Por otro lado, otra clase de degradación suele venir aparejada ‒en cuanto a su importancia y concienciación‒ por la omnipresencia en el medio literario. El campo de poder es su fuerte, conservan un afanoso sentido grupal y, por ello, tienen inclinación a apandillarse en antologías, recitales, festivales, revistas, etc. Su fuerte percepción de la literatura como un terreno social se manifiesta, asimismo y como ejemplo, en la concesión de un premio a poetas de una determinada corriente, con obras que participan del adocenamiento y lo impersonal ‒creen o esperan que el contexto haga el texto‒.

Registramos este rango como Contextual. Conocen todos los mecanismos de ese campo, con sus hábitos y códigos ‒«de honor»‒, qué reglas de funcionamiento e integración tienen que aceptarse y cuándo: florilegios adulterados, galardones amañados, crítica decomisada… Para que ese ámbito se legitime necesitan, como es conocido, de otro espacio que lo habilite: el crítico. Así nos podemos encontrar con el poeta-crítico que servilmente se presta para una causa ‒también con el afán de conseguir alguna prebenda‒, ya sea la propagación de un movimiento o de un autor/es. Muchos de los epígonos anteriores participan de esta clase; de hecho, en muchos casos, pobreza estética implica pobreza ética. Los últimos treinta años de la poesía española resultan ejemplares en estas malas artes.

 

EL CÍRCULO NARCISISTA: ¿CRÍTICA EPIGONAL ES IGUAL A LECTOR EPIGONAL?

La epigonalidad poética no solo va en una dirección, puesto que los diversos espacios literarios, ya sea el creativo, el crítico o el lector, se retroalimentan. No son compartimentos estanco. El deterioro estético no se queda en un único receptáculo, este menoscabo es concomitante a la bajeza e insuficiencia lectora e igualmente a la crítica. Existe una lectura epigonal, unos lectores que han bajado ‒si alguna vez estuvieron‒ de la realización analítica del mensaje cifrado por la palabra y su relación con el pensamiento, a la visión de la lectura y escritura a modo de simple comunicación codificada que apenas se sale de la norma, que apenas extraña, que apenas se desvía de lo habitual. La lectura como equilibrio necesario que arrastra a fases de conocimiento superior y como avance en el ahondamiento de la identidad personal no se produce en el lector epigonal. Este nivel de lector poético siempre hace una lectura light, desmenuzada, complaciente, extremadamente normalizada por la inercia crítica, académica, periodística y comercial ‒fácil de digerir‒. No existe una diferenciación entre lo mediocre, lo bello y lo sublime, y sí se produce una actualización del texto, pero no se completa.

Se trata de un adaptacionismo que hay que entenderlo como simple concordancia gusto-texto ‒una expansión más del yo literario, pues en numerosos casos, sobre todo en poesía, el lector suele ser el emisor‒, un apego por la uniformidad, una rebaja del esfuerzo interpretativo, ya que la depreciación estética del texto epigonal trae consigo un apocamiento de contenidos y una lasitud del acto lector en cuanto a reconstrucción y creación. El texto epigonal se manifiesta a modo de espacio ya cerrado, muerto, aunque esto no quiere decir que no se pueda hacer una labor crítica sobre el mismo; la mayoría de estas exégesis no se convierten en hecho analítico, pues se quedan en simple comentario o en repetitiva y atemperada descripción de contenidos.

Estamos en las antípodas del lector modelo porque el epigonal busca la familiaridad de un discurso reiterado, ajustado a su paladar estándar, tradicional y reducido o, como mucho, con escasos cambios por parte de la consiguiente epigonalidad de turno. Se renuncia a postular un lector modelo dentro del texto de goce barthiano y también en un lector interprete, pues sus capacidades se han visto hipertrofiadas. Se trata más de un leedor. Entran en el uso descifrador de esos textos creados en una dinámica de hiperproducción, desde el estímulo de su personalización gustosa y con un automatismo lleno de costumbres. Mecánica e inerte descodificación.

El lector epigonal se queda en simple destinatario, en una actualización aparentemente completa y su lectura, en expresión vacía. En el lado opuesto, está el lectocreador, a quien podríamos definir como la suma del lector modelo ‒con todos sus ideales‒ más un lector pragmático, es decir, que conozca las triquiñuelas contextuales ‒el funcionamiento real de premios, recopilaciones, editoriales, revistas…‒, pues en numerosas ocasiones el contexto hace el texto y además lo inserta en el rodaje receptivo-literario: crítica académica y periodística, reseñismo o libros de texto educativos, provocando una mala lectura, una crítica distorsionada y una recepción, en ese periplo, llena de fraudes. En el lectocreador la competencia del destinatario coincide, en gran medida, con la del emisor.

