El libro que me parece une sus dos tendencias, la del arte y la de la historia en un momento muy determinado es Madrid y el arte nuevo: vanguardia y arquitectura 1925-1936, donde nos topamos con varios temas que había tratado con anterioridad en Capital aborrecida y que desarrollará en obras posteriores, ya de índole histórica, como Los años de Madridgrado… ¿Qué papel juega la arquitectura en todo esto? Parecería que para usted posee el de ser un documento de primera, público, a la vista de todos y que pervive hasta que la piqueta se lleve la cosa…
Eso mismo decía en el libro: la cualidad de la arquitectura de ser una exposición de arte urbano permanente y a la vista de todos. Una exposición, diríamos, de visita obligatoria al estar a la vista. La arquitectura es la manera que tiene la ciudad de expresar su relación con la realidad, con la actualidad artística y social, es decir, con la sociedad y la cultura de diferentes momentos, cuyos restos se van acumulando. Las ciudades europeas tienen esa cualidad de mostrar la historia de las urbes por medio de la arquitectura, de la acumulación de edificios, a veces unos junto a otros, de estilos diferentes. Todo eso junto con el interés por el arte y el periodo de entreguerras es lo que explica el interés por la arquitectura racionalista en Madrid, aunque relacionada con la pintura y la literatura y el contexto.
Detengámonos ahora en un tema para usted muy querido, el de la obra de Patrick Modiano. ¿Cómo se topó con ella? Díganos de su fascinación por esta obra, en especial por la Trilogía de la Ocupación, y hasta qué punto sus investigaciones histórico-culturales parecen manar de esa fuente.
La Ocupación, lo sucedido en Francia y la actitud de los franceses ante el ocupante, ha sido un tema que me ha interesado desde hace tiempo. Una inclinación nada original pues, como dice Henry Rousso, es «el pasado que no pasa» y que sigue atrayendo la atención en todos los lugares. Mi primer contacto con la obra de Patrick Modiano fue en 1975, de la mano de Louis Malle y su película Lacombe Lucien, de la que era el autor del guión, estrenada en Madrid en vida de Franco y que recuerdo haber visto con asombro, pues era una visión de la Francia ocupada diferente de la que estaba al uso. En su película, Modiano y Malle implicaban a los franceses y a Vichy en las actividades de los alemanes de manera que ponían en tela de juicio la versión resistencialista acuñada por De Gaulle en el mítico discurso del 26 de agosto de 1945, comúnmente aceptada, según la cual la colaboración apenas había existido más allá de la implicación de unos pocos. De acuerdo con esta versión, la mayoría de los franceses habían sido resistentes, una interpretación que probablemente evitó si no una guerra civil, sí al menos ahondar la división de Francia, pero que los hechos desmentían. Curiosamente, este estreno coincidió con la publicación de la novedosa obra de Robert O. Paxton, La Francia de Vichy, un trabajo que, junto a Lacombe Lucien, se considera que está en el origen de la renovación y revisión de lo sucedido en Francia entre 1940 y 1944.
En fin, en la obra de Modiano hay muchas cosas, como la forma de acercarse al pasado histórico, o a su propio pasado, que es muy eficaz y novedosa, tanto que en ocasiones cuesta incluir sus obras en un género. Todo, además, expresado con una economía de estilo que es muy apropiada para los asuntos de los que trata. Hay, eso sí, la melancolía que impone toda reconstrucción del propio pasado vista a través de algo de neblina. En las páginas modianescas hay también un aliento lírico —distinto de la prosa poética—, que lo envuelve todo de manera elegante, especialmente al referirse a los sentimientos, que aparecen tratados con una contención que es menor de lo que parece.
¿Cómo no van a ser interesantes ciudades como París, que, tras ser el centro cultural del mundo en las primeras décadas del siglo, acaba ocupada por los alemanes?
Pero antes de ocuparse del París modianesco, hay un tema recurrente en su obra, el de los españoles en el París ocupado. Tiene usted un libro fascinante en su haber que cruza vidas en esa ciudad y en aquellos años: César González Ruano, Pedro Urraca, Albert Modiano, padre de Patrick Modiano y André Gabison, un personaje colabó que traficó con bienes judíos… ¿Podría decirse que aquí se encuentra el germen que luego despliega en libros posteriores sobre París y el Madrid sitiado?
