POR RAFAELA LAHORE
Calle Magallanes, Barrio Cordón, Montevideo. Fotografía de Milagros Lagarejo.

Levanto la vista hacia el edificio casi terminado. Miro las ventanas de aluminio, el portón burdo del estacionamiento, los nueve pisos recortando tanto cielo. Desde hace años, cada vez que viajo a Montevideo, camino hacia allí para ver cómo avanza la obra. Antes de eso, iba para ver si ya habían demolido la casa que había en su lugar. Mi antigua casa. 

Tres hombres trabajan en los últimos detalles, bordeados por una cinta que repite la palabra PARE. El edificio, y el que está enfrente y el otro de más allá, parecen criaturas de otro paisaje. A esta altura, la calle Magallanes se vuelve angosta y las casas antiguas, con sus fachadas centenarias que dan hacia la vereda, son asediadas, ensombrecidas, disminuidas por las nuevas construcciones. Miro, y es raro que mire tanto, ser una mujer parada en la mitad de la vereda con los ojos perdidos hacia un edificio vacío.

En esa calle, ubicada en el barrio céntrico del Cordón, viví muchos años antes de irme de Montevideo. Mil veces caminé por ella, mil veces vi estas casonas construidas a principios del siglo XX por hombres maravillados por el estilo art decó, por sus elementos abstractos y geométricos, por sus líneas rectas. Mil veces vi sus puertas y persianas de madera, sus balcones de hierro forjado, las formas curvas y floreadas del art nouveau, los elementos del zodíaco, el mármol, la puerta entreabierta hacia un zaguán.

De a poco, muchas de esas casas han ido desapareciendo. En su lugar hay nuevos edificios de apartamentos. Lo mismo sucede en toda la ciudad, sobre todo de barrios como el Centro, Ciudad Vieja o Pocitos. Montevideo se parece cada vez menos a sí misma, se aleja cada vez más de mis recuerdos.

Aprovecho que voy a quedarme unos días en la ciudad para contactar al artista visual Alfredo Ghierra. Él, que además estudió arquitectura, ha pasado toda su vida retratando ciudades reales e imaginarias: ciudades que visitó –como Sofía o Río de Janeiro–, ciudades-laberinto, ciudades invisibles de Italo Calvino y otras que parecen salidas del mundo privado de los sueños. En blanco y negro, con grafo y tinta, dibujó sus transatlánticos, sus atalayas, sus faros, sus dirigibles. Entre todas estas ciudades, la que más lo ha obsesionado es Montevideo. La ha pensado, deformado y embellecido a través de su arte.

En los tiempos muertos de los rodajes, cuando trabajaba como director de arte, hablaba todo el tiempo de ella, a tal punto que un amigo suyo le decía que tenía que postularse a intendente. Tomando esa idea, en 2010 inventó Ghierra Intendente, un candidato ficticio a la intendencia de Montevideo. Como parte de su campaña, en cada elección presenta exposiciones junto a artistas, arquitectos y directores de arte con distintas miradas sobre Montevideo.

En los últimos años se reunió con políticos, arquitectos, urbanistas, constructores y obreros para intentar responder una pregunta: ¿por qué cuesta tanto proteger el patrimonio arquitectónico de nuestra ciudad? Ese proceso se transformó en el documental Montevideo inolvidable, estrenado en 2025.

Le escribo un mensaje y lo invito a conversar, y luego a hacer una caminata por el barrio Cordón, mi antiguo barrio, uno de los que ha sufrido más demoliciones. Nos encontramos unos días después en un café cercano a la que fue mi casa. Es una tarde ventosa de primavera y las pelusas de los plátanos orientales vuelan entre nosotros a toda velocidad. Apenas nos sentamos, señala hacia enfrente del café, a un edificio alto, recién estrenado. Desde algún lugar nos llega el ruido de una obra, la banda sonora del centro de Montevideo.

–No sabés qué linda casa que había ahí, no sabés qué linda –dice–. Pasé varias veces para filmar la demolición, pero no lo logré. Cuando volví, ya no quedaba nada. Un amigo me mandó un video del momento y es muy impresionante toda la fuerza que tienen que hacer para demolerlas, de lo bien hechas que están.

