La Sociedad de Estudios y Publicaciones del Banco Urquijo, núcleo de la acción de Muñoz Rojas, ayudó decisivamente a Camilo José Cela, según conformidad que le ofrece Muñoz Rojas en carta del 21 de noviembre de 1958. Otras ayudas a la financiación de la revista deben investigarse con tiento.
La otra gran dificultad de PSA y de Cela fue la censura, sobre todo hasta que, el 10 de julio de 1962, Manuel Fraga Iribarne («con quien lo unía una vieja amistad por vía autoritaria y jacobea», según expresión de Caballero Bonald)[26] reemplaza, como ministro de Información y Turismo, a Gabriel Arias Salgado. Y revela cómo los grandes esfuerzos culturales de PSA, que son incuestionables, se realizaban en una atmósfera carente de libertad, pese a la alegría bien intencionada de Cela, que el 11 de julio de 1962 escribe a Fraga: «¡Qué alegría recibí esta mañana al abrir el periódico! Tu nombramiento para el Ministerio de Información y Turismo te obliga a mucho, y mucho también es lo que los escritores e intelectuales esperan de ti y de tu sagaz y recto criterio político».
A menudo, se suele olvidar que los primeros años de PSA tienen como compañero en el ministerio de la censura a Gabriel Arias Salgado. Cela fue sorteando los obstáculos, pero la piedra de toque de la relación de la censura con la ambición de Cela de dar cabida al exilio en la revista y en las actividades culturales mallorquinas viene dada por la mayoría de edad de la revista y la convocatoria (1959) de las «Conversaciones de Formentor». Voy a ser muy sintético, pues he escrito sobre ello en mi reciente libro Variaciones Cela (Barcelona, 2018).
Cuando Camilo José Cela escribe a Carlos Barral —su cónsul en Barcelona—, el 24 de febrero de 1959, para invitarle a Formentor ya cuenta con la aceptación de Aleixandre, Dámaso, Gerardo Diego, Rosales, Vivanco, Panero, Ridruejo, Cano, Souvirón, Muñoz Rojas y Bousoño. Unos días después, y de modo simultáneo, ponía en conocimiento de los poetas exiliados del 27 la cita de Formentor. Sabedor de que la realidad va a ser su ausencia, les pide que le remitan un mensaje que leerá él mismo para no olvidar sus voces. La petición a Prados data del 7 de marzo, la que cursa a Cernuda es del 31 de marzo, la de Guillén es del 14 de abril y la de Altolaguirre, del 25 de ese último mes, si bien Cela había esperado que Arias Salgado aceptase la presencia de Jorge Guillén, cosa que finalmente no se produjo. La explicación tiene varios eslabones de los que prescindo al relatarla.
En abril —el 14 de abril— se dirige epistolarmente a Jorge Guillén, quien residía en Florencia, con una serie de cautelas que explican cómo Cela trabajaba en el filo de la navaja de la cultura española del momento:
En Formentor proyecto unas Conversaciones poéticas, sin carácter oficial ni oficioso alguno, como es lógico, que sirvan para reunir a unos amigos, en paz y gracia de los dioses, a charlar, ante el mar de la sabiduría y con una copita en la mano, de lo que se tercie. Su nombre, según el sentido común, fue el primero que se me ocurrió para encabezar la lista, pero parece ser que Pérez leyó sus versos, montó en cólera y lo prohibió. Mi leal consejo de amigo, querido Jorge Guillén, es que, de momento, no arribe usted por estas latitudes o, en todo caso, que lo haga usted de una manera muy discreta. El año que viene, a lo mejor, tengo la satisfacción de poder decirle lo contrario.
Pero su nombre, ya que no su presencia, no puede faltar entre los amigos de Formentor. Envíeme un mensaje, se lo ruego, a los poetas reunidos. Le prometo que seré yo quien lo lea y de él —y de otros que se reciban— quedará la oportuna constancia en la revista.[27]
En el número de marzo de Papeles de Son Armadans, en un texto plagado de referencias literarias (Garcilaso, Fray Luis, Rosalía de Castro, Maragall, Costa i Llobera, etcétera), sostenía que las «Conversaciones de Formentor» pretendían un bien posible: el diálogo y la comunicación inmediata de los poetas españoles sobre el tema eterno de la poesía. El diálogo, que fue el eje y la clave de los congresos de poesía de Segovia y Salamanca, volvía a ser el motivo recurrente del encuentro poético de mayo en Formentor.