Yo diría que sí. Desde luego, en el caso de los libros en los que París es el escenario, es una aproximación sumamente interesante, que combina la ficción y la memoria, algo que siempre me interesa mucho, en relación con una ciudad que me resulta muy cercana y que entonces lo era aún más. Además es una época que siempre me ha interesado y unos personajes reales que son muy literarios y que tienen mucho de Modiano. Los tipos singulares reunidos en un París extraño, confuso y contradictorio, eran una forma de acercarse tanto a la Francia de esos años como a cualquier otro lugar en el que se diera esa situación extrema, como la España de la Guerra Civil. Una idea que inspira en parte La extraña retaguardia, aunque siempre siendo consciente de las diferencias existentes entre una ocupación y una ciudad sitiada.
El interés por Madrid viene de antiguo. Es un poco la idea de rompeolas de las Españas, de ciudad escaparate de lo que sucede en España; es una sociedad, como la francesa, en la que las capitales concentran muchos de los acontecimientos que tienen lugar, y no solo políticos, claro.
Madrid, como Barcelona, es el escenario durante la Guerra Civil en el que se mueven personajes y se producen situaciones que luego se aparecerán, corregidas y aumentadas, en el París de la Segunda Guerra Mundial. Es el mismo miedo, las mismas necesidades y anhelos, las mismas reacciones entre quienes están sometidos a situaciones que se parecen más de lo que puede parecer en un primer momento.
En lo que se refiere a las coincidencias que pueden existir entre el Madrid de la Guerra Civil y el París de la Ocupación, que sugería en La extraña retaguardia, aunque no son comparables, ambas son grandes ciudades que atravesaron una situación extrema que suponía violencia y represión, en un espacio de tiempo muy cercano. Y en ambas se alteraron con diferente intensidad las condiciones de vida y la normalidad cotidiana. Todo ello dio lugar a la aparición de nuevas necesidades, de perseguidos y perseguidores, de tipos que se aprestan a aprovecharse de unos y de otros más allá de la ideología, de deseos ocultos que encuentran la ocasión de satisfacerse, como la venganza o la ambición.
De nuevo podemos volver a Modiano pues proporciona lo que podríamos llamar una pauta metodológica, una forma a de aproximarse al pasado que puede servir de punto de partida para ir más allá de la narrativa y de la historia. Es lo que intente hacer en Noche y niebla en el París ocupado, un libro cuyo origen está en Accident nocturne, una obra de Patrick Modiano, donde aparece un nombre y una dirección que me resultaba muy próxima: «André Gabison. Jorge Juan, 17, Madrid». Luego, una serie de casualidades, esas que te dicen que el libro es posible y que luego se convierten en una trama que acaba sustentándolo tras un trabajo de archivo, que traen nombres como Pedro Urraca o César González-Ruano, cuya vida dan para una novela.
Vanguardia, decadencia, ocupación alemana en París, el Madrid sitiado… El ejemplo modianesco, claro, pero también esa caterva de personajes que usted retrata en un libro para mí esencial, La extraña retaguardia. Personajes de una ciudad oscura. Madrid 1936-1943, libro que resuelve muchos aspectos que se encontraban, en germen, en otros autores fascinados por la traición, como Francisco Umbral y José Manuel de Prada. Usted realiza aquí una especie de arqueología inquietante de una ciudad sitiada hasta el punto de que es un libro que se lee como una novela por la carga dramática que posee y ello hasta el punto de que hay algunos que le han reprochado esa inmersión en la vida. ¿Podría darnos su opinión sobre esas reticencias académicas que otorgan sólo valor al dato, cuando este adquiere sólo el valor de una cifra y no de una huella de vida?