En el pasado, me cuenta, una casa de 1890 convivía con naturalidad al lado de una de 1930. Tenían alturas parecidas, mismo tamaño, misma alineación sobre la vereda. Hoy, en cambio, se construye un edificio de diez pisos en una callecita estrecha y pintoresca de casonas antiguas. Ese desprecio por la ciudad, dice, comenzó en la década del setenta, desde la dictadura. Allí se cortó el hilo que nos conectaba al pasado. Es como si hubiéramos olvidado el idioma de nuestra arquitectura.

–Esas casas están llenas de mensajes que el montevideano moderno no sabe interpretar –me dice.

–¿Cuáles dirías que son esos mensajes?

–Desde cuál es el estilo de una casa, hasta qué significan las ornamentaciones de sus fachadas. En otras ciudades, la arquitectura más imponente suele ser la de las obras públicas o de las clases altas, pero en Montevideo, si vas a los barrios obreros, también hay reminiscencias de lo que ocurre en el centro. Hay vitrales, ornamentos, hay una intención de construir una casa, pero también de entregarle algo a la ciudad.

Esas casas son hijas de la extraordinaria cantidad de carne y lana que Uruguay exportaba a inicios del siglo pasado. Era una nación pujante, moderna –conocida como la Suiza de América–, a la que llegaban miles de inmigrantes europeos. Una nación que contrataba a arquitectos extranjeros para diseñar sus palacios, sus casas quintas, sus edificios de gobierno. A su vez, muchos arquitectos uruguayos cruzaban el Atlántico para estudiar en Europa.

–Trabajé muchos años como director de arte en audiovisual y en publicidad, y acá se puede filmar Alemania, Italia, Francia… –dice Alfredo–. Podés llegar a tener casas o cuadras de todos esos países. Montevideo es una ciudad ecléctica. 

Uno de los emblemas de ese eclecticismo es el polémico Palacio Salvo. El edificio más llamativo de la ciudad, ubicado al comienzo de su principal avenida, fue el rascacielos más alto de América Latina cuando fue inaugurado en 1928. Sus casi cien metros de altura están atiborrados de detalles: su torre mayor, con su cúpula y sus cientos de ventanas, se construyeron desde la estética del art decó, pero también sumaron elementos art nouveau, góticos, renacentistas y modernos. En 1929, Le Courbousier, amante de las líneas simples, visitó Montevideo. Se dice que lo calificó como una «monstruosidad», que incluso señaló un punto exacto y dijo que desde allí había que disparar un cañón para tirarlo abajo.

Calle Canelones, Barrio Cordón, Montevideo. Fotografía de Milagros Lagarejo.

El Salvo sigue allí, pero no cientos de palacios, palacetes y casas antiguas que compartían parte de su belleza. En las noticias y redes sociales, he visto decenas de fotos de esas demoliciones. La antigua fábrica de alfombras Assimakos, destruida en 2014: la cúpula, que todavía está en pie en la foto, apunta al cielo como un muñón, mientras la fachada calada con la figura de una indígena está a punto de caer por completo. La exsede del Club Naval, estilo beaux arts, tirada abajo en 2019, aparece ya medio destruida, con un hombre taladrando el balcón, enmarcado por la delicadeza de cuatro pilastras jónicas.

He visto decenas de fotos de casonas de la década del veinte, agujereadas de a poco; mansiones art nouveau, con sus ladrillos al descubierto como una herida abierta; palacios con murales convertidos en nada: en un parking o una cancha deportiva. Cada año, los martillos hidráulicos derrumban entre 15 y 20 edificaciones de interés arquitectónico o histórico de la ciudad. Erich Schaffner, presidente de la asociación civil Patrimonio Activo, ha hablado de un «bombardeo lento» a los edificios antiguos de Montevideo.

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Nos levantamos del café y caminamos hasta la puerta del nuevo edificio de Magallanes. Le muestro una foto de mi antigua casa, que en Google Maps todavía permanece en pie. Su estilo, me dice Alfredo, es conocido como «estándar»: una fachada rectangular con ornamentaciones, típicas de todos los barrios de Montevideo, construidas sobre todo entre 1870 y 1930. En la imagen se ven sus dos ventanales y una puerta altísima de hierro que daba a un zaguán. No era precisamente una belleza arquitectónica, le digo. Él me aclara que las casas no solo son importantes por sí mismas, sino por el paisaje que crean juntas.

