La selección con vocación de memorias entreveradas recoge tres textos inéditos datados durante la Guerra Civil. En el primero de ellos, «Soliloquio de un isleño», fechado entre el 12 y el 15 de febrero de 1938, escribe sobre la fatalidad histórica de España y sobre el sacrificio de una generación: «Unos, materialmente, los más extremos y valerosos. Otros, moralmente, los que pese a la distancia en que nos hemos puesto no por ello sentimos en nuestra conciencia con menos gravedad el profundo dramatismo de la guerra» (p. 148). El segundo, «Soliloquio de un isleño. (Examen de conciencia ante la guerra española)», reelaboración del anterior, es un material que tiene todo el sentido de unas memorias. Memorias nacidas de «un mero testimonio de una conciencia y no un intento más de interpretación partidaria» (p. 164), afirmando que «cualquier cosa me hubiera parecido preferible al desencadenamiento de la Guerra Civil» (p. 155), propiciada por «el hecho consumado y brutal de la sublevación militar (teocrática y fascista)» (p. 153). El tercer texto, «La generación sacrificada» contiene una reflexión que anidó en la conciencia de muchos liberales ante la tragedia: «Lo que conviene a España: el despotismo ilustrado; la democracia autoritaria. El pueblo gobernado, pero no directamente, por medio de sus delegados responsables» (p. 169). En verdad, una contrautopía ahistórica y peligrosa.

De los textos agavillados, escritos con posterioridad al final de la Guerra Civil y mientras su vida en Buenos Aires se alternaba con visitas periódicas a España, conviene subrayar el fechado en mayo de 1939 en el que alude a su participación en la creación de la colección Austral y, en 1938, en la fundación por Gonzalo Losada de la Editorial Losada, con sus numerosas colecciones, varias de ellas atendidas por los criterios de Guillermo de Torre. También es pertinente detenerse en la selección de Escalas en la América Hispánica (1961), que en la dedicatoria del ejemplar de Camilo José Cela calificó de «mínimos apuntes viajeros», y naturalmente en el «Esquema de autobiografía intelectual» que vió la luz como prólogo de Doctrina y estética literaria (1969).

Sin embargo, quiero parar atención al texto «Claridades sobre la España de 1959», escrito ese mismo año, donde analiza y denuncia la deformación sistemática de la realidad por la prensa del régimen de Franco y a quien considera el enemigo público número uno en la España de esos días, que no es otro que el Opus Dei, mientras constata el abandono de la Falange por parte de falangistas decepcionados o arrenpetidos, tales como Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Miguel Sánchez Mazas, Antonio Tovar, Gonzalo Torrente Ballester y muchos otros. El colofón del ensayo es diáfano: «Claridad, luz, rasgamiento de sombras, la libertad de un medio día a pleno sol: he ahí, en suma, lo más urgente, no sólo para lo intelectual, sino para todos los órdenes del vivir en España» (p. 213).

Tan pronto ayer no presta la debida atención a las aventuras del proyecto de revista bimensual (1959) y de la colección (1963), El Puente, que en la primera intentona de ver la luz como revista contaba con una dirección excepcional: José Luis L. Aranguren, Juan Marichal, Carles Riba y Guillermo de Torre. El crítico madrileño dirigiría la colección de Edhasa en 1963. La razón de esta ausencia se debe, a buen seguro, a la no inclusión en Tan pronto ayer de epistolarios, y fue precisamente a través de la correspondencia, sobre todo con Ricardo Gullón, donde escribió sobre esa mediación —una más— entre las letras españolas y las hispanoamericanas.

En cambio, creo que no hubiese alterado los criterios de selección de materiales de la excelente selección de Pablo Rojas, la inclusión del texto que Guillermo de Torre publicó bajo el título de «Carta a Alfonso Reyes sobre una deserción», primero en España Republicana (13-IX-1941) y después en el número de julio-agosto de 1942 en la revista mexicana Cuadernos Americanos. La carta es especialmente agria dada la admiración que el crítico madrileño profesaba a Ortega. Terminaba así: «Mientras tantos escritores españoles —se dirá en el futuro, inapelablemente— huyeron de sus patrias cerradas y se sumaron con su esfuerzo a las abiertas patrias de América, hubo una excepción dolorosa, un hombre que desertó: don José Ortega y Gasset» (la cito por uno de los apéndices del libro del maestro José Luis Abellán, Ortega y Gasset y los orígenes de la transición democrática, Madrid, Espasa Calpe, 2000). El propio profesor Abellán contextualiza con suficientes argumentos la decisión de Ortega de fijar su residencia en Portugal. No obstante, se trata de un documento (que mereció la aprobación de Alfonso Reyes) imprescindible para el conocimiento de los oteros y de las simas que engendró la Guerra Civil.

