POR  GONZALO TORNÉ

Leo a menudo que la literatura debe dedicarse a lo Universal, a lo importante, al meollo, ir al grano. Y casi siempre esta apuesta por lo «universal» (y por el espíritu y la condición humana) se aprovecha para desmerecer literaturas que abordarían cuestiones menores y regionales, o por emplear el lenguaje de nuestro tiempo: identitarias.

¡Lo universal! Nada menos.

Es cierto que hay una serie de rasgos básicos de la condición humana que todos compartimos: el nacimiento, el amor o la muerte (comer y beber, sudar y la digestión)… Pero, ¿qué ocurre si observamos de cerca estos fenómenos? Pues que del nacimiento apenas se puede decir nada (a menos que uno sea Sterne); que la muerte y el luto cobran interés literario cuando las creencias empiezan a darle un sentido que trasciende al colapso físico, ¿y puede ser la muerte más distinta para un católico que para un ateo, para un estoico que para Lucrecio? Y mejor que no nos asomemos a las vertiginosas variaciones (históricas, regionales y de género) que propone el amor, y que parecen dispuestas para pintarle un bigotito burlesco a las pretensiones de «universalidad».

Lo que caracteriza a la literatura es su plasticidad cognitiva, la capacidad de ampliar el alcance de su imaginación moral. Un progreso que suele expresarse mediante el conflicto. O por decirlo al estilo de las series de televisión: el reconocimiento cuesta y en la literatura es donde empezamos a pagar. Para que hacia el final de la Ilíada Aquiles y Príamo comprendan el alcance de sus respectivos dolores y lo poco que son para los dioses, se ha recorrido antes un largo camino de incomprensión y antagonismo entre la cultura griega y la troyana. ¿No propone la tragedia un examen de empecinamientos que van más allá de la sensibilidad común y el choque inevitable entre la legalidad de los dioses y la justicia humana? ¿Qué tienen de universal las presiones a las que Shakespeare somete a la pasión cuando nos explica los pormenores de enamorarse de un asno? ¿Qué hay de universal en el cover de Alonso Quijano de las aventuras caballerescas? Los ejemplos pueden multiplicarse tanto como se quiera.

De todos estos autores extraemos una «enseñanza», o, si preferimos esquivar los términos de la catequesis, una comprensión de distintos aspectos de la vida, pero solo se alcanza por la vía de confrontarnos con mundos, sensibilidades y pensamientos que no son los nuestros ni son habituales. Que nos confunden, nos seducen o nos perturban. Lo «universal» es contrario a la ficción literaria, cuyo reino está velado de una «familiar extrañeza», el reino de lo plausible desconocido, de lo que «uno no sabía que sabía», por decirlo con palabras parecidas a Javier Marías. Las verdades de la literatura están arraigadas a un tiempo, un espacio, unos personajes y unas circunstancias. Las lecciones de Proust sobre los celos o de Kafka sobre la vergüenza seguirán siendo valiosas (en tanto que posibilidades de la existencia) aunque uno no los sienta.

Lo que llamamos universal en literatura es la imagen de lo que ya ha sido expuesto como conflicto y asimilado (en el mejor sentido) después de años de lecturas. Para convencernos de hasta qué punto lo «universal» tiende a confundirse con lo que el varón blanco cristiano sabe (o proyecta) de sí mismo, basta con repasar la recepción de Virginia Woolf, Saul Bellow y V. S. Naipaul. Celebrados y asimilados, premiados y editados, estos tres autores provocaron al manifestarse una recepción áspera, por no decir adversa.

A Woolf se le reprochaba desdibujar el relato por un exceso de sensibilidad verbal y emotiva (femenina, por supuesto), de no tener carácter para imponerle una historia a sus personajes. Bellow fue acusado de alterar el inglés y llenarlo de «marranadas» judías, de corrupción verbal y moral. A Naipaul se le rebajó por servir platitos exóticos en lugar de prolongar los amoríos de ingleses en paisajes ingleses.

Hoy sabemos de sobra que Woolf abrió sutiles intersticios de conciencia donde prospera la madurez moral, que Bellow fue el primer novelista en sentirse como en casa en el mundo que emergió tras la segunda guerra mundial (aceleración, consumo, acopio y el deseo de no envejecer nunca), y Naipaul expuso con tanta imaginación literaria como dureza las consecuencias humanas del fenómeno político más importante de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización. En sus novelas se iluminan las vidas de millones de personas que para la ficción eran apenas bultos opacos.

Claro que todo esto lo sabemos después de las tensiones y de la batalla crítica, después de poner el canon patas arriba para abrirse un espacio e instalarse. Lo que el presente le pide al lector es que elija: o se toma el trabajo de diferenciar entre lo nuevo lo bueno de lo mediocre (y claro que predomina lo mediocre, tanto como en tiempos de Dickens y de Horacio, como en todos los tiempos antes de que alguien se tomase la molesta de aclarar el asunto por nosotros), o se parapeta en la defensa de la fantasía de universalidad: la misma intolerancia fantasiosa que durante siglos consideró inaceptable que Shakespeare acudiese a las tabernas, que Flaubert y Baudelaire escudriñasen el adulterio y la noche del opio, que George Eliot amparase el judaísmo o que Joyce explorase la vulgaridad de los pensamientos mundanos.

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