Curiosamente, el historiador, el profesional sea o no docente, que tiene lecturas y método y no solo afición, normalmente distingue las hipótesis y las sugerencias de la ficción pues sabe que suelen ser una licencia literaria que no altera el discurso que necesariamente tiene que tener rigor y adecuarse a las reglas de la disciplina. Digo esto porque suele ser desde fuera de la Universidad, desde el amateurismo del bloguero y la indignación impostada del que no ha leído los versos de Rimbaud, desde donde se suelen alzar algunas voces. Dicho esto, he de decir que el documento es esencial, que atenerse al mismo, contrastarlo y ser fiel a lo que supone, es un acto de honradez intelectual y de método científico, que no tiene por qué estar reñido con eso que usted acertadamente llama «huella de vida», ni con el relato que aproxima a la narrativa. Un rastro que conduce a la literatura que tan bien siguieron los clásicos desde Jenofonte o Tucídides a Salustio, Tácito o Suetonio. No hay ni debe haber ninguna tensión entre hacer historia de manera rigurosa e intentar hacer literatura, no sólo hilar un discurso. Martin Amis y su libro dedicado a Stalin, Pío Baroja y sus libros sobre Aviraneta, el de Pla dedicado a la República, por citar sólo algunos de asuntos diferentes, demuestran como esa posibilidad existe.…
Hoy día los géneros literarios son muy plurales y elásticos, algo que les ha enriquecido y beneficiado más que perjudicado. La pureza del ensayo y de la novela puede alterarse y que la esencia de uno y otro, el rigor y la ficción se mantengan aunque en uno y otro caso estén en el límite pero sin traspasarlo. Lo que no excusa tomar elementos de cada uno de ellos. El secreto es no engañar al lector haciendo pasar por investigación lo que no es, ni por ensayo lo que es una mera acumulación de datos y lugares comunes al alcance de cualquiera, ni, claro, lo que no es novela por narración sin personaje ni trama.
Volviendo al comienzo, diría que quizás La extraña retaguardia es, como la ha definido Juan Bonilla, una instalación literaria, un género híbrido, en el que se ha pretendido algo tan clásico y tan literario como contar una historia, en este caso varias, que además son reales y algunas con relevancia histórica, en la que he intentado ver lo interrelacionadas que estaban las vidas en el Madrid de la guerra. Ahora que los géneros literarios conviven en una sola obra, algo que ya sucedía con Cervantes o Tirso de Molina, y hay escritores de enorme importancia que se diría que no tienen género, parece oportuno intentar combinar narración e historia, sin alterar las bases de esta disciplina. Dicho esto, diré también que me interesan mucho los trabajos de Ignacio Martínez de Pisón, autor de Enterrar a los muertos, sin duda un modelo de trabajo que combina la calidad ensayística, histórica y literaria, el Patrick Modiano que escribe Dora Bruder, el Antonio Muñoz Molina de Sefarad o el Jon Juaristi de Los árboles portátiles. Como también por citar algunos, desde otro punto a José-Carlos Mainer, Santos Julia o Jorge Martínez Reverte, a su manera un Beevor a la española, o —¿por qué no?— las novelas de Juan Bonilla dedicadas a personajes de la vanguardia artística como Mayakovski o la mexicana Nahui Olin, es decir, Carmen Mondragón. Hay que saber algo más que cosas y también hay que intentar desplegar cierta vocación literaria. Hay que tener oficio literario y de investigador y hay que lanzar hipótesis, aunque a veces estén equivocadas, sugerir cuestiones, aportar nuevas perspectivas, y sobre todo saber contextualizarlas. En fin, utilizar documentos por muy inéditos que sean, no está al alcance de todos, incluidos los que saben cosas, ni garantiza un trabajo riguroso. Es eso lo que he intentado hacer en La extraña retaguardia, un libro muy diferente de Capital aborrecida, otro trabajo en el que Madrid y en parte la Guerra Civil también son los protagonistas.
Cambiemos de escenario. Arte de vanguardia, decadencia, ocupación, crisis, traición, parecería que su paso siguiente tendría que ser el de ocuparse de algunos paisajes, como el de ciertas ciudades europeas con vistas al otro lado del estrecho, territorios fronterizos, como Tánger, Estambul… Como Atlas personal, que reúne diversos escritos sobre ciudades europeas especialmente, con incursiones en el paisaje español a través de autores como Gabriel Miró; la mirada puesta en las Hurdes por varios personajes, entre ellos usted, y desde luego el Madrid ramoniano… ¿Qué valor otorga al paisaje en ese especial mundo que usted se ha construido al modo de un escritor?
