En 1946 Guillermo de Torre completaba la primera edición de las Obras Completas de García Lorca para la Editorial Losada. Tan pronto ayer recoge el largo ensayo «Federico García Lorca», procedente de La aventura y el orden (1944), cuya primera versión fue escrita en julio de 1938 y apareció como prólogo del primer tomo de dichas Obras completas. Se ofrecían ahí dos reflexiones de largo alcance para la comprensión de la obra lorquiana, sobre todo desde que conocemos sus poesías y prosas de juventud. La primera, acerca de cómo entendía el patriotismo el extraordinario poeta granadino. Guillermo de Torre toma unas conversaciones de Lorca con el periodista y humorista gráfico Luis de Bagaría publicadas en el diario El Sol (10-VI-1936). Le pregunta Bagaría: ¿No crees, Federico, que la patria no es nada, que las fronteras están llamadas a desaparecer?». Y Lorca contesta: «Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos […] Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre de mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política» (cito el fragmento completo por el tomo Treinta entrevistas a Federico García Lorca, editado por Andrés Soria Olmedo para Aguilar, Madrid, 1989. La segunda reflexión nace directamente de la pluma de Guillermo de Torre y atiende al alma y a la persona del poeta: «También había en él, junto a su risa sin envés, a su euforia contagiosa y a su júbilo deslumbranbte, «el eco de un sonido grave, el aire sofocado de un sino patético» (p. 512). Por último, «Lorca, el último juglar» (1970) le sirve para trazar una imagen sintética de la Residencia de Estudiantes: «Era una condensación del nuevo españolismo institucionista (prolongación de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por don Francisco Giner), una mezcla de Oxford o Cambridge con reminiscencias de Alcalá de Henares o Salamanca en sus días áureos» (p. 545). Una imagen indeleble que formaba parte de las vivencias del crítico madrileño.

Aunque quedan caminos por recorrer en las páginas —también fuera de ellas— de Tan pronto ayer, creo que en las dos partes del libro se advierte su perfil autobiográfico que ayuda a conocer al crítico y sus ricos y variados alrededores. Valga tan sólo un ejemplo. Su libro sobre Menéndez Pelayo y las dos Españas (Buenos Aires, PHAC, 1943), que analicé, en el complejo contexto en el que se publicó, en el capítulo «El pensamiento y la obra de Menéndez Pelayo: acción y dique en la dictadura de Franco (1939-1952)» de mi libro De Cataluña y España. Relaciones culturales y literarias (1868-1960) (Barcelona, 2014), silenciado por la crítica española con un estruendo vergonzoso, pone de manifiesto su voluntad de integración de las dos Españas y su propuesta de lectura de Menéndez Pelayo como un intelectual básico de la cultura española.

Para cerrar esta aproximación a la aventura literaria de Guillermo de Torre, quiero subrayar algunas de sus argumentaciones acerca de la naturaleza de la crítica o el ensayo como creación. El texto en que más se explayó es el «Prólogo del autor» a La aventura estética de nuestra edad y otros ensayos (1962) y que hubiese sido bienvenido en Tan pronto ayer.

A la altura de mediados del siglo xx, Guillermo de Torre, muy receptivo siempre a la cultura contemporánea, ha advertido el paso a las grandes audiencias de obras críticas y ensayísticas tenidas por minoritarias, y las opiniones culturales de los que ven el rostro favorable de esta transición, pero también un envés inquietante, puesto que tal auge puede conllevar un decaimiento de la creación. Dada esta hipotética situación, Guillermo de Torre refuta ese peligro de modo categórico, porque considera que de mantener el marbete «géneros de creación» habría que incluir en su cobijo «el crítico, el ensayístico y aun el filosófico», siempre y cuando «no se limiten a ser espejos, sino focos». Las dos argumentaciones que Guillermo de Torre emplea para esta defensa e ilustración de la crítica son: en primer lugar, el valor de la crítica como iluminadora inteligente y penetrante de las obras literarias o artísticas, incluso con dimensión perspectiva de anunciar y explorar lo que puede ser futuro, siendo, en ocasiones, superior a los estímulos que la desataron, como creía Alfonso Reyes. La segunda argumentación se apoya en la coexistencia y armonía de la originalidad de las obras de imaginación con aquellas que se asientan en la reflexión y la crítica. Es evidente que el alegato tenía mucho que ver con la defensa de su aventura literaria.

Tan pronto ayer pone de manifiesto de modo constante y enriquecedor para el lector actual lo que Ricardo Gullón acertó a señalar en su ensayo, ya varias veces citado, «Guillermo de Torre o el crítico» (1961): «El tono personal se manifiesta, no sólo en la frecuencia con que hace uso de los recuerdos personales, sino en el acento entrañable con que sabe acercarnos a sus escritos». A su vez Tan pronto ayer resulta ser en gran medida lo que deseaba el gran crítico madrileño en 1943, desde el exilio:

Capítulos de memorias. Única manera como me parecen legítimas. Mezclándolas con las ajenas. Pero nada me interesa hoy como las confesiones personales. Acabaré por hacer de las memorias y correspondencias mi lectura única. Les pasa a todos. Es el momento de contarse. Porque puede suceder que acabe todo o que nazca algo que deje ya a distancia insalvable, irremisiblemtente perdido, lo de hace veinte años. Además, desde América, de una forma o de otra, todos vamos escribiendo nuestras memorias (p. 77).

 

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