Papini desarrolla la misma idea en su cuentecito «Dos imágenes en un estanque», en el que el protagonista visita la pequeña capital donde estudió y, al sentarse en el estanque del jardín frecuentado en otro tiempo y contemplar su reflejo, descubre a su lado el de un hombre sentado junto a él; se trata de su yo juvenil y romántico: «Sé que tú eres yo mismo, un yo que pasó hace mucho, un yo que creía muerto pero que vuelvo a ver aquí, tal como lo dejé, sin cambio visible». Ese yo le parece ridículo y el desprecio se convierte en odio. Finalmente, en la línea simbólica que marca este cuento, el yo antiguo perece ahogado en el estanque a manos del yo que cuenta la historia. «Cuando nuestros dos rostros aparecieron juntos sobre el espejo sombrío del agua, me volví rápidamente, aferré a mi yo pasado por los hombros y lo arrojé de cara al agua, en el sitio donde aparecía su imagen. Empujé su cabeza bajo la superficie y la sostuve quieta con toda la energía de mi odio exasperado».

Conocidos son los dos cuentos de Borges con el mismo asunto. En «El otro», con el que se abre El libro de arena, un Borges septuagenario conversa en un banco frente al río Charles, en Estados Unidos, con un Borges joven, que dice estar sentado en un banco de Ginebra, a unos pasos del Ródano. En sus manos tiene un libro de Dostoyevski, de quien ha leído también El doble. En «Veinticinco de agosto, 1983», perteneciente a La memoria de Shakespeare, la conversación ocurre entre un Borges de sesenta y uno y un Borges de ochenta y cuatro a punto de morir y, del mismo modo que en el anterior cuento, en dos lugares diferentes.

En estos cuentos la inquietud que el doble nos produce tiene como aliado otro elemento no menos inquietante: el tiempo.

 

LA VIDA NO VIVIDA: HENRY JAMES
En contraste con lo anterior, está el doble como nuestra vida no vivida.

En nosotros convive lo hecho y lo perdido. El carácter abierto del futuro nos recuerda constantemente que el pasado es el conjunto de las elecciones que en su momento hicimos. Esa «naturaleza vacilante de la vida» (El ojo) nos hace preguntarnos qué hubiera pasado si… El carácter narrativo de nuestra identidad nos proporciona tantas novelas vitales como podas hemos realizado.

El maestro de la ambigüedad Henry James había tenido una experiencia que apuntaba al doble en un sueño acaecido en una galería del Louvre y su hermano el filósofo William James reconoció su otro yo en un epiléptico que lo agarró en el vestidor de su casa en Cambridge. Así que no resulta extraño que, al regresar a su Nueva York natal tras veintinueve años en Europa, Henry James ideara un relato («El rincón feliz») en el que el culto y sensible protagonista se encuentra con el yo que hubiera sido de no haber huido de la vida que su familia le había preparado en esa ciudad monstruosa y mercantil. El doble es aquí un magnate de gran éxito que ha explotado el impulso por los negocios que el protagonista lleva dentro de sí, pero no quiso desarrollar. En lo diferentes que son el protagonista y su doble, en la vida tan distinta que, partiendo de un mismo punto, han llevado a cabo, hay, como decía al principio de este apartado, un contraste (acaso oposición) con la idea de que los acontecimientos, por muy diferentes que sean, hacen que todas las ramificaciones de la vida pertenezcan a un mismo árbol, que la figura del destino pueda siempre dibujarse a contraluz.

 

UNA MIRADA AL AUTÓMATA
Recordemos la leyenda del origen de la pintura y la escultura. En ella aparece el simulacro, el doble como sombra, como lo otro de uno mismo. Unido en el Romanticismo al yo original moderno y con una connotación inquietante, da lugar al Doppelgänger. Pero, si lo vinculamos a la otra línea del yo moderno, la del yo como identidad universal, como aquello que todo ser humano tiene (la línea que jalonan Descartes, Locke y Hume), aparece el autómata o el maniquí, el doble del hombre como género.

 SOMBRAREFLEJO
YO UNIVERSALAUTÓMATA 
YO ORIGINALDOPPELGÄNGERAUTORRETRATO

 

Este nuevo doble, de frecuente presencia en la pintura y la ciencia ficción del siglo xx y de nuestros días, surge también en el Romanticismo. Aunque eso es ya materia de otro artículo…[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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