–Si vos mirás las listas de protección patrimonial, tanto del Estado como de la ciudad, siempre se refieren a casos puntuales, monumentos. Salvar a un edificio solo porque lo hizo determinado arquitecto es una idea pasada de moda. Lo que hace que una ciudad sea agradable y armónica es cuando preservás el conjunto.

¿Por qué en Montevideo no se está logrando? Es una respuesta larga, compleja, pero podría resumirse en un par de líneas: negligencia y desinterés del Estado y de la intendencia, especulación inmobiliaria, falta de incentivos para restaurar e indiferencia de la mayoría.

En 2023, en una edición de la revista uruguaya Oro, escribí un relato que llamé «La demolición», donde hablé de esa casa. Por adentro tenía dos habitaciones grandes, dos baños, una cocina, un altillo y un patio. Tenía una chimenea y, lo que más me gustaba, un arco en el living. La casa había sido dividida en dos y, atrás, vivía otra familia.

Aquella vez, escribí: «Al final, a esa casa no la terminó el fuego, sino el trabajo ordinario de un hombre, la máquina, el ruido. El brazo de una excavadora deshizo el espacio de los pasillos, dispersó el aire viciado que ya no respiraba nadie. Un hombre destruyó, sin remordimientos, algo que había sido mío. Aquella tarde, parada en la esquina, me pregunté si ese hombre habría mirado por última vez el arco del living, la chimenea, la mayólica del zaguán con su amarillo geométrico. ¿Habría contemplado, por un último segundo, la discreta belleza que estaba a punto de demoler?»

–Cuando uno va creciendo y viviendo en una ciudad, la arquitectura se vuelve la escenografía de tu vida –dice Alfredo–. Los estilos que predominan, el color de las fachadas, eso te va conformando. Va construyendo tu identidad.

Escultura de Bronce, Palacio Salvo, Montevideo. Fotografía de Milagros Lagarejo.

Seguimos caminando por el barrio, dejando atrás casas que podrían desaparecer pronto. Él se detiene cada un par de pasos para señalar detalles: la calidad de un revoque antiguo, los bajorrelieves geométricos de una fachada. Hay que saber mirar, porque de lo contrario solo se ven muros grises, despintados, con ornamentos en mal estado, cornisas rotas. Al montevideano, parece, no le importa que el tiempo horade, que deje un matiz viejo, que haga presión sobre las cosas.

–Si seguimos pensando en casas viejas en lugar de arquitectura antigua, nosotros, como albaceas actuales del patrimonio de la ciudad, ¿qué vamos a dejarle a los que vengan? —dice–. No solo de lo que nos heredaron, sino ¿qué estamos haciendo nosotros digno de ser cuidado por las próximas generaciones?

Todo esto tiene que ver con la herencia. Y con la belleza. Alfredo me habla de esos árboles hermosos, de crecimiento lento, que se plantaban antes en la ciudad, concebidos para que los disfrutaran otras generaciones. Hoy en día, dice, por el vandalismo, la mayoría de los árboles recién plantados no sobreviven demasiado tiempo.

–Entonces se planta una palmera, que es indestructible; un álamo, que crece rápido. Eso nos va cercenando el abanico de belleza. Lo mismo sucede con la arquitectura. Si pensás solo desde la utilidad, te vas a volver obsoleto muy rápido. En cambio, si pensás desde la belleza, no vas a pasar de moda nunca. Te vas a ganar la eternidad.

Nos despedimos y, mientras camino de vuelta, hago juegos con la mirada: fijo la vista en cada una de las casas por las que paso, miro los techos, enfoco los detalles. Contemplo los balcones de hierro forjado, el bronce, el mármol, las balaustradas, que, de tanto mirar, ya no veía. Mientras camino por el Cordón, entre fachadas percudidas de otro tiempo, siento el aliento suave que se desprende de ellas; ese rastro leve, escondido, de un antiguo esplendor.