La fase más expansiva del neorrealismo se situó en la inmediata posguerra, y su consiguiente declive llegará en los primeros años cincuenta. Vittorini y Pavese, entre sus escritores destacados por sus representaciones del mundo popular y su empeño democrático y antifascista, ya estaban encaminados en otras direcciones. La crisis se determina por los límites del neorrealismo: entre ellos, el afán moralístico de los autores que impidió distinguir entre texto literario y documento. Crisis, por lo tanto, ya que la crónica no logra transformarse en poesía. Así que, llegados a la frontera de los cincuenta, el neorrealismo denuncia el carácter veleidoso de sus propuestas. En los sesenta el panorama literario italiano se encontrará muy cambiado. Aquí nos limitaremos a esbozar un cuadro general, indicando las fechas de edición en Italia de las primeras obras de Alberto Moravia (1907-1990), que empezó a publicar en 1929; Elio Vittorini (1908-1966) y Guido Piovene (1907-1974), que lo hicieron en 1931; Romano Bilenchi (1909-1989), cuyo primer título data de 1933; Francesco Jovine (1902-1950), cuya vida editorial comenzó en 1934, Tommaso Landolfi (1908-1980), que se dio a conocer tres años después; Cesare Pavese (1908-1950), Elsa Morante (1912-1985) y Vasco Pratolini (1913-1991), cuyas carreras arrancaron en 1941; Natalia Ginzburg (1916-1991) y Carlo Cassola (1917-1987), que les siguieron un año después y, finalmente, Carlo Levi (1902-1975) e Italo Calvino (1923-1985), quienes dieron sus trabajos a la imprenta a partir de 1945.
La insistencia en las fechas a lo largo de este texto nos sirve para contextualizar mejor autor y obra. Con tan solo veintidós años, en 1929 y con su opera prima, Gli indifferenti, Moravia supo mostrar, durante los años del conformismo fascista, el declive de la sociedad burguesa bajo el régimen, lo que no pasará desapercibido en la cultura italiana de la década de los treinta. La novela causó un gran impacto por su modo de analizar el mundo burgués italiano. A lectores y censores les pareció enseguida una obra antifascista, tanto que el régimen la condenó. Moravia, como evidencia el título, trataba una temática típica del decadentismo: la aridez sentimental. Atendiendo a la fortuna española de Moravia, cabe recordar que Gli indifferenti, que en 1932 tuvo una traducción inmediata al catalán –Els Indiferents (Barcelona, Proa)–, tardó unas décadas en publicarse en España. Y es que fueron las editoriales catalanas las que más se habían puesto más al día con las literaturas extranjeras. A partir de los cincuenta, el mérito de dar a conocer las obras de Moravia en castellano corresponderá a las ediciones argentinas: La romana (Losada, 1950), Agostino (Emecé, 1951, y Deucalión en 1954). El engaño (Huella, 1954) y, en el mismo año, La desobediencia (Deucalión). En la década de los cincuenta y en la de los sesenta, la lista más completa la ofreció Losada[i]. El estreno en castellano por parte de editoriales españolas se remonta a 1947, cuando José Janés publicaba Las ambiciones defraudadas y repetía seis años más tarde, en 1953, editando El engaño, aunque la consolidación de Moravia en España no llegará hasta mediados de los años sesenta con otros títulos, todos publicados en Barcelona: Obras de Alberto Moravia (Plaza & Janés, 1964); La revolución cultural en China (Llibres de Sinera, 1969); El hombre como fin y otros ensayos (Plaza & Janés, 1970); Los indiferentes, (Plaza & Janés Editores, 1973). En catalán, se publicará El menyspreu (Aymá, 1966) y L’home com a finalitat (Aymá, 1968).
Moravia no fue un caso aislado. Una firme voluntad de cambio se respiraba en las obras de las nuevas generaciones de novelistas que, entre otras cosas, impulsó la línea narrativa regional: la literatura meridionale, con escritores que, como Corrado Alvaro (1895-1956), empiezan su trayectoria en la década de los años veinte, o como Vitaliano Brancati (1907-1954) y Carlo Bernari (1909-1992) en la del treinta, presentaban la realidad del Sur y el posible encuentro entre sociedad burguesa, mundo obrero y campesino. En estas obras, como en la de Moravia, aparecerá por primera vez la palabra neorealismo.