No obstante, el diálogo tuvo que salvar el escollo del integrismo censor del ministro Gabriel Arias Salgado, quien prohibió los nombres de Jorge Guillén y Dionisio Ridruejo. Respecto del primero, algo he citado más arriba; mientras que a Ridruejo, Cela le escribía el 31 de marzo:
En las «Conversaciones de Formentor» me han sido prohibidos dos nombres: el de Jorge Guillén y el tuyo. Sugiéreme —tras saber que tu invitación la mantengo— qué es lo que te parece que se deba hacer. Mi puesto: por romántico, por inoperante, y porque había de causar íntimas satisfacciones a múltiples gentes a quienes no quiero, ni debo, satisfacer. Mi punto de vista es que la cosa debe seguir adelante: con tu presencia, si puede ser, o con un mensaje tuyo que yo me encargaría de leer a los poetas. Tú dirás.[28]
Ridruejo tardó en contestar. Lo hizo el 20 de abril (la carta es inédita). De modo rotundo se niega a asistir a las «Conversaciones»:
Estoy muy disgustado de que haya surgido esa dificultad y de convertirme así en 1/2 escollo para la calma de Formentor. Te agradezco de corazón la carta y lo que en ella dices respecto a mantener mi invitación. ¿Pero cómo puede mantenerse ese mantenimiento? Si yo fuese a las Conversaciones desafiando el veto, las consecuencias caerían sobre el Hotel en forma de represalias. Conocemos el paño y no hay que hacerse ilusiones. Por otra parte, está lo de Guillén, con quien me emparejan honrándome mucho. Pienso que «lo que el señor Arias ha unido no pueden desunirlo los hombres». Me siento obligado a la solidaridad y el único modo de expresarla es tomar el [trozo] de veto que me corresponde. Así pues, no voy ni envío mensaje, salvo que tú quieras usar estas líneas como tal.
Sin embargo, entre tanto, Cela había maniobrado, había resistido, había hecho gestiones y había conseguido derogar el veto a Ridruejo. No así el que recaía sobre Guillén, quien, en carta fechada en Florencia el 20 de abril, aceptaba la recomendación de Cela que cité anteriormente. No conozco, con el extremo detalle que merecería, la gestión que llevó a cabo Cela, pero lo cierto es que para finales de abril le cursa una carta (también inédita) a Ridruejo en la que le dice:
No juguemos la maldita y azarosa baraja de lo que nos separa, sino el bienaventurado naipe de lo que pueda unirnos. Me espanta la idea de tener que dirigirme a los amigos con una carta que empiece diciendo: «Las Conversaciones poéticas de Formentor han muerto, aún no nacidas, a manos de dos intransigencias: la del Gobierno y la de Dionisio Ridruejo». Ahórrame este enojoso trance pensando en tres cosas trascendentes: España, la poesía y nuestra amistad. He hecho gestiones y he conseguido lo que era de justicia, sacar a flote tu nombre, aunque haya fracasado en lo que sigue siendo de injusticia: no conseguir lo mismo con el de Jorge Guillén. No llevemos las solidaridades hasta límites que caen más allá de las lógicas, aunque amargas y cicateras, elasticidades, Jorge Guillén, a quién he escrito diciendo paladinamente lo que hay, me escribe anunciándome el envío de su mensaje. ¿Por qué ser, como los españoles del eterno tópico, más papistas que el Papa?
Desiste de tu actitud, desaparecidas, en gran parte, las causas que la motivaron, y vente a Formentor. Dile a tus amigos lo que yo, puesto que son los míos, también les quiero decir: que todo fue una tormenta en un vaso de agua y que el horizonte, por fortuna, ya se despejó.
Escríbeme pronto puesto que el tiempo pasa y, con lo sucedido, todo se me quedó muy en el aire.
