POR JOSÉ ANTONIO LLERA

1. POSTISMO, SURREALISMO Y ROMANTICISMO

Surge el postismo en enero de 1945 como una efímera llamarada en el panorama gris de la posguerra española. Los movimientos vanguardistas sobreviven en la periferia de un campo literario donde domina el neoclasicismo garcilasista y un intimismo ahogado en clichés. Carlos Edmundo de Ory, Eduardo Chicharro y el italiano Silvano Sernesi son sus promotores. ¿Qué traen en las alforjas? Ni más ni menos que un lenguaje dispuesto a morder el mencionado canon con los colmillos de la parodia, el humor absurdo y la imaginación desatada. Carlos Edmundo de Ory había llegado a la capital en el verano de 1943 para trabajar en el Parque Móvil de los Ministerios Civiles, trabajo que nunca se cansaría de denigrar en sus diarios. Procedía de una familia gaditana de marinos y se había nutrido de las múltiples lecturas que le proporcionaba la biblioteca de su padre, poeta modernista. En su primer manifiesto, el postismo se define como «especialmente un post-surrealismo, y en buena parte un post-expresionismo» (Pont, 1987: 254). Sin embargo, la técnica de la escritura automática se rechaza en favor de la reivindicación de los valores fónicos y rítmicos del verso.

Habida cuenta de los orígenes reseñados, era de esperar que la recepción del movimiento a cargo de Juan Eduardo Cirlot fuera entusiasta. En el postismo vio una melodía que le era profundamente familiar, por lo que quiso saludar su llegada enviando una carta de adhesión a sus fundadores. Había entrado en contacto con la vanguardia durante su servicio militar en Zaragoza, de la mano de Alfonso Buñuel, y había traducido a Éluard y a Breton. Mientras leía a los surrealistas hacía lo propio con sus predecesores y maestros: Blake, Poe y Lautréamont (Rivero Taravillo, 2016: 31). A su regreso a Barcelona, en 1943, es conocida su alianza intelectual con poetas como Manuel Segalá o Julio Garcés. Pese a todo, Cirlot no terminará de encajar en el universo postista; tanto es así que en La Cerbatana, revista en la que se transmuta el movimiento una vez censurada la primera cabecera, sus fundadores sólo reproducen una carta suya mutilada. Con humor, Cirlot les dirige una carta fechada el 4 de mayo de 1945 al grito de «cerbatanarios infames». La realidad es que, desde entonces, la correspondencia va a servir para afianzar lo que el propio Ory calificó como una «amistad celeste», que abarca un primer periodo comprendido entre 1945-1952 y una segunda etapa mucho más efímera que corresponde a los años setenta.

Este rico epistolario, depositado en los archivos de la Fundación Carlos Edmundo de Ory, nunca se ha dado a conocer íntegro debido a la negativa que en su día manifestó Cirlot, por lo que únicamente se han reproducido algunos fragmentos.[1] Éstos se reducen principalmente a las misivas escritas por el catalán, ya que destruyó su archivo de los años cuarenta y Ory rara vez conservó copia o borrador de su envíos. Puesto que este epistolario constituye un corpus valioso para el estudio de la poética y la estética cirlotiana, quiero profundizar en él a través del estudio de algunas partes significativas aún inéditas. ¿Qué es el crítico sino un muñidor de pedazos? En su conjunto, estas cartas enseñan desde su inicio sus fauces fabuladoras y literarias: cabe no sólo la petición, el relato o la confesión íntima, sino que se postulan como ejercicios de escritura, como hilvanes desprendidos de la obra en marcha, pues brilla en ellas, en su inquieta travesía, el resplandor de los significantes y la voluntad de estilo, atravesadas como están por un espíritu lúdico y a veces sonámbulo que apuntan a lo que Roland Barthes (1987: 97) denominó lo impensable. Más que en el intercambio convencional de información que guíe un fin práctico, recaen en el gasto y sus dones; son literatura, tienen vuelo, presentan texturas y opacidades diversas, traslucen la esencia del potlatch: son un regalo y un reto que aspiran a que el destinatario devuelva el mismo derroche, duplicado. Confidencia: mutua fe. Una voz se revela en la otra, un yo se imbrica en el otro a través de una relación especular en la que las imágenes se alimentan y se alumbran en su enigma insoluble, entre latigazos de angustia y la fiebre del entusiasmo. Cabe interpretar estas escrituras —y la cirlotiana en particular— como un modo de afirmación del yo ante la presencia a cañón tocante de la vida muerta. Poética, estética, autobiografía, comunicación sostenida con un fantasma fijado en la letra. ¿Nunca tuvieron el deseo de la presencia? Sí, lo tuvieron y al fin lo realizaron en dos ocasiones, en 1948 y en 1952, pero también sabían que no necesitaban verse, porque todo era adivinarse, intuirse, presentirse, abrir con los propios dedos ciertas heridas. Una de las pocas cartas conservadas de Ory está fechada el 2 de junio de 1945 y dice así:

No me importa, esta noche 2 [de] junio, clavarte mi pluma en la cara sádicamente.

Camilo José Cela dijo antes que tú Carlos Inmundo.

Adriano del Valle dijo antes que tú Carlos del Mundo de Oro.

Lo que nadie dijo era la palabra Celeste. Que no te oiga Dios. Eduardes, ¿por qué ardes y ardemos todos antes del Infierno? Nos acostumbramos. Ana Bolena, en casa de Lord Leicester, dice Victor Hugo, jugando a la gallina ciega, ensayaba la posición de los reos en el cadalso. Se acostumbraba.

[…] Y ahora vamos a abrir las entrañas de la guitarra, ¡perro!, vamos a cantar sobre los icebergados [sic] ojos de las muchedumbres atónitas, vamos, ¿no oyes como yo también lloro?

