POR JULIO CÉSAR GALÁN

Junto a Óscar de la Torre
LOS LÍMITES DE LA FEALDAD

El término «epígono» es uno de los más olvidados de nuestra historia literaria y, seguramente, de las demás historiografías de la literatura. Su mera enunciación acostumbra a suscitar en los aspirantes a poetas una mirada hacia otro lado, miradas olímpicas y habladurías sobre otros escritores en los poetas conocidos, o sordera crónica en los «consagrados». Sus orígenes etimológicos a partir de la palabra ἐπίγονος perfila la figura de aquellos que vienen después de la luz, los nacidos después, en fin, aquellos que llegan con retraso. Desde este punto hasta la consideración de obra marchita, empobrecida o muerta, tenemos un significado ofensivo y denigrante. Su carácter negativo casi lo ha excomulgado de los estudios críticos porque, en muchos casos, los mismos investigadores son escritores, con lo cual escribir sobre este tema y ejemplificarlo a través de autores actuales podría granjearles enemigos, censura y ostracismo. Además nos encontramos, como impedimento para cierta objetividad, con la razón de la distancia temporal, aunque este asunto se toma, en ámbitos analíticos pobres, más como una confirmación que como un inexcusable revisionismo ‒la causa: automatismo y dejadez‒.

La recepción de la expresión «epígono» se encuadra en el uso normalizado de lo rezagado, manido o mediocre, pero sin concretar ni ahondar en su definición y clasificación. Se acepta sin más y, como el infierno, los epígonos son los demás. La belleza ha sido diseccionada hasta la última letra, igual que lo sublime; sin embargo, qué podemos decir de ¿la degeneración, la decadencia, el retroceso, el decaimiento, la debilidad, el menoscabo y la caducidad de lo bello? ¿Nos contentamos con el desconocimiento de este espacio? ¿Es mejor mirar para el otro lado?

En un principio, podemos señalar que la epigonalidad representa la degradación sistemática de un estilo ‒individual, por ejemplo, de un autor clásico, o colectivo, de una vía o grupo literario‒ y que los epígonos se presentan como imitadores, repetidores y envilecedores de una expresión creativa brillante. De un modo general, reflejan el destiempo en cuanto a progreso, aportación o calidad. Tanto epigonalidad como epígono personifican la cortedad, lo irrelevante o el ritual de lo correcto; formas de creación sin personalidad, impropias y desnaturalizadas.

Si las convenciones de la belleza cambian ¿también mudan los perfiles de la fealdad? Importa mucho la causa de lo degradado, sus efectos y, por encima de todo, su normalización. El presente nos distancia de su definición, de su concreción y entonces, surgen algunas preguntas: ¿cuándo podemos confirmar que un autor es epigonal? ¿Es posible dilucidar con criterios objetivos qué hace que una obra poética sea mejor que otra? Y ¿resulta demostrable que una producción literaria entre dentro de la epigonalidad? Hay épocas en que escritores celebradísimos caen en el olvido y al contrario, autores que pasaban desapercibidos se convierten en auténticos referentes y su influencia posterior se traduce en un hecho seminal. Y ese influjo, esa repercusión, esa autenticidad y esa calidad proceden de la transgresión, la originalidad, la renovación, la aportación y el estilo ‒elementos que están habitualmente en las antípodas de los epígonos‒. La riqueza de lecturas, interpretaciones o análisis expresan la polisemia significativa de los trabajos de calidad y los cargan de sentido; pero la pregunta principal para saber quién es quién se expresa del siguiente modo: ¿qué aporta un autor a la Historia de la Literatura? y ¿en qué contribuye su trayectoria creadora?

El epígono se queda en la contemplación de su discurso y subsiste en su autocomplacencia. Tan solo existe un ansia de absorción, un simple desahogo del ego en forma de escritura. El proceso de cristalización del sentido lingüístico no ingresa en el extrañamiento ni tampoco en la alteración del significado, ni en la consumación de un estilo o contribución; lo que ocurre es que entran en una postrada normalidad, la cual alimenta su estandarización y su lexicalización. En efecto, corrompen la tradición, no la renuevan, aunque en las últimas décadas el concepto de tradición se haya confundido con la repetición, los amaneramientos, lo cursi y la monotonía. En estos años, un gran número de poetas ha pensado que el rescate de los modos tradicionales ‒la imitación de los modelos o el compromiso con una estética‒ supone la variabilidad constante de esa tradición, algo que resulta un despropósito cuando las grandes tradiciones se basan en la ruptura, la aportación y el riesgo. Sobre todo en España, país en el que diariamente se confunde estética rupturista con caminos experimentales. Hay que recordar que la transmisión del conocimiento de las obras maestras debe ejercerse, en gran parte, desde la innovación, la primicia y el descubrimiento. La tradición de tradiciones es una tradición de la ruptura.