Ridruejo recapacitó y asistió, junto con su esposa Gloria de Ros, a las «Conversaciones de Formentor».[29] Finalizado el encuentro y a bordo del avión DC4 que les va a trasladar a Madrid desde Palma, le escribe, en una tarjeta postal, el siguiente lacónico mensaje a Cela: «Enviamos abrazo nostálgico y agradecido al Camilo I de Formentor e Isla Adyacente».
Con Manuel Fraga, las cuestiones de vigilancia y censura alrededor de PSA van a modificarse, a suavizarse. Son innumerables los puntos de discusión, siempre acomodados a las reiteradas confesiones de uno y de otro. Cito una carta de Cela del 12 de enero de 1963: «Si tú y yo encontrásemos quince españoles capaces de trabajar con honradez y buena voluntad, probablemente podríamos darle la vuelta al país. No desconfiemos de poder hacerlo». Y expongo con la máxima brevedad las cuestiones principales que atañen a PSA y a las letras del exilio.
En el libro Memoria breve de una vida pública (1980), Fraga escribe a propósito del día 10 de septiembre de 1962: «Cené con el incomparable Camilo José Cela, con quien traté muy en serio de política cultural».[30] Bien, en esa cena, el escritor le facilitó al político una serie de notas verbales acerca de la futura ley de protección intelectual, que Cela quería que pasase por unas conversaciones previas de los escritores (nunca celebradas) en Formentor en enero del año 1963. Entre la amplia nómina de escritores que debían invitarse, Cela propone, marcándolos con una cruz, a los que llama «escritores emigrados». Son los siguientes: Max Aub, Francisco Ayala, Ramón J. Sender, Rafael Alberti, Jorge Guillén, León Felipe, Ramón Gómez de la Serna y José García Lora.
Otros aspectos de la conversación fueron la autorización de la libre circulación en España de La colmena, que Fraga autorizó de inmediato, y la suspensión de la censura previa de PSA que Cela venía proponiendo. Fraga no se opuso pero derivó la propuesta de Cela a una entrevista con Manuel Fernández Quilez, director general de prensa en ese momento. La censura previa, cuando la hubiese, se realizaría en Madrid. Quizás sea éste el fundamento de los recuerdos que Caballero Bonald narra en La costumbre de vivir:
[Cela] supo sortear las constantes trabas censorias emanadas de la sucursal del Ministerio de Información en Palma, cuyo responsable, un tal Ignacio Atxaga, padecía de inocultables ataques de acojonamiento cada vez que Camilo se personaba en su despacho reclamando la revisión de algún texto prohibido y amenazando con elevar su protesta ante Manuel Fraga. […] Quiero recordar que siempre conseguía la autorización, pues el atemorizado funcionario debía preferir la expulsión del cuerpo o dar con sus huesos en la cárcel, antes que la temeridad de enfrentarse a Fraga.[31]
La segunda cuestión gira alrededor del número de homenaje a Rafael Alberti, que apareció en el verano de 1963, con motivo de su sesenta cumpleaños (con notable trastienda política). Al remitirle Cela un ejemplar de hilo a Buenos Aires, le escribe: «En fin: la cosa pudo ser, después de haber pasado por momentos en los que bien creí que no lo sería jamás. Créame si le digo que la paciencia es el único mérito que tiene el haber sacado su número a la calle».[32]
Explico con laconismo el sistema de la paciencia celiana (el que resiste, gana), que llevó a Alberti —en carta del 24 de septiembre desde Paris— a escribir sobre el número: «Todo me gustó […] la composición, mis dibujos, la cubierta, las fotos y, más que nada, su valentía, su gran gesto amistoso».[33] Empiezo por el final. El lunes 25 de marzo, Fraga y Cela se reúnen en Madrid antes de que el ministro cene con la Junta del Ateneo madrileño, de la que el escritor es miembro. Dos días antes, desde Palma, le había escrito. «Tengo en la maleta los dibujos de Alberti para el número que proyecto. Me gustaría enseñártelos». Fraga se persuadió de que Cela tenía razón. Atrás quedaron las discusiones sobre la oportunidad del número de PSA, del que se había responsabilizado por completo el escritor gallego. La historia es un jardín de senderos que se bifurcan. En uno de ellos, Fraga, tras argumentar contra el comunismo de Alberti y también el de Pablo Neruda —«los insultos que Alberti ha dirigido a instituciones y personas de España superan a los proferidos por Neruda», escribe (19-I-1963): «En todo caso te prometo ver los textos que vas a publicar y que ofreciste enviarme». Cela estaba a punto de ganar, aunque admitiendo que PSA seguía en el recinto de la cultura sin plena libertad.
