En efecto, ese extasiado juego de espejos no le recuerda al lector la incompletez en la que se encuentra, sino que promueve, estimula y origina la identificación con la imagen especular. A partir de esa identificación se construye una simbiosis poeta-crítico-lector, un mismo sujeto por el que circulan creaciones, críticas y lecturas con retóricas, métrica, riqueza lingüística y demás recursos estilísticos clonados, sordos e inexistentes. Se entra en el asombro de lo habitual, en la defensa tontorrona de nada se puede crear ex nihilo, en el alejamiento o negación de la originalidad, en la tradición de toda obra tiene un antecedente ‒cierto, pero unas más que otras‒. Pura enajenación que conlleva a la querencia de un grupo, de un redil. Identidad socioliteraria e identidad poética en plena conexión y unión. En este círculo narcisista el contexto engendra el texto «como formando parte de un mismo código, semejante hábito, idénticas pautas comunicativas, hechos que reducen esa imprescindible distancia estética al mínimo. Saturada y sin apenas dialéctica (por más que nos la invoquen los periódicos), retrocediendo estéticamente, la poesía de los quince últimos años representa, en conjunto, no una dinámica, sino un atasco. ¿Acabaremos por evitarla?». Esto escribía César Nicolás en 1998 acerca tanto del Purismo como de la Experiencia, de las tendencias neos ‒que en sí, como hemos dicho, son una redundancia‒; algo que podemos destinar al eclecticismo de la última década, el cual ha derivado en el cajón de sastre, en el todo vale.
Dentro de este círculo narcisista las identificaciones le brindan a este gran sujeto poético ‒creador-crítico-lector‒ su correspondiente normalización en el registro conocido: la imagen del propio espejo que cuando se toca se desvanece y pide más adhesión. Aquí tenemos la consistencia de parentescos, de afinidades, de agrupaciones y a partir de este tiempo vienen sus maneras: el cerco de las antologías programáticas para su consiguiente repetición de nombres, cuyos filtros críticos desaparecen al instante o ni si quiera asoman; el corralito de las recompensas que después promocionan al galardonado; las diferentes reuniones para el medro personal, que por añadidura es el colectivo… Y así tenemos estas y otras estrategias pragmáticas que sirven principalmente para promover, para expandir la sorda onda sonora.
RECOGIENDO UNA PIZCA DE LO ESCRITO
Todos los grandes movimientos literarios, todos los grandes clásicos, todas las grandes tradiciones poéticas han generado autores que deambulan por una escritura anclada en el destiempo estético, por la medianía descafeinada y por la falta de tensión de las fuerzas singulares. Decía Octavio Paz que «en las actitudes todos nuestros poetas, desde el romanticismo, hay un diálogo encarnizado, a veces combate y otras abrazo, entre dos palabras, una de origen religioso y otra astronómico: revelación y revolución»; quizás entre estos dos últimos polos se encuentre la ruptura definitiva con la maquillada imitación ab infinitum, con las continuaciones de lo mismo, con los juicios rutinarios desde la flojedad y el olvido de la renovación lingüística. Quizás, se deba a empezar a escribir más sobre los malos libros porque los buenos al final sobresalen. Quizás, hemos bajado demasiado el listón y haya que plantearse ‒repetimos‒ preguntas como: ¿en qué contribuye este libro de poemas a la Historia de la Literatura? ¿Qué diferencia, en cuanto a calidad, a este poemario de los demás? Y sobre todo: ¿Cómo resolver de la forma más objetiva posible las dos preguntas anteriores? Los estafadores literarios tienen miedo a las diferentes respuestas ‒¿las encontraremos?‒, prefieren que todo siga igual, o casi. El relativismo ha sido un gran río revuelto. Ya es hora de aclararlo.