El epígono no puede entender la belleza de la transgresión, sino que la percibe de un modo infractario; intenta crear los mecanismos y estructuras necesarias para conservarse dentro del poder del campo literario. Las seducciones del ego bajo la palabra estable y cómoda más su enlace con la promoción publicitaria manifiestan un hecho patente por medio de premios, antologías o festivales, cauces que se han vuelto ‒en la mayoría de los casos‒ líquidos, inexpresivos e insustanciales por su desprestigio, corrupción e inanición ‒como otros conceptos, pongamos por caso el de Generación, cuyo uso hasta la extenuación lo ha ahuecado sin remedio‒. La conciencia de su incapacidad se suple con la organización del grupo, con el avance de sus nombres y no de sus obras, con la protección mediante carteles de propaganda. En los textos epigonales no hay significado ni sentido, tan sólo significante. No hay conocimiento, sino comunicación de cifrar-descifrar. Asimismo, se preocupan principalmente por las modas de la época, no saben dónde radica la novedad y cuando la intuyen, se fugan o se enganchan tarde. Estamos en la ceguera de la meditación que especula y la hipersensibilidad para no captar el espíritu de un tiempo literario. El apocamiento. Arte sin espíritu, refundiendo las palabras de H. Broch. No obstante, se trata de la obra de arte pequeña y pasajera, pero de éxito, en muchos casos, durante su época, y que generalmente se extingue con prontitud, aunque a veces puedan alargar sus sombras durante décadas. El epígono se encuentra cómodo en lo conservador y lo establecido. Es su imperativo. Se localiza en las antípodas de lo clásico ‒salvo en una excepción que veremos más adelante‒, de la mezcla de lo sublime y lo bello.

Otra de las cuestiones claves en torno a este asunto reside en ¿cómo se genera esa epigonalidad? Algunos clásicos originan la necesidad de copia, de imitación para poder perpetuarse ‒de manera inconsciente en unas ocasiones, en otras, no‒. La comodidad del pupilaje y la genuflexión de lo dicho contienen la ventaja de lo fácil. Entonces, se produce la conversión de la tradición en reculada, y también el establecimiento de grupos que dan lugar a clanes cuyo estímulo lector refleja la identificación de su gusto, de sus creaciones, con otras creaciones muy similares. La endogamia crea prórrogas, retrasos e ignorancias creativas. Los epígonos buscan continuamente el espejo donde mirarse y quererse ‒del mismo modo, por quienes fomentan ese pupilaje‒. Por eso se esclavizan, se someten, se subordinan, se sujetan, se acomodan en y por la corriente. Ernesto Sábato asegura que en el arte y el pensamiento «las modas son abominables», en literatura cuando pasa el fulgor de la novedad, también resultan detestables.

En realidad, la epigonalidad se produce como esas bandas de tributo a los grandes hitos de la historia musical: se versiona la tradición y, por lo tanto, se pervierte, se empobrece y se anula, ocasionando un excedente silorreico. Y no es que haya un modelo para la mímesis que se transgreda, ya que el centro de atención no se desplaza hacia el poeta emisor, sino al poeta a quien intenta duplicarse. Pero sigamos ahondando: ¿cuál es la razón de estos covers literarios? Decía Ymelda Navajo, editora de la Esfera de los libros, en torno a las modas que «En realidad el mundo de la edición española es demasiado mimético. Cuando un libro tiene éxito, se copia con la esperanza de que interese al menos a la mitad de los que entusiasmó el original». Un autor sobresale, unos se suben al carro ganador, generan la moda, degeneran lo innovador y al mismo tiempo, lo propagan en años o décadas de repetición. En cierto modo, convierten lo atemporal en temporal. La voz personal se vuelve colectiva, pública. En este sentido, no necesitan de una aventura personal porque no poseen unos principios estéticos. Necesitan un líder que les marque el camino y asumir con beneplácito bobo o cool la secularización y la pedagogía. A la sazón, el poema y la poesía se convierten en el archilugar, punto común de clichés y estereotipos.

El espacio escrito desde la epigonalidad parafrasea con su cortedad lo innombrable y expresa el testimonio que justifica la carencia. Es la falta de la raíz, de signo de distinción, de aportación y de maestría. Como mucho estamos ante el buen hacedor de verso, ante el conformismo de la voz media. Y el oído suele acostumbrarse a lo conocido y llega el momento en que hablar de epigonalidad resulta impertinente y humillador; me refiero al tiempo de dar nombres y demostraciones. Los ecos parecen decirnos que no hay que romper la tradición, como si la tradición fuera un mero continuismo de variantes; que no hay alzar demasiado la voz. La sugerencia por parte de las resonancias se centra en olvidarse de la originalidad, la innovación y lo sublime ya que son fuegos artificiales, flores de un día, algo que no existe sin nuestra aprobación
‒la suya, la que nunca llegará, la que está cómoda en el lugar trillado‒. Tópico y típico, pero efectista, seductor y variado, pues los epígonos se dan en cantidad, en son y en tácticas, por lo tanto, ordenemos la fealdad, el destiempo y la mala ortodoxia.