[1] Juan Bonet, «De las Conversaciones de Formentor», El Día de Baleares (18-IV-1986).
[2] «Ocnos», «La Diana y su flecha», Diario de Mallorca (9-X-1955).
[3] Juan Bonet, «De las Conversaciones de Formentor», El Día de Baleares (18-IV-1986).
[4] «Camilo José Cela», El Día de Baleares (18-IV-1986).
[5] Camilo José Cela, «Palma, cuerpo vivo», Cuatro figuras del 98 y otros retratos y figuras españoles, OC, Barcelona, Destino y Planeta-De Agostini, 1990, t. xv, p. 325.
[6] Camilo José Cela, «Palma, cuerpo vivo», OC, t. xv, p. 329.
[7] Camilo José Cela, «Cuatro figuras del 98», OC, t. xv, p. 24.
[8] Blai Bonet, «Índice de escritores mallorquines», La Jirafa, junio, 1958.
[9] Luis Ripoll, «Notas acerca de PSA», El Día de Baleares (18-IV-1986).
[10] Puede leerse con provecho el artículo de José Neira, «Camilo José Cela, Caballero Bonald y los inicios de Papeles de Son Armadans (1956-1958)», Prosemas. Revista de Estudios Poéticos, 2 (2016), pp. 133-156.
[11] Camilo José Cela Conde, Cela, piel adentro, Barcelona, Destino, 2016, p. 165.
[12] Carlos Barral, Los años sin excusa. Memorias, Barcelona, Península, 2001, p. 435.
[13] Camilo José Cela, «Pequeña fiesta», PSA, L (1960), OC, t. xv, p. 392.
[14] Camilo José Cela, El asno de Buridán, OC, t. 36, pp. 289-290.
[15] Camilo José Cela, Correspondencia con el exilio, Barcelona, Destino, 2009, p. 636.
[16] Ibidem, p. 639.
[17] Camilo José Cela, Al servicio de algo, OC, t. 12, pp. 319-321.
[18] Cito por Guillermo de Torre, Del 98 al Barroco, Madrid, Gredos, 1969, p. 16.
[19] César González Ruano, Nuevo descubrimiento del Mediterráneo, Madrid, Afrodisio Aguado, 1959, p. 111.
[20] Cito este pasaje de la entrevista por mi libro, Camilo José Cela. Perfiles de un escritor, Sevilla, Renacimiento, 2008, p. 82.
[21] Marino Gómez Santos, Camilo José Cela, Barcelona, Cliper, 1958, pp. 47-48.
[22] Ibidem, p. 48.
[23] Ibidem, pp. 48-49
[24] «Quiero demostrar con PSA una sola cosa: que una revista privada puede vivir por su cuenta. Todavía no tengo déficit. Tiro mil quinientos ejemplares y voy por un total de setecientas suscripciones».
[25] Cito por Gabriel Ferret / Fernando González, Cela en Mallorca, Mallorca, Consell Insular de Mallorca, 1989, pp. 48-50.
[26] José Manuel Caballero Bonald, La costumbre de vivir. La novela de la memoria II, Madrid, Alfaguara, 2001, p. 229.
[27] Camilo José Cela, Correspondencia con el exilio, pp. 549-550.
[28] Cito la carta por Jordi Gracia (ed.), El valor de la disidencia. Epistolario inédito de Dionisio Ridruejo, Barcelona, Planeta, 2007, pp. 354-356.
[29] El curioso lector puede leer un relato paralelo (desde la memoria) de Camilo José Cela Conde, Cela, mi padre, Madrid, Temas de hoy, 2002, pp. 98-103.
[30] Manuel Fraga Iribarne, Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta, 1980, p. 47.
[31] José Manuel Caballero Bonald, La costumbre de vivir. La novela de la memoria II, p. 229.
[32] Camilo José Cela, Correspondencia con el exilio, p. 117.
[33] Ibídem, pp. 116-117.
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