EL ÁMBITO DE RECEPCIÓN LATINOAMERICANO: ARGENTINA
En los años inmediatos a la conclusión de la guerra, brotaron escritores que se consolidaron y vinieron apareciendo en castellano gracias a las publicaciones argentinas, y a través de ellas pudieron llegar a España. Fueron las editoriales de la capital Argentina las que proporcionaron estos nombres que, con trayectorias diferentes y de manera oculta, llegaron a España que, encerrada en su régimen, poco espacio hubiera ofrecido a estos escritores. Desde 1945 y durante al menos diez años, en España siguieron publicándose autores como Giovanni Papini (1881-1956) y Curzio Malaparte (1898-1957). Malaparte se publicó a partir de 1929, con títulos como En torno al casticismo de Italia (Madrid, 1929), Técnica del golpe de estado (Madrid, 1931), Kaputt (Barcelona, 1947), Historia de mañana o Sangre (Barcelona, 1949). La recopilación de la obra omnia se desarrolla entre 1960 y 1969. Sin embargo, de los nombrados anteriormente, exceptuando un par de libros de Guido Piovene (1907-1974) y de obras de Alberto Moravia, quizá muy complicado para los censores de antaño, no hay ninguna huella hasta después de la década del sesenta.
Otro interesante ejemplo es el de Ignazio Silone[ii] (1900-1978) que empezó a publicar desde 1930, siendo sin duda el único narrador realmente comprometido contra el fascismo. Desde su exilio suizo, Silone se estrenaba en 1930 como novelista con la obra Fontamara, que enseguida se tradujo en diferentes lenguas y que le llevaría al éxito internacional. Sobre todo en Estados Unidos[iii], su obra en conjunto se considerará como la mejor expresión de la literatura italiana antifascista. La primera edición en italiano apareció en 1934, pero se editó en París. Sólo a partir de 1947, Fontamara se publicaría en Italia. Su autor se movía de la tradición del realismo hacia los mejores ejemplos de la narrativa europea entre los siglos XIX y XX. Los argentinos de la editorial Avance publicarán Fontamara en 1934[iv]. A ella le siguen, siempre desde el exilio y publicadas en varios idiomas, Der Faschismus (1934), Bread and Wine (1936), La scuola dei dittatori (1938) y Der Samen untem schnee (1942). Aparte de Bread and Wine, que aparecerá en Italia bajo el título Pane e vino en 1937, estos títulos no verán la luz en italiano hasta el final de la Segunda Guerra Mundial: el Ejército de los Estados Unidos imprimió versiones no autorizadas de Fontamara y Vino e pane para distribuirlas durante la liberación de Italia después de 1943.
Sin duda, toda su obra está hondamente ligada al momento histórico de la sociedad durante el fascismo, a la tragedia de la libertad negada y de la justicia traicionada. Sus libros, en los años del régimen fascista, supieron ofrecer una imagen para nada convencional de la vida italiana, logrando catalizar la atención del público extranjero.
En relación a otros autores –y siempre en líneas generales–, señalamos cuándo y cuántos de los libros nombrados han sido editados en castellano. La mayoría llegó tarde y la casi totalidad en ediciones argentinas. Si, como es cierto, la influencia de la historia sobre la literatura ya es de por sí lenta, el que un libro clave sobre la Resistenza –el movimiento de oposición al fascismo y a las tropas de ocupación nazis instaladas en Italia durante la Segunda Guerra Mundial– llegue con décadas de retraso, contribuye aún más a distanciarnos del clima de tensión moral vivido al terminar la guerra. Por razones obvias, la censura franquista no hubiera permitido tales obras. Entre las que se generaron bajo el empuje de los acontecimientos del momento, considerando todavía parcial el elenco, citamos a Elio Vittorini (Conversazione in Sicilia y Uomini e no), a Carlo Cassola (Fausto e Anna e I vecchi compagni), a Renata Viganò (L’Agnese va a moriré), a Cesare Pavese (La casa in collina y La luna e i falò) y a Natalia Ginzburg (Tutti i nostri ieri), entre otros. No sorprende que casi todas fueran publicadas por la editorial Einaudi, cuyo papel se reveló clave para la reconstrucción cultural del país. A lo largo de los años que seguirán al conflicto, cabe mencionar además Il mio cuore a Ponte Milvio (1954), de Vasco Pratolini, I sentieri dei nidi di ragno (1947) y Ultimo viene il corvo (1949), de Italo Calvino, sin olvidar I ventitré giorni della città di Alba (Einaudi, 1952), de Beppe Fenoglio, obras cuyos autores participaron en primera persona en la Resistenza.