Camilo José Cela era el eje vertebrador de estos acontecimientos de enorme relieve para decir progresivamente adiós a la negrura de la primera posguerra. La familia Cela ocupa a comienzos del otoño del 1956 la casa —que ya conocía— de José Villalonga, 87. En ella se afianzará la idea de continuar en Mallorca y también se confirmará la aventura de PSA, cuyos latidos radicaban en el sótano de la casa. En este domicilio de Palma, en el que la familia Cela reside hasta la primavera de 1964, el escritor habría de conocer su ingreso en la Academia y su consagración como figura eminente de las letras españolas de la segunda mitad del siglo xx. Por lo que toca a PSA, desde este enclave, ven la luz las tres colecciones que abren la revista a los vientos del espíritu peninsulares: Juan Ruiz, Joan Roiç de Corella y Juan Rodríguez del Padrón. Y, a la vez, algunos números excepcionales de la revista: valga como emblema el que hace el número 50, dedicado a Mallorca. Cela escribió en el editorial: «PSA dedica sus páginas a Mallorca, como expresión de su más gozosa gratitud».[13]
Gratitud, alegría, comprensión, intuición, universalidad y sosiego activo son marbetes que convienen a los trabajos y los días mallorquines de este escritor que pelea sin descanso por confirmar la aventura de su revista.
II
El 25 de agosto de 1984, Cela, quien colaboraba regularmente en el periódico El País con una serie de artículos titulados El asno de Buridán, reunidos meses después en tomo (Madrid, 1986) por la editorial del periódico, publica un excelente artículo titulado «Sobre resurrecciones», en el que argumenta contra la posible resurrección de PSA, a la que varios amigos le instan. La síntesis que realiza de la vida de PSA es oportuna y certera:
Entre 1956 y 1979 publiqué regularmente hasta 176 números de Papeles de Son Armadans, amén de algunos números dobles, varios extraordinarios y dos almanaques. La revista nació en épocas amargas para el pensamiento español y en ella encontraron cobijo no pocas voces vetadas desde los medios oficiales o, más sencillamente, silenciadas desde las instancias pacatas y más yermas y aburridas. Cuando murió —de muerte natural, aclaré entonces y reitero ahora—, España había dado un vuelco emocional y ejemplar a su historia e incluso a su propia forma de ser y acontecer. Pero ninguna de esas circunstancias, según pienso, fueron determinantes ni para el parto ni para el óbito y entierro. Influyeron en su justa medida, claro es, y como uno más de los tantos y tantos otros factores que nos iban señalando cada mañana el ruedo en el que había que lidiar, pero ni más ni menos que cualquier otro. De repente, le sobrevino la muerte y en paz: eso fue todo.[14]
Voces vetadas lo eran las de la España peregrina, algunas de las cuales el joven Cela había admirado o conocido en los breves tiempos de 1934 a 1936, mientras deambulaba por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid y por algunos cenáculos literarios que desagradaban a su padre. Esas voces eran, entre otras, las de Rafael Alberti (el impacto de Sobre los ángeles en Pisando la dudosa luz del día lo he analizado en otro lugar), Manuel Altolaguirre, Max Aub, Francisco Ayala, Américo Castro, Corpus Barga, Luis Cernuda, León Felipe, Jorge Guillén, Emilio Prados, Ramón J. Sender, Guillermo de Torre o María Zambrano. Nótese que de los doce nombres que he citado, cinco son poetas de la llamada generación del 27, cuyas colaboraciones, sumadas a las de Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre y Gerardo Diego, ponen sobre el tapete la recuperación que PSA, sobre todo en los primeros pasos y con la intensa ayuda de Caballero Bonald, quiso hacer de los poetas del 27, ámbito bastante familiar al joven Cela de los últimos meses republicanos, quien los leía con verdadera devoción según atestigua su correspondencia con Lolita Franco. No sólo García Lorca o Alberti, sino el Vicente Aleixandre de Espadas como labios (1932) o La destrucción o el amor (1935) y, sobre todo, su pasión por la poesía nerudiana, cuya Residencia en la tierra (Madrid, Ediciones del Árbol, 1935) se convierte en su libro de cabecera en los dramáticos primeros meses de la Guerra Civil.