¿Y qué? ¿Por qué vienes a mí tan tarde, oh valla de la sombra, a taciturnearme los vientos?

Yo te mandaría un vaciado de mi mano derecha, pero no; yo te mandaría un coloquio de abejas que se levantan de la bascosidad de mi alma, pero sé que tú eres poseedor de la ventosa salival que te obstruye esputos en la mejilla espiritosa.

 

Si el nombre propio resulta inalterable en la vida cotidiana y en los archivos administrativos, en el territorio epistolar se trazan los disfraces y las transformaciones, reina la libertad. Ory ha ingresado en el altar de los dioses cirlotianos bajo el apelativo de celeste. Sorprende, ya en el íncipit, esa declaración de violencia sádica que remite a una estética de la crueldad lautreamontiana o surrealista. La violencia, las decapitaciones y las mutilaciones forman parte de los motivos vertebrales del movimiento, como comprobamos ante ciertas obras de Masson y Magritte, o ante algunos relatos oníricos de Paul Éluard: «Tengo un bote de pegamento y, enrabietado, embadurno el rostro de G…, seguidamente le hundo el pincel en la boca» (2019: 38-39). Todo contribuye a la orquestación postista: la ironía y el humor negro, la creación neológica, el calambur, las anáforas y las aliteraciones. La prosopopeya de las entrañas de la guitarra recuerda a la lira eolia de Shelley como metáfora del poeta. Se trata, en fin, de abrir o sajar el poema/poeta, convirtiéndolo en vehículo de emociones profundas (conscientes o inconscientes). Buñuel había mostrado una cuchilla rasgando un ojo para representar la mirada interior desasida del realismo ingenuo y zafio. Estas líneas salidas de la pluma de Ory están repletas de asociaciones libres que rebasan los principios de la lógica para crear un mundo propio, un mundo que desea ser compartido lúdicamente con un destinatario al que se le incita a entrar en el mismo divertimento. Juego de cartas, juego de naipes. La alusión a las inmundicias y a los esputos también nos llevaría a temáticas frecuentadas por los surrealistas (por ejemplo, Maruja Mallo tiene un serie pictórica bajo esa advocación: Cloacas y campanarios), en contraste con los referentes pulcros de la mayor parte de la poesía de posguerra. No descubro nada si recuerdo que Dalí y Buñuel eran devotos de la podre.

Si existe un sendero por el que transitan ambos corresponsales es el que lleva hasta la tradición romántico-simbolista. En otra carta inédita de Ory, redactada el 11 de junio de 1945, afirma: «Porque ni con la muerte nos acabamos. ¿Y qué tenemos nosotros que ver con la muerte? ¿Qué te crees tú, oh idiota de amor y de belleza, que es la muerte, si la muerte no existe sino en lo muerto? Y lo muerto no ha vivido nunca. […] Quisiera verte desgarrado a fuerza de poesía como yo estoy ahora mismo. Quisiera verte desnudo y sin barro, todo transparente de poesía». Para el Romanticismo, el arte constituye una experiencia de verdad, permite un acceso al conocimiento, plasma lo infinito en lo finito. Desde esta óptica debe entenderse la idea de Paul Éluard según la cual la poesía es la fuerza absoluta que purificará a los hombres. Esa demanda de pureza converge con el relato que hace Antonin Artaud de su paso por el surrealismo antes de ser defenestrado por Breton: nadie era en verdad puro si no estaba desesperado. Cirlot profundiza en esta idea de entrega total, sin paliativos, cuando se dirige a su amigo: «Seamos como Keops, levantemos la más alta cima de poesía» (2-6-1945). Y poco después: «Tienes que ir dándote al trabajo cada día más y sobre todo ten presente que como intentes que la poesía te sirva a ti estás perdido. Si la quieres lo suficiente, sírvele tú a ella. Un día, te lo devolverá». Dama exigente, la Poesía.

Ory interpreta a su manera las fotografías que le manda Cirlot, sondea sus rasgos faciales e inventa genealogías, barrunta orbes ocultos e imprevistos. La imagen se le impone, le subyuga, le inspira lo mismo que a un nigromante: «Ya te he visto, ¿eras tú así antes de conocerte, tan real? Eres griego, eres un poco griego. También pareces un hombre extraño del Líbano» (11-6-1945). Poco tardará su amigo en ofrecerle un autorretrato:

Yo soy un hombre triste al que nadie ama y que se aparta sistemáticamente de eso que llaman sociedad. La felicidad consiste para mí en la oscuridad luminosa que me rodea en la convivencia con sombras y en la adoración del mundo físico silencioso. […]

Tengo tres dioses. Ella, la muda, tierra, mujer. Él = yo mismo sublimado, el cielo, el espíritu. Y Ello = Elohim, llamado Cabiros (Kabiru) en mesopotámico.

Mis poetas predilectos son: Pablo Neruda, Stephan [sic] Mallarmé, Paul Éluard y Walt Whitman. En segundo término: Federico y Rafael, Góngora, Hölderlin, Baudelaire, Poe y Shelley.

Oigo música cada día. Como medianamente, casi no bebo alcohol y no fumo. No tomo droga alguna. Tengo los ojos verdes. Lo primero que me interesa del mundo es el mundo; lo segundo, las diversas culturas; lo tercero, la manera de petrificarlas, esto es, el Arte.

No voy a cines ni a teatros. «Los otros» suelen odiarme (me es igual). (Quiero ser querido por pocos).

Y ahora, querido Carlos, un pequeño consejo. Huye en poesía de las formas rígidas; tú eres un poeta impuro. Huye de la retórica. Lee [a] Neruda y Cernuda. Lee [la] Biblia (15-8-1945).

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