Decía el hoy poco recordado Juan García Hortelano, al que usted trató, que el campo es eso que hay entre ciudad y ciudad. Una boutade ingeniosa que le sirve para expresar más que su distancia de la naturaleza, su interés por las ciudades, por la ciudad moderna, el elemento quizás determinante en la vida del hombre en los dos últimos siglos. Como imaginará, comparto la inclinación urbana del escritor madrileño, de ahí que la idea de viaje y de paisaje este determinado por las ciudades. Casi todos los escritos dedicados a los viajes —que nunca tienen entornos exóticos ni lejanos, casi diría que la contrario— están centrados en ciudades apareciendo la naturaleza como etapas entre ambas aunque sin desaparecer. Algo que sucede por ejemplo en el Danubio de Claudio Magris. Sólo he dedicado algún texto a la Marina Alta alicantina, quizás también por afición a Gabriel Miró, Azorín y, a pesar de no escribir de la región, a Josep Pla, aunque no he dejado de referirme a algunos lugares y paisajes, a las pequeñas ciudades, el paisaje no urbano que más me ha atraído y al que le he dedicado algunas páginas en Atlas personal, un libro por cierto al que le tengo especial aprecio, pues reúne textos escritos entre 1974 y 2017, que ya son años. En fin, son las ciudades, el paisaje urbano, el que me interesa pues permite una aproximación muy plural, como muestran las obras de Pla, de Paul Morand, de Azorín, de Eugenio Montes, de Ortega y Gasset… Una manera de mirar y de viajar también como la de Claudio Magris, que siempre me ha atraído mucho. Además, hay ciudades y ciudades. Las hay que son ellas mismas un continente, un compendio de lo que ha sucedido y sucede, y confirman eso que decía Julián Marías de que la ciudad es donde un país se interpreta a sí mismo.
Su libro, permita que se lo diga, Un cierto Tánger, es revelador de muchas de sus obsesiones y me parece un estudio magnífico como ejemplo de una ciudad fronteriza desde casi su fundación. También me parece que es revelador por ciertas desmitificaciones que usted lleva a cabo, como la importancia excesiva que los beats dieron a esa ciudad en los años que la frecuentaron, y en cambio otorga más validez a sus años en que era zona Internacional y, por supuesto, el Tánger reflejado en La vida perra de Juanita Narboni, o la significación de transgresión en los libros escritos allí por Juan Goytisolo… También por el uso que hace de fotografías hechas por usted para ilustrar sus tesis sobre tal paisaje. ¿Es Tánger su último ejemplo de ciudad fronteriza, como el París ocupado y el Madrid sitiado, o tiene alguna más en mente para ocuparse más tarde de ella?
Las ciudades, hasta la más pequeña, suelen tener algo literario debido a la acumulación de vida, sobre todo en el siglo xx, en el que hay algunas que incluso tienen un exceso y una concentración de personajes y de acontecimientos, a veces de manera muy fugaz como Lisboa, que las hace especialmente interesantes. Como ha recordado antes, hace poco animé a un grupo de artistas amigos a pintar el mundo de esas ciudades fronterizas que tanto protagonismo tuvieron en el siglo xx: Tánger, Lisboa, Marsella, Argel, Nápoles, Estambul Beirut, Tel Aviv, Alejandría, Shanghái, todas ellas como diría Josep Pla, ciudades del mar… Aparte de la calidad de las obras expuestas, el resultado de lo que habían sugerido permitía ver la riqueza literaria e histórica, en suma, cultural, de todas ellas en esos años. Aunque Tánger es una ciudad muy especial, todas ellas, y otras muchas no incluidas, son lugares de sugerencias inacabables en cualquier momento del pasado por lo que siempre es posible que protagonicen o sirvan de escenario para cualquier trabajo. En el caso de Un cierto Tánger, se trata de un libro dedicado a una ciudad, no tanto un libro de viajes, aunque naturalmente tiene mucho de literatura viajera. Es una visión personal de un Tánger que en realidad sólo existe para mí y que es el que me interesa. Un recorrido por la ciudad, por su pasado y por su presente, del que he escogido unos aspectos que me parecen reveladores de lo que fue la ciudad. Son lugares, edificios, objetos, escritores, artistas y libros, que muestran el tono claroscuro que caracteriza a la ciudad que fue. Pero sobre todo, en el libro hay referencias inevitables a la literatura, la historia, la pintura y la fotografía o la arquitectura. Una combinación que, diría, está en casi todos mis libros.
Permítame una pregunta tópica pero que creo pueda interesar al lector. ¿Qué libro está preparando ahora? ¿Abandonó ya para siempre esa especial conformación de Hergé, el París modianesco, los gánsteres del Madrid sitiado? De ser así, ¿hacia dónde dirige su mirada?
En mi caso, casi siempre hay varios trabajos abiertos, algunos a veces más que proyectos, pues están más allá de la fase de documentación, o casi, a la espera del empuje final que lleve a la redacción. Pero, sí, una vez rematados unos textos viajeros, otra de mis inclinaciones, como decía usted, hay una vuelta a la Ocupación y al mundo de la ciudad de la literatura y el arte en la línea de Capital aborrecida. Todo ello si no se tercia alguna otra de mis obsesiones acumuladas.