La voluntad de PSA es, desde su nacimiento, dar cabida en sus cuidadas páginas a los escritores del exilio: Jorge Guillén publica en el número xvii y Luis Cernuda dos meses después, en el xix, ambos números del año 1957, del verano y del otoño, respectivamente, cuando la revista contaba con un año y medio de vida. La correspondencia de Cela con Emilio Prados —iniciada en noviembre de 1957— ilumina de modo inequívoco la voluntad de la publicación mallorquina. El 3 de diciembre de 1957 Cela escribe a Prados, quien reside en México D.F.:
¿Se imagina usted el gozo con que en esta su casa se recibirían un fajo de versos inéditos suyos? Nada puedo ofrecerle en el terreno material, pero sí en el de la amistad, una escrupulosa corrección de pruebas y unas separatas que, a falta de otras virtudes, tienen cierta mínima dignidad. Nuestro contento habría de ser compartido por numerosos —y para usted desconocidos en su mayoría— lectores de España. Anímese. Y sepa, en todo caso, que las puertas de mi revista están de par en par abiertas para usted.[15]
Prados acepta el ofrecimiento y en el número de marzo de 1958 aparece un grupo de poemas bajo el marbete de Sonoro Enigma. Cela escribe de inmediato a Prados (3-III-1958):
Ahora, ya con estos versos casi en la calle, quiero hacerle un ruego: envíeme más, envíeme lo que quiera. En Papeles manda usted, mandan ustedes, mis amigos. No es vana palabrería; es una muy honda verdad. Le aseguro que para eso los fundé: para que fuesen la sosegada —aunque minúscula— esquina de la historia de España en la que los españoles de buena voluntad (que, si vamos a contarlos, a lo mejor no somos tan pocos como pensamos) podamos hablar, sin gritar, y entendernos y hacernos entender.[16]
La voluntad de que en PSA participen los escritores del exilio es quizás —junto con la puerta abierta a las otras culturas peninsulares y el ensamblaje de pensamiento, literatura y arte (Picasso, Miró, Tàpies, etcétera)— la característica más notable de la revista. A modo de botón de muestra final que explicite esta voluntad, quiero extractar algunos fragmentos del artículo editorial de febrero de 1963, redactado por Cela, a pocos días del fallecimiento de Ramón Gómez de la Serna en Buenos Aires. Escribía el director de PSA —es un texto fundamental para conocer las reflexiones de Cela—:
Las jóvenes generaciones españolas ignoran la obra ingente de Ramón a quien intuyen —confusa sombra del Parnaso confuso— misterioso y lejano como un Larra, por ejemplo, o como un Clarín […]. Pero de esta ignorancia —no la llamemos desinterés, que no puede interesar lo que no se señala— de las jóvenes generaciones, ni Ramón, ni su literatura (probablemente, Ramón y su literatura son la misma cosa), sino de la torpeza de quienes, siendo Ramón carne de nuestra carne, patriótica y declarada carne de España, lo cercenaron de nuestras laceradas carnes. […] Ahora, con Ramón muerto lejos de España y con el plomo del dolor de España latiéndole en el alba herida, se paseará ante nosotros, los españoles que le quisimos vivo, su cadáver. […] Con él se cierra una luminosa página del libro de España (recordemos que la historia es jamás reversible) y, ante su cadáver, a los españoles no nos queda sino escuchar, a ver si aún late y —aunque depauperado— sigue vivo, el tímido y vergonzoso gorgojo de nuestras conciencias.[17]
III
En Del 98 al Barroco (Madrid, Gredos, 1969), el excelente libro de Guillermo de Torre –el autoexiliado, según calificación ya veterana que le aplicó Emilia de Zuleta—, en un capitulillo muy atractivo titulado «Elogio de las revistas», el gran crítico madrileño que tantos textos ofreció en los periódicos y las revistas (algunas tan relevantes como Revista de Occidente, La Gaceta Literaria, Sur, Realidad o los propios PSA) a lo largo de su amplísima obra de crítica literaria y cultural, recordaba las palabras de Ortega y Gasset en el número inicial de La Gaceta Literaria (1-I-1927) sobre la misión placentaria de las revistas, acogiendo —cito a Ortega— «los brotes que no siempre llegan a cuajar en libros: lo prematuro, lo íntimo, lo recóndito, los esquemas preformes de la obra», para añadir en su brillantísima prosa:
La revista debe diferenciarse del libro como lo público de lo privado. El libro es la obra hecho cosa, orgánica e impersonal. Pero la vida intelectual actúa también en formas previas, preparatorias, confidenciales; se compone también de juicios tiernos, de sospechas, de curiosidades, de insinuaciones, fauna exquisita y delicada que no puede vivir aún en perfecta separación de su autor, que sólo alienta en un clima de confesión, de intimidad.[18]
He recordado estas palabras de Ortega, vía Guillermo de Torre, porque los PSA de los años cincuenta y sesenta, y en menor medida los de la década de los setenta, ejercieron ese papel placentario de forma muy sólita. Tanto en la creación como en la crítica, pues bastaría recordar las prosas de Cernuda, los poemas de Emilio Prados o las tentativas, en los primeros compases de la revista, de Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma, que habrían de desembocar en Metropolitano (1957) o Compañeros de viaje (1959).