 

Ahora damos un viraje, nos hallamos ya en el plano crítico y para ello vamos a radiografiar al crítico epigonal. Desde este punto podemos señalar, en primer lugar, que la repetición ilimitada de las creaciones poéticas crea un campo analítico apenas sin matices, alejado de la exclusividad, integrado en la praxis condescendiente y mansa, y encauzado en la falta de rigor, salvo raras excepciones. Como apuntaba en 2007 Fernando R. de la Flor ‒algo que puede aplicarse a estos momentos y además desde hace varias décadas‒: «Asistimos claramente a las bodas jubilosas del Fraude con la Filología, después de una larga época de relaciones incestuosas. Esto revela al cabo la maniobrabilidad del campo en su tolerancia generalizada […]». Es cierto que la información no se distingue de la desinformación y en esa mezcla se ha trabado el enredo de lo crítico con lo acrítico.

Se pregunta uno qué hay que hacer para llevar a buen fin una adecuada labor crítica y con el tiempo se responde, en un principio, que hay que leer a los grandes críticos: T.S. Eliot, Paul de Man, George Steiner, Dámaso Alonso, Octavio Paz, Samuel Johnson, Harold Bloom, etc.; conocer diferentes Historias de la Crítica y la Literatura; manejar con habilidad diferentes maneras de realizar distintos comentarios, interpretaciones y análisis; preguntarse y responderse qué entiende uno por crítica literaria: ¿describir? ¿interpretar? ¿juzgar? Preguntas básicas que esconden otras preguntas, apenas desarrolladas por el crítico epigonal, quien suele quedarse de manera somera en alguna acción; quien describe sin aportar pruebas y por lo tanto, su argumentación resulta nula debido a múltiples huecos interpretativos para el destinatario. Esta crítica interpreta desde lo tendencioso ‒sobre todo cuando es poeta, algo que ocurre casi siempre‒ o lo gustoso, es decir, desde su pertenencia o adecuación; tanto una como otra son hijas del hábito. Los autores epigonales crean un hábito creativo corrompido, esta práctica pasa, a través de sus manos, a la circulación receptiva y llega al lector, en quien se produce un proceso de adaptacionismo. No se distingue el valor, la aportación o la singularidad ‒si hay algún intento se hace sin ningún razonamiento‒, ya que se entra en el compadreo, el amiguismo o la palmadita ‒la corrupción estética suele conllevar la ética‒. Una estrecha relación entre los actos críticos y las distintas jerarquías literarias que José Ángel Valente ejemplificaba para la novela en 1988, pero que perfectamente se podría aplicar a la poesía de los últimos treinta años:

«La mayoría de los libros que hoy nutren el género tan masiva como efímeramente circulante de la novela suele no resistir a la lectura o suele operar con respecto a ésta como un factor secante. Acaso corresponda a ese fenómeno un debilitamiento de su lectura crítica. O simplemente, diríamos, de su lectura. Si deja de responder, imprevisiblemente, a determinados preconceptos con que el crítico lo aborda a efectos prácticos, el texto narrativo –por limitarnos ahora solamente a éste– parece escapar a la simple operación lectora. No es infrecuente que el crítico dé, en efecto, la impresión de no haber leído».

 

Ese adaptacionismo y esa adecuación se producen por medio de una serie de tópicos interpretativos, además se resuelven en el acuerdo por lo mediocre, la conformidad por la subsistencia y la supervivencia de un discurso interpretativo homogeneizado. Infinidad de ejemplos encontramos en estas últimas décadas, sin duda, una de las más epigonales de nuestra historia literaria, así podemos exponer diversas secuencias: la difícil sencillez ‒confundida con la sencilla simpleza‒, menos es más ‒en el 99,9 % menos es menos‒, los himnos a la cotidianeidad ‒o como el tiempo va discurriendo en una cursilería muy real‒, la honda claridad ‒se queda en clara insipidez‒, una poética abstracta, dureza conceptual, libro difícil, experimentalismo ‒en España se refieren a cualquier texto que se salga de la linde‒, estilo generacional, adquirida tradición, versos de gran hondura reflexiva ‒estas últimas se quedan en escuetas vaguedades‒… Y todo esto se convierte en adormideras. Y qué decir de las malas lecturas, tanto de uno como de otro, ya que ambos entran en un círculo narcisista caracterizado por la enajenación, la autoconservación y la concentración. El primer rasgo procede de un doble movimiento: la falta de autocrítica más el reseñismo y el comentario tendenciosa de los críticos afines. Se procura al poema un trato embelesado, hipnotizado y finalmente, abstraído, hasta el punto de alcanzar así la complacencia plena. Irremediablemente absortos en sí mismos, en el texto nutricio, se produce una pulsión de autoconservación. El creador epigonal no compone un texto, sino que lo recrea, mientras que su admirado lector cumple y calma su horizonte de expectativas en la textualidad degradada. No se atraviesa ninguna progresión en la estructura cognitiva, es una afirmación ensimismada de su gusto.