propongo que entendamos el destino como esa figura que toda vida tiene más allá del carácter, las elecciones o el azar. Se trata de un perfil que se ve a cierta distancia, más sutil que oculto, y, veamos o no en él al yo, está, sin duda, ligado a él. Jünger escribía en su diario:

Es preciso decirse […] que el número de las casualidades, de los azares, es ciertamente incontable e incalculable, pero que es probable que en todos los casos lleve a idéntico resultado. Medida en su resultado final, no en los diversos puntos de su recorrido, la suma de la vida da una magnitud fija, a saber: la efigie del destino que se nos ha asignado y que, visto temporalmente, aparece compuesto de innumerables puntos casuales. Vistos metafísicamente, tales puntos no existen en la carrera de nuestra vida, como tampoco existen en la trayectoria de una flecha.

 

Una versión del doble lo considera la réplica de nuestro destino. Lo que la naturaleza ha duplicado no es tanto un cuerpo o unas circunstancias personales cuanto esa silueta vital que, como las de Lavater, daría la auténtica medida de uno mismo.

En «Una flor amarilla», Cortázar propone la historia de un personaje que cuenta borracho cómo vio en un autobús a su doble en un niño: «Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga». Es esa analogía lo peculiar de esta versión:

Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, […]; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas.

 

Lo inquietante del doble se mezcla, en esta ocasión, con lo inquietante de la repetición.

Es en este sentido en que Cortázar dice que Poe le parece el doble de Baudelaire. La intuición del poeta francés a la hora de traducir al norteamericano, el parecido físico, los mismos problemas sexuales son «pruebas» que el argentino aporta.

 

EL DOBLE EN EL TIEMPO: PAPINI Y BORGES
Ante una fotografía en la que aparece de niño, el escéptico se pregunta: ¿qué tengo yo que ver con ése? Los cambios que a lo largo del tiempo van produciéndose en uno son un conocido argumento contra la idea de identidad. No es éste el lugar de ver su pertinencia, pero sí de destacar que en esta diferencia que abre el tiempo en nosotros está basada otra versión del doble. Se trata de aquella en la que el doble es mi yo en otro momento de mi vida.

Del mismo modo que el psicoanalista Otto Rank, cuyo libro sobre el doble fue tenido en cuenta por Freud, fue atraído por este asunto a causa de la película El estudiante de Praga, la puerta por la que yo entré en él fue un lied de Schubert titulado Der Doppelgänger. El poema que le sirve de texto es de Heine y narra el encuentro del protagonista con su doble, al que ve sufriendo en la puerta de la casa de su antigua amada, que hace tiempo dejó la ciudad.

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