A poco del nacimiento de PSA tres notables periodistas —uno de ellos seguramente uno de los grandes prosistas europeos del siglo xx— se acercan a Mallorca y pueden trazar la fisonomía de Cela y su entorno mallorquín en el que ya se editan los PSA. César González Ruano pasa por Mallorca mientras escribe una serie de crónicas para el diario falangista Arriba, tituladas Nuevo descubrimiento del Mediterráneo (reunidas en libro, 1959). Corre la primavera de 1956 y González Ruano visita la casa de la calle Bosque, número 1:
Por la tarde fuimos a casa de Camilo en la calle Bosque. Allí trabajaba toda una pequeña redacción y administración —había contable y todo— para la revista Papeles de Son Armadans, de la cual había salido el primer número y se estaba preparando el segundo. Papeles de Son Armadans es una revista hecha con escrupuloso amor.[19]
El 24 de septiembre de 1956 veía la luz, en Palma de Mallorca, la novela de Lorenzo Villalonga, Bearn o la sala de muñecas. Iba precedida de un «Prólogo parábolico», firmado por Camilo José Cela, en el que el novelista gallego se retrataba a sí mismo con estas palabras: «El otro novelista, el menos viejo [pasean Villalonga y Cela a la sombra del pinar de Bellver] también es alto aunque ya empezó prematuramente a criar barriga. El otro novelista, no el menos joven, gasta barba y es atlántico y turbulento, desaliñado, galante y corazonal, y vive como un futbolista retirado en las afueras de la ciudad, en una calle bullidora y solana poblada de turistas de licenciosa conciencia y de gatos enteros, maulladores y noctámbulos. Posiblemente es vikingo». Unas semanas después, Josep Pla aprovechaba este autorretrato para abrir una larga entrevista con Cela en la casa del Terreno, donde había nacido el anterior mes de abril Papeles de Son Armadans. La entrevista se publicó en el número del 29 de diciembre del semanario Destino: faltaban escasamente dos meses para que Cela fuese elegido académico de la RAE; dos meses antes, el 30 de octubre, había fallecido Pío Baroja. Néstor Luján le había escrito a Cela (31-X-1956): «Siguiendo la costumbre de los viejos reyes normandos, creo que podemos decir: Le roi Pío Baroja est mort! Vive le roi CJC!». La entrevista de Pla a Camilo debió ir rodeada de otros encuentros, pues, en una carta a Luján del 4 de diciembre, Cela escribe: «Estuve con Pla en Inca y en Palma, comiendo y bebiendo. Después le perdí la pista. Es un sujeto sensacional».
Los trabajos y los días de la revista aparecían tras la pregunta de Pla: «¿Se le da bien Mallorca para trabajar, señor Cela?», a la que el escritor gallego contestaba:
Muy bien. Aquí se está muy bien. Pero yo trabajo de una manera un poco rara. A veces paso semanas y semanas sin hacer nada, aparte, claro está, de lo normal que, para el caso, es la dirección de mi milagrosa revista Papeles de Son Armadans. ¿Se ha fijado que de mi revista han salido ya ocho números, con una puntualidad indiscutible? ¿No lo encuentra usted prodigioso, inaudito? Las revistas literarias suelen tener una fugacidad terrible. La fugacidad es su característica. Y, sin embargo, ya ve usted.[20]