La segunda parte del contenido de Tan pronto ayer debe su título, «Fisonomías y evocaciones», a una de las secciones del libro Minorías y masas en la cultura y el arte contemporáneos (1963). Su glosa y sus posibles ramificaciones serían compleja e incontables, porque las relaciones culturales y literarias de Guillermo de Torre fueron abundantísimas dado lo poliédrico de su perfil intelectual. La mayoría de los textos seleccionados datan con precisión cuándo conoce, conversa o comparte proyectos e inquietudes con los artistas y escritores que atraviesan las más de trescientas páginas de este segundo bloque temático.

A Pío Baroja le conoció en 1925 y nos remite a unas conversaciones que mantuvo con el autor de La busca a finales de ese mismo año y comienzos de 1926. Con Azorín, conversa en 1963 y cree que La voluntad es su obra maestra y clave del 98. La evocación de Josep Pijoan y de su Historia del arte procede de La Razón (Buenos Aires, 15-XII-1946) y el crítico madrileño no la había recogido en ninguno de los libros que publicó. Los textos que evocan a Juan Ramón Jiménez proceden de El fiel de la balanza (1961) y es natural que lector se detenga en las impresiones que Juan Ramón produce en un adolescente madrileño fascinado por la creación poética, en su llegada a Buenos Aires el 4 de agosto de 1948 y en la última semana de octubre de 1956 (Guillermo de Torre estaba en Puerto Rico) a las pocas horas de obtener el Premio Nobel: «Le encuentro derrumbado, definitivamente envejecido, como una sombra del Juan Ramón que vimos den Buenos Aires sin voz y sin mirada apenas». Zenobia estaba a punto de fallecer.

Prueba de la incesante actividad de Guillermo de Torre, de su capacidad para la fisonomía y de su voluntad de evocación son los textos sobre Picasso (a quien conoció en la primavera del París de 1928); Juan Gris y el cubismo (a quien conoció en 1926, un año antes de la muerte del pintor); acerca de Rafael Barradas —artículo procedente de La Gaceta Literaria (15-V-1929)— a quien había conocido hacía más de diez años y al que consideró un pintor genuino de las vanguardias; sobre el escultor Ángel Ferrant y su obsesión por dar un rumbo más auténtico a las artes; sobre Joan Miró (a quien conoció en París en 1926) y cuyo arte define apelando al estudio de Ricardo Gullón, «Juan Miró, por el camino de la poesía», publicado en la primera edición de De Goya al arte abstracto (Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1952) y en la segunda edición ampliada por Ediciones La Torre, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, 1963. La síntesis que Guillermo de Torre toma de Gullón es la siguiente: «Miró delira, pero sin perder la cabeza» (p. 465). Recordemos de paso que el joven Gullón fue socio de ADLAN (Madrid, 1935-1936), en compañía de Moreno Villa, Norah Borges, Ángel Ferrant, Eduardo Westerdahl y Guillermo de Torre, entre otros artistas y críticos. Los primeros pasos de Ricardo Gullón como crítico literario y artístico tienen mucho que ver con el magisterio de Guillermo de Torre.

Tan pronto ayer recoge las evocaciones de Alfonso Reyes: «nadie como Alfonso Reyes ha sentido tan agudamente el problema de las limitaciones y las posibilidades, conjuntamente, del escritor hispanoamericano» (p. 418); de Gabriela Mistral, Ricardo Güiraldes, César Vallejo y Vicente Huidobro (su evocación en el Madrid de 1918 es estupenda). Quiero el valor de la fisonomía y del recuerdo de un olvidado, Cansinos Assens, a quien elogia por su condición de «raro», al tiempo que le reprocha sus aplausos por igual «a los valores auténticos y a los fabricantes sin decoro» (p. 354). También merece atención «Cuatro evocaciones con aire de elegía» que Guillermo de Torre publicó en 1955 y que nunca recogió en libro. Se trata de Moreno Villa, muerto en México; Juan Chabas, en Cuba; José María Quiroga Pla, en Ginebra y Juan Guerrero, en Madrid. Son unas líneas entrañables y ajustadas a sus personalidades respectivas.

Al margen de las páginas sobre Ramón Gómez de la Serna, Pedro Salinas o Miguel Hernández, tiene un valor muy relevante las dedicadas a Ortega y García Lorca. Los dos textos sobre Ortega proceden de El fiel de la balanza (1961) —podrían haberse completado con el extraordinario ensayo «José Ortega y Gasset», de 1955, publicado en La aventura estética de nuestra edad y otros ensayos (1961)— y tratan sobre la palabra viva y sobre la deshumanización del arte. «La imagen de Ortega viene, pues, a mí asociada a su palabra viva» (p. 360), escribe recordando los días de alumno de Ortega en sus clases de Metafísica de la Universidad de Madrid y, tras una prodigiosa síntesis de sus quehaceres dominados por las conferencias —«fue su expresión intelectual más perfecta» (p. 360)—, concluye: «¡Ojalá que cada generación que surge pudiera encontrar un inductor de entusiasmos como fue para la nuestra, José Ortega y Gasset» (p. 367).