POR  GONZALO TORNÉ

Vista desde lejos la literatura de cualquier tiempo y país adopta algunas formas reconocibles. Estas formas se desdibujan y desaparecen cuando nos acercamos, y son irrelevantes cuando los autores y los libros se leen como es más provechoso: desde cerca.

De manera que quizás tomarse la molestia de explicar lo que uno ve cuando mira la literatura desde lejos sea una empresa un tanto inane, pero también es posible que sea divertida, y desde luego no supone un gran esfuerzo.

Así, vista desde lejos, la literatura ofrece una primera división entre el entretenimiento y algo muy fácil de reconocer pero que requiere un espacio más amplio del que dispongo para explicarlo y que podemos llamar (con todas las prevenciones que se quieran) ficción inconformista.

Sea como sea, la literatura del entretenimiento (del género que sea), la que busca vender tantos ejemplares como sea posible sin indagar en su forma ni preocuparse por elaborar una réplica a la sociedad abandona aquí este artículo, pues no requiere el menor escrutinio crítico.

Prefiero señalar una torpeza que suele cometerse al caracterizar desde lejos la literatura de nuestro tiempo. Se confunde lo que parece «de moda» con la forma de ese tiempo. Pero aunque la literatura vista desde lejos supone un ejercicio más bien frívolo esta adscripción es tan deudora del periodismo de tendencias que desmerece la crítica literaria.

Es una tentación decir que la literatura está dominada por la moda de la maternidad, pero el argumento es sesgado si no se señala de inmediato que la literatura siempre ha tenido atajos, y que el de la maternidad convive con las novelas sobre el padre o el eterno regreso a lo rural. Sin que la denuncia de esta supuesta «moda» nos ayude a esclarecer qué novelas son buenas y cuáles no.

Quizás sea más provecho señalar que vista desde lejos la literatura de «nuestro tiempo» se caracteriza por el predominio de la propia experiencia. Se trata de novelas en cuyo centro y razón de ser está la plasmación de la propia peripecia vital.

La experiencia desde luego no es una recién llegada en la literatura, existen cientos de libros de enorme valía concentrados en la experiencia del escritor. Lo novedoso es su exploración en primer plano en la ficción narrativa, hasta el punto de fusionarse con la novela, expurgando otros ángulos y posibilidades. La sociedad, la política, las amistades, los amoríos y la política… todo queda filtrado por la exposición de la peripecia personal: el testimonio.

Esta ocupación de la novela desplaza uno de sus rasgos más valiosos: atreverse a explicar la experiencia de otro (armados de experiencia moral y distancia) y emplearla para discutir la propia. Una tensión que genera una sofisticada y extraña alquimia por el que los asuntos tratados se aclaran al volverse más complejos. La novela aleja sus temas del lector después de enseñarle a ver más claro. Para ejercitar este anti-didactismo es imprescindible que distintas experiencias se confronten, de manera que esta clase de novela ha perdido importancia en la literatura de nuestro tiempo, al menos vista desde lejos. Pero dada la capacidad del género para cambiar de forma y admitir dentro de la misma etiqueta obras tan distintas como Orgullo y prejuicio o El arco iris de gravedad las inclinaciones de mi gusto son irrelevantes. Mi observación no es moral, y apenas nostálgica.

La experiencia puede expresarse de muchas maneras, y situada en el centro de la ficción, sin apenas réplica se carga de «honestidad». Damos por hecho que la expresión de la propia experiencia es sincera (lo cuál ya es mucho suponer), pero también que además es capaz de llegar al papel sin recorrer antes los laberintos de la memoria y las trampas de la indulgencia, el engaño y los propios prejuicios. Ese fondo turbio y desdibujado que han expuesto Henry James, Virginia Woolf o Ishiguro y que nos enseñó a desconfiar de los narradores en primera persona: por poco fiables, por villanos, por demasiado bienintencionados o por estúpidos.

Los riesgos de que esta clase de experiencia (a la que se le supone claridad y honestidad como a la luz calor y al agua humedad) empobrezcan la ficción son considerables. El escritor toma la palabra de principio a fin, sin contrapesos ni desvíos, como si la palabra, además de la última, reflejase sin interferencias la realidad.

Pero lo cierto es que vista desde lejos se aprecian novelas donde este recurso a la propia experiencia sirve para adentrarse por aventuras vitales poco frecuentadas por la novela, por pertenecer a cauces laterales de la «normalidad». En estos casos el mérito de los testimonios se adscribe a otra de las capacidades más valiosas de la ficción: la de iluminar territorios oscurecidos, ya sea por la marginalidad o la desatención.

Dada mi inclinación por la novela que confronta experiencias suelo leerlas como valiosas indagaciones en bruto de elementos que después podrían emplearse para edificaciones literarias más complejas. Pero es posible que sea un defecto de mis inclinaciones y que la forma de la novela (al menos vista desde lejos) sea esta.

En cualquier caso la proliferación de novelas testimoniales unívocas, donde la plasmación de la experiencia vale como prueba inequívoca amparada en la honestidad, ya sea para contar lo de siempre o para adentrarse en territorios desconocidos, es lo que se percibe de lejos, y plantea transformaciones interesantes en lo que nos ofrece la ficción, lo que le demandamos los lectores y las relaciones entre escritores y público.

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